Número cero

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Umberto Eco (Piamonte, 1932) es uno de los más destacados intelectuales italianos de la segunda mitad del siglo XX. Se inició con una serie de libros de ensayos sobre filosofía, estética o semiótica, desarrollados con mucha lucidez y de cara a los más actuales aportes en cada tema. Pero su fama trascendió los círculos intelectuales a partir de su incursión en la literatura con El nombre de la rosa (1980) una excelente novela ambientada en la Edad Media y considerada entre lo mejor de la literatura mundial de los años ochenta. A esa novela siguieron otras cinco igual de ambiciosas, desde El péndulo de Foucault (1988) hasta El cementerio de Praga (2010), a las que ahora se suma Número cero (2015), la historia de un proyecto periodístico en la Italia de hace veinte años.

Todo queda en casa

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Cuando a la escritora canadiense Alice Munro (Ontario, 1931) se le otorgó el Premio Nobel de Literatura 2013 ya era una escritora mundialmente reconocida, especialmente por los propios escritores, gracias a su valiosa producción cuentística. Autora de doce libros de relatos —desde Dance of the happy shades (1968) hasta Dear life (2012)— suele ser considerada “la Chejov” de nuestros tiempos. Hace poco Munro decidió dejar la creación literaria, y a manera de despedida publicó una amplia antología con lo mejor de su obra: Todo queda en casa (Random House, 2015).

Los cuentos de Munro son relatos extensos, en los que se recrea la tranquila y apacible vida de las ciudades pequeñas de Canadá. Las historias, sin dejar de ser interesantes, casi nunca contienen hechos violentos ni sangrientos. Y si los tienen, pasan a un segundo plano, porque el verdadero interés de Munro es presentar, de manera sutil y sin caer en melodramas, el mundo interior de sus protagonistas: sus afectos, emociones y sueños. Así sucede, por ejemplo, en el cuento “El amor de una mujer generosa”, en el que la enfermera Enid, ante la certeza de que el nombre que ella ama ha cometido un asesinato, le da la oportunidad de matarla sin dejar ninguna huella.

Son muchas las virtudes de estos cuentos: las descripciones, que proporcionan la atmósfera y el ritmo precisos para cada relato; el riguroso manejo del “punto de vista” de las protagonistas; y el contenido desarrollo de las tramas, que muchas veces omiten el desenlace final. Los 24 cuentos reunidos en Todo queda en casa (una antología en dos volúmenes y casi 1,200 páginas) son la mejor puerta de ingreso al fascinante universo literario de Alice Munro.

Jahuay

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Clavado en un bar


Largo es el camino recorrido por Carlos Modonese (Lima, 1975) para encontrarse con su verdadera vocación, la de escritor. Estudió Economía en la Universidad Católica, y tras diez años de trabajar en una empresa internacional se animó a hacer un Máster de Creación Literaria en Madrid. Hace unas semanas Modonese presentó su primera novela, Jahuay (Casa de Cartón, 2015), una historia ambientada en el balneario de Jahuay (cerca de Chincha), en un bar con ese mismo nombre.

Tres de los protagonistas trabajan en ese bar: Obdulio (Atoq), el barman, es un joven migrante ayacuchano; la paisa, una vital y alegre mesera colombiana; y Koldo, un guitarrista español que en el Perú malvive como músico callejero, hasta que es contratado para tocar en ese bar. Todos ellos son personas desarraigadas y errantes, con complejas historias que vamos conociendo por fragmentos a lo largo de la novela. El cuarto protagonista es Agustín, hijo de la dueña del bar, un sacerdote con un oscuro pasado, que conocemos a través de las páginas de su diario insertadas en el relato.

Modonese quiere hacer una novela “moderna”, con acciones rápidas, descripciones breves y mucho “fondo musical”, incluyendo citas de versos de canciones de todo tipo. Hasta la psicología de los protagonistas se construye no tanto con sus ideas o emociones, como a partir del tipo de música que prefieren: reggae en el caso de Koldo, rock metálico (¿?) en el de Obdulio. Son opciones originales, pero que no parecen literariamente las más acertadas. En todo caso, en Jahuay estas deficiencias se compensan con el dinamismo de la trama, y el acertado uso de personajes secundarios “complementarios”; como Yin, la mascota de Koldo.


El motor del deseo

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Enrique Verástegui (Cañete, 1950) fue el más talentoso de los jóvenes poetas que irrumpieron en la escena literaria peruana en la década del setenta. Su primer libro, En los extramuros del mundo (1971) es todo un hito dentro de nuestra poesía, especialmente destacable por la juventud del autor. Lector compulsivo e inteligente, Verástegui ha ido publicando, paralelamente a su obra poética, interesantes libros de ensayo. El primero y más importante de esos ensayos acaba de ser reeditado en México: El motor del deseo. Dialéctica y trabajo poético (Proyecto Literal, 2014).

Escrito en París, a finales de los años setenta, cuando el autor estudiaba sociología de la literatura en la École des Hautes Études, este libro analiza el fenómeno poético desde dos perspectivas: en la primera mitad (Fábrica de signos), en su relación con el lenguaje y el contexto social, histórico y cultural; y en la segunda mitad (Expresión/Explosión), desde la perspectiva de la creación, el trabajo literario y su principal motor (el deseo). En ambos casos, la reflexión y la erudición —se cita profusamente a una gran cantidad de autores— se conjugan con el aliento poético.

A la manera de los ensayos de Octavio Paz o Lezama Lima (otros dos grandes poetas ensayistas latinoamericanos), las complejas y herméticas disquisiciones de este libro acaso solo puedan ser entendidas plenamente si se leen como la contraparte teórica de la poesía que Verástegui estaba escribiendo: su ambicioso Angelus Novus, libro que fue publicado en dos tomos, en 1989 y 1990. Sea entonces esta nueva edición de El motor del deseo un buen pretexto para releer, con mayor preparación, la valiosa obra poética de Verástegui.