"Ciudad de Lima" y "Todos los muertos de mi felicidad"
Todos los muertos de mi felicidad se inicia con cuentos que se inscriben en el realismo urbano más violento. En “Ciudad solitaria”, una pareja de universitarios acude a un médico clandestino para practicar un aborto, operación que el relato describe paso a paso y con minuciosidad. En “Sérpico, sin Al Pacino”, una banda de sicarios disfruta de su oficio: “Era un placer matar. Resultaba bello ver los cuerpos convulsionar, fuera de control…”. En “Manual del ingresante”, por su parte, seguimos a un joven que reparte “mosquitos” (volantes publicitarios) metido en un disfraz de goma durante uno de los días más calurosos del verano. El telón de fondo de los tres relatos es el centro de Lima, con su tráfico caótico, sus locales comerciales y algunos lugares emblemáticos: la Plaza Bolognesi, la avenida Wilson, el Museo de Arte.
Quienes hemos seguido la ya larga trayectoria de Rimachi sabemos que su inclinación por la violencia y la sordidez viene desde sus primeros libros de cuentos, Despertares nocturnos (2000) y Canto en el infierno (2001). Afortunadamente, esa tendencia, a veces excesiva, encuentra aquí un contrapeso en relatos de cierto carácter metaliterario, que incursionan en el universo de Mario Vargas Llosa, a quien el autor admira y llama su “Zeus”: “Elogio de la sirvienta” y “¿Quién mató a Palomino Molero?”. El mejor de los nueve cuentos, sin embargo, se sitúa quizá entre ambas vertientes: “Monsieur Hernández”, que combina la violencia urbana con el ambiente de la redacción de un diario limeño.
Ciudad de Lima cambia por completo el punto de vista: la capital es aquí un territorio que debe conquistarse y que a menudo rechaza a sus habitantes. Los personajes son migrantes (en “Sobre cómo Carlos Mendívil deja de ser…”, “Andrés” o “Too much cholo”) o hijos de migrantes (en casi todos los demás cuentos), y la discriminación suele ser el eje de cada historia. El racismo y el clasismo no funcionan como simple leitmotiv, sino también como la fuerza que ordena la vida de los personajes. El problema está en el tratamiento: casi siempre es ejemplarizante y se formula desde la mayor corrección política, lo que da a buena parte de los veinticinco textos un cierto aire de panfleto educativo. Ese efecto se refuerza por el trazo grueso con que el autor dibuja a muchos de sus personajes.
Quizá esas flaquezas narrativas se expliquen porque Díaz Untiveros es, hasta ahora, un escritor plenamente identificado con la poesía, autor de los poemarios En mi callar un mundo (2010), Se vende poesía (2016, finalista del Premio Nacional de Literatura) y Retablo (2022). Esa vena poética se percibe en la lograda retórica de algunos párrafos; pero no en los diálogos, en los que el afán por reproducir el habla limeña desemboca en un costumbrismo bastante plano. Merece destacarse, en cambio, su voluntad de recorrer la mayor diversidad posible de ambientes de la ciudad, desde los asentamientos humanos hasta los balnearios exclusivos, como si el libro quisiera abarcar Lima entera, con todas sus distancias sociales.
Vistos en conjunto, los dos libros confirman que no existe una sola Lima pobre. Rimachi la muestra desde un centro sórdido y violento, y la convierte en materia de una escritura que dialoga con la de su maestro. Díaz Untiveros, en cambio, la mira desde la experiencia de quienes llegaron de los Andes, y hace una fuerte denuncia del racismo y el clasismo imperantes. Ninguno agota la ciudad, pero juntos nos brindan una imagen más honesta de ella: la de una Lima que hiere tanto a los suyos como a quienes todavía no logran sentirla como propia.
