El turno del escriba


Graciela Montes – Ema Wolf. El turno del escriba (Alfaguara, 2005)

Dos escritoras cercanas a los 60 años de edad, dedicadas durante décadas a la literatura infantil, suelen reunirse en un café a hacer planes para escribir juntas una novela histórica que les permita alcanzar el reconocimiento de los lectores adultos y de la crítica. Tras un arduo trabajo de investigación y redacción, ese libro obtiene uno de los más importantes premios literarios y convierte a las autoras en celebridades internacionales. Esta historia no es ficción, es la de las escritoras argentinas Graciela Montes (Buenos Aires, 1947) y Ema Wolf (Buenos Aires, 1948), y su libro El turno del escriba, ganador del Premio Alfaguara de novela 2005.

Montes y Wolf nos remiten a la Génova de fines del siglo XIII, a la prisión en la que es recluido el veneciano Marco Polo (Génova y Venecia se encontraban entonces en guerra) al regreso de sus viajes y aventuras por todo Oriente. Polo comparte una celda con el escriba pisano Rustichello; quien al escuchar los fabulosos relatos del veneciano decide escribir a partir de ellos un libro cuyo éxito les permita a ambos salir de la prisión. El turno del escriba narra más que nada las dificultades que tiene que superar Rustichello para transcribir furtivamente, durante el trabajo burocrático diurno al que está obligado, las historias que su compañero de celda le cuenta cada noche.

El riguroso trabajo de documentación histórica de Montes y Wolf les permite describir detalladamente la labor de Rustichello, tanto de copista (el tipo de plumas y materiales que usaba, la forma en que corregía y ordenaba los textos) como de auxiliar de un juez de robos. Esta última, que le da al protagonista el privilegio de andar por la ciudad, es un buen pretexto para que se recreen transacciones comerciales, ritos religiosos populares y todas las actividades cotidianas de la Génova de entonces. Se trata de extensas y complejas descripciones en las que las autoras apelan a su buen manejo de la prosa y a todo su oficio literario.

Pero las abundantes y excesivas descripciones dan lugar, como ya han señalado los críticos españoles e hispanoamericanos, a "una saturación informativa, un desborde de nombres y enumeraciones que poco aportan al relato" (Soledad Quereilhac) y que más bien entorpecen la propia narración novelesca. A esto hay que sumar otros problemas: el poco desarrollo de los personajes (Marco Polo parece más una máquina que cuenta historias que un ser humano), la ausencia de diálogos y de una verdadera trama narrativa (con picos de tensión), o el humor casi infantil que apela constantemente a elementos escatológicos.

Estas características se han convertido casi en constantes de las novelas históricas más recientes, especialmente de aquellas escritas por autores "académicos", (el caso más reciente en el Perú es Neguijón de Fernando Iwasaki) que creen que pueden suplir la capacidad de fabular (crear historia de interés), la densidad psicológica de los personajes o los aspectos simbólicos del texto por únicamente el trabajo de investigación histórica. Novelas cuyo paradigma literario son El nombre de la rosa de Umberto Eco o, en español, La caverna de las ideas de José Carlos Somoza, ambas protagonizadas también por copistas o traductores.

La reflexión acerca del proceso de creación literaria, que este tipo de personajes permite realizar, es uno de los aspectos mejor explotados por Montes y Wolf. Y no por las reflexiones en sí (no resultan muy originales ni profundas) sino por la ironía con que se abordan los problemas de la propia novela; como cuando Rustichello agobiado por los detalles económicos y cotidianos de los relatos de Marco Polo le explica que los lectores esperan "historias, deleitarse con noticias de milagros y estremecerse con la relación de pecados horrendos". El turno del escriba no es una mala novela, aunque tampoco llega a estar a la altura de las expectativas creadas en torno a ella.

Otras críticas a El turno del escriba: El cultural, La Nación, Página12, Correo.

Entrevistas a las autoras: Clarín, Punto de lectura.

Variaciones rumanas


César Calvo. Variaciones rumanas (PUCP, 2005)

En sus diferentes facetas, César Calvo (1940-2000) fue uno de los personajes más interesantes del ambiente cultural peruano de los 60 y 70. Destacado poeta, formó parte del grupo inicial de la generación del 60, incursionó con éxito en la narrativa, la música (canto y composición) y el periodismo. En 1997, ya enfermo, Calvo decía estar trabajando en cinco libros de modo simultáneo, los que quedarían inconclusos o inéditos. El Rectorado de la PUC ha publicado uno de ellos: Variaciones rumanas (PUC, 2005), colección de traducciones –más bien versiones personales–de poemas de importantes escritores rumanos.

