Présago


Romy Sordómez. Présago (Santo Oficio, 2005)

Cuando el escritor y crítico literario Mario Montalbetti dijo, en una encuesta sobre “lo mejor del año”, que para él la revelación literaria del 2005 en el Perú era “Romy Sordómez, con su poemario Présago”, la poeta se convirtió repentinamente en toda una celebridad. Sordómez (Lima, 1982) fue entonces “descubierta” y entrevistada por los principales diarios, revistas y hasta programas culturales de televisión. Pero la gente ligada al mundo de las letras –y en especial a la Universidad de San Marcos- conocía ya el talento de Sordómez desde sus primeros versos, en los que llamaba la atención el acertado manejo de las imágenes y el ritmo, y también por sus poemarios Vuelta alrededor del parque (2002) y Vacas negras en la noche (2004), que conjugaban ese talento con el aprendizaje poético.

Présago -el libro que ha consagrado a Sordómez como una de las voces más interesante de la poesía joven en el Perú- es en realidad un poema extenso, dividido en cuatro secciones. Está centrado en la figura de un hombre sentado al pie del cadalso, a punto de ser ahorcado, preparándose para la muerte, que él asume como una experiencia liberadora. El poema se inicia con un monólogo de este hombre –cuyo padre murió de la misma manera- pero a lo largo del texto aparecen las voces de sus parientes más cercanos, todas mujeres –su hija, su esposa, la madre de su esposa- contando sus propias experiencias personales, llenas de sucesos extraños y simbólicos.

El referente literario con el que dialoga Sordómez es el poema Tierra baldía (1922) de T. S. Eliot. Présago se inicia precisamente con una extenso epígrafe de ese poema, el pasaje de Madame Sosostris, la adivina que ve en las cartas del Tarot los sucesos que después aparecerán en el texto. El ahorcado es una de las figuras del Tarot que Madame Sosostris menciona en ese pasaje. Eliot dice, en una de las notas de su poema, que empleó al ahorcado porque se relaciona con el antiguo mito –estudiado en La rama dorada- del “Dios ahorcado”. En esa misma dimensión mítica parece desenvolverse Présago, con sus constantes alusiones a situaciones de “pasaje” (nacimiento, muerte, matrimonio, etc.) y también por el mundo descrito en los versos, un mundo atemporal y sin referencias geográficas, y en el que además los elementos naturales resultan son más importantes que lo hecho por el hombre.

Sordómez ha explicado, en diversas entrevistas, que el eje del poemario es una reflexión acerca del origen de la culpa y la forma en que ésta se transmite de padres a hijos. En otras palabras, el destino humano, uno de los temas principales de la literatura desde Homero y las tragedias griegas. Pero este tema se le escapa de las manos, pues el poema fluye más bien hacia otros relacionados con la maternidad y lo femenino en general. Ya hemos mencionado que, salvo la del protagonista, todas las otras voces son de mujeres; además, las situaciones (maternidad, lactancia, lesbianismo) remiten casi siempre a la experiencia de lo femenino. Más que sobre el destino y la culpa, Présago podría ser una reflexión sobre la familia y lo femenino; sobre la forma en que las mujeres suelen cargar con las culpas de los hombres (padres, esposos) con los que viven. Aunque este tema tampoco está lo suficientemente desarrollado.

En general, Présago nos deja la impresión de un buen poemario, pero que pudo haber sido trabajado más. Hay líneas que quedan inconclusas (el tema de la culpabilidad o del destino), así como personajes y situaciones que pudieron ser mejor explotadas. También en lo que respecta a los recursos poéticos: hay muchas imágenes y símbolos que merecieron un mayor desarrollo, el que no se produjo debido –entre otras cosas- a la opción por el verso corto, poco afín con el aliento épico del texto. Nada de ello, sin embargo, resta mérito a este ambicioso poema, uno de los más interesantes entre los publicados por autores jóvenes en nuestro medio en los últimos tiempos. Y en el que, a pesar de centrarse un personaje masculino, Romy Sordómez realiza una original incursión en el universo femenino.

1 comentario:

Javier Agreda dijo...

Copio la primera sección de Présago.


I

Y sabiendo que nací
como nacen las moscas
de la baba sorda y zurda
de mi padre
heredé la misma noche
del día de su muerte,
la misma herencia
del condenado a la horca,
la noche áurea
de gaviotas sobre el pescuezo.
“¡Eh, hijo. Detente! ¿A Dónde vas?”
Escuché en el patíbulo
la voz de mi madre,
ubres de mujer
cabeza de pájaro.
“Hoy de aquí nadie me mueve”,
tartamudeando susurré.
Somos pocos los que intentamos
contar las estrellas
por temor al castigo divino
de mi padre,
muerto a los 33 años
después de que hubo desposado
a 22 mujeres; entre ellas
mi madre, dátil seco,
deseosa de recuperar su virginidad
intentando matar a su hijo.
Soñó con mi muerte a los 10 años,
edad en que sangró su Luna,
en la que aprendió a ser amante,
a los 10 años,
mediana fragilidad de cuerpo,
corriendo por los verdes campos
detrás del ocaso
como si se tratara del amor;
no imaginó que aquel hombre
la vería una de esas noches
limpiándose el rostro
en las aguas claras
como un ave dorada,
la poseería con la desgracia
del que usa tantos sombreros
como sueños deja.
Mi padre, viejo agorero,
años más tarde
condenado a la horca,
presintió su muerte
justo en el momento
en que a la fuerza
tocó los senos de su mujer
frente al espejo.
Ella, en silencio, lloró
destetando a la cría
antes de haber parido,
mirando los ojos inmutables
de la nostalgia
al ver partir al amado
de su propio cuerpo,
sin dejar de contar
los granos de arena
sobre su lengua.

Madre mira su vientre
con ojos cuervos,
protegiendo el secreto del verdugo
la herencia de su estirpe
como velando el sueño
de su hijo amante.
Y en la hora de la muerte
persiguen lo dicho y
lo no dicho,
en forma de rapiña,
mis oídos;
las palabras de madre de mi madre
“La nostalgia pesa
como un lunar de carne
sobre los párpados”.
El recuerdo de madre de mi madre
aguardando sentada,
escarmenando los cabellos
blancos de su pubis,
mientras a sus pies
la hierba seca anunciaría
la tragedia de su hija.

Demasiada noche
haciendo y deshaciendo
el vestido de la novia,
cosiendo la maternidad trágica
recordando su noche de bodas
cuando padre de mi madre,
respirando como toro
lamiendo como perro,
la poseyó.
Y sintió dentro de ella,
en su bajo vientre
la cabeza de pájaro de su cría;
dentro de su boca,
el presentimiento revoloteando
en forma de polilla.