El pintor de batallas


Arturo Pérez-Reverte. El pintor de batallas (Alfaguara, 2006)

El escritor español Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) se aparta de la novela de aventuras –género al que pertenecen sus libros más exitosos– para intentar hacer en El pintor de batallas (Alfaguara, 2006) una reflexión de su larga labor como corresponsal de guerra en Sarajevo, Etiopía y El Salvador. Para ello nos cuenta la historia de Faulques, fotógrafo especializado en temas bélicos que decide encerrarse en un viejo faro de la costa española para pintar un mural circular que resuma todas sus experiencias. Ahí, mientras Faulques trabaja, recibe la sorpresiva visita de Ivo Markovic –un miliciano croata al que alguna vez fotografió–, quien dice estar desde hace años buscándalo para matarlo.

Las conversaciones entre Faulques y Markovic, llenas de recuerdos de la guerra, establecen una peculiar relación entre ellos y son el eje de la narración. Faulques se muestra como un hombre culto, pesimista y cerebral; obsesionado con su trabajo en el mural, pero también con temas como la validez de las representaciones (pictóricas, fotográficas), las teorías científicas y el sentido de la existencia en general. Markovic representa, por el contrario, los aspectos más directos y emotivos de lo bélico. A estos dos personajes se suma el recuerdo del gran amor del protagonista, la también fotógrafa Olvido Ferrara, de cuya muerte, en pleno campo de batalla, Faulques parece sentirse culpable.

Con esta obra intimista, limitada –a la manera de un drama teatral–a la conversación entre dos personajes en un único ambiente, el autor seguramente ha intentado demostrar su versatilidad literaria. Pero no es tan fácil cambiar de registro, y hasta los más talentosos escritores fracasan cuando incursionan en géneros que no les son propicios. Pérez-Reverte, con bastante talento para la novela histórica y de acción, se muestra aquí torpe en la construcción de los personajes (esquemáticos y estereotipados), en las descripciones (extremadamente detallistas) y en el manejo de los diálogos, que muchas veces son largos monólogos de uno de los personajes, que otro escucha impresionado y respetuoso.

Casi todo el peso y la trascendencia de la historia reposa en las pesimistas reflexiones de Faulques (y Olvido) sobre la guerra y su relación con teorías y otras prácticas humanas. Esas reflexiones, que quieren ser originales y profundas, en algunos casos caen en lugares comunes simples y efectistas: “Si una mariposa mueve sus alas en Brasil se desencadena un huracán en el otro extremo del mundo”, afirma Faulques; mientras que en lo relacionado con Olvido (bella, noble y refinada) siempre hay un poco de afectación y pedantería: “vestida por los mejores modistos, le roba frases a Sasha Stone o a Feuerbach”.

Entre las mejores páginas del libro están aquellas en que Faulques rememora episodios de su vida como fotógrafo de guerra; episodios que en realidad remiten a experiencias reales del propio autor, como esa extraña historia del francotirador de Sarajevo. Solo ahí podemos encontrar al autor que sin discursos innecesarios nos ha mostrado en novelas como El sol de Breda (1999) y Cabo Trafalgar (2005) el dolor, crueldad, injusticias y heroísmo que acompañan a las guerras. El pintor de batallas, a pesar de los entusiastas elogios de la crítica española, es un libro menor dentro del conjunto de la obra narrativa de Pérez-Reverte.

Simulación de la máscara


Tulio Mora. Simulación de la máscara (Hora Zero, 2006)

El poeta Tulio Mora (Huancayo, 1948) realiza en el libro Simulación de la máscara (Hora Zero, 2006) una interesante aproximación e interpretación de las celebraciones populares andinas, de sus tradicionales bailes, máscaras y disfraces. Para ello parte de su propuesta del "poema integral", la fusión de elementos narrativos y ensayísticos con lo propiamente poético. Una fusión que en la obra de Mora, uno de los líderes del polémico movimiento literario Hora Zero (y desde hace algunos años su vocero principal), ha dado resultados tan interesantes como los poemarios Cementerio General (1989) y País interior (1994).

Los nueve poemas de la primera sección del libro, titulada Contra el hastío y el silencio, son los más reflexivos. En ellos la fiesta es definida siguiendo los ya conocidos planteamientos de Eliade y Bajtín, relacionándola con el retorno al tiempo sagrado y con la dinámica social propia del carnaval. Los poemas Origen de la fiesta y La ley de la fiesta plantean que quienes participan en estas celebraciones populares, al transgredir las leyes humanas (personificadas en un "pellejo de policía"), logran acceder al tiempo circular y eterno de los mitos. Mitos que, en este contexto, tienen un inequívoco origen local, como se muestra en los dos poemas titulados Escena de danza, que describen imágenes de vasijas prehispánicas encontradas en el norte del país.

