Staccatos

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Los días felices


Profesor universitario, músico y crítico literario, Alejandro Susti (Lima, 1959) es también autor de una ya extensa obra poética, cuyos títulos más reconocidos son Cadáveres (2009) y El río imaginado (2012, finalista del Premio Copé). En este último poemario ya se notaba una aproximación a lo prosaico y lo narrativo, que Susti aborda directamente en su nuevo libro Staccatos (Paracaídas, 2014), en el que rememora, en sesenta textos breves (de una o dos páginas), diversos momentos de su infancia y adolescencia.

Se trata de textos ordenados cronológicamente (desde la escuela primaria hasta las primeras incursiones en locales nocturnos, en búsqueda de buenos músicos); pero de naturaleza discontinua, separados por “silencios” (saltos temporales) de diferente duración. Eso explica el título del libro, que alude al recurso musical de intercalar silencios en una serie de notas que usualmente se “tocan” de manera continua. Cada una de estos recuerdos es el pretexto para iniciar una serie de reflexiones –desde una perspectiva sumamente racional– sobre personas, lugares, ambientes, creencias y costumbres que influyeron en la formación del autor.

Las reflexiones además son de carácter eminentemente lírico, pues en ellas priman las imágenes, símiles, metáforas y otros recursos propios de la poesía. Dentro de este peligroso terreno de la “prosa poética”, en el que es tan fácil resbalar y caer en excesos, Susti se desempeña con bastante acierto, aunque a veces su lenguaje esté en el propio límite con lo pomposo y retórico. Pero eso son los riesgos inherentes de una propuesta como Staccatos, que rehúye los cómodos marcos genéricos para apostar por la libertad y la creatividad.

Lima de aquí a cien años

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Un futuro ya pasado

Hay varias narraciones que se disputan el título de “la primera novela peruana”, desde las los relatos “moralizantes” que publicó Pablo de Olavide en Europa, hacia finales del siglo XVIII, hasta los relatos “por entregas” que los diarios limeños publicaron desde mediados del siglo XIX. Una de estas últimas es Lima de aquí a cien años (1843), de Julián M. del Portillo (Lima, 1818-1862) que acaba de ser publicada como libro por primera vez, como parte de la Colección Bicentenario, en una edición prologada por Marcel Velázquez (Lima, 1969), uno de los mayores especialistas en literatura peruana del siglo XIX.

Como su título anuncia, Lima de aquí a… es un relato futurista en el que el protagonista ha sido “paralizado” en su “existencia terrestre” por cien años, y al despertar, en 1943, encuentra una Lima y un mundo muy diferentes. El texto está dividido en tres secciones y en dos de ellas prima la descripción, a la manera de los “cuadros de costumbres” de la época. Hay que recordar que entonces el escritor “de moda” en Lima eran Manuel A. Segura (Ña Catita es de 1845). Solo en la última sección se desarrolla una narración, una historia de amor.

Velásquez señala que esta novela “combina una perspectiva política, una visión futurista y elementos fantásticos” y que con ello cuestiona el “paradigma mimético-verosímil” que se suele atribuir a la narrativa peruana. El libro incluye además el relato “Cuzco de aquí a cien años”, de autor anónimo y escrito como respuesta a la novela de Del Portillo, una muestra de la repercusión que esta tuvo en su tiempo. Lima de aquí a cien años es un libro para especialistas en historia de la literatura y fanáticos de la ciencia ficción.

Una versión digital de la novela aquí.

Alabardas

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La novela póstuma de Saramago


El portugués José Saramago (1922-2010) fue uno de los escritores más admirados de su tiempo. Dedicado desde joven al periodismo, comenzó a publicar lo más importante de su obra pasados los cincuenta años de edad –las novelas Manual de pintura y caligrafía (1977) y Levantado del suelo (1980)–, y desde entonces no paró de escribir obras narrativas originales y de muy alta calidad, que le valieron el Premio Nobel de Literatura 1988. Incluso los últimos años de su vida, ya con una penosa enfermedad, fueron para él bastante productivos, pues publicó las novelas El viaje del elefante (2008) y Caín (2009), y dejó inconclusa una más, en la que estuvo trabajando hasta su último momento, la que acaba de ser publicada póstumamente con el título de Alabardas (Alfaguara, 2014).

En esta nueva novela, Saramago quería contar la historia de Artur Paz Semedo, trabajador de una importante fábrica de armas, y un fanático de las piezas de artillería, aunque nunca haya disparado un arma. A partir de una película sobre la Guerra Civil Española, Artur decide investigar en los documentos del archivo de la empresa acerca de la participación de esa fábrica en esa guerra y en otras de la década de 1930 (la de Bolivia y Paraguay, por ejemplo). La contraparte de Artur es su ex esposa Felicia, una mujer sumamente inteligente y pacifista, que abandonó el matrimonio precisamente por las tremendas diferencias de la pareja en lo que respecta a temas bélicos.

