
Pedro Salinas. Rajes del oficio (Planeta, 2007)
El periodista y escritor Pedro Salinas (1963) ha retomado la propuesta de Atados a la columna (2005) –libro en el que el español Jesús María Amilibia entrevista a los autores de las principales columnas periodísticas de su país– y ha hecho su versión peruana, Rajes del oficio una serie de entrevistas con importantes periodistas peruanos. La lista de los convocados es el principal atractivo del libro, pues incluye a diez de las más destacadas personalidades de la prensa, radio y televisión peruanas: César Hildebrandt, Mirko Lauer, Jaime Bayly, Raúl Vargas, Rosa María Palacios, entre otros. Pero a pesar del interés y del prestigio de los entrevistados, Rajes del oficio es uno de esos libros que comenzamos a leer con un entusiasmo que vamos perdiendo con el correr de las páginas.
Salinas aborda a cada uno de sus entrevistados de la misma manera, y a cada uno de ellos les plantea las mismas preguntas: ¿qué hace a un periodista independiente? ¿has perdido amigos por culpa del periodismo? ¿haces concesiones a la línea editorial de la empresa periodística que te contrata?, las que se prestan bastante para respuestas retóricas y auto elogios. La mayoría cae en la trampa, como Álvaro Vargas Llosa, que responde así a la última pregunta: “Creo que hay que ser auténtico y enfrentar a la línea de tu jefe... Yo soy ese tipo de periodista, de los que prefieren optar por la autenticidad”. No hay repreguntas, aunque muchas veces parecen necesarias; y al autobombo hay que añadirle las historias de los inicios de cada periodista, que Salinas cuenta con demasiada admiración, casi como hacía Carlos Cornejo con todos sus invitados al programa de televisión 2 (a la) n.
No obstante los valiosos consejos que aquí mismo le dan (Palacios, Bayly y Hildebrant), Salinas da claras muestras de no ser un buen entrevistador. Además tiene el vicio de pretender ser divertido, aunque su sentido del humor es bastante grueso y superficial (apela incluso a las flatulencias, de Charly García o de la mascota de uno de sus entrevistados); un peculiar sentido del humor que ya ha mostrado tanto en su columna periodística, Patente de Corso,como en sus libros de narrativa –Mateo Diez (2002) y Álbum de fotos (2004)– y que seguramente aprendió de algunos de los periodistas españoles citados recurrentemente a lo largo del libro. Salinas incluso ha copiado de esos maestros el “leísmo” tan típicamente español.
De todas maneras, el libro nos permite descubrir algunos aspectos interesantes de los entrevistados: que Beto Ortiz fue inicialmente caricaturista, Federico Salazar poeta y filósofo; que Hildebrandt y Lauer comenzaron escribiendo falsas crónicas, sobre deportes y policiales respectivamente. También están los párrafos finales de cada texto, en que el entrevistado tiene que definir en pocas palabras a sus colegas más destacados, oportunidad que todos aprovechan para elogiar a sus amigos y burlarse de sus enemigos. En conjunto, Rajes del oficio deja la impresión que dentro del periodismo peruano, la "izquierda" tiene mucho mejores representantes que la "derecha": César Hildebrandt, Mirko Lauer o Fernando Vivas frente a Aldo Mariátegui, Álvaro Vargas Llosa o Federico Salazar.
Se puede leer un capítulo del libro en la página web de Beto Ortiz.
Otros textos sobre Rajes del oficio: Ernesto Carlín, Hugo del Portal, El Búho (I, II , III), Fantomas, Informalísimo, Beto Ortiz, Martín Tanaka, Ricardo Vásquez.
Entrevistas: Agencia Andina, Manuel Eráusquin, Enrique Patriau, Enrique Planas.
Rajes del oficio
Con boleto de vuelta

Carlos Eduardo Zavaleta. Con boleto de vuelta (UNMSM, 2007)
Carlos Eduardo Zavaleta (Áncash, 1928) es uno de los más interesantes narradores de la 'Generación del 50' y suele ser destacado tanto por la calidad de sus cuentos como por haber introducido en nuestro país las técnicas narrativas creadas por Joyce y Faulkner. Desde la novela El cínico (1948), su extensa obra abarca los más diversos temas y ambientes, ya sean pequeños pueblos del ande peruano o ciudades como Londres y Nueva York, que el autor ha conocido en su labor como diplomático. Con casi 80 años de edad, Zavaleta acaba de publicar otra novela, Con boleto de vuelta que de alguna manera resume su personal proyecto narrativo.