En la segunda y última sección, Permanencia de la brevedad, la mayoría de los 21 poemas tratan sobre festividades específicas, pero no desde las perspectiva de un simple observador sino de alguien que participa y vive plenamente la experiencia: "damos vueltas con serpentinas en el cuello...", "Cascada de arpas que baja por mi desconcierto..." Por eso la objetividad, orden y rigor descriptivo son dejados de lado (se omite hasta el nombre de la danza o festividad) por un discurso poético sumamente trabajado, tanto en lo que respecta al lenguaje como en las imágenes y metáforas: "un danzante saltando blanco en lo blanco, mientras el golpe de sus tijeras embarulla el paisaje cegado".

Gracias a ese trabajo literario, Mora nos entrega un buen número de textos bastante logrados; pero en otros, lamentablemente, la afanosa búsqueda de originalidad y efectismo poético le hace perder el rumbo. Así llega a describir cierta alegría religiosa como "la fe / que te emperra jubiloso" (el símil es con la alegría de un perro), y encuentra en una danzante "la arrogante / cáscara del deseo en las sonajas de sus senos". También resulta excesiva la adjetivación, que va de los lugares comunes hasta las metáforas fallidas: "los jadeos ansiosos de la carne / el amor inacabable / expulsando al miedo escarbador". Además, se incluye un par de poemas (Tratanakuy y Doctorcito) centrados en la figura de Vladimiro Montesinos, de muy inferior factura y sin ninguna relación con la temática del libro.

Existen versiones previas de algunos de estos textos en una plaqueta que Mora publicó en 1998. Ahí el poema La doble muerte aparece con el explícito título de Tumbamonte y está escrito con una retórica menos ostentosa y más apropiadamente subordinada al propósito del texto, la reflexión sobre la festividad. Simulación de la máscara es, en líneas generales, un buen libro, pues sus interesantes y valiosas propuestas llegan a plasmarse literariamente en poemas como Biografía de una máscara, Consolación del olvido y Permanencia de la brevedad.

Las tres estaciones


Oswaldo Reynoso. Las tres estaciones (INC, 2006)

Con el libro de cuentos Los inocentes (1961), el escritor Oswaldo Reynoso (Arequipa, 1931) creó “un estilo literario nuevo: la jerga popular y la alta poesía reforzándose, iluminándose” (José M. Arguedas). Ese estilo, unido a la temática adolescente y la descripción realista de la vida de los sectores urbanos más pobres, se convirtieron en elementos esenciales de la primera etapa de su obra, que incluye las novelas En octubre no hay milagros (1965) y El escarabajo y el hombre (1970), además de una serie de relatos y hasta una novela -Los Kantus- que no llegaron a publicarse. Reynoso ha revisado y actualizado parte de ese material inédito y lo entrega finalmente a los lectores en el libro Las tres estaciones (INC, 2006).

Son cuatro los relatos aquí reunidos y en tres de ellos el protagonista es Leonardo, un joven cuyos inicios como poeta coinciden, en la Primera estación, con su toma de conciencia social. El levantamiento del pueblo arequipeño contra las autoridades corruptas es el telón de fondo de los primeros reconocimientos que recibe Leonardo por su poesía y de su ingreso a una célula de jóvenes marxistas. La misma estrategia, de combinar la historia del protagonista con la narración de “movimientos populares” se repite en la breve Segunda estación, que retrocede hasta 1948, y también en la Tercera estación, ambientada en la ciudad de Huamanga.

En estos relatos encontramos el creativo trabajo con el lenguaje de Reynoso, tanto en los diálogos (que reproducen con acierto el habla coloquial) como en las descripciones, basadas en metáforas y símiles de aliento poético. También las semejanzas entre la vida de Leonardo y la del autor, señaladas por Tulio Mora en el prólogo del libro. La Tercera estación, que parte de personajes -la señorita Josefina y el joven “Huallpa Sua”- de la novela inédita Los Kantus, de los fragmentos que Reynoso dio a conocer en 1967, nos permite vislumbrar el tipo de actualización realizado: se han priorizado los aspectos épicos, a la vez que se han disminuido los diálogos y los abundantes términos en quechua del texto original.