Como siempre en las novelas de Saramago, más importante que los personajes o la trama son las cuestionadoras ideas que se plantean. En este caso, es el conflicto moral que se le presenta a Artur, entre el cumplimiento de sus deberes como trabajador de esa fábrica y los terribles daños ocasionados por las armas, su comercialización y utilización política. Un conflicto que tiene un par de antecedentes históricos notables y que Saramago incluye en esta ficción: la historia de unos trabajadores de una fábrica de armas que fueron fusilados por sabotear la producción; y la de un obús que no explotó durante la Guerra Civil Española, y en cuyo interior se encontró un mensaje en idioma portugués que decía “Esta bomba no reventará”.

Como el relato está inconcluso (al parecer solo se desarrolla una cuarta parte de la novela) los editores han incluido en esta edición de Alabardas una serie de textos complementarios: las notas del propio Saramago acerca del desarrollo de la novela (aparentemente notas de un diario personal, que abarcan seis meses, y con la explicación de algunas de las elecciones del autor, como la del título); el poético artículo “Yo también conocía a Artur Paz Semedo”, del escritor italiano Roberto Saviano; un interesante ensayo del español Fernando Gómez Aguilera sobre esta novela y la narrativa de Saramago en general; y las ilustraciones hechas específicamente para este relato por el alemán Günter Grass, Premio Nobel de Literatura 2009. En suma, un libro que apreciarán especialmente los admiradores y seguidores de la obra de José Saramago.

El gol de la muerte

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El año 1964 fue especialmente turbulento para el Perú. Los precios de las subsistencias se disparaban y el descontento crecía en el país, con huelgas de bancarios, metalúrgicos y universitarios. En ese contexto se produjo la mayor tragedia de la historia del fútbol peruano; la muerte de más de 300 personas en el Estadio Nacional, a consecuencia de los disturbios producidos durante un partido entre las selecciones de Perú y Argentina. Todo lo relativo a ese trágico partido y sus protagonistas es rememorado por el periodista Efraín Rúa (Lima, 1954) en el libro El gol de la muerte. La leyenda del negro Bomba y la tragedia del Estadio Nacional (Ruta Pedagógica, 2014).

El partido se jugó el 24 de mayo de 1964, como parte de un certamen sudamericano realizado en Lima. El equipo peruano estaba integrado por Héctor Chumpitaz, Kilo Lobatón, Javier Castillo y Armando Lara, entre otros. En el argentino figuraban el arquero Cejas, Perfumo, Manfredi y Mallea. Ante un estadio lleno, y con un público enfervorizado, el equipo argentino estaba ganando por 1-0. Poco antes de finalizar el partido, Lobatón marcó el gol del empate; pero las airadas protestas de los jugadores argentinos hicieron que el árbitro uruguayo Ángel Eduardo Pazos anulara ese gol, ante las protestas generalizadas del público. Fue entonces que hizo su ingreso a la cancha un espectador (Víctor Vásquez Campos, el “negro Bomba”) para agredir a Pazos.

Ese fue el inicio de la gran tragedia, como cuenta detalladamente Rúa. Pronto se lanzaron otros espectadores a la cancha, para agredir al árbitro o a los jugadores argentinos, los que fueron reprimidos con bastante crueldad, incluso con perros policías. En este punto una parte de los espectadores, los más cautelosos decidieron salir del estadio. Entre ellos estaban algunas personalidades del mundo futbolístico, como Roberto Challe y Humberto Martínez Morosini, cuyos testimonios personales enriquecen esta valiosa crónica. Finalmente, sintiéndose amenazados por la multitud, los policías lanzaron bombas lacrimógenas a las tribunas, ante lo cual la gente intentó salir en estampida del estadio, lo que produjo los centenares de muertes.

Las páginas más emotivas de El gol de la muerte son las que describen estos dramáticos momentos a partir de los recuerdos de algunos de los sobrevivientes: “La masa humana me llevó hasta la puerta. Quise regresar y no pude. Caí en las gradas. Sobre mí cayó un joven con la cara ensangrentada y que no podía respirar porque tenía las costillas rotas. Él fue quien me salvó: me cubrió con su cuerpo y soportó todas las pisadas. Cuando la puerta se abrió, la gente salió pasando por encima de nosotros. Arrastrándome logré salir a la calle. El que me cubrió con su cuerpo quedó en las gradas”.

Efraín Rúa —autor del reconocido libro El crimen de la Cantuta— estructura un relato fluido y a la vez un logrado retrato de la época, a través de la reconstrucción de las vidas de algunos de los protagonistas de estos trágicos sucesos: el negro Bomba, Kilo Lobatón, el comandante De Azambuja (policía encargado de la seguridad del estadio). Con todo ello (a lo que se suma una interesante serie de fotografías), El gol de la muerte resulta una lectura sumamente interesante y reveladora.