El protagonista de Con boleto de vuelta es César Ponce, un intelectual nacido en Tarma a inicios de los 60 y que en los años 90 se desempeña como profesor en la U. de Duke, Carolina del Norte (EEUU). Ahí goza de prestigio académico y tiene una relación de pareja estable con la norteamericana Judy. No obstante, decide dejarlo todo para volver a Tarma, a cumplir la promesa de matrimonio que le hizo a Maruja, su enamorada de adolescencia. Esa decisión, y sus vaticinios de una invasión norteamericana a Irak (poco antes del atentado a las Torres Gemelas), le ganan la enemistad de algunos colegas en Duke, como el envidioso profesor Faus.
Esta historia es muy similar a las de algunos de los relatos más recientes de Zavaleta –los de Campo de espinas (1995) o Abismos sin jardines (1999)– en los que intelectuales o diplomáticos aparecen retratados con trazos gruesos y bastante ironía, como para criticar la superficialidad de sus juicios y opiniones, o la frivolidad de su estilo de vida. Pero la crítica pierde fuerza cuando el protagonista, con quien el autor parece identificarse, cae también en esos vicios: tras abandonar intempestivamente a Judy, y en la mitad de su viaje para casarse con Maruja, César tiene un ardoroso romance con una joven estudiante.
Zavaleta interpola en el relato ciertos sucesos de infancia y juventud de César, que remiten a la tradicional sociedad andina, llena de prejuicios e injusticias. Y si bien esta línea narrativa compensa algunos de los excesos de la historia principal, no llega a desarrollarse bien ni a integrarse –como sí sucedió en Pálido pero sereno (1997)– en una propuesta sobre el gran tema de esta novela: el fenómeno de la migración. Sin dejar de tener interés, Con boleto de vuelta resulta una obra menor dentro del conjunto de la narrativa de Carlos E. Zavaleta.
Entrevistas: Carlos Sotomayor, Tomacini Sinche, Giancarlo Stagnaro, Rebeca Vaisman.
Punto de fuga

Jeremías Gamboa. Punto de fuga (Alfaguara, 2007)
Un libro presente en casi todos los recuentos de lo mejor de la literatura peruana del año pasado es Punto de fuga, ópera prima del periodista y escritor Jeremías Gamboa (Lima, 1975). Se trata de un conjunto de ocho cuentos que se pueden leer independientemente y que tienen en común una serie de personajes –todos jóvenes y limeños– que están siempre desplazándose por las más conocidas calles y lugares de la capital. Así, los relatos constituyen un interesante y original retrato de la Lima de hoy y de la forma en que sus habitantes comparten los espacios urbanos, además de ciertos problemas y obsesiones.
El protagonista de la mayoría de estos cuentos es un joven periodista encargado de escribir crónicas para una conocida revista. Su origen es humilde, hijo de un mesero de una pizzería miraflorina (como se cuenta en Nuestro nombre), pero que a pesar de ello estudió en una universidad particular y le va bien en lo económico. Este "progreso" lo lleva a mudarse a un mejor barrio, a unas cuadras del trabajo de su padre (El edificio de la calle Los Pinos) y también a convertirse en una persona solitaria, una especie de desclasado que ha perdido contacto con sus semejantes y que no es del todo aceptado en el nuevo medio en que se desenvuelve.
En el cuento María José vemos a ese joven enamorado durante años de una compañera universitaria, aunque ella solo lo ve como un amigo pobre. En Tierra prometida, el protagonista y un amigo abandonan una exclusiva discoteca, en la que no logran divertirse, para buscar mujeres más accesibles en locales nocturnos de Los Olivos y Comas. Son los mejores textos del libro aquellos que asumen de manera más directa esta temática, mientras que en otros parece primar lo pintoresco de los sucesos o de los ambientes, como en Un responso por el cine Colón y El edificio de la calle Los Pinos, respectivamente.
No podemos dejar de relacionar estas últimas opciones con la crónica periodística –Gamboa destacó en este género en la revista Somos– a pesar de que en algunos aspectos lo periodístico está reñido con lo literario. Eso es algo que se hace sentir en este libro, desde la forma en que se ha estructurado el material narrativo (acaso más apropiado para una novela) hasta el propio lenguaje, trabajado para que resulte lo más funcional y transparente posible. Los cuentos de Punto de fuga presentan a Jeremías Gamboa como un narrador de interés pero que aún necesita afianzarse en lo literario.
En internet se puede leer el cuento Un responso por el cine Colón.
