La sangre de la aurora

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Doctora en Literatura, con estudios en las universidades de San Marcos y de Nueva York (NYU), Claudia Salazar (Lima, 1976) es una conocida crítica, catedrática y promotora cultural. Aunque ha publicado algunos relatos en revistas virtuales, su verdadero debut como narradora lo hace con la interesante novela La sangre de la aurora (Animal de invierno, 2013), que cuenta las vidas de tres mujeres durante los momentos más difíciles de la violencia política de las décadas pasadas en nuestro país: la campesina Modesta, la fotógrafa Melanie y la dirigente senderista Marcela.

Conformada por textos breves (menos de una página), la narración alterna las peripecias de estas mujeres con otros episodios que abarcan a conocidos personajes de la época (Fujimori, Guzmán, Montesinos, etc.). No obstante, el eje de la trama es la forma en que la violencia fue ejercida especialmente contra las mujeres: abusos, torturas, violaciones y asesinatos. Algo que está presente también en los aspectos formales del relato, desde lo fragmentario e inconexo de los sucesos, hasta los recursos retóricos, la falta de signos de puntuación y el uso recurrente de onomatopeyas en algunos de los textos.

Acaso esta sea la primera novela que aborda el tema desde la perspectiva de las mujeres, y lo hace de una manera bastante efectiva. Pero precisamente el énfasis en lo efectista, el afán de mostrar la violencia siempre en primer plano, no permite desarrollar las historias ni profundizar en las emociones o pensamientos de las protagonistas. En todo caso, La sangre de la aurora resulta un original aporte a la ya abundante literatura sobre esta etapa tan difícil y polémica de nuestra historia reciente.


Otros textos sobre la novela: Alexis IparraguirreMiguel Vargas, Diego Trelles, Cecilia Palmeiro.

El héroe discreto

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Cuando un escritor “consagrado” publica un nuevo libro, las primeras reseñas suelen ser sumamente elogiosas. Solo después de varias semanas, una vez que el libro ya es un bestseller, se comienza a reconocer que incluso los grandes autores pueden tener caídas; como sucedió con García Márquez y sus Memorias de mis putas tristes. Sin llegar a ese extremo, creemos que algo similar pasará con nuestro premio Nobel Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) y su nueva novela El héroe discreto (Alfaguara, 2013).

Como ya es su costumbre, MVLL narra paralelamente dos historias distintas, pero que tienen muchos elementos en común. En ambas se trata de prósperos empresarios (el piurano Felícito Yanaqué y el limeño Ismael Cabrera) quienes en su vejez se enamoran de mujeres muy jóvenes y tienen que soportar las agresiones de sus propios hijos, dos varones en ambos casos (todo es dual aquí). Las historias se complican (chantajes, secuestros, etc.) y tienen muchos giros sorpresivos, a la vez que van involucrando a más personajes, entre los que figuran algunos conocidos de otras novelas de MVLL, como Lituma y Don Rigoberto. En ese incesante crecimiento, las dos líneas narrativas finalmente se unen.

MVLL ha querido crear un laberinto de historias pequeñas (“Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo», reza el epígrafe), que muestren un cierto tipo de heroísmo cotidiano, dejando de lado lo épico y lo trágico. Y si bien en lo que respecta a la trama logra su objetivo, lo banal de buena parte de los sucesos y los diálogos, el forzado “color local” de las descripciones, entre otros problemas, hacen que El héroe discreto no llegue a estar a la altura de las expectativas.

Se puede leer el primer capítulo de  la novela en Alfaguara.

Otros textos sobre la novela.
A favor: El País, Joaquín Marco, ABC, Paul Llaque, Guillermo Niño de Guzmán Ernesto Carlín, Uva de Aragón, Juan C. Suárez, Rafael Fuentes,
En contra: Javier Munguía, Luis Rodríguez PastorValdemar Quijano, La medicina de Tongoy,


La marcha del polen

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Nadie mejor que un poeta para reconocer el talento de otro poeta. En la última conversación que tuve con José Watanabe, poco antes de su muerte, me habló entusiastamente del primer libro de un joven poeta. El autor era Manuel Fernández (Lima, 1978) y el libro Octubre (2006), un poemario complejo y cuyo tema es la historia política y literaria peruana de las últimas décadas. Siete años después, Fernández nos entrega su segundo poemario, La marcha del polen (estruendomudo, 2013), que no solo tiene las virtudes de aquel primer libro, sino que incluso llega a superarlo.

Los poemas esta vez están centrados en la infancia del poeta, transcurrida en el populoso distrito de Breña a inicios de los años ochenta. Pero este pasado es presentado de una manera casi épica, anunciada ya en el primer texto “La fundación de Breña”, que no remite al suceso histórico sino a una versión subjetiva y lírica, desde una perspectiva popular. De la misma manera son tratados otros hechos, como una huelga de enfermeras del Hospital del Niño, el cierre de la piscina municipal o el paso del Papa Juan Pablo II por el distrito, durante su primera visita a Lima.

Sobre ellos vuelven constante y reiterativamente los poemas, pero alternando los recuerdos y la descripción de los espacios urbanos con las referencias literarias y las alusiones (irónicas o lúdicas) a textos religiosos y políticos. El mayor logro de la obra de Fernández, especialmente de La marcha del polen, es presentar todo ese material dentro de un discurso que, recurriendo a recursos literarios muy de nuestros tiempos (montaje, repeticiones, parodias) mantiene siempre la intensidad poética.

El náufrago de la santa

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Además de su reconocida labor como crítico, Peter Elmore (Lima, 1960) también ha desarrollado una importante obra narrativa, centrada en la exploración del relato policial. La inició con El enigma de los cuerpos (1995), una novela negra a la que siguieron Las pruebas del fuego (1999) y El fondo de las aguas (2006), que se han ido alejando del realismo para incursionar en lo fantástico y simbólico. En esa línea, Elmore acaba de publicar El náufrago de la santa (Peisa, 2013), que remite a una Lima casi gótica de mediados del siglo XX.

El protagonista es Enrique Marrou, un médico que debe certificar la defunción de un joven cuyo cuerpo ha sido varado por el mar. Marrou descubre que el joven aún está vivo, aunque en estado de coma, y desde entonces se desarrolla una fuerte relación entre el médico y el paciente, al que llaman “Ismael”. Una vez que recupera la conciencia (pero no el habla ni la memoria), Ismael se vincula con todas las personas del entorno del médico; pero su peculiar presencia hace estallar los conflictos familiares más secretos, desencadenándose varios sucesos violentos.

Lo más logrado en la novela es la creación de atmósferas enigmáticas –apelando tanto a descripciones como al lenguaje–, y la peculiar galería de personajes secundarios que, como ha señalado Federico de Cárdenas, se generan como en un juego de espejos (cada personaje tiene su “doble”). Pero el énfasis en lo inquietante hace que el relato pierda dinamismo, a lo que se suma la falta de integración de algunos elementos de la narración. El náufrago de la santa es un libro interesante, aunque no llega a superar a las anteriores novelas de Elmore.