Durante diciembre los diarios y revistas suelen publicar sus recuentos de lo mejor de la literatura peruana del año que está terminando. La siguiente lista es un recuento de esos recuentos. Si no son los mejores libros del 2005, al menos son -en orden de importancia- los más leídos, comentados y también los que recibieron los más entusiastas elogios de la crítica.
POESÍA
1 La piedra alada. José Watanabe (Peisa)
2 Un crucero a las islas Galápagos. Antonio Cisneros (Peisa)
3 Cinco segundos de horizonte. Mario Montalbetti (AUB)
4 Flama y respiración. Carlos López Degregori (PUC)
5 Memorial de Casa Grande. Rodolfo Hinostroza (Lustra)
NOVELA
1 La hora azul. Alonso Cueto (Anagrama/Peisa)
2 El goce de la piel. Oswaldo Reynoso (San Marcos)
3 Neguijón. Fernando Iwasaki (Alfaguara)
4 Aroma de gloria. Juan Morillo Ganoza (San Marcos)
5 Hotel Europa. Luis Hernán Castañeda (Peisa)
CUENTO
1 La noche de Morgana. Jorge Eduardo Benavides (Alfaguara)
2 1922. Edwin Chávez (estruendomudo)
3 Mujeres difíciles, hombres benditos. Fernando Ampuero (Alfaguara)
4 El inventario de las naves. Alexis Iparraguirre (PUC)
5 La soledad de los aviones. Sergio Galarza (estruendomudo)
NO FICCIÓN
1 Permiso para sentir. Antimemorias. Alfredo Bryce Echenique (Peisa)
2 Viajes de perro. Crónica de travesías y extravíos. Rafo León (Aguilar)
3 Diario educar. Constantino Carvallo (Aguilar)
4 Mario Vargas Llosa. Entrevistas escogidas. Jorge Coaguila (FECP)
5 Las máscaras de la representación. Marcel Velázquez (UNMSM)
Mario Vargas Llosa. Reportero a los quince años

Juan Gargurevich. Mario Vargas Llosa. Reportero a los quince años (PUC, 2005)
Después de dejar el Colegio Militar Leoncio Prado, y antes de concluir sus estudios secundarios, Mario Vargas Llosa fue llevado por su padre (representante de una agencia internacional de noticias) a hacer prácticas como periodista al diario La Crónica. Era el verano de 1952 y en el Perú gobernaba el dictador Manuel Odría, así que no debe sorprender que mucho de la historia del "Zavalita" de Conversación en La Catedral (1969) esté basado en esa experiencia del joven "Varguitas" en La Crónica. A esa época y ambiente está dedicado el libro Mario Vargas Llosa. Reportero a los quince años (PUC, 2005) del periodista e historiador Juan Gargurevich.
En esta temprana incursión periodística MVLL no escribió en absoluto sobre temas literarios o culturales, como sucedería a partir de 1954. En el tabloide La Crónica trabajó como redactor de noticias bajo las órdenes del periodista Gastón Aguirre Morales ("Arispe" en CELC), hijo del escritor Augusto Aguirre M., y del jefe de policiales Luis Becerra ("Becerrita"). Además hizo amistad con otros redactores -Carlos Ney ("Carlitos"), Milton von Hesse ("Milton")- quienes con el experimentado Becerra integraban un grupo bohemio que solía terminar las noches en algún prostíbulo. Al enterarse de estas actividades "extra-laborales", fue el propio padre de Vargas Llosa quien hizo renunciar a su hijo.
Gargurevich, dedicado desde hace años a investigar la historia del periodismo peruano, también trabajó en La Crónica de los 50’s y enfoca esa etapa de distintos modos. En el capítulo Vargas Llosa en La Crónica rememora las vivencias del escritor en ese diario, a veces narrándolas novelescamente, y también reproduce algunos de sus artículos de entonces. En La conversación... en Lima, pasa revista a las diversas reacciones que provocó la novela de MVLL entre los periodistas limeños. Por último, en Los reales protagonistas, rememora (a partir de largas conversaciones con Carlos Ney y Juan Marcoz) las vidas de algunos de los periodistas en los que están basados personajes de CELC.
