Dime, Monstruo

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Herrera, Tola y sus monstruos


El escritor y diplomático Carlos Herrera (Arequipa, 1961) y el artista plástico José Tola de Habich (Lima, 1943) han presentado recientemente un ambicioso trabajo conjunto: el libro Dime, Monstruo (El Taller Amarillo, 2014). Bellamente editado (en gran formato, tapa dura, y papel e impresión de la mejor calidad), las casi 300 páginas de este impresionante libro son un colorido y poético recorrido por el universo de los monstruos, esos seres anormales que grafican nuestros temores y obsesiones. 

Autor de novelas tan conocidas como Blanco y negro (1995) y Claridad tan oscura (2011) Herrera ya ha creado una muy personal serie de monstruos en Crónicas del argonauta ciego (2002), en nuestra opinión su mejor libro. Esta vez se anima a “meterse en la piel” de algunos de los más conocidos monstruos de la literatura y de la mitología universal. Así, en estas páginas hablan en primera persona (con bastante ironía y humor negro) los clásicos Medusa, Polifemo, Minotauro, Quimera y esfinge; pero también otros tan disímiles como Frankestein, el Pishtaco, el Yeti, el Chuyachaqui, etc.

Por su parte, José Tola está trabajando desde hace mucho en la creación de un universo plástico en el que los monstruos y demonios son elementos centrales. Aquí adapta y recrea a los seres mencionados, pero según su propia y conocida propuesta artística: el negro y el rojo como colores dominantes; y la inquietante presencia de ojos, dedos y dientes desproporcionados. Así, las imágenes que nos brinda del Minotauro o la Esfinge son muy diferentes a las que todos tenemos en nuestras mentes. En suma, Dime, Monstruo es un original y hermoso bestiario que vale la pena leer y observar con detenimiento.



Caligrafía china

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Marco Martos (Piura, 1942) es una de las voces más valiosas y características de la llamada “generación del sesenta” y autor de una obra poética que, como la de Borges, partiendo de lo cotidiano y la novedad formal, ha llegado finalmente a una temática clásica y al rigor de la retórica más tradicional. Lejos ya de esos poemas “ásperos y crispados” (según él mismo) de sus primeros libros –Casa nuestra (1965) y Cuadernos de quejas y contentamientos (1969)–, en sus más recientes textos explora universos literarios específicos, para hacerlos suyos y recrearlos. Ese es el caso de Caligrafía china (Peisa, 2014), un homenaje a los grandes poetas de la dinastía Tang.

“Al comienzo fue una cuestión estilística: escribir como lo haría un poeta chino; luego el mundo poderoso de esa cultura fue imponiendo sus reglas”, cuenta el propio Martos en el “Preámbulo” del libro. Por ello, no solo aparecen en estos poemas las figuras y los versos de los legendarios Li Po, Wang Wei, Tu Fu y Lao Tse, sino más que nada su manera de escribir, basada en la minuciosa observación de la naturaleza y lo humano, y la contenida expresión de las emociones y reflexiones más profundas.

La empatía del poeta peruano con esa literatura y cultura fue tan grande que lo llevó a escribir los más de cien poemas que integran Caligrafía china. Y a pesar de que se menciona recurrentemente a mandarines, emperadores, ciruelos y demás, Martos continúa en realidad desarrollando aquellos temas presentes en sus mejores poemarios de “madurez” –Cabellera de Berenice (1990), El mar de las tinieblas (1999) y Aunque es de noche (2006)–: el amor, lo efímero de la vida y de todo lo material, y la trascendencia espiritual.

Dora Bruder

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La Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura 2014 al escritor francés Patrick Modiano (Boulogne, 1945) por “el arte de la memoria con el que ha evocado los destinos humanos más inaprensibles y descubierto el mundo de la ocupación nazi de Francia”. Una afirmación que remite casi puntualmente a la novela Dora Bruder (1997), que muchos consideran como su obra maestra, en la que Modiano trata de reconstruir, a partir de un pequeño aviso real de un diario de 1941 (solicitando información acerca de la adolescente Dora Bruder, aparentemente fugada de su hogar), la trágica vida de una joven francesa de ascendencia judía.

