La poesía hispanoamericana y sus metáforas

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Camilo Fernández Cozman. La poesía hispanoamericana y sus metáforas (Universidad de Murcia, 2008)

Hace poco incorporado a la Academia Peruana de la Lengua, Camilo Fernández Cozman (Lima, 1965) es uno de nuestros más importantes críticos literarios de hoy. Tiene publicados siete libros de ensayos, desde Las ínsulas extrañas de E.A. Westphalen (1990) hasta Mito, cuerpo y modernidad en la obra de José Watanabe (2007), la mayoría de ellos dedicados a analizar las obras de los más destacados poetas peruanos. De lo nacional a lo continental, Fernández acaba de publicar en España La poesía hispanoamericana y sus metáforas (U. de Murcia, 2008).

Partiendo de los aportes de la Retórica General Textual (del español Antonio García Berrio y el italiano Stefano Arduini), los once ensayos aquí reunidos interpretan cada uno un poema (en un par de casos, un poemario) de Neruda, Vallejo, Borges, Paz, Belli o Watanabe. El método es casi siempre el mismo: se analizan algunas figuras retóricas empleadas en el poema, especialmente las metáforas y sus campos semánticos, para de ahí ver la forma en que esas figuras ("operadores cognitivos") se articulan en el texto, no solo como el desarrollo de un tema sino también como manifestación de la particular visión del mundo del poeta.

El modelo funciona bien, por ejemplo, en el ensayo sobre el poema "Idilio muerto" de César Vallejo. El estudio de la métrica, aliteraciones, metáforas y símiles del texto le permite a Fernández –pasando de lo formal a lo ideológico– afirmar que se trata de una "lírica de la interculturalidad", "una meditación simultánea acerca del pasado, del presente y del futuro andino luego de la invasión occidental". Logros similares obtiene al abordar los poemas "No hay olvido" de Neruda, "La piedra alada" de Watanabe, y también en el ensayo "La ironía desmitificadora como figura retórica en la poesía de C.G. Belli".

Hay, sin embargo, en Fernández –como señalamos con respecto a su libro Raúl Porras B. y la literatura peruana (2000)– una cierta tendencia a forzar las interpretaciones para que encajen en sus propias suposiciones. En estos ensayos encuentra reiteradamente actitudes de rechazo a la "cultura occidental", incluso en textos en los que este rechazo no existe, como en el poema "Las cosas" de Borges. No obstante, esta y otras discrepancias (con respecto a los textos de Paz y Neruda), la edición de este libro es un merecido reconocimiento a la labor crítica de Fernández y un destacable aporte a la difusión y comprensión de la poesía.
(Artículo publicado originalmente en La República)

Los diez mejores poemarios

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En el suplemento Semana del diario La Primera me pidieron una lista de los diez mejores poemarios de la literatura peruana del siglo XX (uno por autor). Traté de hacerla siguiendo más el consenso de la crítica que mis gustos personales. Los poemarios están ordenados de acuerdo a la fecha de nacimiento del autor.

Simbólicas. José María Eguren (Lima, 1911)
La crítica considera a José María Eguren (Lima, 1874-1922) el fundador de la modernidad en la poesía peruana. Antes de él, todo era retórica declamatoria (neoclásica, romántica o modernista) y la poesía se limitaba a ensalzar sucesos históricos, personajes o paisajes. Pero Eguren era un hombre extraño y solitario que vivía inmerso en su propio mundo interior; un universo en el que coexistían lo gótico y lo infantil, lo lúdico y lo trágico. En Simbólicas, su primer libro, Eguren nos presenta ese peculiar universo en hermosos y enigmáticos poemas dedicados a personajes como "Los reyes rojos", "El duque" o "La tarda". Con ellos llega a nuestra literatura la subjetividad, lo simbólico y la poesía pura.