A diferencia de estos tres primeros textos, demasiado fragmentarios e inconexos El triunfo, el último, sí es un cuento redondo y que puede leerse en forma independiente. En él, un joven marginal limeño le cuenta a Leonardo, en un extenso monólogo, su azarosa vida: la infancia marcada por la pobreza (su padre es un dirigente político encarcelado) y su experiencia como parte de un grupo de adolescentes que se prostituyen con homosexuales. Un proceso de degradación que afecta a todo su entorno social, sus vecinos y amigos de infancia -incluyendo a Alicia, la vecina de la que siempre estuvo enamorado-, pero del que finalmente logra evadirse.

Así, con esta vuelta a los personajes, temas y ambientes de Los inocentes, Reynoso continúa en ese afán, señalado por el crítico Gustavo Faverón en un ensayo sobre la novela El goce de la piel (2005), de cerrar el círculo de su obra: otra vez las pandillas y la violencia urbana, los rituales iniciáticos de la adolescencia, la homosexualidad. Pero El triunfo es más bien un relato simple y lineal, sin las complejidades ni la riqueza de contenidos de aquella novela. En general, Las tres estaciones aporta poco al conjunto de la obra de Reynoso; aunque sí resulta un merecido homenaje para un autor que es referente ineludible en el desarrollo de la narrativa realista en nuestro medio.

Enciclopedia mínima


Ricardo Sumalavia. Enciclopedia mínima (PUC, 2004)

Profesor universitario y escritor, Ricardo Sumalavia (Lima, 1968) es una de las voces más originales surgidas de las últimas generaciones de narradores peruanos. Se dio a conocer con el libro de cuentos Habitaciones (1993), pero el minimalismo y concisión de su prosa, además de la capacidad de sugerencia y tendencia a lo fantástico de sus relatos, encontraron su mejor expresión en Retratos familiares (cuentos, 2001). Todas estas características son llevadas al extremo en Enciclopedia mínima (PUC, 2004), el más reciente libro de Sumalavia que reúne medio centenar de relatos, entre breves y brevísimos.

Partiendo de situaciones cotidianas, y en apenas unos cuantos párrafos, Sumalavia logra entregarnos textos que concluyen con ese final contundente que tanto buscan los cuentistas y que cambia completamente todo lo descrito y narrado. En Verdaderas amigas, por ejemplo, dos niñas conversan. Al final nos enteramos que se trata en realidad de una sola niña conversando con su “amiga invisible”. En Gata de París, un hombre despierta con una gata sobre las piernas y mientras la acaricia recuerda a las mujeres de su vida: “su esposa, su hija o su amante”. La línea final es concluyente: “Pero esta vez fue más fácil lanzarla por la ventana”. Entre ambos cuentos no llegan a sumar ni 150 palabras.

El propio Sumalavia ha explicado, en diversas entrevistas, que la economía de su narrativa debe mucho a la estética oriental, que conoció de cerca durante su experiencia como profesor universitario en Corea del Sur y también por su labor como editor de la colección Orientalia de la Universidad Católica. Cuentos como La niña ante el espejo, Almas perdidas o Gata de París reproducen exactamente la estructura de un haiku: tres oraciones, las dos primeras describiendo una situación que cambiará radicalmente con la información proporcionada en la tercera. Además, hay en este libro una sección completa, titulada Monogatari, en la que el autor presenta sus propios haikus acompañados de introducciones en prosa que les dan un cierto carácter narrativo.

Como en toda enciclopedia, en ésta cada sección trata de pasar revista a los más diversos temas: las experiencia urbanas en la sección Homini et orbi, lo libresco en Letra negra, los viajes en Tramontanos, el erotismo en Prostitución sagrada y hasta los gatos en Mininos. Pero es en la ya mencionada Monogatari donde resultan evidentes los peligros de la propuesta de Sumalavia de hacer “literatura” a partir de sucesos comunes o triviales. No basta con sólo mencionar algo, hace falta además una cierta profundización reflexiva, que no tiene que estar explícitamente presente, pero sí transmitirse al lector de algún modo. Y eso no sucede en textos como Mercado de frutas o Comunión, acaso porque la brevedad de las introducciones o la simpleza y economía de los versos no lo permiten.

