García Márquez: otra vez el amor


Gabriel García Márquez. Memoria de mis putas tristes (Norma, 2004)

A pesar del título, Memoria de mis putas tristes del colombiano Gabriel García Márquez (Premio Nobel de Literatura 1982) es un gozoso canto a la vida que tiene como protagonista a un anciano, ya resignado a la proximidad de la muerte, que renace al descubrir tardíamente el amor. El tema de esta novela breve está basado en el de La casa de las bellas durmientes (1961) del escritor japonés Yasunari Kawabata (1899-1972): la historia del viejo Eguchi quien paga por pasar la noche en compañía de jóvenes vírgenes, drogadas para que no puedan despertarse. Pero mientras que en la versión japonesa las bellas durmientes son diferentes cada noche, en ésta es siempre la misma y el anciano, solterón y solitario, se enamora de ella.

El relato nos remite a una pequeña ciudad de la costa atlántica colombiana (¿Barranquilla?) a mediados del siglo XX. Allí un jubilado profesor de gramática, decide regalarse, a sus noventa años "una noche de amor loco con una adolescente virgen". Los preparativos y sucesos posteriores le hacen evocar a las mujeres de su vida: su madre, Florinda; Ximena, la novia que abandonó en el altar; Damiana, su sirvienta y ocasionalmente amante, entre otras. Y todo narrado en un tono festivo y optimista -similar al de Vivir para contarla (2002), el libro de memorias de GGM -, acorde con la alegría de la gente de esa ciudad.

Resulta evidente que Memoria... es un remake, una versión caribeña e hiperbólica de LCBD. Ambas novelas tienen el mismo tema, estrategia narrativa, extensión y hasta número de capítulos. Por si ello fuera poco, GGM inicia su libro usando de epígrafe la primera línea de LCBD. Vista desde esta perspectiva, la novela pierde un poco de originalidad y se convierte casi en un ejercicio de estilo; pero gana un cierto carácter de declaración de principios literarios. El autor sabe cuáles son los elementos esenciales de su universo narrativo y no duda en aplicarlos -para hacer una versión personal y distinta- a una de las novelas más reconocidas de la literatura del siglo XX.

No todos esos elementos, a pesar del oficio y talento narrativo del autor, llegan a integrarse apropiadamente al remake novelesco. Especialmente el protagonista, cuyas manías remiten a las de Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera (1985), que no está lo suficientemente desarrollado y parece tener 20 años menos de los que se le atribuyen. Además, resulta demasiado alegórico de la disyuntiva del hombre de nuestro continente entre la moral y tradición cultural europea, por un lado, y la exuberancia y sensualidad de la naturaleza americana. Sus aficiones no pueden ser más ilustrativas al respecto: música clásica y boleros; horas dedicadas a leer diccionarios y libros clásicos, y sus visitas al prostíbulo de su amiga y confidente Rosa Cabarcas.

La síntesis, la felicidad, la encontrará recién en el amor, verdadero leitmotiv en la obra de GGM, como anuncian desde el título varias de sus novelas. Se trata de un sentimiento que une el amor platónico e idealizado, con la vitalidad y desmesura caribeña. A pesar de no haber hablado nunca con esa bella durmiente, la pasión del anciano por ella lo lleva a cambiar radicalmente su vida y hasta a hacer todo tipo de locuras, incluyendo un terrible escena de celos. Pero es también con el enamoramiento del protagonista que la narración se aparta de su prestigioso modelo literario y pierde el rumbo, hasta concluir en ese final feliz, aunque forzado e inconsecuente con la propia ficción.

Lo más logrado del libro, lo han señalado casi todos los comentaristas, es el excelente manejo del lenguaje por parte del autor: la musicalidad de la prosa, los aciertos de la adjetivación, el rescate de palabras casi olvidadas en la literatura y el habla actuales. También la belleza de las imágenes, la elaborada simplicidad gramatical y la contundencia epigramática de ciertas frases. Por ello Memoria de mis putas tristes, un libro menor dentro de la valiosa obra de Gabriel García Márquez, no deja de ser un placentero reencuentro, diez años después de Del amor y otros demonios (1994), con la narrativa de uno de los más grandes escritores de nuestro tiempo.

