Cabo Trafalgar


Arturo Pérez-Reverte. Cabo Trafalgar (Alfaguara, 2004)

Nadie más indicado para contar los pormenores de la batalla de Trafalgar que el español Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951). A sus más de veinte años de labor como corresponsal de guerra (estuvo en Sarajevo, Etiopía y El Salvador) suma su vocación por la novela histórica, género al que pertenece lo más importante de su obra narrativa, incluyendo la famosa saga del Capitán Alatriste. Y también su afición y grandes conocimientos sobre la navegación en los siglos XVIII y XIX, plasmados en La carta esférica (2000). Por eso las expectativas creadas en torno a Cabo Trafalgar (Alfaguara, 2004), la novela que Pérez-Reverte acaba de publicar sobre tan trascendente episodio histórico.

No se intenta aquí hacer el tradicional relato basado en las grandes figuras históricas o en los entretelones de las más trascendentes decisiones políticas. Todo lo contrario, Pérez-Reverte nos ubica desde el principio en el mismo campo de batalla, y elige como protagonistas a tres personajes ficticios, tripulantes de la embarcación Antilla, también ficticia, integrante de la flota hispano-francesa. A través de estos personajes, especialmente del improvisado marinero Nicolás Marrajo (un simple pueblerino levado) asistimos a todos los pormenores de la batalla de Trafalgar, en la que los 33 navíos aliados fueron derrotados, frente a la costa de Cádiz, por los 26 navíos ingleses comandados por el almirante Nelson.

La narración en tiempo presente, en la que priman las acciones sobre las descripciones y los diálogos, hace sentir a los lectores en medio de la batalla. A ello contribuye también el lenguaje "marinero", tanto por los términos náuticos como por los coloquialismos, imprecaciones y expresiones soeces (hasta en el narrador omnisciente); y un muy original uso de onomatopeyas ("Pumba, pumba, pumba", "Craaaac", "catacatapumba") que ayudan a recrear el interior de la embarcación en medio del bombardeo enemigo. Un intento para alcanzar el realismo de películas como Salvando al soldado Ryan. Incluso se muestra a un marinero recogiendo su propio brazo recién arrancado, como en la película de Spielberg.

Estas opciones narrativas tan poco ortodoxas no dejan de tener sus riesgos. El lenguaje marinero, por ejemplo, debe resultar verosímil en personajes de hace 200 años y a la vez ser entendible para la gran masa de lectores de hoy, a la que el libro está dirigida. Pérez-Reverte no puede evitar caer por eso en ciertos anacronismos, los que él mismo señala con mucha ironía, como cuando Marrajo cita versos de "las coplas de Rocío Jurado". Pero, en líneas generales, el autor sale bien librado de estos problemas, y tanto los abundantes términos técnicos (nombres de velas y elementos de las embarcaciones) como los coloquialismos están casi siempre adecuadamente integrados al relato.

El mayor acierto es el contar la historia desde el punto de vista de los héroes anónimos, aquellos que pelearon y murieron en el interior de esos barcos, y que probablemente no tenían una idea clara acerca de los intereses políticos detrás del conflicto bélico en el que se vieron envueltos. En ese sentido Marrajo resulta paradigmático y está en la línea de otros protagonistas de la narrativa de Pérez-Reverte, desde el rudo Coy de La carta esférica hasta el capitán Alatriste, "héroes cansados... hombres que no tienen esperanza en muchas cosas... pero les queda la lucidez, la dignidad, la lealtad", según los definió el propio autor en una entrevista reciente.

Así, partiendo de una minuciosa documentación, técnica e histórica, y de un original trabajo con el lenguaje Pérez-Rverte ( que a su ingreso como miembro de la RAE leyó un discurso sobre El habla de un bravo del siglo XVII) nos entrega su versión de este episodio, en la que ha intentado acercarse a la verdad histórica sin dejar de lado los elementos más característicos de su propia narrativa. No sabemos cómo recibirán los lectores del futuro todas esas "catacatapumbas" e imprecaciones, pero Cabo Trafalgar es, sin dudas, un buen libro, novela de aventuras y relato de aliento épico además de una mirada realista y crítica al pasado español.