Otros textos sobre Punto de fuga: Ernesto Carlín, Alonso Cueto, José Güich, La República.
Entrevistas: Francisco Ángeles, Pedro Escribano, Ezio Neyra, Piero Peirano, Enrique Planas, Carlos Sotomayor.
Las armas molidas

Juan Ramírez Ruiz. Las armas molidas (Arteidea, 1996)
Miembro fundador del polémico grupo Hora Zero y una de las voces más características de la poesía de los años 70, Juan Ramírez Ruiz (Chiclayo 1946-2007) publicó dos poemarios en aquel turbulento decenio: Un par de vueltas por la realidad (1971) y Vida perpetua (1977). Luego de un silencio de 19 años ha aparecido Las armas molidas, libro con el que Ramírez Ruiz vuelve a la lírica con toda la vitalidad, agresividad e irreverencia literaria que desde poemas como El júbilo se convirtieron en sus marcas personales más notorias.
Las armas molidas es uno de los libros más ambiciosos que se han publicado en el Perú en los últimos tiempos. El autor ha pretendido hacer un libro total – “canto, novela, relato, crónica, tratado, biografía”– reuniendo elementos completamente disímiles: una cierta épica contemporánea (en la línea de su poesía anterior), mitos andinos todavía vigentes, rupturas vanguardistas y hasta la propuesta de una nueva escritura “alfagramática” que remplaza al alfabeto que normalmente usamos por signos inspirados en motivos prehispánicos que su inventor denomina “andigramas”.
El poemarioo propiamente dicho está dividido en tres partes correspondientes cada uno a los conceptos andinos de Uku (mundo subterráneo, espacio interior humano), Kay (dimensión social y natural) y Hanan (dimensión superior, paraíso terrenal y cósmico). Una triada que en esta versión de Ramírez Ruiz se asemeja bastante a las occidentales de pasado-presente-futuro y opresión-revolución comunismo, enlazándose así con ciertas propuestas plantadas por el autor en sus declaraciones incluidas en el libro Estos trece.
La primera parte, en consecuencia, está dedicada a los muertos, al los antepasados y al sufrimiento: "… cueva de alaridos en la medianoche de nadie… / panteón de años ardiendo como asteroides… ". Además se presentan los personajes principales del poemario: el hombre de armas molidas, el golondrino, (hombre que va hacia Hanan por la revolución), Juanrra (el yo poético), etc. Y también se establecen las características formales del libro: adjetivación casi decorativa (“dorado amanecer”, “oscura guerra”, “incerrable tierra”), empleo redundante de los signos de admiración, constante apelación a las fuerzas de la naturaleza (para lograr el tono épico), etc.
Entre las rupturas vanguardistas que dificultan la lectura están el uso de dos o más partículas gramaticales (preposiciones, artículos, pronombres, adjetivos) ahí donde solo debe ir una: “Su tu casa es la comprensión, y su tu riqueza la serenidad; Sur que salió en con por el fin”. Otro recurso de este tipo son los versos con notas a pie de páginas que también son versos; o la caprichosa división del espacio de la página. Un peculiar arsenal retórico que estorba el desarrollo de las virtudes poéticas del autor.
En la segunda parte se emprende un pormenorizado recuento de la diversidad cultural de nuestro país. Los títulos son bastante explícitos: Quechua, Aymara, Omagua, Pisabo, etc. Una suerte de convocatoria general que termina en un Tinkunakuy. En la tercera parte se trata de describir la idílica vida en el universo Hanan: “La vida conversa una canción para oír completa / una canción para conversar de cerca…”, “no hay paso sin pie / ni mano sin su pozo / y la ternura fuerte como roca persistente dibuja o escribe sonatas instantáneas”.
En cuanto a la escritura alfagramática propuesta, ésta no es sino la sustitución de los signos de nuestro alfabeto por otros signos de carácter geométrico, los andigramas. Es el mismo idioma español, pero “en clave”, es decir, traducido letra por letra. La novedad estaría en que a cada andigrama le corresponde no sólo un sonido sino también un color y una nota musical, intentando convertir la lectura en una especie de espectáculo multimedia. Además, ciertas categorías gramaticales(artículos, adverbios, conjunciones) se representarían con algunos pocos signos, potenciando su valor polisémico, pero perdiendo bastante precisión y capacidad comunicativa. En resumen, una propuesta poco práctica y acaso algo ingenua.