No hay sorpresas sobre este periodo de la vida de MVLL, pues él mismo lo ha contado casi todo, tanto en CELC como en su libro de memorias El pez en el agua (1993). Entre sus artículos periodísticos recuperados figuran algunas notas policiales y también las crónicas con las que participó en la sección "Nuestros redactores", entre ellas Algunas consideraciones sobre el chiste, Cuidado con las boticas y Un espectáculo sensacional, esta última sobre el "catchascán", entonces tan popular que hasta Roland Barthes le dedicó el primer ensayo de Mitologías.
Pero lo más valioso de MVLL Reportero... es la recreación del bohemio periodismo limeño de aquella época, con sus ambientes característicos: "el eje era el periódico, pero también estaban los restaurantes, las comisarías y la Prefectura" recuerda Marcoz, dejando de mencionar otro ámbito importante, los prostíbulos, infaltables en las novelas iniciales de MVLL. En uno de ellos el quinceañero Mario conoció a Magda: "... creo que me enamoré de ella, aunque entonces, sin lugar a dudas, no se lo habría contado a ninguno de mis amigos de bohemia", cita Gargurevich de una de las páginas en que el novelista rememora "aquel verano de hombre grande".
Los heraldos negros

César Vallejo. Los heraldos negros. Nueva edición crítica (INC, 2005)
La poesía de César Vallejo (1892-1938) ha sido publicada innumerables veces, no siempre con el necesario cuidado editorial o fidelidad a los textos originales. Por eso circulan libros con variantes que van desde pequeños cambios ortográficos hasta el caso de Poemas humanos, libro póstumo cuyo contenido difiere bastante en cada una de sus versiones. Gracias a la contribución de estudiosos y especialistas se están produciendo en los últimos tiempos ediciones críticas de la obra vallejiana que ayudan a aclarar dudas y unificar criterios. La más reciente es Los heraldos negros. Nueva edición crítica (INC, 2005) del crítico Ricardo González Vigil (Lima, 1949).
En el poemario Los heraldos negros, publicado en julio de 1919 (y no 1918, como se indica en el libro original), Vallejo reunió 69 textos, escritos entre 1915 y 1918, que evidencian la evolución del autor desde un modernismo decadentista, hasta la creación de una poética sumamente personal. Las diversas secciones del libro van marcando esa evolución: Plafones ágiles (11 poemas), Buzos (4), De la tierra (10), Nostalgias imperiales (13), Truenos (25) y Canciones de hogar (5). A ellas se añade, al inicio del libro, el poema Los heraldos negros que de alguna anuncia los temas y el tono del conjunto, y que está escrito en una peculiar mezcla de versos alejandrinos y endecasílabos.
Esta nueva edición está basada en la Obra poética de Vallejo. Edición crítica que el propio RGV publicara en 1991; e incorpora, además, los aportes de las más trascendentes ediciones de esta poesía, desde la de Georgette de Vallejo (1968) hasta la de Ricardo Silva Santisteban (1997). Además, siguiendo con la tradición inaugurada por autores como Juan Espejo –en su libro César Vallejo: itinerario del hombre (1965)-, RGV proporciona otras precisiones de diversos tipo: la fecha de composición, las identidades de los personajes aludidos, los acontecimientos reales en que están basados, detalles de las ocasiones en que el poeta leyó públicamente cada texto, etc.
Con esos elementos, a los que se suma en algunos casos la interpretación de RGV al poema, la lectura de Los heraldos negros se convierte en un didáctico y provechoso paseo guiado por la obra inicial de César Vallejo. Se recuerda, por ejemplo, que el tan conocido y vallejiano verso "... de algún pan que en la puerta del horno se nos quema", era originalmente un verso típicamente modernista: "... de alguna almohada de oro que funde un sol maligno". En algunos casos, estos cambios afectan hasta los títulos que el autor dio a las diferentes versiones de sus poemas: Retablo se tituló inicialmente Simbolista; Yeso fue Estrella vespertina y Hojas de ébano fue Noche en el campo.
Hay también una sección de Poemas juveniles no incluidos en Los heraldos negros, con textos escritos entre 1911 y 1918. En este conjunto llaman la atención los poemas que Vallejo publicó en la revista trujillana Cultura Infantil, en los que va desarrollando su personal aproximación al universo de la infancia. Una línea poética que da logros notables en la sección Canciones de hogar de LHN, especialmente el poema A mi hermano Miguel (en el que el "yo poético" asume el punto de vista de un niño), pero cuya mejor expresión está en los poemas de Trilce III ("Las personas mayores / ¿A qué hora volverán/...) y LI.