Trilce. César Vallejo (Lima, 1922)
Hacia 1920 César Vallejo (1892-1938) ya había publicado su primer poemario, que lo convirtió, en opinión de J. C. Mariátegui, en la mayor promesa de nuestras letras. Entonces una serie de confusos incidentes ocasionó que fuera encarcelado por tres meses. En prisión, en la mayor soledad, escribió Trilce, su obra más personal y arriesgada, un conjunto de 77 poemas en los que los más audaces recursos de la vanguardia sirven para expresar la honda humanidad y profundidad de pensamiento del autor. Trilce es una de las obras cumbres de la literatura del siglo XX, a nivel mundial, y aunque sus poemas no tienen título (sólo numeración), muchos de ellos son fácilmente identificables por sus versos iniciales.

5 metros de poemas. Carlos Oquendo de Amat (Lima, 1927).
La vida y la obra de Carlos Oquendo de Amat (1905-1936) fueron sumamente breves. Casi todos sus poemas están reunidos en su único libro, 5 metros de poemas, un “libro objeto”, vanguardista y sumamente creativo. Todo en estos poemas está relacionado con la experiencia de la vida urbana más moderna y especialmente con el cine: el “metraje” del título, el empleo del espacio y hasta los títulos de los poemas ("Réclame", "Film de los paisajes"). Pero no se trata de un canto a la modernidad; al contrario, el poeta intenta alcanzar a través de estas efímeras y audaces imágenes la inocencia y ternura propias del mundo de la infancia. De ahí que el poema más conocido del libro sea precisamente "Madre".

Travesía de extramares. Martín Adán (Lima, 1950)
Rafael de la Fuente Benavides (1908-1985), más conocido por su seudónimo literario de Martín Adán, es uno de los escritores peruanos más eruditos y difíciles. Como Borges, se inicio dentro del vanguardismo (con la novela La casa de cartón) pero después escribió en los versos y estrofas más tradicionales de la poesía en español. Travesía de extramares es un conjunto de 50 rigurosos sonetos endecasílabos, dedicados cada uno a una obra de Chopin y que desarrollan diversos motivos literarios y filosóficos, presentados en los numerosos epígrafes y citas en alemán, francés inglés, etc. Poemas herméticos y de un deslumbrante virtuosismo formal, requieren de lectores especializados.

Las ínsulas extrañas. Emilio Adolfo Westphalen (Lima, 1933).
En la línea de la poesía pura y subjetiva de Eguren, el primer libro de Emilio Adolfo Westphalen (1911-2001) sorprende por la conjunción de recursos propios del surrealismo y de la poesía española clásica (el título proviene de un verso de San Juan de la Cruz), además de una poco común imaginación y libertad en el uso del lenguaje. Son sólo nueve poemas, sin títulos ni signos de puntuación, de entre dos y cuatro páginas de extensión, en los que a través de elementos esenciales y con una fuerte carga simbólica (árbol, río, mar, sol) se crea un mundo mítico, en el que se unen lo natural y lo onírico: “La mañana alza el río la cabellera / Después la niebla la noche… ”

Reinos. Jorge Eduardo Eielson (Lima, 1945)
La trayectoria poética de Jorge Eduardo Eielson (1921-2006) es verdaderamente ejemplar: una evolución coherente y de calidad sostenida que va desde el manierismo de sus poemas iniciales hasta el minimalismo de los últimos. Entre sus libros destaca Reinos, su primer poemario que le hizo merecedor del prestigioso Premio Nacional de Poesía. Es el punto más alto de la “poesía pura” escrita en el Perú, tanto por sus imágenes deslumbrantes (de estirpe simbolista y surrealista) como por el precoz virtuosismo en el manejo de la retórica poética. Reeditado numerosas veces Reinos contiene textos infaltables en cualquier antología de la poesía peruana, como "Parque para un hombre dormido" o "Piano de otro mundo".

