El viaje del elefante

Saramago
José Saramago. El viaje del elefante (Alfaguara, 2008)

En la extensa e importante obra de José Saramago (Portugal, 1922), Premio Nobel de Literatura 1998, hay dos etapas claramente marcadas: la de las novelas históricas, que cimentaron su prestigio como escritor –desde Levantado del suelo (1980) hasta El evangelio según Jesucristo (1991)– y la de los libros más recientes, novelas alegóricas ambientadas en nuestro tiempo (Ensayo sobre la ceguera, Ensayo sobre la lucidez, La caverna). Tras superar una grave enfermedad, Saramago vuelve a la novela histórica con El viaje del elefante (Alfaguara, 2008).

En 1551, el rey Juan III de Portugal, “el Piadoso”, decidió regalarle un elefante a Maximiliano II de Habsburgo, entonces regente de España. El animal caminó desde Lisboa hasta España, donde se encontraba Maximiliano; viajó en barco por el mar Mediterráneo, y continuó su caminata a través de Italia y Austria, hasta llegar a Viena. Este largo recorrido es narrado por Saramago, no desde la perspectiva de los grandes nombres sino a partir de los personajes más humildes: los protagonistas de la novela son el elefante Salomón y su cuidador, un hombre nacido en India y llamado Subhro, quien es convertido al cristianismo en España y, después, rebautizado como “Fritz” en Austria.

El relato está centrado en los aspectos materiales del viaje, como la gran cantidad de alimentos que consume diariamente Salomón (y que son transportados por numerosas yuntas de bueyes) o las incomodidades producidas en la numerosa comitiva oficial –integrada por militares y cortesanos– por las costumbres del elefante. Problemas que las autoridades resuelven consultando siempre con Subhro, en conversaciones en las que el sentido común y el irónico sentido del humor del cuidador (similares a los del narrador omnisciente) se imponen a la soberbia y estupidez de sus superiores.

El propio autor ha calificado a El viaje del elefante como un cuento largo, seguramente para diferenciar este relato de sus libros recientes, novelas ambiciosas, reflexivas y polémicas. No faltan aquí las críticas racionales e inteligentes (a los nacionalismos, a las religiones, al eurocentrismo), pero están subordinadas a la propia narración, pues el principal objetivo es la recreación amena y verosímil (aunque con detalles seguramente inventados), de ese largo y peculiar viaje. Precisamente en la naturalidad y falta de pretensiones ideológicas está el encanto de esta novela que nos permite reencontrarnos, después de varios libros, con lo mejor de la obra de Saramago.
(artículo publicado en La República)