El secreto de Machu Picchu


Ernesto Cardenal. El secreto de Machu Picchu (Universidad Alas Peruanas, 2005)

Sacerdote y militante político, Ernesto Cardenal (Nicaragua, 1925) es más reconocido por su obra poética, entre las más importantes e influyentes de la literatura hispanoamericana del siglo XX. Está considerado como uno de los introductores del coloquialismo y la narratividad (además de la influencia anglosajona y la perspectiva marxista) en la poesía de esta parte del continente. El poeta visitó el Perú hace poco, para recibir el Doctorado Honoris Causa que le otorgó la Universidad Alas Peruanas. En esa ocasión se presentó además El secreto de Machu Picchu (UAP, 2005), libro que contiene los principales poemas que Cardenal ha dedicado al mundo incaico.

Interesado desde siempre en las culturas indígenas –lo que se manifestó en su Homenaje a los indios americanos (1969)-, Cardenal llegó a nuestro país por primera vez en la década del 60, como parte de un viaje para conocer de cerca las diversas tentativas revolucionarias (Cuba, Perú, Chile) que se estaban produciendo entonces en el continente. En esa experiencia está basado El secreto de Machu Picchu, extenso poema incluido en este libro (y que le da título), en el que se hacen menciones específicas a ese contexto político: “Cuando me vi con Velasco no me atreví a decírselo... ”, “había una vasta Reforma Agraria / anunciada en grandes cartelones en las carreteras de los Andes”.

Los referentes cotidianos se entretejen en el discurso poético con la historia de la ciudadela escondida durante cuatro siglos (“Ha sido el secreto mejor guardado del mundo”), las descripciones de ritos y costumbres andinas, el análisis de sus mitos (desde Manco Cápac hasta Inkarrí) y las reflexiones de Cardenal, siempre preocupado por la justicia social y la reivindicación de los más pobres. El resultado es lo que entonces se denominaba “poema total”, uno de los paradigmas literarios de nuestras generaciones poéticas del 60 y 70. Incluso el iconoclasta y polémico grupo Hora Zero tomó su nombre de una obra de Cardenal: Hora 0 (1960).

También en lo formal el poema total muestra una gran diversidad de elementos, desde las imágenes y símiles literarios hasta los datos más prosaicos. Eso se hace evidente en Economía de Tahuantisuyo, el otro poema que conforma el libro y que reflexiona acerca del hecho de que los incas no tuvieron monedas: “No tuvieron dinero / y nadie se moría de hambre en todo el Imperio... No tuvieron dinero / Nunca se vendió a nadie”. Se trata de un heterogéneo collage que incorpora expresiones coloquiales, arengas políticas, noticias y hasta datos económicos: “El mercado de valores sufrió hoy su baja más pronunciada / U. S Steel 3.1 a 322.5, Base Metals, 42 a 70.98...”

El crítico Ricardo González Vigil, autor del prólogo del libro, señala que esta diversidad de elementos produce “un expresivo montaje que demanda una lectura integradora de los recursos de la prosa y el verso”, a la vez que enfatiza la influencia de Ezra Pound en la poesía de Cardenal. La conclusión de RGV es que el lenguaje “poundiano-cardenalino” encuentra en estos poemas “dos plasmaciones excelentes”. Compartimos su análisis, pero no su entusiasmo, pues tanto El secreto... como Economía... resultan textos demasiado cercanos al panfleto político (a su populismo y maniqueísmo) que no suelen ser considerados entre lo mejor de la poesía de Cardenal.

Hay que destacar la esmerada edición de este libro, hecha por la Universidad Alas Peruanas. Se trata de un volumen en formato grande, con los textos ocupando solo las páginas impares, pues en las pares se reproduce una serie de fotografías de personas, paisajes, objetos y monumentos históricos propios del mundo andino; imágenes todas pertenecientes al archivo del reconocido fotógrafo Carlos Domínguez. El secreto de Machu Picchu es un testimonio y merecido homenaje a Ernesto Cardenal, quien a sus ochenta años de edad sigue siendo uno de los más respetados y admirados poetas latinoamericanos.