Durmientes en escena



Durmientes en escena (y también entre los espectadores)

A más de cuarenta años de su publicación, La casa de las bellas durmientes (1961), del escritor japonés Yasunari Kawabata (1899-1972, Premio Nobel de Literatura 1968) sigue manteniéndose como una de las novelas más originales y reconocidas de las letras contemporáneas. Recientemente el también Nobel Gabriel García Márquez ha publicado Memoria de mis putas tristes (Norma, 2004), un remake caribeño y real maravilloso de la novela, y en el Perú se ha puesto en escena Durmientes, una adaptación para el teatro realizada por Aldo Miyashiro y que cuenta con la dirección de Lourdes Velaochaga.

Resumamos un poco la historia original. Eguchi es un japonés de unos setenta años y ya casi sin actividad sexual, a quien invitan a una extraña casa de citas en la que los ancianos duermen en compañía de bellas adolescentes, desnudas y narcotizadas para que no puedan despertarse. Las sensaciones que experimenta el anciano ante esas jóvenes le hacen rememorar pasajes de su vida y a algunas mujeres de su pasado: su madre, sus amantes, su esposa, sus dos hijas. Aunque no queda muy satisfecho con esa primera visita, vuelve otras cuatro veces hasta que una de las jóvenes muere mientras él duerme a su lado.

Miyashiro y Velaochaga asumen el reto de llevar a escena una historia en la que los sucesos son repetitivos y, peor aún, que casi no tiene diálogos, la base de toda obra teatral. Con una escenografía minimalista y música de fondo japonesa nos presentan al experimentado actor Carlos Gassols como un Eguchi occidental y muy diferente al original. Si el de Kawabata era ceremonioso y observaba minuciosamente hasta el más leve matiz de la piel de las durmientes, el de Miyashiro (por necesidades teatrales) es un anciano casi hiperactivo que se desviste lo más rápido posible y apenas mira a la joven de turno da inicio a una serie de monólogos enfáticos y delirantes (no "interiores" y mesurados como en la novela), además de completamente descontextualizados.

Las violentas entradas y salidas de escena de las mujeres evocadas por Eguchi acentúan el carácter de alucinación o desvarío, sin ayudar mucho a aclarar sus identidades o el papel que desempeñaron en la vida del protagonista. Sólo aquellos espectadores que han leído la novela pueden entender lo que está sucediendo. Pero el mayor error de Miyashiro es no haber resumido un poco las visitas del protagonista a esa casa. Eso implica que Gassols -cuya performance no está, lamentablemente, a la altura de su personaje-, tiene que desvestirse completamente en escena para, pocos minutos después, volver a vestirse, siempre ante nuestra mirada. Y ese proceso debe repetirlo nada menos que cinco veces, para el aburrimiento y hastío de los espectadores.

A pesar de esa respetuosa fidelidad al texto original, o quizás por ella, Durmientes fracasa en su intento de trasladar al lenguaje teatral la temática, profundidad psicológica y sutil erotismo de La casa de las bellas durmientes. El publico asistente sólo ve un espectáculo poco coherente y reiterativo hasta el cansancio; y por eso, ya desde la tercera visita del anciano, se escuchan bostezos y comentarios irónicos. Es una pena que en un medio como el nuestro, en el que las artes escénicas necesita promocionarse y difundirse, Durmientes sólo confirme ese lugar común que hace del teatro "serio" una experiencia tediosa y nada placentera.

DURMIENTES
Dirección: Lourdes Velaochaga
Adaptación: Aldo Miyashiro
Actores: Carlos Gassols, Mariana de Althaus, Pierina Pirotta y Briscila Degregori.
Temporada: del 28 de octubre al 12 de diciembre
Lugar: Teatro Británico (Bellavista 527. Miraflores)
Horario: Jueves a domingo a las 8:00 p.m.