El escritor y profesor universitario Selenco Vega (Lima, 1971) ha publicado cerca de una decena de libros en los que ha transitado por la poesía, la narrativa y el ensayo literario. Sin embargo, es en el cuento donde ha encontrado mayor reconocimiento, al punto de convertirse en uno de los narradores peruanos más consistentes de su generación dentro de ese género. Distinciones como el Copé de Oro 2009, el premio José Watanabe 2016 y el Premio Nacional de Literatura 2019, obtenido por su libro El japonés Fukuhara, respaldan su trayectoria como cuentista. A esos títulos se suma su más reciente publicación, Siete carriles (Random House, 2026).
El libro se abre con el cuento “Cerillas”, la historia de Ricardo, un periodista talentoso que trabaja en uno de los diarios más importantes del país y al que le descubren que ha estado plagando artículos de medios extranjeros. El conflicto inicial parece conducir hacia una reflexión sobre la ética profesional; sin embargo, el relato pronto desplaza el foco hacia la vida privada del protagonista. El padre de Ricardo se encuentra hospitalizado y el desgaste emocional provocado por esa situación ha terminado por bloquearlo creativamente. A partir de allí, el cuento reconstruye la historia familiar del personaje: la infancia marcada por la muerte de la madre, la cercanía afectiva con el padre y la vida alrededor de una pequeña tienda de barrio. Entre los recuerdos emerge una anécdota significativa: el padre adulteraba discretamente las cajas de fósforos que vendía, una falta menor que el relato convierte en posible antecedente simbólico de los plagios de Ricardo.
En “Cerillas” aparecen varias de las principales virtudes del libro. La más evidente es la capacidad de Vega para construir atmósferas a partir de detalles concretos y observaciones laterales. Si Ricardo llega al diario a hablar con el editor, Rubén, el autor no solo describe la ubicación y el aspecto del edificio, sino que también presenta a un conserje “desconfiado”, reconstruye la trayectoria profesional de Rubén e incluso menciona el título y el origen de los textos copiados por Ricardo. En cuanto a la historia familiar, aparecen referencias precisas al Hospital Almenara, al uniforme de las enfermeras y a personajes secundarios memorables, como la tía Clementina, “menuda y muy delgada… Figura inseparable de mis recuerdos más antiguos de infancia”. Esa acumulación de detalles no es gratuita: contribuye a darle espesor humano a los personajes y a reforzar la sensación de realidad que atraviesa los cuentos.
Lo que resulta menos convincente es el nexo moral que el relato intenta establecer entre las pequeñas deshonestidades del padre y el plagio cometido por Ricardo. La relación simbólica existe, pero aparece demasiado subrayada, lo que termina simplificando un conflicto que es mucho más complejo. Y algo parecido ocurre en varios cuentos del libro. En el que da título al volumen vemos a Santiago enfrentar un dilema aparentemente sencillo: cumplir la promesa de llevar a su hijo David a la clase de natación o asistir a una importante reunión laboral que podría significarle un ascenso. La decisión sería obvia si no fuera porque Norma, su esposa, acaba de descubrir una infidelidad y sospecha que esa reunión es en realidad una excusa para encontrarse con la amante.
Una vez más, el autor despliega con eficacia su atención al detalle: el ambiente laboral de Santiago, las tensiones domésticas, la rutina familiar y, sobre todo, el universo de la piscina y los progresos de David en la natación aparecen descritos con notable precisión. El símbolo de los carriles acuáticos, asociado a las vidas paralelas del protagonista, quizá sea evidente, pero funciona dentro de la lógica emocional del relato.
Como señala el texto de presentación del libro, estos cuentos nos muestran “personajes que alguna vez soñaron con alcanzar la otra orilla”, aunque terminan atrapados en “la rutina, el fracaso y la culpa”. Sin embargo, más allá de esa formulación general, el verdadero núcleo temático del volumen parece ser el conflicto entre las ambiciones individuales y las obligaciones familiares. En “Cerillas”, el deterioro del padre condiciona las decisiones del protagonista; en “Siete carriles”, el peso del matrimonio y la sospecha constante erosionan la posibilidad de realización personal. Algo similar ocurre en “Payasos” y “Nick”, en los que las relaciones sentimentales se convierten también en una carga emocional difícil de sostener. Por momentos, el libro transmite una visión demasiado reiterativa y negativa de los vínculos de pareja, especialmente en la representación de las esposas o compañeras como figuras absorbentes y problemáticas.
Solo dos relatos se apartan claramente de ese esquema. “Cabellera blanca” ensaya una incursión en el relato de terror con elementos prehispánicos, aunque el resultado es irregular. En el extremo opuesto se encuentra “Mención honrosa”, el mejor cuento del libro. Allí seguimos a Alejandro, un profesor universitario especializado en la obra del Inca Garcilaso de la Vega, que abandona la docencia para perseguir su frustrada vocación literaria. Vega retrata con notable autenticidad el mundo académico y el ambiente de los concursos literarios, espacios que conoce de primera mano y que recrea con ironía contenida, sin caricaturizarlos. Además, el conflicto del protagonista resulta aquí más convincente: aunque carga con episodios dolorosos de su pasado, incluido el suicidio de una expareja, su caída no depende de presiones externas ni familiares, sino de su propia vanidad, susceptibilidad y temperamento explosivo. Esa dimensión más ambigua hace al personaje considerablemente más interesante.
Siete carriles vuelve a mostrar las virtudes que han convertido a Selenco Vega en uno de los más importantes cuentistas peruanos de la actualidad: precisión narrativa, atención al detalle y una especial habilidad para retratar las frustraciones íntimas y los conflictos familiares. Más que un volumen de grandes riesgos o rupturas, Siete carriles es la confirmación de un oficio narrativo plenamente asentado, capaz de encontrar en las derrotas cotidianas y en los pequeños desencantos domésticos un valioso material literario.

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