Historia de Manuel de Masías...


Carlos Herrera. Historia de Manuel de Masías, el hombre que creó el rocoto relleno y cocinó para el diablo (U. San Martín de Porres, 2005)

Dentro de la diversidad de temas y motivos de la narrativa de Carlos Herrera (Lima, 1961) es posible encontrar algunas constantes: la opción por la brevedad, el cuidadoso trabajo con el lenguaje y los elementos fantásticos o irreales. Todas estas características están presentes en su más reciente libro, Historia de Manuel de Masías, el hombre que creó el rocoto relleno y cocinó para el diablo (USMP, 2005), cuento con el que Herrera ganó un concurso de relatos organizado por la revista gastronómica Entremeses el año 2000.

Manuel de Masías (1728-1805) es un legendario cocinero arequipeño a quien se le atribuyen las hazañas señaladas en el largo título del libro. Herrera nos cuenta, de manera sencilla y ordenada, la azarosa vida de este personaje y su aprendizaje del arte culinario, tanto en Arequipa, Lima y París. Pero el episodio central del relato sucede cuando Masías tiene que descender al infierno para recuperar a su hija Delphine, muerta muy joven. Lucifer acepta dejar libre el alma de Delphine si Masías prepara una cena que lo satisfaga plenamente. Masías, con su arte y conocimiento de los más diversos ingredientes (entre ellos el rocoto), logra hacer un banquete cuya excelencia hace que Lucifer recupere su original naturaleza angelical.

Hay en este episodio, por supuesto, semejanzas con el mito de Orfeo, pero más aún con esas historias ejemplares, tan populares en el medioevo, en las que un pecador arrepentido derrotaba al diablo contando con algún tipo de ayuda divina. Estos relatos, basados en la tradición oral, fueron recopiladas y recreadas literariamente en libros como Milagros de nuestra señora del español Gonzalo de Berceo (siglo XIII). La Historia de Manuel de Masías tiene la misma simpleza y claridad expositiva y hasta la presencia de lo “femenino” (el arte culinario aprendido de la madre) como elemento decisivo en la derrota de las fuerzas malignas.

Berceo solía relatar él mismo sus historias (escritas en “cuaderna vía”) pidiendo sólo a cambio “un vaso de buen vino”; y ese carácter oral hacía necesarias la sencillez y claridad expositivas. En Herrera esas características remiten más bien a la literatura escrita para lectores “no adultos” (niños o jóvenes), tanto por la discreción como por el tono optimista y divertido que prima en el relato. Hasta el propio Lucifer es descrito de una manera contenida, en la que no faltan los rasgos positivos: “Parecía muy viejo, con la cara cruzada de arrugas, terminando en una barba muy despoblada. Pero los ojos, negros sobre un opaco amarillo, guardaban todo el fuego de la vida”.

Se trata, entonces, de una obra menor dentro de la narrativa de Herrera, casi un texto “por encargo”, pues el autor parece haberlo escrito pensando en los lectores de la revista Entremeses, con las concesiones literarias que eso implica. Aunque hay que reconocer que en el ya mencionado concurso participaron cuentos como Vainitas con albahaca de Eva Lewitus, un relato original y audaz que, sin salir de la temática culinaria, actualizaba la tradicional narrativa epistolar mediante el uso exclusivo de correos electrónicos. El cuento de Lewitus además ponía en juego todas las ambigüedades y confusiones de identidad que este moderno medio de comunicación permite.

Lo más interesante de esta nueva entrega de Carlos Herrera es la calidad de la edición, hecha por la Escuela de Turismo y Hotelería de la Universidad San Martín de Porres, cuyo Decano, Dr. Johan Leuridan Huys fue premiado en el 2004 como Mejor Editor de Libros de Gastronomía por la Gourman World Cookbooks Awards. Desde el formato, el diseño y la tipografía empleada hasta el informado prólogo de Sara Beatriz Guardia. Y especialmente las acuarelas del pintor José Rickets (Arequipa, 1950) que acompañan el texto, que no son simples ilustraciones sino interpretaciones -bastante libres- de sucesos y personajes de esta entretenida y placentera Historia de Manuel de Masías.

