Perspectivas sobre el nacionalismo en el Perú

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Suele definirse a la nación como el conjunto de personas que, más allá de las diferencias, forman una “comunidad limitada y soberana”, solidaria, con un pasado en común y la promesa de un futuro compartido. Los peruanos, que hemos tenido un conflicto armado interno y enfrentamos problemas de racismo y de falta de integración, ¿somos una verdadera nación?, ¿qué tipos de nacionalismos tenemos? Un grupo de destacados sociólogos, psicólogos y antropólogos, encabezados por Gonzalo Portocarrero (Lima, 1949) responde a estas y otras preguntas afines en el libro Perspectivas sobre el nacionalismo en el Perú (PUCP, 2014).

El análisis se inicia con el cuestionamiento de la idea de nación en iniciativas tan exitosas como Marca Perú (el ensayo “La necesaria fantasía de la Marca Perú” de Félix Lossio), el marketing internacional de la cocina peruana (“La institución sensorial de la nación. La función de la comida” de Pedro Coppa) o la moda musical de la fusión de géneros. Desde otra perspectiva, se examinan elementos importantes del imaginario popular peruano, como la independencia (“Historia, nacionalismo y ciudadanía” de Juan Miguel Espinoza) o personalidades paradigmáticas (“Vallejo en disputa: re-significaciones de su imagen en la cultura visual peruana” de Silvia Ágreda).

El mayor acierto de Perspectivas sobre el nacionalismo… es la sección “Mirando hacia adentro”. En ella, intelectuales del interior país hacen su propio análisis de esta problemática en textos como “Comunidad imaginada y comunidad discriminada: la nación vista desde el espacio ayacuchano” (Jefrey Gamarra) y “El nacionalismo en el imaginario de la sociedad letrada huancaína (Gustavo Reyna), entre otros.

Augusto Higa. Todos los cuentos

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Larga es la trayectoria literaria del escritor Augusto Higa (Lima, 1946), desde sus primeros cuentos de los años sesenta y su paso por el Grupo Narración (1966-1976), hasta las recientes novelas cortas —La iluminación de Katzuo Nakamatsu (2008) y Gaijin (2014)—que han recibido entusiastas elogios de la crítica. Una variada narrativa cuya mejor expresión acaso se encuentra en los veinte cuentos, que el autor acaba de reunir en el libro Augusto Higa. Todos los cuentos (Campo Letrado, 2014).

Los primeros relatos de Higa mostraban a jóvenes de los más populosos barrios de la Lima tradicional (La Victoria, Barrios Altos, etc.) que contaban, con sus propias palabras y a veces de manera colectiva, sus peripecias de adolescentes. En “La toma del colegio”, por ejemplo, se trata de los alumnos de una escuela fiscal que se rebelan ante los abusos y la corrupción de sus profesores. En “El equipito de Mogollón” son aficionados al fútbol que rememoran sus hazañas deportivas; y en “Que te coma el tigre” un grupo de adolescentes relata su festivo descubrimiento del amor.

La segunda etapa de esta narrativa corresponde a los años ochenta. Higa, sin cambiar de escenarios, se centró en la problemática de la clase media limeña en esos años de crisis económica. Al respecto, resultan ejemplares “La casa de Albaceleste” y “Clase media”. Por último, están los relatos recientes, de temática más “existencial” y protagonizados por japoneses radicados en Lima, o sus hijos; relatos que conformaron el libro Okinawa existe (2013), ganador del Premio José Watanabe, que otorga la APJ. En suma, Todos los cuentos resulta una muy buena oportunidad para conocer la valiosa narrativa de Augusto Higa.

Las siete bestias

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El escritor y guionista Christ Gutiérrez-Rodríguez (Callao, 1982) fue ganador del más reciente Premio Internacional Copé con el cuento “Los caminantes de Sonora”, un original y deslumbrante relato. Pero ese texto es solo una pequeña parte de la propuesta narrativa que, al parecer, Gutiérrez-Rodríguez ha estado trabajando silenciosamente, y que hoy nos muestra con mayor amplitud en el libro Las siete bestias (Animal de invierno, 2014), un conjunto de relatos que exploran los extremos de la violencia urbana.

Tres de estos cuentos están ambientados en el Callao, en el temible mundo de delincuentes y pandilleros de ese puerto. En “A las siete en la acequia, Francesca”, se relata toda la historia detrás de una pelea “escolar” entre dos jóvenes compañeras de escuela y a la vez enemigas, por muchos motivos que se van descubriendo a lo largo de la narración. En “Epilepto” se trata de la mítica competencia entre los dos mayores bebedores de bares “de mala muerte”. En cambio, en “Regla de cálculo” el autor nos relata una violenta historia de amor sucedida en un elegante condominio limeño.

En todos estos textos, los propios personajes cuentan numerosas historias secundarias, que muchas veces sobrepasan lo verosímil. A eso se suma el lenguaje, en el que el léxico lumpen se conjuga con el más recargado trabajo formal (metáforas, enumeraciones, juegos de palabras), siempre al servicio de descripciones hiperrealistas. Así uniendo elementos aparentes disímiles (magia y realismo urbano, jerga delincuencial y retórica literaria) Gutiérrez-Rodríguez construye en Las siete bestias un universo narrativo sumamente personal, de lo más interesante en la literatura peruana actual.

La casa muerta

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La abogada Alina Gadea (Lima, 1966) irrumpió en el mundo literario como una de las ganadoras de la Bienal de Cuento Copé 2007, con el cuento “La casa muerta”; un relato casi autobiográfico, pues cuenta la historia de la casa miraflorina donde la autora pasó su infancia. Gadea ha publicado después dos novelas –Otra vida para Doris Kaplan (2010) y Obsesión (2012)–, y ahora vuelve a la vieja casa familiar en la novela La casa muerta (Altazor, 2014) que desarrolla y amplía la temática de su cuento premiado.

Son tres las historias que aquí se narran, dos de ellas protagonizadas por Mariela Ramos, una joven arquitecta empeñada en recuperar edificaciones antiguas, hoy deterioradas y en peligro de demolición. En la primera, se trata de una casa barranquina, en la que Mariela conoce a un bohemio artista plástico. La segunda es la del cuento original: una casa miraflorina habitada por su anciana propietaria, Isabel Estenós, una olvidada actriz que trata de llevar con dignidad su pobreza y soledad. La tercera es la más breve y reproduce algunas páginas del diario Doris, la única hija de Isabel, muerta en un atentado terrorista.

Gadea crea las atmósferas apropiadas, oscuras y llenas de misterios, para estas historias, en las que Mariela parece estar en la búsqueda del pasado limeño. Pero su oposición pasado (tradición) – presente (modernidad) resulta demasiado estereotipada: por un lado artistas bohemios, refinados y creativos; por el otro, comerciantes, migrantes irrespetuosos y hasta senderistas. Finalmente La casa muerta no llega a ser una verdadera novela, sino apenas la reunión de dos buenos cuentos largos (la primera y segunda historias) con una temática muy similar.