A manera de prólogo se incluye un extenso ensayo (publicado en la revista Casa de las Américas) que el crítico Raúl Hernández Novás escribió a propósito de la ya mencionada Obra Poética de 1991; y también un Estudio preliminar en el que RGV sigue la "trayectoria biográfica y literaria" de César Vallejo. En suma, esta edición de Los heraldos negros, primer tomo de una nueva edición crítica de la Poesía Completa de Vallejo, resulta una valiosa contribución a la difusión de la obra de nuestro gran poeta, a la vez que confirma a Ricardo González Vigil como uno de sus más importantes estudiosos.
La piedra alada
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Poesía

José Watanabe. La piedra alada (Peisa, 2005)
Los poemas de La piedra alada se inscriben dentro del sector más apreciado -tanto por la crítica como por los lectores- de la obra de José Watanabe. Son textos que parten de la observación de la naturaleza para obtener imágenes que desencadenan reflexiones sobre temas como el paso del tiempo, la soledad o la muerte. La novedad es que la mitad de estos poemas (que deben tanto a la tradición literaria japonesa como al imaginismo anglosajón), tienen como elemento central rocas y piedras de diversos tipos, desde La piedra del río en que el poeta solía descansar en su niñez hasta fósiles y cotidianas piedras de cocina.
Watanabe había escrito antes otros poemas sobre piedras –como Trocha entre los cañaverales de El huso de la palabra (1989)-, pero esta vez su aproximación es más minuciosa, pues está fundamentada en la evolución de su propia poesía. En sus libros anteriores lo natural ha remitido cada vez más a lo material y orgánico de la vida humana, un proceso que alcanzó su punto más alto en Cosas del cuerpo (1999). La piedra, inorgánica e inmóvil, representa por eso lo opuesto y complementario de lo humano: "La piedra te pide silencio. Hay tanto ruido / de palabras gesticulantes y arrogantes...", dice el poeta, señalando algunos de los valores simbólicos de las piedras.
La oposición entre lo humano y lo pétreo –entre lo vivo y lo muerto, lo efímero y lo permanente- es interpretada de distintos modos en los poemas: con un pesimismo sombrío en el poema La piedra alada, desde una contemplación irónica de En las aguas termales, o con el festivo afán integrador de Las piedras de mi hermano Valentín. Estas diferencias se remarcan en los versos finales de los poemas, las "moralejas" que algunos críticos han señalado como añadidos innecesarios. Sin negar que algunas veces resultan un tanto enfáticos y efectistas, estos versos finales son los que marcan la evolución de las piedras desde lápidas hasta esa última piedra "oronda, soberbia, casi respirando".
La segunda mitad del libro está dividida en las secciones: Tres canciones de amor, Arreglo de cuentas y Epílogos. Se trata de poemas en los que, ya sin la pesada carga de piedras y rocas, el autor regresa libremente a temas y motivos recurrentes en su poesía. Watanabe añade a su bestiario poético (en el que ya figuran desde leones y ballenas hasta ranas y lenguados) textos como El topo y Los gorriones; mientras que el retorno a los paisajes campesinos de su infancia lo lleva a rememorar El vado, El pan ("vivíamos en un pueblo de hambrunas") y El miedo, "el temor de poner el pie / en una huella sin esperanza", la del burro que hacía girar la rueda de un rústico molino".
En estos poemas nos reencontramos con el Watanabe más apreciado por los lectores jóvenes, aquel que con mucha ironía y sentido del humor pasa revista a algunos de nuestros mitos de hoy. El amor, en esas tres canciones, queda reducido a sus componentes más elementales y no es capaz de superar siquiera la fealdad (Fábula) o vejez (Cuestión de fe) de los amantes. Un trabajo poético desmitificador del que no se salvan ni la religiosidad (La plaza, Vivero) ni la propia poesía, abordada en Los gorriones ("balbuceamos, pergueñamos...") y Simeón, el estilita ("La sabiduría / consiste en encontrar el sitio desde el cual hablar").
