Loreto

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Fernando Ampuero (Lima, 1949) es un periodista con una larga trayectoria –ha sido editor de varias de las más importante revistas del medio– y a la vez un reconocido escritor, especialmente por su obra cuentística. Sin embargo, en los últimos años ha incursionado con bastante éxito en la novela corta de temática “callejera”. En esa línea está Loreto (Planeta, 2014), su más reciente libro, que narra la historia de Silverio, un pistolero adolescente miembro de la más sanguinarias pandillas, la del barrio chalaco del jirón Loreto.

Silverio tenía apenas 14 años cuando Chito, el líder de la pandilla, le dio un arma para saber si era capaz de matar. Y lo hizo tan bien que pronto se convirtió en una celebridad, uno de los asesinos más temidos del Callao. Este ascenso en el mundo del hampa es contado de forma paralela al romance de Silverio y Laura, la hermana de Chito y amante de una influyente y corrupta autoridad. La historia va adquiriendo así dimensiones casi épicas, especialmente por las violentas guerras entre pandillas, en las que Silverio destaca por su destreza y sangre fría en el manejo de las ametralladoras.

Acaso por la brevedad del texto –más un cuento largo que una novela corta– quedan varias cosas sin desarrollarse plenamente: la historia de amor, la guerra entre pandillas, la investigación periodística sobre ellas. No obstante Loreto representa un interesante paso adelante dentro de las “novelas callejeras” de Ampuero. Ya no se trata de personajes clasemedieros venidos a menos –el cambista de Caramelo verde (1992) o el taxista de Hasta que me orinen los perros (2008)– sino de una más profunda inmersión en el universo urbano, en su lenguaje y sus mitos.


La pena máxima

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El escritor Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) regresa en su más reciente novela, La pena máxima (Alfaguara, 2014), al relato policial ambientado en el Perú, como en su exitosa Abril rojo, Premio Alfaguara de Novela 2006. Y hasta al mismo protagonista de aquella novela, el peculiar fiscal Félix Chacaltana, quien debe recorrer las calles limeñas, en plena euforia por la participación de Perú en el Mundial de Fútbol Argentina 1978, para descubrir a los culpables de una misteriosa serie de crímenes.

Casi todas las acciones tiene como telón de fondo las transmisiones (por radio o televisión) de los partidos jugados por la selección peruana, que incluso dan título a los capítulos de la novela (“Perú-Escocia”, “Perú-Holanda”, Perú-Irán”, etc.). Chacaltana, más interesado en el cumplimiento estricto de la ley que en el fútbol, se dedica a investigar los asesinatos y desapariciones de jóvenes militantes izquierdistas, aparentemente víctimas de la represión que en forma conjunta realizaban las dictaduras militares que entonces gobernaban a Perú y Argentina, como parte del llamado Plan Cóndor.

Roncagliolo maneja bien la trama de este policial y logra mantener viva la atención del lector, quien va descubriendo poco a poco todos los excesos y crímenes cometidos por esas dictaduras. También está bien empleado todo lo relacionado con la fiesta popular en que se convierte cada partido jugado por la selección peruana en ese mundial; un recurso que ya empleó el autor en Abril rojo, novela ambientada en las tradicionales celebraciones ayacuchanas de Semana Santa. Pero hay una tercera línea narrativa en La pena máxima que hace que toda la novela se caiga: la evolución de Chacaltana, quien el proceso de esta investigación pasa de ser un joven pusilánime manejado por su madre, a convertirse en un adulto dispuesto a casarse y ser cabeza de familia.

Como se recordará, en Abril rojo Chacaltana era presentado como un personaje muy peculiar: tonto casi hasta el límite de lo verosímil, demasiado interesado en el orden y el respeto de los formulismos burocráticos, y obsesionado (casi hasta la necrofilia) con la memoria de su madre. En La pena máxima Roncagliolo ha querido entregarnos la historia de este personaje, mostrándolo en su juventud (inicios de su carrera profesional) y poniendo especial énfasis en la ausencia del padre y en la sumisión ante su autoritaria madre. Pero nada en esta novela logra redimir a Chacaltana, quien siempre actúa como tonto y que si logra resolver los misterios que se le presentan es únicamente por sus errores o torpezas. A la manera de los detectives de películas cómicas, como el inspector Clouseau o Maxwell Smart.

Esta similitud con los personajes de comedia nos da una de las claves de la narrativa de Roncagliolo: está hecha para un público más habituado a las películas masivas y series de televisión que a la literatura. Lo que busca este escritor es más que nada entretener, divertir al lector, aunque para ello tenga que apelar a recursos tan obvios como hacer de su protagonista un tonto superlativo, para que genere constantemente situaciones y diálogos cómicos. Una práctica que podemos encontrar en todas las comedias de televisión, desde El superagente 86 hasta Friends, pasando por la peruana Al fondo hay sitio.

