El imperio en llamas


El historiador y antropólogo Luis Enrique Tord (Lima, 1942) debutó en la literatura con el libro Oro de Pachacámac (1985), un conjunto de relatos que unían la reflexión histórica seria y documentada con elementos ficticios, dando como resultado una peculiar forma narrativa que el crítico Ricardo González Vigil ha denominado “indagaciones”. La calidad de estos textos fue reconocida unánimemente, por lo que Tord publicó otros dos libros similares y dio el natural salto a la novela histórica con Sol de los soles (1998). Actualmente está presentando El imperio en llamas (Suma de letras, 2015), su cuarta novela, una crónica de la épica gesta de Manco Inca (1533-1555).

El relato se inicia en el Cusco con la coronación de Manco Inca “por las grandes familias indígenas y los conquistadores españoles”, quienes veían en él (“huascarista”) a un aliado que los ayudaría a vencer a sus enemigos atahualpistas. Y Manco Inca (entonces de apenas 17 años de edad) cumplió con eficiencia este rol, hasta que el 18 de abril de 1536 encabezó, de manera conjunta con el Villac Umu (máxima autoridad religiosa indígena), un levantamiento armado contra los conquistadores. Los rebeldes tuvieron sitiado al Cusco durante nueve meses y estuvieron a punto de vencer a los españoles, pero finalmente fueron derrotados. No obstante, Manco Inca creó un pequeño Estado Incaico rebelde en la zona de Vilcabamba y hasta heredó su trono a su hijo Sayri Túpac.

Como las anteriores novelas de Tord, El imperio en llamas es principalmente una lograda reconstrucción de las costumbres y las relaciones en la sociedad peruana del siglo XVI; tanto de aquellas propias de las ciudades con fuerte presencia de los conquistadores, como de las tradiciones incaicas todavía subsistentes. Un buen ejemplo de esto último es el capítulo “La última capacocha”, que describe hasta los sacrificios humanos que habrían formado parte de este polémico ritual precolombino. En general, Tord nos brinda en esta novela abundantes y minuciosos detalles que contribuyen a recrear el momento histórico; pero que entorpecen bastante el desarrollo de las acciones y hasta la construcción de los personajes, que ni en el caso de los protagonistas principales (Manco Inca, Gonzalo y Hernando Pizarro) llegan a tener verdadera densidad humana.

Tord se nos vuelve a presentar como un verdadero apasionado de la investigación histórica, especialmente enfocado en la época de la conquista. En la nota final de esta novela hace un extenso recuento de las crónicas y estudios contemporáneos en que está basada su ficción, mencionando más de cincuenta títulos. Pero si sus cuentos se caracterizan por la economía de medios y la capacidad de plantear implícitamente diversas repuestas a los problemas históricos que abordan, hasta ahora no ha logrado lo mismo con sus novelas. Tampoco encontramos el cuestionamiento de la propia reconstrucción histórica, elemento característico de las más importantes novelas históricas actuales. Así, a pesar de tratarse de un acercamiento honesto y riguroso a un momento decisivo de nuestro pasado, El imperio en llamas no llega a ser la gran novela histórica que estamos esperando de Luis Enrique Tord.