Del agua a la espesura del bosque


El escritor Selenco Vega Jácome (Lima, 1971) ha destacado en los géneros literarios más diversos. Se inició como poeta con el libro Casa de familia (1995), que le valió ser considerado una de las voces más originales de la generación del noventa; de ahí pasó a la narrativa, con especial éxito en el cuento pues ganó los concursos El Cuento de las mil palabras (1998) y la Bienal de Cuento Copé (2007). Magíster en Literatura y profesor universitario, Vega es también un buen crítico y ensayista; en esta área su más reciente publicación es el libro Del agua a la espesura del bosque. La poesía de Carlos López Degregori (Dedo crítico, 2015).

Vega estudia la totalidad de la poesía de CLD utilizando básicamente dos herramientas: la crítica literaria psicoanalítica (Jung y Bachelard) y la retórica general textual (Arduini, García Berrio, Abadalejo). Con ellas analiza verso a verso una decena de poemas, pertenecientes a todas las etapas de la obra de CLD, resaltando la presencia de dos series de elementos “arquetípicos”. La primera corresponde al agua: de mar, de río, subterránea, lluvia, etc. La segunda serie es más diversa: casa, mesa, ataúd. Mediante estos arquetipos, ligados al “inconsciente colectivo” el poeta logra trascender la experiencia individual y personal y sus textos “tocan ciertas fibras sensibles universales… patrimonio de la condición humana en su conjunto”, según afirma Vega.

Acaso sean necesarias alguna líneas sobre Carlos López Degregori (Lima, 1952). Debutó literariamente en los años setenta, formando parte del grupo La Sagrada Familia (1977-1979), y tiene una obra amplia y siempre en evolución. Pero la suya no es una poesía conversacional ni vitalista (como la de la mayoría de sus compañeros de generación) sino más bien hermética y muy cercana al simbolismo. Su primer poemario es Un buen día (1978), pero fue recién con su cuarto libro, Cielo forzado (1988), que alcanzó el reconocimiento, ya que llegó a ser considerado entre los diez mejores poemarios peruanos de los años ochenta. Desde entonces ha publicado libros como Aquí descansa nadie (1998), Retratos de un caído resplandor (2002), Flama y respiración (2005) y Una mesa en la espesura del bosque (2010), que lo han convertido en “uno de nuestros poetas vivos más importantes” (p. 13).

Vega dedica una mitad del libro a los análisis mencionados y la otra a dos cuestiones previas. La primera es un muy detallado recuento, década por década, de los textos críticos (tanto periodísticos como académicos) sobre la obra de CLD. Se destacan los aportes de Peter Elmore, Eduardo Chirinos, Edgar O’Hara, Javier Sologuren y Fermín Cebrecos, quien en 1995 publicó el primer ensayo extenso sobre esta poesía. En el segundo capítulo se hace una contextualización de la obra de CLD dentro del conjunto de la lírica peruana de los años setenta, señalando los elementos generacionales que comparte (el prosaísmo, la visión del migrante y la ciudad como ente enajenante), así como los vínculos con los otros poetas “marginales” dentro de esta generación: José Watanabe, Enrique Verástegui y Abelardo Sánchez León. En suma, Del agua a la espesura del bosque resulta una valiosa aproximación a la obra de López Degregori y a la poesía de la generación del setenta.