El cerrajero
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Poesía
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El poeta José Antonio Villarán (Lima, 1979) se graduó en la San Francisco State University y acaba de iniciar un máster en Creación Literaria en California. No obstante su larga permanencia en Estados Unidos, cada cierto tiempo regresa al Perú con nueva iniciativas literarias. Así, en 2006 trajo el original proyecto AMLT (poesía en soportes alternativos) y en su más reciente visita ha presentado su libro El cerrajero (AUB, 2012), uno de los mejores poemarios peruanos publicados el año pasado.
Estos textos de Villarán, de naturaleza bastante diversa, están regidos por la dualidad. Desde el propio idioma, pues se presentan en idioma inglés y español; pero no se trata de traducciones sino de versiones “simultáneas”. En ellos se transita constantemente del mundo de la clase alta limeña (el pasado del hablante) hasta la modernidad de la sociedad norteamericana. Ese es el leit motiv de los poemas, que en cada uno de las seis secciones sirve de base para desarrollar diversos temas: la relación entre identidad y memoria, la multiculturalidad, la humana necesidad de trascendencia, “el lenguaje como espacio público y de reclamo”, entre otros.
Resumido así el libro puede parecer demasiado rígido y esquemático. Sin embargo, en la mayoría de los casos lo racional de la propuesta encuentra su apropiada expresión poética en un discurso barroco, lleno de imágenes y elementos simbólicos, y que apela constantemente a la intertextualidad. A la calidad literaria de El cerrajero se suma el original diseño del libro, marca característica de la colección Álbum del Universo Bakterial, dirigida por el también escritor Arturo Higa.
Una bala en la frente
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En la novela Una bala en la frente (Planeta, 2013) el ex oficial del Ejército peruano Manuel Aguirre (Arequipa, 1940) cuenta la experiencia del alférez Arrieta en uno de los lugares más remotos de nuestro país: el poblado de Ninantaya, cerca del lago Titicaca y la frontera con Bolivia. En ese apartado e inhóspito lugar, más que las leyes peruanas rigen las del contrabandista llamado “El fantasma” y su satánico sobrino Hilario, a quien Arrieta vencerá gracias a la ayuda del anciano brujo aimara Yatiri.
Estamos, pues, en los transitados terrenos del realismo mágico y su combinación de sucesos reales con leyendas y creencias propias de la región. Aguirre lo aborda de una manera hasta cierto punto ingenua y maniquea: Hilario a los 16 años ya era un violador de niños, y Yatiri es un personaje aparentemente eterno, como el Melquiades de Cien años de soledad. Uno de los aciertos del autor es combinar estas historias oníricas y casi irreales con otras más verosímiles y propias de la vida militar, la mayor parte de ellas ambientadas en Lima.
Pero incluso en estas historias están demasiado presentes los esquematismos y estereotipos propios de la formación castrense. Como en la del mayor Hermosa, quien se suicida al saber que su homosexualidad ha sido descubierta, una muerte que es celebrada por todos sus compañeros. O la irónica mención de los abogados “defensores de los derechos humanos”, que sacan de prisión a unos peligrosos traficantes de armas. Una bala en la frente muestra, desde la literatura, cuán equivocados están quienes hoy afirman que el Servicio Militar Obligatorio servirá para inculcar “valores” a los jóvenes peruanos.
La última cena: 25 años después
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Poesía
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Siguiendo la tradición de antologías como Los nuevos (1967) y Estos 13 (1973), que definieron a sus respectivas generaciones poéticas, La última cena reunió en 1987 a doce de los más talentosos poetas jóvenes de entonces: Eduardo Chirinos, Domingo de Ramos, José Antonio Mazzotti, Roger Santiváñez, Jorge Frisancho, entre otros. Con motivo de las “bodas de plata” de esta antología, el poeta y ensayista Paolo de Lima (Lima, 1971) acaba de publicar el libro La última cena: 25 años después. Materiales para la historia de la poesía peruana (Intermezzo Tropical, 2013).
De Lima abre su libro con el extenso ensayo “Violencia y poesía peruana de los ochenta. Aproximación a partir de una antología generacional”, que analiza la forma en que estos poetas asumieron la violencia política que afectaba todos los ámbitos de la sociedad peruana. La conclusión es que la “fractura política, social, económica y cultural” llevó a esta generación a una “dispersión poética” comprobable en las obras de los autores mencionados. El principal problema del ensayo es que está basado en las declaraciones de los escritores y no en sus poemas.
Como complemento del ensayo, se incluye una serie de entrevistas colectivas publicadas en revistas y diarios limeños con motivo de la aparición de LUC. En ellas los jóvenes poetas opinan con audacia y humor sobre temas como el rol social de la literatura y el arte, la tradición poética peruana, la violencia política y su propia poesía. Nos habría gustado saber qué opinan ellos ahora (con más de 50 años de edad) sobre esos temas, o que se analice sus trayectorias literarias y vitales. Son cosas que promete el título del libro, La última cena: 25 años después, pero que Paolo de Lima no llega a trabajar.
Obsesión
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Hace tres años la abogada y escritora Alina Gadea (Lima, 1966) hizo un promisorio debut literario con la novela Otra vida para Doris Kaplan, una mirada al mundo de la niñez y adolescencia de una limeña de clase alta. Cambiando radicalmente de tema y ambientes, Gadea acaba de publicar su segunda novela, Obsesión (Altazor, 2012) la oscura y trágica historia de amor del psiquiatra Marcelo Durand y su joven paciente Yvonne d’Argent.
A pesar de der una novela corta, se relatan en forma paralela las historias sentimentales de ambos protagonistas. Durand es un doctor exitoso, pero buena parte de ese éxito se debe a su matrimonio con Carola, perteneciente a una familia poderosa. Yvonne, por su parte, llega al consultorio del psiquiatra por sus problemas de pareja. “Casi todos los días me acuesto con un hombre que me repugna”, confiesa en la primera página. Lo más interesante de la narración es cómo la relación que establecen los protagonistas los lleva a extremos opuestos: a Yvonne a buscar una nueva pareja (Diego), mucho más saludable; a Marcelo a una profunda crisis que lo convierte en un asesino.
Gadea ha priorizado la fluidez del relato y el interés de la trama sobre la construcción de los personajes o la profundización en sus emociones. Son opciones muy propias de nuestro tiempo, pero que llevan a caer en estereotipos y facilismos. Por ejemplo, Carola y Diego son casi caricaturas de la mujer frívola y el joven bohemio, respectivamente. Y el crimen final no parece justificado ni es acorde con el desarrollo de las acciones. En suma, Obsesión es una novela interesante, pero no llega a estar a la altura de Otra vida para Doris Kaplan.
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