Más de 40 son los textos traducidos por Calvo, partiendo de los últimos decenios del siglo XIX, decisivos en la historia de Rumania, pues el país alcanzó su independencia en 1877. A esta etapa de unificación nacional (lingüística, cultural y social) pertenecen poetas como Mihail Eminescu (1859-1889), quien en su corta vida dejó una muy valiosa obra literaria. El poema más extenso e importante es Calino (Hojas de un cuento) de Eminescu, narración en verso que Calvo traduce demostrando un sorprendente dominio del alejandrino, verso modernista por excelencia.

Otros autores presentes en el libro y que son considerados fundamentales en las letras rumanas son Tudor Arghezi (1860-1917), George Bacovia (1881-1957) y Lucian Blaga (1895-1961), cada uno con tres o más poemas. También han sido antologados escritores pertenecientes a generaciones más recientes: Nina Casian (1924), Dimitru Radu Popescu (1928), Nichita Stanescu (1933-1983), Ion Alexandru (1941), entre otros. En total son 18 autores que constituyen una muestra bastante representativa de la poesía rumana y que abarca escritores del romanticismo tardío, simbolistas, modernistas, vanguardistas y posvanguardistas.

En el prólogo a estas Variaciones rumanas el poeta y docente universitario Elio Vélez Marquina –reciente premio nacional PUC de poesía–explica la particular práctica de traductor de Calvo, basada no tanto en la "analogía minuciosa y erudita del lexicógrafo" como en las variaciones –término empleado aquí en su acepción musical–a partir de la interpretación del sentido del texto original. Una opción arriesgada, pues se toman ciertas licencias y libertades, pero que partiendo del oficio poético de Calvo, su cuidado manejo de la musicalidad del lenguaje y de la versificación tradicional en español, le permiten entregarnos textos de una gran calidad.

De las pocas traducciones de poesía rumana existentes en nuestro idioma, las más conocidas son las de Pablo Neruda (44 poetas rumanos) y Rafael Alberti. Comparando las versiones de Calvo con las ya existentes, resultan evidentes las diferencias. En un poema de Bacovia, Acuarela de invierno, encontramos estos versos: "y mancilla la nieve, tibia sangre/ es la nieve que cae sobre el silencio". En traducciones previas, el poema es titulado Cuadro de invierno, y los versos citados aparecen como: "la sangre animal sobre la nieve/y la nieve cayendo en silencio". Solo en la versión de Calvo la nieve y la sangre se unen metafóricamente.

Revisando las versiones en idioma original de algunos de estos poemas (algo sencillo en estos tiempos de internet) encontramos diferencias hasta en el número de versos. Sin dejar de ser una interesante aproximación a la tradición literaria en lengua rumana, poco conocida en el mundo de habla hispana (a pesar de tener el latín como tronco común) estas Variaciones rumanas son, antes que nada, un valioso testimonio del notable talento poético de César Calvo y su poco común capacidad para hacer suyas las más diversas retóricas y propuestas literarias.

Más información sobre la vida y obra de César Calvo

La noche de Morgana


Jorge Eduardo Benavides. La noche de Morgana (Alfaguara, 2005)

Después de algún tiempo dedicado a la dirección de talleres de narrativa en España, el arequipeño Jorge Eduardo Benavides (1964) se dio a conocer como escritor casi a los 40 años de edad, con la novela Los años inútiles (2002) elogiosamente recibida por la crítica española y la peruana. Sin embargo, el género literario con el que más se identifica este autor es el cuento, pues antes de viajar a España había publicado Cuentario y otros relatos (1989), libro al que ahora se suma La noche de Morgana (Alfaguara, 2005) un conjunto de cuentos escritos durante los últimos diez años y que se inscriben dentro de la tradición del cuento fantástico latinoamericano.

Tigre, el primer texto del libro, es un efectivo relato fantástico que narra la historia de Manrique, un periodista peruano, quien de visita en Tenerife no puede dejar de recordar sus lecturas juveniles acerca del paso del almirante Nelson por esa región. Una serie de tempestades, sumada a una extraña fiebre, obligan al protagonista a aislarse y perder contacto con los demás. Así se va creando la atmósfera apropiada para el sorprendente final.

La filiación cortazariana del relato es más que evidente, tanto por la trama como por el estilo, en el que abundan los recursos retóricos más característicos del escritor argentino. Benavides ha reconocido en diversas entrevistas esa influencia ("estos cuentos me han salido muy cortazarianos") e incluso ha llegado a considerarse a sí mismo como "heredero de Cortázar". Pero esa herencia se hace demasiado evidente en cuentos como Fracasado social, El Ekeko o Deditos, casi un remake del cortazariano Cuello de gatito negro.