Vigilia de los sentidos


Jorge Wiesse. Vigilia de los sentidos (Laberintos, 2005)

Dentro de la poesía antes denominada “pura” (opuesta a la “social”), se pueden distinguir dos grandes tendencias, una enfocada en lo psicológico (en las emociones y sentimientos del yo poético) y otra que pone un mayor énfasis en la tradición cultural, en lo libresco y en la experiencia estética. El autor paradigmático de esta tendencia cultista es Jorge Luis Borges, para quien resultaban más importantes los libros que había leído que las anécdotas de su propia biografía. El escritor y catedrático Jorge Wiesse (Lima, 1954) actualiza este tipo de poesía en Vigilia de los sentidos (Laberintos, 2005), libro en el que da muestras de una poco común erudición literaria y artística.

La primera sección del libro lleva el título de Personæ, término latino con el que Pound reunió sus primeros poemas y que designa el acto de hablar a través de una máscara en una obra dramática. Y eso es precisamente lo que hace Wiesse en estos textos. En el primero, por ejemplo, recrea la arenga con la que Ulises convenció a sus compañeros para continuar el viaje aventurero y postergar el regreso a Itaca. Un tema homérico que aquí se toma de La Comedia de Dante (Infierno, XXVI) y se presenta con epígrafes de Tennyson y Hölderlin. Es Dante quien hace decir a Ulises que nuestras vidas no son más que una “breve vigilia de los sentidos”.

Acorde con ese cultismo, ese poema, El viaje, es un soneto endecasílabo, la forma estrófica más prestigiosa de la poesía en español. Pero hay más elementos de la tradición en juego, y el propio autor ha incluido, al final del libro, una sección de Deudas advertidas en la que señala esos elementos, poema por poema. En el caso de El viaje, se trata del “Nadie” del episodio del Cíclope en la Odisea, los epítetos homéricos y una imagen de un poema de Paul Celan. La diversidad de autores y obras mencionadas en estas deudas -temáticas y formales- abarca las más diversas vertientes literarias y también obras musicales, pictóricas y cinematográficas.

El propio Wiesse ha explicado, en un ensayo publicado en la revista Babab, la dinámica de estos poemas que interpretan y traducen obras de reconocido prestigio cultural partiendo de una doble fidelidad –a las obras y a la experiencia personal del autor ante esas obras- para lograr una nueva expresión poética de “aquello que ya estaba allí”. Una nueva expresión que también se enriquece con las interpretaciones y reformulaciones que ya se han hecho de los temas y motivos de esas obras; y en la que además deben conjugarse lo estético y el eterno drama de lo humano: la búsqueda de lo absoluto y de una cierta trascendencia para nuestras vidas.

Se trata de una poética valiosa y de interés, pero que también tiene algunos riesgos, desde el hermetismo de los textos (que sólo podrían ser apreciados plenamente por lectores eruditos) hasta el exceso de citas y alusiones, que puede conducir a una pedante y vana ampulosidad. Wiesse es consciente del primero de estos riesgos (de ahí esas Deudas advertidas), pero no tanto del segundo, y algunas veces la larga lista de referentes aporta poco al poema. Es el caso del soneto La bien amada -título tomado de una novela de Thomas Hardy- que parte de un verso de Sologuren y alude a dos obras de Shelley, a un concierto para piano de Ravel y a otro de Rachmaninov.

