La isla de Fushía


Socióloga de profesión, Irma del Águila (Lima, 1966) tuvo un exitoso debut como narradora con la novela El último capítulo (2001), finalista del Premio de Novela Corta del BCR. A ese libro seguiría la novela Moby Dick en Cabo Blanco (2009), en la que una periodista limeña reconstruye la legendaria visita de Ernest Hemingway al puerto norteño de Cabo Blanco. La tercera novela de Del Águila, El hombre que hablaba del cielo (2011) fue un salto cualitativo para su obra: una muy buena novela histórica, ambientada en el siglo XVII, que le valió el Premio de Novela de la Cámara Peruana del Libro. Cinco años después, la escritora nos entrega un nuevo libro: La isla de Fushía (Alfaguara, 2016).

Esta vez Del águila retoma su personaje de Cristina, la periodista protagonista de Moby Dick en…, quien ahora está tras las huellas no de un escritor sino de la persona en la que se basa un personaje de ficción: Juan Fushía —de La casa verde (1966) de Mario Vargas Llosa—, un ambicioso comerciante de origen japonés que en los años cincuenta esclavizaba aborígenes de la selva peruana para explotar el caucho, y que en la ficción llega a poseer y gobernar una isla, poblada casi exclusivamente por sus mujeres. Cristina tiene entre sus parientes a uno de los “barones del caucho” de aquellos años, y de niña pasó algunas semanas en esa zona (visitando a su abuela). Por eso se anima a viajar a la selva —a Iquitos, Belén, Santa María de Nieva, etc.— para recoger testimonios de los hijos y conocidos de Fushía; especialmente sobre el tema de la mítica isla, que MVLL no llega a ubicar geográficamente.

Apenas comenzada la investigación, Cristina se da cuenta de que el Fushía real es muy diferente del de la novela vargasllosiana; incluso de lo que sobre él escribió MVLL en su libro Historia secreta de una novela (1971), en el que nuestro nobel contaba el origen de las historias de su novela. Pero a la vez que va descubriendo al “otro” Fushía —el real y mucho más humano (incluso cultivaba orquídeas en su jardín)— Cristina también descubre ese “otro mundo” de la Amazonía peruana: pobreza extrema, naturaleza exuberante, ausencia del Estado y, especialmente, toda una cultura diferente a la limeña y a la andina, con sus propias tradiciones, creencias y mitos. Así, las conversaciones de Cristina con las personas relacionadas con Fushía no son meros relatos de aventuras, sino testimonios de cómo es la vida de los peruanos en esas remotas regiones del país.

Es en esas páginas, en las que suele aflorar la subjetividad de los personajes (desde los recuerdos de infancia de la protagonista hasta el peculiar vínculo entre dos de las esposas de Fushía) que las descripciones se enriquecen literariamente. Como demostró en El hombre que hablaba… Del Águila es una autora que trabaja bien los aspectos retóricos del lenguaje; y aunque en esta ocasión no puede apelar a los arcaísmos y giros expresivos del pasado (que tan bien manejó en su anterior novela) sí nos entrega algunos pasajes especialmente intensos y emotivos, aunque sacrificando un poco el interés de la trama. Con todo ello, La isla de Fushía ratifica las interesantes posibilidades de esta saga novelesca centrada en el personaje de Cristina, la periodista que investiga los vínculos entre la literatura y la realidad.