Los años de peregrinación del chico sin color
El japonés Haruki Murakami (Kioto, 1949) es uno de los pocos escritores que unen en sus obras la calidad literaria (ha figurado en los últimos años en la lista de candidatos al Premio Nobel de Literatura) como el gran éxito de ventas. Su más reciente novela, Los años de peregrinación del chico sin color (Tusquets, 2013), la historia del paso de la adolescencia a la adultez de Tsukuru Tazaki, es una muestra de cómo este autor se especializa en fusionar otras cosas aparentemente opuestas: lo occidental y lo oriental, lo clásico y lo posmoderno, lo fantástico y lo cotidiano.
Tazaki era un estudiante común y corriente (“sin color”), pero al que no le falta nada para ser feliz. Especialmente porque cuenta con un grupo de amigos con los que comparte aficiones y aventuras. Cuando esos amigos deciden, sin ninguna explicación, marginarlo completamente del grupo, se siente como si hubiera muerto. Inicia entonces una larga etapa de vida solitaria (sus “años de peregrinación”), en la que solo se relaciona con gente extraña y misteriosa, hasta que finalmente se enamora de Sara, quien convence a Tazaki de encarar a sus amigos.
Ese misterio (el motivo del rechazo de sus amigos) es el motor de la trama de una novela en la que Murakami apela a sus más conocidos recursos: atmosferas irreales, sueños y una amplia diversidad de referentes musicales (Liszt, jazz, Elvis Presley, etc.); es decir, todo aquello que ya es su marca literaria personal. Y aunque el relato aborda algunos de los problemas que aquejan a los jóvenes de hoy, hay demasiadas repeticiones y cabos sueltos, por lo que Los años de peregrinación… no llega a estar a la altura de las mejores novelas de Murakami.