Pero hay que reconocer que Roncagliolo al menos se ha preocupado de crear un tipo de “tonto” netamente peruano. El comportamiento de Chacaltana es risible porque va a contracorriente de lo esperado en un limeño “con calle”, de aquello que generalmente se denomina “viveza criolla”. Ahí donde los demás se saltan los trámites burocráticos o las órdenes de los superiores, él se empeña en cumplirlos y hacerlos cumplir. Es un “antivivo”, del tipo de personas que el humorista Luis Felipe Angell describió con acierto en su libro Los cojudos.

La literatura siempre es un reflejo de los problemas y contradicciones de la sociedad que la produce. Esto es especialmente notorio en el caso de los relatos policiales: cada época queda perfectamente retratada en la naturaleza de los protagonistas de este tan especial género narrativo. Así, la Inglaterra de fines del siglo XIX está bien simbiolizado por la frialdad y racionalidad de Sherlock Holmes; y la Norteamérica de la década de 1940, por el cinismo y pesimismo de Philip Marlowe. El floreciente Perú de inicios de siglo XXI ¿merece ser  literariamente representado por la torpeza y estupidez de Chacaltana?


César Vallejo. La escritura del devenir

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El escritor Julio Ortega (Ancash, 1942) se inició como poeta en los años sesenta (fue uno de “Los nuevos”) pero pronto sería ganado por crítica literaria. Ha sido catedrático en importantes universidades norteamericanas (país donde radica) y tiene publicados más de veinte muy buenos libros de crítica. Hace poco estuvo de visita en Lima para presentar César Vallejo. La escritura del devenir (Taurus, 2014), libro que resume y actualiza su valiosa contribución a la exégesis vallejiana.

Una de las propuestas nuevas que aquí presenta Ortega es la de la “tachadura” como uno de los principales recursos de Vallejo. Al corregir sus poemas, el poeta eliminaba las palabras que les daban contexto y hasta los vínculos lógicos. “No perseguía expresar mejor las cosas gracias a la concentración del lenguaje, sino decir menos de lo que el lenguaje dice… lo fundamental era la posibilidad de desrepresentar”. Vallejo fue cada vez más radical en el uso de esta técnica –presente ya en Los heraldos negros–, como se puede comprobar en muchos de sus poemas póstumos.

Pero la principal contribución de César Vallejo. La escritura del devenir está en sus capítulos finales, dedicados a hacer un detallado estudio de España, aparta de mí este cáliz (poemario escrito en 1937), en el que se revisan documentos de la época (revistas literarias que circularon durante la Guerra Civil española) y hasta se recoge el testimonio de escritores vinculados al poeta peruano en aquellos años. A ello se suma el análisis “deconstructivo” de Ortega, y una inteligente lectura de la bibliografía existente. Todo ello da como resultado una de las más completas interpretaciones de esa obra póstuma de Vallejo.


Se pueden leer las primeras páginas del libro en Prisa Ediciones.

Camping en el país de las maravillas

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En el libro Camping en el país de las maravillas (Carpe Diem, 2014), Rebeca Urbina (Lima, 1983) ha reunido una veintena de poemas que presentan, de manera sencilla y lúdica, diversas situaciones de la vida una joven limeña de clase media. Desde su rutina como oficinista en un banco (“Lunes plastificado”) y sus paseos por el parque (“Parque Kennedy”), hasta sus costumbres al momento de dormir (“Fotografía de alcoba familiar”); pero también sus traviesas e irreverentes reflexiones y sueños diurnos (“Boceto de Teología”, “El secreto de las piedras calientes”).

Urbina –con estudios de Literatura en la Universidad Católica– logra unir acertadamente el lenguaje cotidiano con un cierto minimalismo retórico. La mayoría de los poemas están basados en una sola imagen o metáfora, desarrollada con humor y ternura. Así, el vientre materno se convierte en un “hotel de cinco estrellas… con jacuzzi personal” y las veleidades afectivas de un pretendiente resultan similares a las de un gato callejero. Son poemas simples pero “redondos”, cercanos a las letras de algunas canciones pop; incluso hay poemas (“Una dama en tres actos”, p. e.) que tienen la estructura estrófica de una canción.

Los peligros de esa estrecha cercanía con la cultura pop se pueden comprobar en poemas como “Archipiélago” o el arjoniano “Punto perdido”. No obstante esas caídas, Camping en el país de las maravillas es un poemario fresco y original. Seguramente por esas virtudes fue elegido –por un jurado presidido por el crítico Ricardo González Vigil– como ganador del IV Concurso de Poesía de Mujeres Scriptura, organizado por la Comisión de escritoras del PEN Internacional y el Centro Cultural de España.