Escritor con una larga trayectoria e importantes reconocimientos, el mexicano David Toscana (Monterrey, 1961) acaba de obtener el Premio Alfaguara de novela 2026 por El ejército ciego, obra que parte de un hecho histórico —seguramente magnificado por la leyenda y el paso del tiempo—: en el siglo XI, el emperador bizantino Basilio II derrotó en batalla al zar Samuel de Bulgaria y ordenó vaciar las cuencas de los ojos de 15,000 soldados vencidos, dejando a unos pocos tuertos para que guiaran a sus compañeros de regreso a su patria.
Esta historia inusual encaja con naturalidad en el universo narrativo de Toscana, caracterizado por escenarios periféricos, personajes excéntricos y atmósferas enrarecidas, todo ello atravesado por un persistente humor negro. La novela se abre con el penoso retorno de ese ejército de mutilados: "Una columna de desarrapados recorre el último tramo para llegar a la capital del imperio de Bulgaria… el hambre los desbarata. Ninguno es lo que fue apenas tres meses atrás". A través de capítulos breves —de dos o tres páginas—, el relato va revelando detalles de lo sucedido, incluyendo el procedimiento de arrancar treinta mil ojos y el destino de esos restos, convertidos en una inquietante materia narrativa.
El núcleo de la obra lo constituyen, sin embargo, las historias particulares de algunos de esos soldados: su recepción en el ámbito familiar, su adaptación a la vida doméstica y los oficios a los que se ven obligados por su ceguera. Es en estos episodios donde Toscana despliega con mayor libertad su imaginación, construyendo relatos que bordean lo inverosímil y que, en muchas ocasiones, adquieren resonancias bíblicas: Aleksi, el esclavo, condenado a empujar una rueda de molino como un Sansón degradado; Radislav, el herrero, que forja una espada deforme que atribuye al arcángel San Gabriel; Nikifor, el panadero, cuyo horno promete un pan capaz de transfigurarse en cuerpo sagrado; o Yanko, el arquero, "que habría abatido a Goliat con una flecha antes que David con su piedra".
La ceguera funciona como símbolo de la derrota y del sometimiento, y también —en los episodios de mayor densidad religiosa— como metáfora de una fe que persiste incluso ante las peores adversidades. Pero la insistencia del autor en esa dimensión simbólica termina por convertir a casi todos los personajes en simples alegorías: existen para ilustrar una idea, no para vivir una historia. A ello se suma una estructura fragmentaria que, si bien contribuye a la variedad de voces y situaciones, genera cierta dispersión: la sucesión de relatos breves dificulta la construcción de tensión narrativa e impide el desarrollo de los personajes más allá de unos pocos rasgos definitorios. El humor negro, por su parte, atenúa el impacto trágico de sucesos de extrema violencia y levanta una barrera que dificulta la identificación emocional del lector.
La comparación con Ensayo sobre la ceguera (1995) de José Saramago resulta inevitable: en ambos casos la pérdida de la vista actúa como pretexto para explorar los límites de la condición humana. Sin embargo, mientras en Saramago la ceguera tiene un carácter casi metafísico y desencadena una descomposición social progresiva, en Toscana responde a una violencia histórica concreta. El autor portugués construye una alegoría de alcance universal; el mexicano, una fábula más anclada en la materialidad del daño y en las formas de adaptación de sus víctimas.
El ejército ciego es, en suma, una novela coherente con el proyecto literario de su autor, con momentos de indudable fuerza imaginativa. Sin embargo, los problemas señalados —el excesivo peso alegórico, la dispersión estructural y cierta frialdad emocional— hacen que no figure entre los logros más altos de Toscana. Cabe esperar que el Premio Alfaguara lleve a nuevos lectores hacia el resto de la obra de este valioso escritor mexicano, a aquellas novelas –El último lector (2005)y Olegaroy (2017)– en las que su universo narrativo alcanza su mejor expresión.

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