Problema similares se pueden encontrar en otras partes del libro, y parecen ser señales de agotamiento en la poética de esta primera etapa de la obra de Sumalavia. En algunos de los textos más breves, el autor parece haber trabajado solamente los títulos (siempre irónicos y originales) y los finales sorpresivos: Almas perdidas, Geografía, El alma de la fiesta. También en los relatos más extensos, en este caso de más de una página, en los que el radical minimalismo retórico hace echar de menos aquellas imágenes, o al menos algunos adjetivos, que nos muestren que hay una cierta densidad de contenidos detrás de lo narrado: Primeras impresiones, La voz de Apolo, Star.

A pesar de los reparos, el balance de esta Enciclopedia mínima es positivo pues lleva hasta las últimas consecuencias (a manera de conclusión y resumen) la opción del autor por una narrativa regida por la concisión y la sencillez, entregándonos un buen número de textos dignos de cualquier antología de relatos breves. Esperemos que Sumalavia continúe su interesante obra narrativa enriqueciéndola con nuevos aportes literarios.

Suzuki blues


Renato Sandoval. Suzuki blues (Lustra, 2006)

Renato Sandoval (Lima, 1957) es uno de los más empeñosos difusores de la poesía en nuestro medio, tanto por su trabajo académico (en las universidades Católica y de Lima) como por su labor como traductor, director de revistas literarias y editor de libros. A ello suma su propia obra -iniciada con Singladuras (1985) y que tiene su punto más alto en Nostos (1996)- que une la reflexión poética con el conocimiento de las diversas vertientes de la tradición literaria occidental, desde los clásicos grecolatinos hasta los escritores nórdicos de la actualidad. En su nuevo poemario Suzuki Blues (Lustra, 2006) Sandoval incursiona, con el mismo rigor y documentación, en ámbitos propios de la literatura oriental.

Medio centenar de poemas, de una extensión promedio de unos 15 versos, componen Suzuki blues; y cada uno de ellos parte de un haiku, renga o tanka de algunos de los poetas “clásicos” orientales: Basho, Li Po, Wangiu, Tu Fu, etc. Los textos de Sandoval retoman motivos de esos poemas para desarrollarlos y traerlos a nuestro contexto actual. La observación de la naturaleza, tan característica del arte oriental, se combina por eso con descripciones de la vida urbana moderna: “Hoy el rocío borra lo escrito...” se inicia uno de los poemas basados en textos de Basho, para después pasar a hablar del “smog” y los “claxons”, inevitable telón de fondo de nuestra “tanta prisa” cotidiana.

Lo que se mantiene constante son los temas, que remiten a las concepciones básicas del budismo y taoísmo: la impermanencia o condición efímera de todo lo humano, el elogio de la sencillez y la pureza, la opción por lo quieto y pasivo, la búsqueda de una verdad interior. La oposición de estos fundamentos con nuestra religiosidad cristiana, obsesiva búsqueda de conocimientos científicos y optimista fe en el futuro se convierte por eso en el eje de la mayoría de los poemas. Sandoval expresa esa oposición a través de imágenes y elementos simbólicos que contrastan lo diurno y lo nocturno (sol-luna, trabajar-dormir, luz-sombra): “ríe en el sol la última marmita y a la luna señala...”

Resulta un verdadero acierto abordar esta temática sin imitar formas o técnicas de la literatura oriental; y sin llegar a ese malentendido minimalismo en que han caído otros autores con proyectos similares. Por el contrario, en Suzuki blues el manejo de los símbolos e imágenes está inscrito en esa línea literaria que va de la poesía simbolista (Sandoval ha escrito ensayos sobre Eguren y Rilke) hasta los herméticos italianos. Y en cuanto al lenguaje, el empleo de aliteraciones y rupturas gramaticales, sumado a la peculiar adjetivación, hace que algunos versos adquieran resonancias vallejianas: “Sinfónica la mora / que cobra tres y otros / tres por nada cierto y aun / dos más entre tanta ortopedia y descalabro...”

Menos acertadas son las exigencias de Sandoval con sus lectores, pues no nos presenta los textos “clásicos” de los que parte; y el título de sus propios poemas solamente aparece escrito en ideogramas (incluso en el índice) cuya traducción tampoco se nos ofrece. Hay un cierto snobismo implícito en estas opciones y en general en las aproximaciones cultistas al budismo y taoísmo, cuyas concepciones suelen convertirse en una versión mística y exótica de las tan criticadas “utopías arcaicas”. Suzuki blues, a pesar del oficio y rigor poético con que ha sido escrito, no siempre logra evitar esos problemas.