Banderas detrás de la niebla


José Watanabe. Banderas detrás de la niebla (Peisa, 2006)

Si bien la obra de José Watanabe (Laredo, 1946) alcanzó reconocimiento unánime con El huso de la palabra (1989), es recién con Cosas del cuerpo (1999) que su poética, basada en la atenta observación de la naturaleza y la vida cotidiana, encuentra en una muy particular interpretación de la muerte –vista como el triunfo de los aspectos físicos de la vida (humana, animal o vegetal) sobre los inmateriales– sus más adecuados temas y motivos. Esta propuesta siguió desarrollándose en La piedra alada (2005), libro que ya desde el título anunciaba la oposición entre lo permanente y lo efímero; y es también el eje central de Banderas detrás de la niebla, su más reciente poemario.

La primera sección de este nuevo libro, Riendo y nublado, es precisamente un conjunto de textos sobre la muerte que se inicia con Responso ante el cadáver de mi madre: “A este cadáver le falta alegría,/ ¿alguna alegría puede entrar en su alma / que está tendida sobre sus órganos de polvo?” El oscuro pesimismo de “Responso...” (y también de El suicida, Los nonatos, Los búfalos) es apenas compensado por “la satisfacción” del yo poético al saberse aún vivo, aunque lo compruebe como si se tratara de un agonizante, poniendo un espejo cerca de su rostro: “Sí, ese señor entrecano en el marco dorado / soy yo. /...Y me da un enorme placer verlo, riendo y nublado. Soy yo”.

En medio de esa oscuridad llegamos a las Banderas detrás de la niebla, la segunda y más breve sección del libro: seis “artes poéticas”, poemas en que el autor, sin apartarse del tema central, reflexiona sobre su propia poesía. En Flores la poesía se define como “una fugaz y delicada acción del ojo”; pero aunque el poema es básicamente una imagen, no se deja de señalar su vínculo esencial con la palabra, “la única palabra / y el sol no puede quemarla en mi boca” (El algarrobo). De esta conjunción de imagen y palabra (que remite tanto a la contemplación oriental como al imaginismo literario estadounidense) surge la única posibilidad de trascendencia más allá de la muerte (Basho).

En Otros poemas, Watanabe traslada su escepticismo a situaciones de la vida cotidiana, revisando “mitos” contemporáneos, como la maternidad o el matrimonio, con ironía y humor negro. En El maratonista, por ejemplo, es el triunfo basado en el esfuerzo personal: “todavía insistes en llegar a donde ya no importa. / Esto ya no tiene sentido, no abuses / de nuestra piedad”. Buena parte de los textos nos presentan a amantes enfrentando problemas de comunicación (El salmón rojo) o buscando la tan anhelada trascendencia a través del erotismo” “el deseo de nuestros cuerpos / jugará esta noche, como el de todos los amantes / con la muerte y la disolución...” (“En la calle de las compras”).

El libro concluye con el poema El otro Asterión, recuperado del poemario El Minotauro que Watanabe escribió hace un año pero que ha decidido no publicar: “Creo que me equivoqué, estaba utilizando la figura del Minotauro o Asterión para hablar de mí”. Al parecer, con esta decisión estaría dejando de lado aquella línea poética, libresca y culturalista, que desarrolló en obras como Antígona (2000) y Habitó entre nosotros (2002), para centrarse en aquella otra (la de Cosas del cuerpo y La piedra alada) más relacionada a sus experiencias y recuerdos personales, y que en Banderas detrás de la niebla ratifica la madurez literaria alcanzada por José Watanabe.


En el siguiente video José Watanabe lee los poemas Responso ante el cadáver... y Banderas detrás de la niebla.