No son esos los mejores cuentos del libro, sino aquellos en los que los elementos fantásticos se unen a los recuerdos de Benavides de la Lima de fines de los 80 y principios de los 90. En La noche de Morgana, el más logrado del conjunto, recrea el angustioso retorno a casa de la protagonista, recorriendo el centro de la ciudad casi tomada por los militares ante las amenazas de atentados terroristas. El problemático y violento contexto urbano encuentra su correlato en la inseguridad y temores personales de Morgana; y algo similar sucede con Señas particulares, ninguna en el que el tema del doble, recurrente en la narrativa fantástica, es llevado al mundo de la política peruana.

El buen manejo de la tensión narrativa y del ritmo de la prosa, las mayores virtudes de estos cuentos, alcanzan su mejor expresión en Tigre, La noche de Morgana y Señas particulares, ninguna. Un poco menos logrados son El Ulysses de Joyce y A micrófono abierto. En el otro extremo, la excesiva fidelidad del autor a los cuentos con finales sorpresivos lo lleva a incluir textos como Fútbol y fricciones y Yo podría ser tu padre, muy inferiores al resto. A ello hay que sumar que el lenguaje resulta a veces demasiado artificioso y recargado, como ya se señaló a propósito de sus novelas Los años inútiles y El año que rompí contigo (2003).

Este tercer libro, en sólo tres años, confirma la vocación literaria de Benavides y su gran capacidad de trabajo. Pero también sus dificultades para tomar distancia con respecto a sus modelos literarios (en este caso Cortázar, en Los años inútiles Vargas Llosa), que le han impedido hasta ahora establecer un universo narrativo propio, original y reconocible. Por eso La noche de Morgana, a pesar de la calidad de algunos cuentos, tiene un cierto carácter epigonal y menor; algo que Benavides deberá superar para dar definitivamente lo que, en sus propias palabras, será "el tan ansiado salto de la segunda a la primera división literaria".

Otros comentarios a La noche de Morgana: El País, Correo.

a Los años inútiles (novela, 2002): El País, Archivo de huellas digitales.

a El año que rompí contigo (novela, 2003): Barcelona Review, Archivo de huellas digitales.

Entrevistas a Jorge Eduardo Benavides: La República, Barcelona Review, Verbigracia.

Neguijón


Fernando Iwasaki. Neguijón (Alfaguara, 2005)

Historiador formado en la PUC, Fernando Iwasaki (Lima, 1961) une en su narrativa el interés por el pasado y los documentos históricos con su peculiar y desenfadado sentido del humor. La fórmula ha funcionado bastante bien en algunos de sus relatos cortos, como en El derby de los penúltimos, pero no tanto en Inquisiciones peruanas (1997), su primer intento de narración más amplia. Ocho años después, Iwasaki se anima por fin a dar el salto a la novela histórica con Neguijón (Alfaguara, 2005), una ficción ambientada en la España y el Perú de hace cuatro siglos, y centrada en las prácticas médicas de la época.

Neguijón cuenta dos historias paralela y alternadamente: la de un violento motín en una cárcel de Sevilla en 1598 (capítulos pares) y la de un grupo de amigos reunidos en torno a un sacamuelas callejero en la Lima de inicios del XVII (capítulos impares). Ambos relatos tienen personajes en común: Gregorio de Utrilla, el librero Linares, el caballero Valenzuela, el inquisidor Tortajada, etc. Pero mientras que en el primero asistimos, desde la enfermería de la prisión, a todo tipo de amputaciones y operaciones de emergencia; en el segundo Utrilla nos cuenta los pormenores de su oficio de sacamuelas, y de su incansable búsqueda del neguijón, gusano negro responsable –según se creía entonces– de la caries.

El autor parece deleitarse con las detalladas descripciones de esas primitivas operaciones y trabajos dentales en los que los pacientes debían soportar dolores hoy apenas imaginables. También detalla el instrumental empleado, y nos lo muestra a través de reproducciones de tratados médicos de la época. A eso hay que sumar que las aventuras de los protagonistas casi siempre versan sobre cloacas o materias orgánicas en descomposición. Pero la prosa fresca y amena, en la que se dosifican bien los arcaísmos necesarios, y la irónica mirada del autor le permiten lograr una narración divertida.

Neguijón puede ser visto, entonces, como un libro sobre aquellos aspectos más sucios y primitivos –tan estudiados por Baktín en el medioevo– de una época pródiga en grandes autores en España y en santos en Lima. Iwasaki afirma que se trata de un libro sobre la historia del dolor, además de un "inventario de saberes y supercherías" de aquella época, pues para escribirlo se basó en las fuentes que empleó para una tesis sobre "Lo maravilloso y lo imaginario en Lima Colonial". El origen académico de esta ficción se hace evidente en las 12 páginas que ocupa la bibliografía, libros publicados entre 1500 y 1615.