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Coetzee visita a Dostoievski


J. M. Coetzee. El maestro de Petersburgo (Mondadori, 2003)

La narrativa de J. M. Coetzee -Premio Nobel de Literatura 2003- nos remite casi siempre a sociedades problemáticas, como la propia Sudáfrica de la época del apartheid en la que el escritor creció. Sus protagonistas parecen encarnar las contradictorias tendencias, hacia el bien y hacia el mal, del contexto, como sucede con el anciano profesor de Desgracia (1999), su novela más celebrada. A ello hay que sumar la constante reflexión de Coetzee, acerca de la representación literaria de esos conflictos. Una de las novelas en que esas tres instancias se integran mejor es El maestro de Petersburgo (1994), ficción en torno a la vida del escritor ruso Fedor Dostoievski que acaba de ser reeditada en nuestro idioma.

El maestro... nos presenta a Dostoievski (1821-1881) llegando a la ciudad de Petersburgo en 1869 para averiguar acerca de las circunstancias de la muerte de su hijastro Pavel -estudiante universitario-, aparentemente un suicidio. Acongojado y con sentimientos de culpa por su ausencia (las deudas de juego lo obligaban a vivir en el exilio), reconstruye los últimos días de Pavel gracias a los testimonios de Ana y Matryona, madre e hija dueñas de la casa en la que se alojaba el estudiante. Y también del comisario Maximov y Nechaev, líder de una agrupación política terrorista (de la que Pavel formaba parte), quienes se acusan mutuamente del asesinato del joven.

Paralelamente a esta trama, se produce una metamorfosis en el protagonista, quien va haciendo suyos los sentimientos y emociones de su hijastro. Se establece en la habitación de Pavel, duerme en su cama y usa sus ropas. A pesar de estar casado, D (el personaje) inicia un romance con Ana y una problemática relación con Matryona (casi una adolescente), ambas confidentes y hasta cierto punto enamoradas de Pavel. El tortuoso proceso de identificación, descrito por Coetzee con intensidad y economía literaria, llega al punto crítico cuando D recupera, tras muchas discusiones con Maximov, unos manuscritos de Pavel que muestran su secreta vocación literaria y el odio que sentía hacia su padrastro.

Por estar centrada en un personaje histórico y remitirnos a un contexto tan específico como la Rusia previa al triunfo de la revolución, se podría pensar que estamos ante una novela histórica; pero el escritor ruso no estuvo en Petersburgo en 1869 y su hijastro verdadero murió después que él. Coetzee no parte de la historia sino de la narrativa de Dostoievski; de ahí proceden casi todos los personajes (Maximov, Nechaev, Ana) y buena parte de las situaciones y de las reflexiones del protagonista. El texto se convierte por eso en una original recreación del universo dostoievskiano, en la que es posible encontrar elementos propios de la narrativa de Coetzee, como su compleja visión del erotismo.

El eje principal de tan elaborado palimpsesto es el asedio al acto de creación literaria misma. En las primeras páginas encontramos a D enfrentando un bloqueo literario ("pasa la mañana sentado ante el escueto escritorio de su cuarto, pero no escribe ni una palabra"), el que recién será superado en el último capítulo, cuando "toma el diario de Pavel y vuelve las páginas hasta la primera que está vacía..." y escribe un relato, titulado La vivienda, en el que aparecen ficcionalizados Pavel, Matryona y Ana. Las experiencias y emociones han sido por fin asimiladas, y el escritor puede transformarlas en literatura, aunque por ello sienta que "ha traicionado a todos".

Hay muchos otros temas en esta compleja novela, entre ellos el de la problemática relación entre padres e hijos, que en el contexto del relato se convierte en el enfrentamiento entre los defensores del orden establecido y los revolucionarios. Acaso la densidad de contenidos, las alusiones intertextuales no tan evidentes y el carácter simbólico de algunos sucesos entorpezcan hasta cierto punto la dinámica narrativa. Pero ese desafío a las expectativas del lector es también parte de los cuestionamientos metaliterarios de El maestro de Petersburgo, una de las mejores novelas de J. M. Coetzee.