Ceguera intelectual


Mario Vargas Llosa. Diario de Irak (Aguilar, 2003)

A una Bagdad arrasada por los bombardeos y el vandalismo llegó, en junio del 2003, Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) con la finalidad de escribir una serie de crónicas para El País de España y otros importantes diarios. La visita duró dos semanas y dio origen a ocho polémicas crónicas que el autor reunió en el libro Diario de Irak (Aguilar, 2003) junto con otros artículos suyos sobre el tema. A un año de su publicación, y a la luz de las verdades que hoy conocemos acerca de la invasión de los norteamericanos y sus aliados a Irak, el libro se ha convertido en un innegable caso de "ceguera intelectual", ese peculiar síndrome de algunos escritores y pensadores cuyos rígidos esquemas mentales no les permiten ver las verdades más evidentes.

Lo primero que describe MVLl de Bagdad es el "activo comercio callejero" que ha convertido las calles de la capital iraquí en "un pletórico bazar... en el que los bagdadíes compran con avidez..." Sólo seis páginas más adelante el narrador se atreve a mencionar las huellas de la guerra: "Los ministerios y entes estatales lucen sus fauces abiertas y sus vientres vaciados por el impacto de las bombas estadounidenses... y por doquier aparecen las viviendas, locales y edificios saqueados y quemados en el gran aquelarre delictivo". La inversión del orden en que cualquier otro cronista hubiera presentado esos dos aspectos se debe a que la prioridad de MVLl en este libro era demostrar que la intervención militar fue, como se dice ya en el título del prólogo, "El mal menor" ante los graves problemas que atravesaba Irak.

Esa perspectiva más argumentativa que descriptiva rige estas crónicas en las el autor vuelve a apelar a la estructura dual de muchas de sus novelas para enfrentar aquellos elementos culturales que él considera negativos (tradicionales, pasatistas) con aquellos otros positivos que anuncian la "modernidad liberal". Así, a una fuerte crítica a la religiosidad musulmana ("Los creyentes") sigue una crónica en que se elogia, con un entusiasmo poco verosímil, las actividades académicas en la Universidad Nacional de Bagdad; al testimonio de un hombre torturado por los sicarios de la dictadura le sigue el de un escritor amante de la literatura occidental, autor de una obra inspirada en Shakespeare Y, por último, a la crónica dedicada a "Los Kurdos" le sigue una entrevista con Paul Bremer, "El Virrey" (así lo llama el escritor) norteamericano en Irak.

La alternancia entre lo malo y lo bueno es un recurso discursivo tan lícito como cualquier otro; pero el paso de un extremo valorativo a otro va acompañado en este caso de sospechosos cambios en los criterios de validez de la información. Sobre los excesos de los militares norteamericanos se dice: "hay rumores de que irrumpen en las casas y cometen tropelías con el pretexto de buscar armas. Intenté comprobar algunos de estos cargos, y siempre resultaron infundados". No se dice cómo realizó el escritor tan eficiente labor detectivesca; la que no juzga necesaria cuando se trata de, por ejemplo, la cifra de muertos y desaparecidos durante el gobierno de Hussein, más de seis millones de personas: "...me parece improbable. Pero no importa, estas exageraciones son más locuaces que los datos objetivos".

Hay muchos ejemplos de falta de imparcialidad en el libro, como cuando a Morgana Vargas Llosa, quien acompañó a su padre en este viaje en calidad de fotógrafa, le impiden hacer tomas de un lugar sagrado musulmán (en el que éstas están prohibidas), lo que para MVLl es una muestra de "fanatismo e incultura". Pero la mejor prueba de la poca objetividad del autor es que ha preferido acompañar las fotos de su hija no por las historias reales de los personajes y lugares retratados sino por ficciones que repiten los prejuicios del narrador y apelan de una manera demasiado evidente al sentimentalismo de los lectores. El rostro de una niña da pie a una historia en la que tres niños mueren por la explosión de una bomba casera fabricada por los terroristas.

Hoy sabemos que esas denuncias de abusos de los militares norteamericanos, que en este libro tan alegremente se desecharon, no sólo eran válidas sino que representaban apenas la punta de un iceberg de excesos y crímenes. Estemos o no de acuerdo con las ideas de su autor, con su fe ciega en las bondades de la democracia liberal, estas crónicas resultan de una superficialidad y maniqueísmo que difícilmente podemos encontrar en el resto de la amplia obra narrativa y ensayística vargasllosiana. Diario de Irak es por eso un libro que seguramente será más apreciado por los detractores y enemigos de MVLl que por sus admiradores y seguidores.

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