Pero, como ya le sucedió en Inquisiciones peruanas, en Neguijón el peso de la documentación acaba aplastando a la creación literaria. No hay aquí una trama que mantenga la tensión narrativa y los personajes son todos planos, sin emociones ni evolución de ningún tipo, salvo la pérdida de dientes o extremidades. Iwasaki ha tratado de hacer una novela histórica barroca a la manera de las de Carpentier, recurriendo a lo descriptivo, a la "espacialidad", a lo real-maravilloso. Pero no logra integrarlos a la ficción y quedan como simples guiños literarios y alusiones intertextuales.

Así, Neguijón está más cerca del cuestionado pastiche posmoderno que de la obra carpenteriana. No se trata de la gran novela histórica que parte de la crítica espera del autor, pero sí representa un paso adelante en su narrativa.

Ver comentario a Un milagro informal, libro de cuentos de Fernando Iwasaki.

La casa de cartón

La década 1920-1930 fue decisiva para el desarrollo de la literatura peruana. La llegada de la estética vanguardista ayudó a dejar atrás el decadente modernismo, y aparecieron poemarios como Trilce (1922) de Vallejo y 5 metros de poemas (1927) de Oquendo de Amat. Por diversos motivos, la vanguardia no generó en narrativa obras de la misma magnitud, salvo La casa de cartón (1928), el libro que el poeta Martín Adán (Lima, 1908-1985) escribió y publicó antes de cumplir los 20 años de edad. Como parte de su Biblioteca Peruana, Peisa ha vuelto a publicar este clásico de nuestras letras, en una nueva edición con prólogo de Luis Fernando Vidal y notas de Elsa Villanueva.

Presentada como una novela de aprendizaje, La casa de cartón cuenta las experiencias de un adolescente, personaje narrador, durante un verano en el balneario de Barranco. Pero casi no hay trama narrativa, pues el libro está formado más que nada por las descripciones que este adolescente hace de la casas, la calles y los habitantes de Barranco. Aparecen diversos personajes secundarios, entre los que destacan Catita y Ramón. Este último, según algunos críticos, podría ser sólo un desdoblamiento del narrador, pues ambos comparten amigos, lecturas y hasta sueños. La muerte de Ramón, a la mitad del relato, marca un quiebre en el proceso de maduración del protagonista.

Las descripciones son el elemento básico del libro, y Martín Adán (seudónimo del escritor Rafael de la Fuente Benavides) apela en ellas a todo su talento poético conjugando imágenes, metáforas y símiles con elaborados juegos verbales y un verdadero virtuosismo en el manejo de la retórica. Estas extensas y deslumbrantes descripciones, mantienen siempre la frescura y el espíritu lúdico propio de la juventud de los protagonistas. Se suceden sin cesar, y podrían citarse casi de cualquier página: "En un torpe revolotear de sábanas en su alcoba –tonto aleteo inútil de ganso en jaula- se iniciaba la cotidiana vida de la señora Muler, mujer de su casa, doméstica, longa, blanda, íntima y fría como una almohada..."

Las descripciones van creando un mundo fragmentado, discontinuo y subjetivo. Es el acartonado mundo de los burgueses veraneantes barranquinos, pero visto a través de la mirada irónica y crítica de un adolescente sensible y culto (se menciona una gran variedad de escritores y artistas) que parece negarse a formar parte de todo eso. Uno de los mayores atractivos de La casa de cartón es que desarrolla una temática netamente adolescente (descubrimiento del amor y del erotismo, enfrentamiento entre el mundo de la infancia y el de los adultos) pero sin perder contacto con el contexto social y manteniendo siempre un gran rigor formal. Características poco comunes en la narrativa adolescente.

Los elementos vanguardistas (metáforas extrañas, sinestesias, rupturas con la tradición literaria) se unen con otros (adjetivación múltiple, ritmo de la prosa, gusto por las palabras exóticas) provenientes más bien del modernismo o la narrativa hispana. Martín Adán recoge estas influencias, aparentemente contradictorias, para crear a partir de ellas una obra personal, original y valiosa. De la misma época son sus poemas de Itinerario de primavera, vanguardistas cantos a la velocidad y la vida moderna, pero escritos en estrictos sonetos alejandrinos, la forma estrófica preferida por Rubén Darío y los modernistas en general.

Mucho se ha escrito y se seguirá escribiendo sobre La casa de cartón. La primera edición se presentaba con un prólogo de Luis Alberto Sánchez y un colofón de José Carlos Mariátegui, los dos más importantes críticos de la época. Mariátegui, acertado y profético, reconoce que esta obra "tiene las condiciones esenciales del clásico". Por su parte Luis Fernando Vidal, en el prólogo de esta edición, la considera una obra "fundadora", y en este aspecto sólo comparable con Trilce. Esperemos que esta nueva edición contribuya a acercar a los lectores a este clásico de la literatura peruana.