Hay una segunda sección en el libro, menos extensa y titulada Nortes, con poemas motivados por viajes y experiencias personales del autor. Estos textos son formalmente más libres, incluso hay poemas en prosa (Lima, Diario Romano), pero no menos complejos ni cultistas que los de Personæ. En la línea de los poemarios de Borges, Octavio Paz y la obra inicial de Martín Adán, Vigilia de los sentidos es un libro que mantiene en sus 34 poemas un alto nivel de calidad y rigor literario. Un poemario que sin lugar a dudas será más apreciado por los conocedores, académicos y especialistas en literatura y arte en general

El color de la tierra


Jorge Coaguila. El color de la tierra (Campodónico, 2005)

Se considera que las primeras novelas peruanas fueron las que escribió Pablo de Olavide (1725-1804) durante su estancia en Europa; pero es recién en el siglo XX que el género alcanza en nuestro medio pleno desarrollo. Hoy no sorprende que nuestros novelistas figuren en los más importantes premios literarios, incluyendo a Vargas Llosa y su persistente candidatura al Nobel. A pasar revista a las grandes novelas peruanas del siglo XX está dedicado el libro El color de la tierra. Sobre la novela peruana (Campodónico, 2005), en el que el periodista Jorge Coaguila continúa sus reflexiones sobre la novela contemporánea iniciadas en el libro El asombro constante (2001).

El color de la tierra se inicia con un epígrafe de MVLL que afirma que la mayor contribución de la crítica literaria es “contagiar a los lectores el entusiasmo y el amor por los buenos libros”. En concordancia, la selección de novelas responde no a los criterios del historiador, ni del crítico erudito, sino a los de un amante de la literatura que habla de sus libros favoritos. El recuento parte de La casa de cartón del gran poeta Martín Adán (1928), novela adolescente y vanguardista por excelencia, y Matalaché de Enrique López Albújar (1928). Ambas novelas mantienen todavía el interés de los lectores y han sido reeditadas recientemente como parte de la Biblioteca Peruana de Peisa.

Seleccionando un libro por autor, siguen las obras cumbres del indigenismo: El mundo es ancho y ajeno (1941) de Ciro Alegría y Los ríos profundos (1958) de J. M. Arguedas. De la vertiente narrativa más urbana y moderna, Crónica de San Gabriel (1960) de J. R. Ribeyro (1960), Conversación en la catedral de MVLL (1969) y Un mundo para Julius (1970) de Alfredo Bryce. Hay una serie de otros tìtulos -Redoble por Rancas (1970), Canto de Sirena (1977)- hasta llegar a las dos novelas más importantes, según la crítica, publicadas en la década pasada: La violencia del tiempo (1991) de Miguel Gutiérrez y País de Jauja (1993) de Edgardo Rivera Martínez.

Coaguila ha dirigido su libro a un público que no necesariamente ha leído las obras seleccionadas. Por eso todos los comentarios comienzan presentando cada novela, el contexto y los personajes principales, y haciendo un resumen de los sucesos más destacados de la trama. Lamentablemente, esta presentación inicial es demasiado extensa y deja pocas líneas para el análisis formal o temático. Peor aún cuando ese reducido espacio se dedica a señalar errores no literarios, de edición o de los propios autores. Por ejemplo, que Ribeyro menciona en su novela a un grupo de 16 indígenas, para líneas después decir “Eran en total trece”.

Incluso tratándose de un libro de divulgación, los textos de Coaguila resultan demasiado superficiales. El prólogo, escrito por él mismo, es una sucesión de párrafos breves y casi inconexos que abordan temas diferentes: del recuento de las versiones cinematográficas de estos relatos se pasa a la influencia de MVLL en los narradores posteriores, y de ahí al carácter de “novelas de aprendizaje” de buena parte de los textos. No hay en el libro referencias bibliográficas que remitan a los lectores interesados a los abundantes estudios e interpretaciones que se han hecho sobre estas novelas. Tampoco hay bibliografía de los autores seleccionados, ni sobre la novela peruana del siglo XX.

Completan el libro la sección Los recientes, sobre novelas de tres narradores de generaciones más jóvenes (Oscar Malca, Jaime Bayly e Iván Thays), un Glosario temático de citas y un Álbum de fotografías de los escritores. Aunque preferimos los anteriores libros de Jorge Coaguila –Julio Ramón Ribeyro. Las respuestas del mudo (1998) o Mario Vargas Llosa. Entrevistas escogidas (2004)- El color de la tierra es un libro de una claridad y sencillez que lo hacen especialmente útil para aquellos lectores que se están iniciando en el conocimiento de nuestra tradición literaria.