Plur1bus

Los extraterrestres ya no quieren invadirnos

Durante décadas, los extraterrestres de la ficción fueron una metáfora bastante transparente de nuestros propios temores. En la ciencia ficción de los años cincuenta llegaban desde el espacio, pero representaban al enemigo que acechaba desde nuestro propio planeta: el comunista, el invasor, la amenaza nuclear, la sociedad totalitaria. Eran criaturas que querían destruirnos y ocupar nuestro territorio; pero sobre todo eran "el otro".

Eso ha cambiado radicalmente en la ciencia ficción contemporánea. En las series Pluribus (2025) y El problema de los tres cuerpos (2024), y en la película Disclosure Day (2026), de Steven Spielberg, los seres de otros mundos ya no parecen interesados en conquistar la Tierra: su singularidad está en poseer formas de conciencia que cuestionan aquello que consideramos más íntimamente humano. Ellos pueden establecer vínculos mentales con nosotros y, en distinta medida, disolver la frontera que separa una mente de otra, ya sea fusionándolas, como en Pluribus, o simplemente volviéndola permeable para quien adquiere la llave para cruzarla, como en Disclosure Day. Y es precisamente por eso que estas tres ficciones revelan algunos de los mayores temores de nuestro tiempo.

La mentira necesita una frontera. Para engañar a otro tengo que conservar dentro de mí algo que él no conoce: puedo pensar una cosa y decir otra, ocultar una intención O guardar un secreto. Esa distancia entre mi conciencia y la conciencia ajena es una de las condiciones de la individualidad. Somos, en buena medida, individuos porque poseemos un territorio interior al que los demás no tienen acceso.

Los trisolarianos de El problema de los tres cuerpos están en el extremo opuesto: su forma de comunicación les impide comprender inicialmente la capacidad humana de separar pensamiento y palabra. Cuando descubren que los humanos pueden ocultar sus intenciones, comprenden también que esa capacidad constituye una formidable ventaja estratégica. Una mente que los demás no pueden leer tiene la posibilidad de conspirar, engañar, imaginar, defenderse. Lo que solemos considerar una debilidad humana —la capacidad de mentir— es, finalmente, una de las condiciones de nuestra libertad.

En Pluribus, esa frontera desaparece de manera aún más radical: los seres humanos son incorporados a una conciencia colectiva en la que la separación entre unos y otros deja de tener significado. El resultado no es una sociedad de esclavos aterrorizados, sino algo más perturbador: una sociedad aparentemente feliz, donde el conflicto disminuye, la soledad desaparece y la cooperación se vuelve casi perfecta. El precio es la pérdida de aquello que nos permite decir "yo" frente a un "nosotros".

Disclosure Day ofrece una tercera variante del mismo problema. Dejando de lado la lectura de la película en clave de thriller de encubrimiento gubernamental, lo verdaderamente inquietante no es que exista una verdad oculta, sino lo que el contacto extraterrestre le hace a sus dos protagonistas, que adquieren la capacidad de leer la mente de cualquier ser humano con el que se cruzan. En varios episodios de la película ese poder se muestra en acción: uno de ellos, por ejemplo, calma a un desconocido furioso apelando a un episodio de su pasado que el otro no tendría manera de conocer y que resulta el origen real de su enojo. La amenaza aquí no es la fusión de las conciencias, como en Pluribus, sino la capacidad de entrar, sin permiso, en el territorio interior de cualquiera. El secreto ajeno deja de existir no porque desaparezca la frontera entre las mentes, sino porque alguien puede cruzarla a voluntad.

Byung-Chul Han ha descrito al mundo actual como una "sociedad de la transparencia", en la que la disponibilidad permanente de información nos convierte en mercancías —valemos por la atención que recibimos, no por lo que somos— y que ha sustituido la confianza por la vigilancia. Allí donde todo debe ser visible, advierte Han, desaparecen el secreto, la alteridad y la posibilidad de una posición exterior al sistema. Las tres ficciones analizadas nos muestran justamente eso: mundos donde ya no hay secretos porque tampoco queda una separación real entre las conciencias. El ideal de la comunicación absoluta produce algo paradójico: una conexión que solo es posible porque los conectados han dejado de ser distintos.

Esa paradoja es, también, la nuestra. Nunca hemos estado tan comunicados: teléfonos, redes sociales e inteligencia artificial han reducido radicalmente la distancia entre las personas. Foucault describió, mucho antes de Internet, una forma de poder basada menos en la prohibición que en la vigilancia: basta con que la posibilidad de ser observado modifique la conducta. La sociedad digital ha llevado esa intuición a un terreno que Foucault difícilmente podía imaginar: hoy dejamos voluntariamente una huella permanente de lo que hacemos, leemos, buscamos y pensamos, y esa huella puede convertirse en una forma de poder, capaz de predecir y modificar nuestro comportamiento. Los extraterrestres de estas ficciones van un paso más allá: quieren penetrar en el último territorio que nos pertenece, la mente.

Sin embargo, no debemos idealizar la frontera que estas ficciones dan por perdida. Pluribus insiste en que la conciencia colectiva no es una distopía sino, al menos en apariencia, una vida más feliz. Incluso en Disclosure Day, donde el poder de leer mentes ajenas se presenta como una intrusión, la película lo muestra también como una herramienta capaz de aplacar la violencia —como en la escena del desconocido furioso—, lo que complica cualquier lectura valorativa. Las tres ficciones dejan abierta la pregunta de si la individualidad definida por el secreto es realmente preferible a una existencia sin esa distancia entre las conciencias, o si simplemente estamos acostumbrados a valorarla porque es la única que hemos conocido.

Borges ofrece, desde la literatura, una clave al respecto. En el cuento “Funes el memorioso”, un hombre adquiere la capacidad de recordarlo todo, y esa facultad termina convirtiéndose en una maldición: pensar exige seleccionar, olvidar, generalizar. Una conciencia que lo registra todo es menos libre para pensar que una capaz de olvidar. Una inteligencia que puede saberlo todo de todos parece en principio superior a nuestras imperfectas formas humanas de conocimiento, pero esas imperfecciones son precisamente las que hacen posible la individualidad.

La pregunta que plantean estas ficciones ya no es si los extraterrestres serán buenos o malos, sino algo más incómodo: ¿somos individuos porque podemos comunicarnos o porque siempre queda algo que no comunicamos? Quizá nuestra humanidad dependa de esa zona de sombra: de la posibilidad de callar, olvidar y ocultar. El secreto no sería entonces una falla de la comunicación, sino una de las condiciones de la libertad. Y la mentira, aunque pueda usarse para engañar, es posible por la misma razón que hace posible la autonomía: porque existe una diferencia entre lo que pensamos y lo que los demás conocen de nosotros.

El peligro no estaría, entonces, en que los extraterrestres nos conviertan en algo distinto, sino en que nos ofrezcan una forma de existencia que parece mejor que la nuestra: sin secretos, sin soledad, sin mentiras. Una existencia en la que todos podamos comprendernos por completo, y en la que, precisamente por eso, ya nadie pueda decir “yo”.