Hay otra línea, más culturalista y menos autobiográfica, dentro de la poesía de Watanabe, en la que el "yo poético" habla como a través de máscaras. En esa línea se encuentran su versión poética de Antígona (2000), Habitó entre nosotros (2002) y también su próximo poemario, El Minotauro, ya en proceso de corrección. Nosotros preferimos al Watanabe menos libresco pero mejor observador de la naturaleza, el de los libros que van desde El huso de la palabra hasta Cosas del cuerpo. La piedra alada ratifica la calidad de esa poesía, considerada entre las más importantes que se están escribiendo actualmente en el mundo de habla hispana.
Visite mi página dedicada a la obra de José Watanabe
Hotel Europa

Luis Hernán Castañeda. Hotel Europa (Peisa, 2005)
Luis Hernán Castañeda (Lima, 1982) nos entrega en Hotel Europa (Peisa, 2005) una historia extraña y casi irreal, la de un joven periodista limeño que llega al remoto pueblo de San Andrés (de indeterminada ubicación geográfica), habitado sólo por hombres sometidos a los excesos y caprichos de un escuadrón de delincuentes conocidos como "los románticos”. Liderados por un personaje denominado “Dios”, los románticos tienen además cautivas a todas las mujeres, obligándolas a prostituirse para ellos. El periodista es confundido con Allison Richter -mujer mítica para los pobladores de San Andrés-, confusión que él aprovecha para convertir el Hotel Europa en una próspera casa de citas.
Esos son sólo algunos de los inverosímiles sucesos narrados siempre en primera persona por Allison y otros personajes, entre los que figuran Apocalipsis, un romántico renegado; el “oso” Castañeda, depravado regente de una casa para niños huérfanos; y Salvador, el guardaespaldas de Allison. Provenientes de un mundo sórdido y violento en extremo, ellos se expresan en un lenguaje duro, por momentos hasta procaz, que L. H. Castañeda reelabora literariamente. Los resultados son algo desiguales, pues si bien se pueden encontrar algunas descripciones y diálogos destacables, en muchos párrafos no se consigue superar la simpleza y lugares comunes propios del habla de los personajes.
Hay varias coincidencias entre esta novela y La casa verde de Mario Vargas Llosa: la historia del prostíbulo exitoso, la alternancia de voces narrativas, los grupos masculinos (los “románticos” aluden desde el nombre a los “inconquistables” de LCV), entre otras. Pero este material está manejado de una manera opuesta al realismo vargasllosiano y más próxima a lo subjetivo e irreal de la obra de Mario Bellatin, escritor que Castañeda ha reconocido como una de sus más importantes influencias. Y más específicamente, al libro Poeta ciego, novela de Bellatin de la que parecen provenir ciertos personajes (el niño sin ojos, p. e.) y esas ceremonias públicas cargadas de erotismo y de una ambigua religiosidad.
Lamentablemente, Castañeda no logra darle a su universo ficticio la densidad de temas y motivos de la obra de Bellatin, un autor con estudios de teología y además atento observador de los aspectos más oscuros de la naturaleza humana. Sin esa densidad, el violento pueblo de San Andrés, creado a partir de esquematismos simplistas (y en el que las mujeres solo pueden ser niñas o prostitutas), termina aproximándose demasiado a los universos ficcionales del cómic; al mundo de Sin City, para citar un referente cercano. El propio Castañeda lo reconoce, y hace decir a un personaje que San Andrés parece salido de “el reino de los sueños de un muchacho solitario...”
Estas últimas palabras (que de alguna manera corroboran los rasgos “adolescentes” que encontramos en Casa de Islandia, la anterior novela de Castañeda) pertenecen a Sebastián, el hermano de Allison que aparece casi al final del libro, cuestionándose sobre la naturaleza de ese pueblo (“híbrido de realismo y fantasía”) y sus “estrafalarios” habitantes. El personaje permite plantear una serie de reflexiones metaliterarias que no llegan a desarrollarse, pues Sebastián es absorbido rápida y plenamente (del mismo modo que su hermano) por esa sociedad grotesca e irreal cuyos “autores son todos los hombres de San Andrés”, como sostiene Allison en las páginas finales del libro.
En esta segunda novela, más ambiciosa y literariamente arriesgada que la primera, se reafirman algunas características narrativas, desde el diligente trabajo con el lenguaje y las técnicas, hasta la opción por las ficciones cerradas (como se anuncia en los títulos) en las que la subjetividad, fantasía y juventud del autor se convierten en factores determinantes. Sin llegar a ser un libro más logrado que Casa de Islandia, Hotel Europa marca una positiva evolución en la obra de Luis Hernán Castañeda.
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