Canto villano. Blanca Varela (Lima, 1978)
Blanca Varela (Lima, 1926) es considerada la más importante voz femenina de la poesía peruana del siglo XX. Su primer poemario, Ese puerto existe, contó con un elogioso y entusiasta prólogo de Octavio Paz; pero es Canto villano el libro “con el que alcanza su más potente madurez”, en palabras del poeta Javier Sologuren. Como en el caso de Eielson, al surrealismo de sus primeros poemas le siguió un largo proceso de depuración y ascetismo formal, que en este poemario se suma a una visión muy dura y crítica de la vida cotidiana, en la que priman la angustia y el escepticismo. El poema emblemático del libro es "Currículum Vitae", que en once versos breves presenta una imagen sombría del destino humano.

Contranatura. Rodolfo Hinostroza (Barcelona, 1971)
La poesía de Rodolfo Hinostroza (Lima, 1941) es la versión erudita y hermética de la poética de la generación del 60. Tras un largo periodo de formación, que incluye el libro Consejero de lobo, Hinostroza logra en Contranatura (Premio Maldoror 1971) un excelente poemario, que integra –de una manera que hoy calificaríamos de posmoderna– las citas y referentes literarios, los pasajes de intenso lirismo, y los más diverso símbolos, desde matemáticos hasta zodiacales. Sin perder calidad literaria, los poemas de este libro se van haciendo cada vez más complejos y difíciles de leer. De ahí que los más conocidos y antologados sean los primeros: "Gambito de Rey" e "Imitación de Propercio".

Canto ceremonial contra un oso hormiguero. Antonio Cisneros. (La Habana, 1968)
Antonio Cisneros (lima, 1942) es el autor emblemático de la renovación que significó la generación poética del 60: influencias anglosajonas, lenguaje coloquial y un discurso que integra lo narrativo y lo lírico, lo individual y lo social, lo histórico y lo actual. Todas esas características encuentran su mejor expresión en Canto ceremonial contra un oso hormiguero, un libro orgánico y muy bien estructurado que obtuvo el Premio Casa de las Américas 1968. La rebeldía, el optimismo y espíritu crítico de los años sesenta expresados en poemas tan conocidos como "Karl Marx. Died 1883 Aged 65", "Crónica de Lima", "El cementerio de Vilcashuamán" y el épico "Crónica de Chapi, 1965".

Cosas del cuerpo. José Watanabe (Lima, 1999)
Surgido de la generación poética del 70, José Watanabe (1945-2007) desarrolló lo más importante de su obra a partir de la segunda mitad de la década del 80. Cosas del cuerpo es el punto más alto de esta poesía, pues conjuga la madurez literaria y personal, además de unir elementos occidentales y orientales (el imaginismo anglosajón, el haiku japonés) en una poética centrada en el cuerpo y su materialidad elemental. Las imágenes, rigurosamente trabajadas, dan prioridad a seres casi elementales ("El lenguado", "Las malaguas"), a cuevas y desiertos y hasta deterioradas estatuas de yeso. Watanabe continuó las propuestas de este libro en Banderas detrás de la niebla y La piedra alada.
(Artículo publicado previamente en La Primera).

Cuzco: Tierra y muerte

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Hugo Neira. Cuzco: Tierra y muerte (Editorial Herética, 2008)

El tema central de casi toda la literatura indigenista –la narrativa de Alegría y Arguedas, los ensayos de Mariátegui y Valcárcel– es el "problema de la tierra", el enfrentamiento entre los comuneros desposeídos y los poderosos terratenientes. Fue recién en los años 60 que ese problema se solucionó, no con la reforma agraria de la dictadura militar, sino a partir de las acciones de los propios campesinos quienes, unidos y agremiados, comenzaron a invadir las tierras en disputa. El historiador y sociólogo Hugo Neira (Abancay, 1936), enviado especialmente por un diario limeño, fue testigo de esta épica gesta, y publicó en 1964 un libro que hoy ha actualizado y vuelto a editar: Cuzco: tierra y muerte (Editorial Herética, 2008).

