Construir o descubrir: dos maneras de hacer poesía

Hay muchas y muy diversas maneras de plantearse la escritura de un poema o de un poemario. Por eso es posible que, dentro de un mismo país y una misma generación, convivan poetas tan distintos como Martín Adán y Emilio Adolfo Westphalen, o Luis Hernández y Juan Ojeda. Dos libros recientes vuelven a poner esa divergencia ante nuestros ojos: La quimera (Vallejo&Co., 2026), de Miguel Ángel Sanz Chung, y Libro de horas (Máquina Purísima, 2026), de Gabriel Espinoza Suárez. Ambos son buenos libros, pero parten de opciones poéticas radicalmente opuestas.

Sanz Chung (Lima, 1979) tiene una trayectoria marcada por la construcción de poemarios conceptuales: concibe una idea, establece una arquitectura, busca imágenes y correspondencias, y hace que cada poema ocupe un lugar dentro de un conjunto. Desde La voz de la manada (2002), donde los animales eran máscaras de distintos tipos humanos, hasta Jardín zen (2022), a lo largo de ocho libros ha buscado un principio organizador capaz de convertir una suma de poemas en una obra unitaria. En La quimera esa voluntad constructiva alcanza su forma más visible. El título da la clave: así como la criatura mitológica se compone de partes de tres animales distintos, el libro se divide en tres secciones: «Los cantos», «Los tambores» y «El aliento».

«Los cantos» reúne siete poemas que son, en esencia, artes poéticas: la escritura se vuelve materia de reflexión y la poesía se interroga sobre su propia naturaleza. «Los tambores» atiende al impulso vital, a eso que empuja al ser humano a persistir aun cuando no parezca haber una razón última para hacerlo. «El aliento», por último, congrega una serie de meditaciones sobre la muerte y nuestra condición animal: el individuo desaparece, pero la vida continúa en la especie. El resultado es un poemario de elaborado trabajo retórico, siempre puesto al servicio de un discurso eminentemente reflexivo.

Espinoza Suárez (Callao, 1971) sigue un camino muy diferente. Su poesía aparece allí donde la vida cotidiana, con sus recuerdos, afectos, pérdidas y pequeñas revelaciones, deja entrever alguna forma de trascendencia: al lavar los platos, al arreglar un automóvil, al conversar con la madre, al recordar al padre, al hermano o a la hija. Esas experiencias no necesitan una retórica ostensible para cobrar resonancia; basta la mirada poética, que descubre en ellas una dimensión que ya les pertenecía.

En Libro de horas el verso libre convive con momentos narrativos, y la evocación familiar y el habla coloquial, con imágenes precisas y contundentes. Las fragmentaciones, las repeticiones y los cambios de ritmo no responden a una arquitectura visible: el poema avanza a tientas, como si su forma se fuera descubriendo a medida que se escribe. Lo dice bien el poeta Marco Martos en el prólogo: «Más que un libro cerrado, este poemario es una invitación a recorrer, junto con el poeta, las mesetas y los abismos de la experiencia».

Sin embargo, los dos libros terminan encontrándose en aquello que parecía distanciarlos. La quimera construye un minucioso discurso para pensar la existencia; Libro de horas halla en la existencia misma la materia de su poesía. Uno parte de las ideas; el otro, de la vida. Quizá la lección sea que no hay un único camino hacia el poema, pero sí distintas maneras de llegar al mismo punto: aquel en el que la experiencia, pensada o vivida, se vuelve palabra.