La tentación de Vargas Llosa


Mario Vargas Llosa. La tentación de lo imposible (Alfaguara, 2004)


En paralelo a su valiosa obra narrativa, Mario Vargas Llosa (Perú, 1936) ha incursionado también en el periodismo, el teatro y el ensayo. Entre estos géneros alternativos, el escritor ha destacado especialmente en el campo del ensayo literario con libros como García Márquez: historia de un deicidio (1971), La orgía perpetua. Flaubert y Madame Bovary (1975) y La verdad de las mentiras (1990). Son obras que se alejan del discurso crítico vigente, de los métodos interpretativos y la terminología especializada, para retomar la antigua tradición del ensayo humanista. En esa línea se encuentra también La tentación de lo imposible (Alfaguara, 2004) su recién publicado libro sobre Los miserables (1862) de Víctor Hugo, el monumental retrato novelesco de la sociedad francesa de principios del siglo XIX.

Vargas Llosa hace su interpretación de esa novela, que leyó por primera vez en la adolescencia (y sobre la que hasta ha dictado cursos universitarios), partiendo de sus conocidas propuestas personales acerca de la creación literaria. Según ellas, el escritor es un inconforme con el mundo en el que vive, y por eso crea otro ficticio y hecho sólo con palabras. Pero por más realista que sea la vocación del escritor, su mundo ficticio inevitablemente se diferencia del real en algunas características sustanciales. Esas características son los elementos añadidos, rasgos distintivos de cada autor, pues en ellos se expresan sus demonios personales, sus más íntimas preocupaciones y obsesiones.

Así, en la primera mitad de La tentación de lo imposible se rastrean, de manera minuciosa y en cada uno de los estratos de la novela (estructura, técnicas, personajes, constantes temáticas), esos elementos añadidos por Víctor Hugo al universo de Los miserables. El primero que se encuentra es la incontinencia verbal tanto del narrador, "omnisciente, exuberante y ególatra", como de los personajes, que hacen extensos discursos en cualquier ocasión y en desmedro de los diálogos y la verdadera comunicación entre ellos: "El de Los miserables es un mundo de personas confinadas en sus discursos, seres a quienes el frenesí oratorio ha vuelto solipsistas", concluye Vargas Llosa.

Otros elementos añadidos encontrados en el meticuloso examen son el transcurrir pausado del tiempo, el carácter arquetípico de la mayoría de los personajes (el santo, el justo, el fanático), el hecho de que casi ninguno tenga trabajo ni relaciones sexuales ("parecen vacunados contra el sexo"), y la recurrente denuncia de los errores del poder judicial y el sistema penitenciario, "los mayores responsables de las iniquidades sociales" en esta ficción. Además, hay una serie de detalles y recursos tomados del teatro: uso de disfraces, decorados aparatosos, gestos y desplantes, el empleo escenográfico de luces y sombras.

Con esos datos tan disímiles (algunos no pasan de ser "defectos" o simples modas literarias de la época) era de esperarse un esfuerzo final de síntesis que concluya con una interpretación original y novedosa del libro. Pero Vargas Llosa no llega a esa síntesis, y en su lugar ha preferido hacer un análisis del extenso y pretencioso Prefacio filosófico que Víctor Hugo escribió para la novela (pero que no llegó a publicarse) en el que el escritor francés reflexiona sobre temas abstractos como Dios, el universo, el bien y el mal. Un texto que le permite al ensayista volver a sus ideas del escritor como un deicida y del carácter subversivo de toda buena novela (porque hace a los lectores vivir lo aparentemente imposible. Y también volver a contarnos la historia de las prohibiciones que ha sufrido este género literario bajo los gobiernos autoritarios y dictatoriales.

Ya encaminadas en esa dirección, las conclusiones repiten casi punto por punto las del prólogo de La verdad de las mentiras. Como sucedió en su anterior libro, Diario de Irak (2003), Vargas Llosa deja de lado todas las observaciones hechas al objeto de estudio (las consecuencias de la toma de Bagdag por las fuerzas aliadas, los elementos añadidos en la novela de Víctor Hugo), para caer en la tentación de sus propios prejuicios. Su lectura de Los miserables se convierte por eso en un pretexto para continuar su obsesiva cruzada personal por la democracia y el liberalismo: "(Los miserables no es) un libro anarquista ni socialista sino liberal y socialdemócrata" remarca triunfante, pero sin llegar a convencernos.

Sin dejar de ser un libro de interés, La tentación de lo imposible no llega a estar a la altura de los ensayos literarios publicados anteriormente por Vargas Llosa, quien esta vez ha dejado que el compromiso político y la propaganda ideológica se antepongan al espíritu crítico y la verdadera libertad intelectual.

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