Neira permaneció en Cusco entre diciembre de 1963 y marzo de 1964, y las crónicas que entonces escribió constituyen el núcleo del libro. Son una serie de entrevistas con hacendados, campesinos y autoridades locales, entre estos últimos "el diputado democristiano Valentín Paniagua". Todos exponen sus razones y argumentos, pero las simpatías del autor están con los campesinos, especialmente con la Federación Departamental de Campesinos, dirigida por Urbano López (Hugo Blanco estaba por entonces en prisión) y que congregaba a 1,500 pequeños sindicatos. Es esta FDC la que organiza las invasiones, que en la mayoría de los casos se desarrollan sin violencia.

Entre estas crónicas destacan las dedicadas a describir la dinámica de las asambleas de campesinos y de las propias invasiones, o el rol protagónico de las mujeres de la región ("El NO de las campesinas", "Mujeres encabezaron los disturbios"). En el aspecto narrativo, el texto más importante sin lugar a dudas es Redada gigante en el Cuzco, el relato de los enfrentamientos entre policías y campesinos producidos el 7 de febrero y que concluyeron con 13 muertos (incluyendo niños), 40 heridos y 200 dirigentes detenidos.

Neira, actual director de la Biblioteca nacional del Perú, acompañó las crónicas con dos ensayos: "Los primeros pasos" es un conciso estado de la cuestión que hace las veces de prólogo; y "El sur antes y después", el epílogo, es una interpretación marxista de los sucesos. A ellos se suma, en esta nueva edición, "La ambigua historia. La paradójica revolución capitalista rural", una relectura desde el punto de vista actual hecha por el autor. Cuzco: tierra y muerte es, por ello, un valioso documento histórico, el testimonio del mayor y más trascendente movimiento de masas campesinas "que el Perú contemporáneo haya conocido".
(Artículo publicado previamente en La República)


La siguiente entrevista es del programa Presencia Cultural.


La aldea encantada

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Abraham Valdelomar. La aldea encantada (Alfaguara, 2008)

El narrador y poeta iqueño Abraham Valdelomar (1888-1919) está considerado entre los fundadores de la literatura moderna en el Perú tanto por ser uno de los iniciadores del cuento como género literario en nuestro país, como por haberse constituido en uno de nuestros primeros escritores “profesionales”. Su prematura muerte, a los 31 años de edad, truncó una obra sumamente valiosa, pero también lo convirtió en un mito. La editorial Alfaguara, dentro de su Serie Roja (dirigida a los lectores jóvenes) acaba de publicar el libro La aldea encantada, una amplia antología de la obra de Valdelomar, con selección y estudio de los textos a cargo del crítico y miembro de la Academia Peruna de la Lengua Ricardo González Vigil.

El título de esta antología corresponde al de un proyecto frustrado de Valdelomar, un libro en el que pensaba reunir algunos de sus relatos más famosos, los conocidos como “cuentos criollos”, aquellos que remiten a su infancia pasada en la aldea de San Andrés (cerca de la ciudad de Pisco) y que están protagonizados por un niño que descubre, entre asombrado y asustado, los misterios de la vida y la muerte, del amor y la venganza, la realidad y la fantasía. RGV sostiene que esta “aldea encantada” de la infancia es el eje de las obras más importantes de Valdelomar y se contrapone a otro eje, el de la modernidad y el cosmopolitismo, que se manifiesta en sus obras menores, en las que prima el exotismo, lo irónico y lo grotesco: los cuentos “chinos” y “yanquis”, narraciones como La ciudad de los tísicos.

Acorde con esta elección RGV inicia su selección con una serie de textos autobiográficos en los que Valdelomar recuerda el mundo de su infancia: prosas, poemas, conferencias y la extensa y conmovedora carta que escribió a su hermana Jesús y que fue publicada en la revista Vesperal, en mayo de 1916, como el prólogo de libro “… La aldea encantada, que aparecerá en estos días”. Por supuesto, la segunda sección del libro está constituida por los cuentos criollos: “El caballero Carmelo”, “El vuelo de los cóndores”, “Los ojos de Judas”, “El buque negro”, etc. En las siguientes secciones se incluyen muestras de los otros tipos de relatos: cuentos andinos, cinematográficos, maravillosos, humorísticos,chinos y yanquis.