Mucho se podría escribir sobre Las armas molidas, libro en que la búsqueda de originalidad y los excesos del discurso parecen haber asfixiado a la poesía misma. Ramírez, que en Un par de vueltas por la realidad logró crear una poesía épica contemporánea y urbana, no ha podido encontrar las formas literarias apropiadas para alcanzar su principal meta en este poemario: unir la poesía, la ideología marxista y los mitos andinos.
(Artículo publicado en La República el 8 de diciembre de 1996. La imagen se ha obtenido de aquí)
Otros textos sobre Juan Ramírez Ruiz: Pedro Escribano, Nicolás Hidrogo, Rodolfo Ybarra, Zonadenoticias.
Pata de perro

Jorge Díaz Herrera. Pata de perro (Editorial San Marcos, 2007)
El cajamarquino Jorge Díaz Herrera (Celendín, 1941) es un escritor prolífico y versátil. Se inició como poeta, con el libro Orillas (1968), y después ha incursionado en casi todos los géneros literarios: en el teatro –Ver para correr (1968), Comanche (1970), entre otras–, en el cuento con su conocido libro Alforja de ciego (1979) y más recientemente en la novela, comenzando con La agonía del inmortal (1985), que fue bien acogida por la crítica, hasta Pata de perro su quinta novela recién publicada, un relato en el que retorna a la ciudad de Trujillo, en la que vivió su infancia.
La primera parte del libro (dos centenares de páginas), está dedicada a las aventuras de un grupo de niños: Pol (el protagonista de la novela), su hermana Nana, el moreno Cocoidé, Lucas, etc. Conviven con ellos una serie de adultos, dotados todos de una inocencia y simplicidad que los hace casi niños, como el loco Pericote, la solterona Irma, o Mamatina y Papagusto, los padres de Pol. El carácter festivo de los sucesos, relatados de una manera dinámica y amena, y la humanidad y camaradería reinantes en esta comunidad, se conjugan en un interesante retrato narrativo de la vida de barrio de aquellos años (hoy desaparecida), cuando las calles de nuestras ciudades no eran tan peligrosas y en ellas se realizaba buena parte del proceso de socialización.
La segunda parte de la novela, sus últimas 100 páginas, cuentan las peripecias de Pol fuera del Perú. Primero como estudiante y poeta (no muy bueno, a juzgar por sus versos), y después, ya mayor, llevando una vida casi de pícaro: sin trabajo fijo, realizando travesuras y pequeños robos para sobrevivir. El protagonista, sin perder su carisma personal, se va convirtiendo en un hombre solitario y nostálgico al que además "se le da por recontar su vida". Y sus eventuales visitas al barrio trujillano solo sirven para comprobar la desaparición del añorado paraíso de la infancia, pues los amigos también han emigrado y las personas mayores están muriendo.
Así, en esta segunda parte de Pata de perro la narración se hace demasiado lenta y enmarañada por la interpolación de los recuerdos y reflexiones de Pol. Incluso se pierden algunos de los mayores logros de la primera parte, bien señalados por el poeta Arturo Corcuera: la conjunción de gracia, intriga y aventura, y "la filiación callejera del lenguaje", la recreación literaria de la manera de hablar de los peruanos de hace cinco decenios.
Otros textos sobre Pata de perro: Arturo Corcuera, Ricardo González Vigil.
Entrevistas: Pedro Escribano, Enrique Sánchez Hernani.
Jorge Díaz Herrera tiene su propio blog Alforja de ciego.
Colección minúscula

Ricardo Sumalavia. Colección minúscula (Copé, 2007)
Radicado desde hace algunos años en Francia, Ricardo Sumalavia (Lima, 1968) es el escritor peruano más identificado con la narrativa breve, pues a sus tres libros de prosas y microrrelatos –Habitaciones (1993), Retratos familiares (2001) y Enciclopedia mínima (2004)– se suma su página web Gambito de peón, dedicada a la difusión del cuento breve en idioma español. Esta última labor debe ser el origen de su más reciente libro Colección minúscula. Cinco espacios de la ficción breve una amplia antología que reúne textos de 15 escritores hispanohablantes, diez de ellos peruanos.
En el prólogo, Sumalavia explica que en lugar de reunir a un gran número de autores, como hizo Giovanna Minardi en Breves, brevísimos, ha convocado a reconocidos escritores para que escojan, dentro de su propia obra, un conjunto de cuentos breves, en promedio unos 15 textos. Desde Carlos Eduardo Zavaleta (1928) hasta Mónica Belevan (1982), los seleccionados abarcan varias generaciones de escritores, destacándose aquellos que han publicado libros dedicados a la narrativa breve: Antonio Gálvez Ronceros (Historias para reunir a los hombres), Carlos Herrera (Crónicas del argonauta ciego) y Fernando Iwasaki (Ajuar funerario).
