Las siete bestias

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El escritor y guionista Christ Gutiérrez-Rodríguez (Callao, 1982) fue ganador del más reciente Premio Internacional Copé con el cuento “Los caminantes de Sonora”, un original y deslumbrante relato. Pero ese texto es solo una pequeña parte de la propuesta narrativa que, al parecer, Gutiérrez-Rodríguez ha estado trabajando silenciosamente, y que hoy nos muestra con mayor amplitud en el libro Las siete bestias (Animal de invierno, 2014), un conjunto de relatos que exploran los extremos de la violencia urbana.

Tres de estos cuentos están ambientados en el Callao, en el temible mundo de delincuentes y pandilleros de ese puerto. En “A las siete en la acequia, Francesca”, se relata toda la historia detrás de una pelea “escolar” entre dos jóvenes compañeras de escuela y a la vez enemigas, por muchos motivos que se van descubriendo a lo largo de la narración. En “Epilepto” se trata de la mítica competencia entre los dos mayores bebedores de bares “de mala muerte”. En cambio, en “Regla de cálculo” el autor nos relata una violenta historia de amor sucedida en un elegante condominio limeño.

En todos estos textos, los propios personajes cuentan numerosas historias secundarias, que muchas veces sobrepasan lo verosímil. A eso se suma el lenguaje, en el que el léxico lumpen se conjuga con el más recargado trabajo formal (metáforas, enumeraciones, juegos de palabras), siempre al servicio de descripciones hiperrealistas. Así uniendo elementos aparentes disímiles (magia y realismo urbano, jerga delincuencial y retórica literaria) Gutiérrez-Rodríguez construye en Las siete bestias un universo narrativo sumamente personal, de lo más interesante en la literatura peruana actual.

La casa muerta

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La abogada Alina Gadea (Lima, 1966) irrumpió en el mundo literario como una de las ganadoras de la Bienal de Cuento Copé 2007, con el cuento “La casa muerta”; un relato casi autobiográfico, pues cuenta la historia de la casa miraflorina donde la autora pasó su infancia. Gadea ha publicado después dos novelas –Otra vida para Doris Kaplan (2010) y Obsesión (2012)–, y ahora vuelve a la vieja casa familiar en la novela La casa muerta (Altazor, 2014) que desarrolla y amplía la temática de su cuento premiado.

Son tres las historias que aquí se narran, dos de ellas protagonizadas por Mariela Ramos, una joven arquitecta empeñada en recuperar edificaciones antiguas, hoy deterioradas y en peligro de demolición. En la primera, se trata de una casa barranquina, en la que Mariela conoce a un bohemio artista plástico. La segunda es la del cuento original: una casa miraflorina habitada por su anciana propietaria, Isabel Estenós, una olvidada actriz que trata de llevar con dignidad su pobreza y soledad. La tercera es la más breve y reproduce algunas páginas del diario Doris, la única hija de Isabel, muerta en un atentado terrorista.

Gadea crea las atmósferas apropiadas, oscuras y llenas de misterios, para estas historias, en las que Mariela parece estar en la búsqueda del pasado limeño. Pero su oposición pasado (tradición) – presente (modernidad) resulta demasiado estereotipada: por un lado artistas bohemios, refinados y creativos; por el otro, comerciantes, migrantes irrespetuosos y hasta senderistas. Finalmente La casa muerta no llega a ser una verdadera novela, sino apenas la reunión de dos buenos cuentos largos (la primera y segunda historias) con una temática muy similar.


Descubrí Perú en la Segunda Guerra Mundial

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De los Alpes a los Andes

No existe en nuestro medio una gran tradición de libros de memorias, salvo los de los propios escritores: El pez en el agua de Mario Vargas Llosa (1993), La tentación del fracaso (1992) de Ribeyro y Permiso para vivir (1993) de Bryce, por mencionar solo algunos. Sin embargo hay muchas historias personales que merecen ser contadas, como la de Hildegard Rittler (1926-2013), escritora alemana que vivió en el Perú gran parte de su vida, como cuenta en su libro de memorias Descubrí Perú en la Segunda Guerra Mundial (Titanium Editores, 2014).

Muy joven, Hildegard se casó en Alemania con un médico peruano, Ernesto Pinto-Bazurco. La pareja vivía en Múnich, con sus tres hijos, cuando la ciudad fue bombardeada por los aliados, el 13 de julio de 1944. La familia sobrevivió casi milagrosamente, y decidió alejarse de la guerra y mudarse al Perú. La larga y difícil travesía marítima es narrada aquí en detalle, así como el arribo a Lima, a la lujosa residencia de los Pinto-Bazurco, en pleno centro de la ciudad. Ahí la escritora llega a conocer y establecer amistad con algunos de los principales escritores e intelectuales peruanos de la época.

Pero además, y por diversos motivos, Hildegard y su familia recorrieron durante muchos años casi todo el Perú –costa, sierra y selva–, lo que la escritora aprovecha para describir las costumbres más características de cada lugar, criticando duramente los problemas y prejuicios que encuentra. Descubrí Perú en la Segunda Guerra Mundial testimonia la contribución de Hildegard a la hermandad de los pueblos peruano y alemán, contribución por la que el gobierno alemán le concedió dos condecoraciones: Cruz al Mérito Alemana y la medalla Willy Brandt.