Un elemento importante en los libros de la Serie Roja de Alfaguara son los estudios sobre El autor y su obra. En esta oportunidad el ensayo de Ricardo González Vigil tiene más de 50 páginas, y en ellas el crítico analiza tanto la trayectoria vital como la obra literaria de Valdelomar, exponiendo sus propuestas acerca de los ya mencionados dos grandes ejes dentro de esta narrativa, y haciendo el deslinde entre el escritor real y su ya legendaria imagen pública de “dandy”. La aldea encantada cuenta además con un breve, pero sumamente interesante, prólogo del maestro Luis Jaime Cisneros, en el que reflexiona acerca de la prosa y el estilo de Valdelomar.


Otros textos sobre La aldea encantada: José Güich.

La mujer cambiada

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Teresa Ruiz Rosas. La mujer cambiada (Editorial San Marcos, 2008)

La escritora Teresa Ruiz Rosas (Arequipa, 1956) ha estado siempre ligada al quehacer literario, ya sea como traductora (radica en Alemania) o como creadora. Hija y hermana de conocidos poetas (José y Alonso, respectivamente) destaca, no obstante, en la narrativa: su primera novela, El copista (1994) fue finalista del premio Herralde y su cuento Detrás de la calle de Toledo obtuvo el premio Juan Rulfo 1999. Ella acaba de presentar su tercera novela, La mujer cambiada, un drama cuyo trasfondo es la violencia política de los últimos decenios en nuestro país.

Elvira Peña es una ayacuchana que llega a una exclusiva clínica limeña para que le cambien el rostro. Ahí hace amistad con el Dr. Gerardo Bustíos, quien realiza la operación y se convierte en su socio. El primer tercio de la novela está centrado en esa amistad, hasta que Elvira tiene que enfrentar su pasado, el motivo del cambio de rostro. Casada con un poderoso ganadero, lo abandonó por Felipe Arréstegui, un profesor universitario que desapareció, aparentemente asesinado por subversivos. Lo que se descubre entonces es que Felipe murió en un cuartel del ejército, donde estuvo encerrado y sometido a las peores torturas.

Estamos ante un relato en la línea que inició Alonso Cueto con sus novelas Grandes miradas y La hora azul. Como en ellas, aquí la protagonista descubre los excesos y crímenes cometidos en la lucha contra la subversión a través de diálogos con efectivos del ejército ya retirados. Y también como Cueto, incluso en mayor grado, Ruiz Rosas se deja llevar por la tentación costumbrista, por la reproducción "directa" del lenguaje de sus personajes (empleando uno cargado de lugares comunes) y por la acumulación de detalles para enfatizar las diferencias sociales, especialmente en los ámbitos correspondientes a la "clase alta".

Hay otros problemas en La mujer cambiada (errores en la trama, cierta teatralidad y efectismo), pero no por ellos deja de tener pasajes de intensa emotividad o de valor documental, pues reconocidas personalidades aparecen con sus nombres reales o apenas cambiados. No obstante, dado que la obra figuró también entre las finalistas del premio Herralde, cabe preguntarse si estas novelas sobre la violencia política, que ponen tanto énfasis en los detalles costumbristas y el "color local" (otro ejemplo es Abril rojo de Santiago Roncagliolo), no se están convirtiendo en una fórmula narrativa netamente "de exportación".
(Artículo publicado previamente en La República)

El hombre de la azotea

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Abelardo Sánchez León. El hombre de la azotea (Alfaguara, 2008)

El sociólogo y escritor Abelardo Sánchez León (Lima, 1947) es uno de los mejores poetas peruanos surgidos durante la década de 1970, junto con Enrique Verástegui, José Watanabe y los integrantes del grupo Hora Zero. Paralelamente a su obra poética (que a la fecha abarca diez libros), ha escrito una también importante serie de novelas –Por la puerta falsa (1991), La soledad del nadador (1996) y El tartamudo (2002)– en las que es posible encontrar, tras las tramas, las observaciones y reflexiones del sociólogo. Sánchez León acaba de publicar una nueva novela, El hombre de la azotea (Alfaguara, 2008), en la que por fin se decide a poner en primer plano el mundo de los investigadores sociales peruanos.