Lo que más llama la atención a Modiano de ese aviso es que la casa de la familia Bruder estaba precisamente en la calle parisina en la que él pasó su infancia, pocos años después. Por eso comienza la reconstrucción con la descripción de ambientes, calles y edificios en los que seguramente transcurrió la vida de Dora, hija de emigrantes y de condición muy humilde. Así, va creando el retrato del París de medio siglo antes. Y de lo físico, Modiano pasa a los estados de ánimo y al imaginario de los parisinos durante la ocupación, para graficar la opresión, la angustia y hasta el terror que se vivió en la ciudad durante la ocupación alemana.

En su reconstrucción de la época, el narrador revista a algunos libros y autores de moda en aquellos años, y hasta vuelve a ver una película cómica que disfrutó especialmente en su niñez. Pero ahora la encuentra demasiado oscura y opresiva: “Comprendí repentinamente que esa película estaba impregnada por las miradas de los espectadores del tiempo de la ocupación: espectadores de todas clases, muchos de los cuales no habían sobrevivido a la guerra”.

Finalmente llegamos a conocer el destino final de Dora: fugada de su casa, fue capturada por la policía y, debido a su origen judío, conducida a una cárcel parisina y de ahí al campo de concentración de Auschwitz, donde aparentemente tuvo un trágico final. Lo que Modiano hace con especial maestría en esta novela es hacernos tomar verdadera conciencia no solo de los horrores de la guerra, sino la indiferencia con la que buena parte de los parisinos presenciaron los excesos de los invasores, e incluso algunos hasta colaboraron con ellos. Como afirma Adolfo García Ortega, Dora Bruder “es Modiano en la cumbre de su narrativa”.

Claroscuro

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Magíster en Creación Literaria por la Universidad de San Marcos, José Valencia-Arenas (Lima, 1970) se desempeña desde hace algunos años como director de talleres de narrativa, inicialmente en el Perú y después también en el extranjero. Paralelamente está desarrollando una obra narrativa centrada en el cuento, género literario en el que ha alcanzado un especial dominio. Recientemente ha publicado su cuarto libro, Claroscuro (Letra Editores, 2014), un conjunto de 18 relatos breves en los que pasa revista a algunos de sus demonios: la adolescencia, el amor, la traición y la muerte.

La apuesta de Valencia–Arenas es por las ficciones basadas en las situaciones más comunes de la vida diaria, que presenta de una manera ligera y hasta risueña, pero a las que mira desde una perspectiva original y novedosa. Así, muchos de sus relatos parten de personajes y escenas cotidianas para culminar con la tradicional sorpresa final. Es el caso del relato “Antes”, que solo en las últimas líneas permite conocer la naturaleza del personaje narrador; en “Falda escocesa”, con el descubrimiento del fetichismo del protagonista; y también en “Dos hombres”, que al final sorpresivamente se convierte en la historia de un crimen accidental.

Sin lugar a dudas el gran tema de este libro son los “claroscuros” de las relaciones de pareja, las ambigüedades y secretos que siempre existen entre un hombre y una mujer, por más estrecho y duradero que sea el vínculo afectivo que los una. Algo que se presenta claramente en cuentos como “Los meses del año”, el recuento de una accidentada relación que dura exactamente ese tiempo; así como en “Cajas” y “Cathy es una buena chica”, los más extensos del libro y en los que el autor narra relaciones sentimentales llenas de giros, sorpresas y cambios radicales. En general, aunque los relatos no aborden el tema, esos claroscuros son un elemento importante en la mayoría de los cuentos, como en “Por qué escribo”, “Departamentos”, “La tentación de la carne”, etc.

Formalmente Valencia-Arenas apuesta por un minimalismo extremo. No solo escoge el momento central de la historia, evitando contar los previos y las consecuencias, sino que además usa el lenguaje más sencillo: oraciones cortas y sin adornos retóricos: “Llevo recorrido un mediano camino. Leer, escribir cuentos, relatos ha sido el entrenamiento. En ortografía he mejorado desde aquellos escolares tiempos…”, Como se puede comprobar, salvo algunos cuantos adjetivos, en los textos prima el trabajo de edición para darle al lector solo lo esencial de cada historia, y que la imaginación complete el resto con entera libertad.

Pero ese afán por la concisión se convierte finalmente en un problema, pues los relatos se circunscriben demasiado a las anécdotas contadas, sacrificando la densidad de los personajes, las connotaciones de las historias y hasta la relación con el contexto socio-cultural. Por eso los cuentos de Claroscuro nos dejan la impresión de textos de “taller”, trabajados para que tengan la mayor “eficacia” narrativa, aunque con ello pierdan bastante de su riqueza temática.