Los extranjeros convocados son el español José María Merino, el venezolano Luis Britto García y los argentinos Raúl Brasca, Ana María Shua y Andrés Neuman. Cada uno de ellos se presenta en un grupo con dos escritores peruanos (Gálvez Ronceros-Brasca-Iwasaki, por ejemplo) generándose así los "cinco espacios" mencionados en el título del libro. Lástima, Sumalavia no define ni delimita esos espacios; solamente dice que en ellos hay "algunas afinidades, preocupaciones estéticas que en algunos casos serán más obvias que en otros". Esta ambigüedad y la falta de propuestas acerca de la ficción breve y de los textos reunidos son los puntos débiles del breve prólogo y del libro en general.
El cuento corto es una forma narrativa de mucha actualidad, pues une la rapidez y la exactitud, dos de las propuestas de Italo Calvino para la literatura del tercer milenio. Gracias a la acertada selección de los autores, Colección minúscula se constituye en una muestra representativa de las diversas tendencias dentro de este género; tendencias que van desde el realismo y la temática social de los escritores de las generaciones del 50 y 60, hasta lo fantástico y libresco de los cuentos de Enrique Prochazka, César Silva Santisteban y Carlos Herrera.
Otros textos sobre Colección minúscula: adonde.com, El Comercio, José Güich, Abelardo Oquendo, Rocío Silva Santisteban, Giancarlo Stagnaro.
Entrevista: Carlos Sotomayor.
El cielo de Capri

Marco García Falcón. El cielo de Capri (Revuelta, 2007)
Un interesante libro de cuentos –París personal (2002)- le bastó a Marco García Falcón para ser considerado uno de los más prometedores narradores peruanos de su promoción. Cinco años después nos entrega El cielo de Capri, su primera novela, un relato de estirpe clásica, que muestra a un autor más asentado en ese universo ficcional que se anunciaba en los cuentos iniciales: el de los escritores solitarios y reflexivos que solo pueden ver la vida a través del filtro de la literatura.
El protagonista de El cielo de Capri es un anciano escritor limeño que rememora un viaje que hizo con su esposa Sofía (por sus 35 años de matrimonio) por diversas ciudades de Europa. Él ya conocía ese continente y recordaba la belleza de algunos lugares como la isla de Capri y su famosa Gruta Azul. En paralelo, el protagonista nos cuenta la historia de su relación con Sofía, desde que se conocieron cuando era profesor universitario y ella una de sus alumnas. Los extraños sucesos que se producen durante el viaje de la pareja (y su trágico final) hacen dudar de la veracidad de lo narrado hasta entonces.
A estas historias se suman muchas otras secundarias, pero la complejidad de la trama se compensa con una prosa clara, sobria y bien trabajada –marca característica del autor– "con metáforas sugerentes y adjetivos precisos", según ha declarado en una entrevista. Esa búsqueda de la precisión y capacidad de sugerencia prima en todos los elementos de la narración, desde las descripciones y diálogos (reducidos casi a su mínima expresión) hasta los elementos simbólicos y la forma de abordar los temas: los desencuentros entre la literatura y la vida, la razón y el deseo, el pasado real y los recuerdos personales. El único reparo que le hacemos al texto es que esa búsqueda de la sugerencia y de lo estético llega algunas veces demasiado cerca del kitsch, como en el caso de esos remeros que no dejan de "cantar un solo instante la misma melancólica aria italiana".
Como afirmamos, estamos ante un relato de estirpe clásica: una historia aparentemente sencilla (no lo es tanto, hay hasta tres "tiempos" superpuestos), contada por un único narrador, empleando el lenguaje libresco tradicional (ese que Ribeyro llamaba cataverusa) y sin complicaciones gramaticales ni amaneramientos verbales. Con estas opciones, García Falcón inscribe su libro dentro de la gran tradición de novelas breves o cuentos largos a la que pertenecen Silvio en el Rosedal de Julio Ramón Ribeyro o Muerte en Venecia de Thomas Mann, obras con las que tiene no pocos puntos de contacto. El cielo de Capri es una buena novela, que se lee con facilidad e interés, y que además acepta diversas interpretaciones.
Otros textos sobre El cielo de Capri: Alonso Cueto, José Güich.
Entrevistas: Ernesto Carlín, Francisco Melgar, Gabriel Ruiz-Ortega, Carlos Sotomayor.