El protagonista de esta novela es Gustavo Ibáñez, sociólogo limeño y directivo de una de las más importantes ONG del medio. Tras largos años de servicio en esa institución, Gustavo es despedido intempestivamente. Pero ese tiempo de trabajo, dedicado más que nada redactar farragosos e intrascendentes “informes”, lo ha llevado a un cierto grado de alienación y a la obsesión por seguir redactando informes. Su esposa Victoria encuentra en ese detalle el pretexto para deshacerse de él (para entonces ella se ha convertido en amante de un joven colega de Gustavo), encerrándolo en la azotea de su casa y proporcionándole todo lo necesario para que se dedique a esa actividad.

El cuerpo de la novela no es otra cosa que ese “informe final” (Gustavo muere antes de concluirlo), en el que se detalla la historia de la ONG –cuyo modelo es una reconocida institución local–, sus actividades, las relaciones personales entre sus integrantes, las intrigas internas por el poder y los pormenores de la captación de recursos provenientes de instituciones internacionales como el Banco Mundial. Así, el relato amplia sus ámbitos y se enriquece con una interesante galería de personajes extranjeros (latinoamericanos y europeos) a los que el narrador bryceanamente denomina con irónicos apelativos como “Mr. Meeting”, “Amor sin fronteras”, “Emma World Bank”, etc.

El repaso de los más de 20 años de historia de esa ONG se convierte en un testimonio del devenir de nuestros intelectuales de izquierda, desde el entusiasmo revolucionario de los 70’s hasta su modernización y reacomodos de fines del siglo XX, ante el triunfo del liberalismo económico e ideológico. Reacomodos que incluyen procesos de reingeniería que hacen desaparecer prematuramente a dos generaciones de investigadores sociales. La honestidad y espíritu crítico de este testimonio se aprecia en los descarnados retratos de algunos de los miembros de esa ONG (con modelos “reales” también fáciles de identificar), su pobreza intelectual o sus reacciones cuando ven amenazados sus ingresos.

Pero Sánchez León no ha encontrado la forma novelesca más apropiada para este interesante material. Por eso la narración resulta demasiado caótica, con personajes que entran y salen (cuyos nombres son también los títulos de los capítulos) sin que se establezcan claramente las líneas directrices del relato; con cambios abruptos que llevan del divertido cuadro de costumbres (las negociaciones internacionales) a los dramáticos diálogos del protagonista con su esposa o compañeros caídos en desgracia. Tampoco tiene la novela un lenguaje propio, pues constantemente está saltando del típico humor limeño ya mencionado a la prosa inexpresiva y disonante con que Gustavo redacta su informe final.

A esos problemas estructurales y de lenguaje, se suma el propio protagonista, pues Gustavo no está a la altura del Benjamín Hassler de La soledad del nadador o el Ernesto Montoya de El tartamudo, con sus complejidades, contradicciones y profunda humanidad. Esta vez el protagonista parece demasiado cercano al autor (por profesión e historia) y esa falta de distancia ha impedido el desarrollo del personaje y una más eficaz utilización de su potencial representativo y simbólico. Sin por ello perder su valor testimonial, El hombre de la azotea representa una ligera caída en la hasta ahora ascendente obra novelística de Sánchez León.
(Artículo publicado previamente en La Primera)


Otros textos sobre El hombre de la azotea: Jorge Paredes.

Fórnix

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Fórnix N° 7. Revista de creación y crítica

Revista dedicada a la difusión de la poesía que se escribe en la actualidad, Fórnix nos entrega esta vez una edición especial, enfocada en la poesía española más recinte. Destacan los textos de Antonio Gamoneda, Premio Cevantes 2006, y autores como Juan Carlos Mestre, Juan González Soto y Marta López. Los textos de estos autores "consagrados" se complementan con una amplia muestra de "poesía española joven", autores nacidos entre 1971 y 1976, preparada por Juan Carlos Reche.

De nuestro continente, figuran una serie de textos escritos por poetas jóvenes argentinos; y por supuesto, también de poetas jóvenes peruanos, drepresentados esta vez por dos de nuestras más interesantes nuevas voces femeninas: Denisse Vega y Andrea Cabel. En el área del ensayo se incluyen los artículos Arden las palabras. Aproximación a la obra de Antonio Gamoneda de María Ángeles Maeso y Ele Hache: Aniversario con divertimento de Edgar O'Hara (dedicado a la obra de Luis Hernández), entre otros.

Fórnix es dirigida por el escritor y traductor Renato Sandoval (Lima, 1957), autor de seis poemarios (entre ellos los reconocidos Nostos y Suzuki blues), y está disponible en internet en Página de poesía. Se puede bajar completa, o por partes (primera, segunda y tercera), así como también una entrevista con Sandoval.

Grandes ilusiones

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Isaac León Frías. Grandes ilusiones. De Eisenstein a la neo-comedia romántica (Uqbar, 2008)

Fundador y director de la revista Hablemos de cine (1965-1986), Isaac León Frías es uno de los críticos de cine más respetados y de mayor trayectoria en nuestro medio. Su producción abarca más de cuatro décadas y, aunque algunos de sus comentarios y ensayos se han integrado a libros como Ojos bien abiertos (2003), la mayor parte permanece dispersa en revistas especializadas y académicas. Isaac León acaba de publicar el libro Grandes ilusiones. De Eisenstein a la neo-comedia romántica, una recopilación de diecisiete de esos ensayos, escritos entre 1984 y 2002.

Los textos aquí reunidos son básicamente de dos tipos. El primero es el de los estudios sobre la filmografía de reconocidos directores, ya sean maestros apreciados mundialmente (Eisenstein, Ford, Welles, Kubrick) o creadores alejados del mainstream cinematográfico (hollywoodense o europeo), como los latinoamericanos Aristarain y Ripstein, o el iraní Kiarostami. León sigue sus trayectorias paso a paso, con admiración y rigor crítico. Pero, como los textos datan (en promedio) de hace diez años, se hace sentir la ausencia de la producción más reciente de estos directores. Especialmente en casos como el de Almodóvar, cuya obra ha tenido un interesante cambio en los últimos años.

Otros ensayos están dedicados a los géneros más frecuentes entre los blockbusters de la década pasada: la neo-comedia romántica, las películas de acción y su hiperviolencia, el neo-western. Géneros que han seguido evolucionando, perdiendo o ganando importancia. Aquí se aprecia lo acertado de los juicios de León, que pronostica la muerte del neo-western (entonces en su punto más alto con Danza con lobos y Los imperdonables) y más bien apuesta por las posibilidades de "éxito" futuro de las vertientes hiperviolenta y neo-romántica, relacionándolas con ciertas tendencias de la política norteamericana.

Por supuesto, no faltan los ensayos dedicados al cine peruano (Cine y conocimiento histórico) y latinoamericano (La experiencia del cine militante en los años 60 y 70) o los análisis de temas más específicos, como la importancia de la música en la filmografía de Nikita Mijalkov o los cambios producidos en la de Eisenstein con la incorporación del sonido. No obstante que algunos ensayos parecen necesitar un mayor desarrollo, Grandes ilusiones es, en conjunto, una interesante invitación a la reflexión y discusión sobre el cine, una de las expresiones artísticas más populares y características de nuestro tiempo.
(Artículo publicado originalmente en La República)


Otros textos sobre Grandes ilusiones: Guillermo Niño de Guzmán.

El jardín de los encantos

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Dimas Arrieta. El jardín de los encantos. Habla el gran Sinonés (Fondo Editorial Cultura Peruana, 2008)

El escritor piurano Dimas Arrieta (Huancabamba, 1964) se hizo conocido como poeta hacia finales de los años 80 con los libros Concierto de la memoria (1987) y Recuento de las épocas memorables (1989). No obstante, en los años 90 inició un ambicioso proyecto narrativo: una serie de novelas sobre el universo mágico y mítico del norte del Perú, en especial todo lo relacionado con los guayacundos y las famosas lagunas de las Huaringas. Las dos primeras entregas de esta saga fueron Camino a las Huaringas (1993) y En el reino de los guayacundos (2003), a las que ahora se suma El jardín de los encantos. Habla el gran Sinonés, extensa narración que concluye y resume la trilogía.

A la manera de algunas novelas de Mario Vargas Llosa (El hablador, El paraíso en la otra esquina) El jardín de los encantos presenta dos relatos que se van alternando. En los capítulos impares (señalados con números “romanos”) se cuenta la historia de Juan Carlos Asturriaga, un piurano cuya vida oscila entre la modernidad limeña y el mundo mágico de su infancia; los capítulos pares (en números “naturales”) son las experiencias del protagonista cuando, a través del consumo de ciertos alucinógenos, (como el sampedro) establece contacto con una serie de personajes míticos. En estos viajes Juan Carlos se convierte en “el nostalgiador”, quien escucha atentamente las palabras del gran Sinonés.

Como ha señalado José C. Bello, a propósito de En el reino de los guayacundos, hay varios aspectos que destacar en el proyecto narrativo de Arrieta: la recuperación de la tradición cultura oral de su Huancabamba natal, la apuesta por las posibilidades literarias de esta tradición y la necesidad de su incorporación al canon literario peruano, y la búsqueda de un saber alternativo a la razón instrumental occidental. Es este último elemento el más importante, pues determina tanto la estructura de la novela (basada en la oposición entre modernidad y tradición) como los temas de los largos discursos del gran Sinonés, quien critica constantemente la pérdida de la sabiduría ancestral a partir de la conquista y sucesivas oleadas modernizadoras en nuestro país.

El peligro en una doble narración en paralelo es que una de las dos historias no esté a la altura de la otra, como sucedió en El paraíso en la otra esquina. En esta novela de Arrieta ocurre algo de eso, pues el relato de los capítulos impares, centrados en las relaciones de la pareja conformada por Juan Carlos y la histérica y prejuiciosa Patricia (y cuya conclusión precede a los capítulos pares), no resulta funcional para la propuesta del autor ni llega nunca a captar el interés del lector. Cuesta entender que el místico y sereno protagonista se mantenga unido a una mujer tan materialista y problemática. Hasta los diálogos de esta pareja parecen algo torpes y poco verosímiles.

Por otra parte, sin esta débil trama narrativa, los capítulos pares, en los que habla el gran Sinonés, acaso estarían más cerca del testimonio antropológico que de la ficción literaria. Ese es precisamente el mayor problema de esta trilogía de novelas: a pesar de la importancia y originalidad del valioso material cultural en el que están basadas, su formulación literaria no parece la más apropiada. Una lástima, pues es evidente que Arrieta ha dedicado muchos años y esfuerzo a este proyecto (esta tercera entrega tiene 400 páginas de formato grande) y que de verdad está identificado con las tradiciones y mitos que recrea.

Las mejores páginas de El jardín de los encantos son aquellas en que el gran Sinonés se expresa en extensos monólogos cargados de emotividad y en los que además se conjuga el lenguaje oral característico de la región con imágenes y recursos poéticos. Especialmente cuando describe minuciosamente el paisaje y la geografía de la región, cada una de las siete lagunas de las Huaringas; o cuando cuenta la historia y las propiedades de cada una de las siete yerbas mágicas. Arrieta logra así, con estas tres novelas, su principal propósito: incorporar el imaginario del norte peruano a nuestra narrativa.
(Artículo publicado originalmente en La Primera)


Otros textos sobre El jardín de los encantos: Ricardo González Vigil.