Revelaciones

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Hace 30 años el historiador y antropólogo Luis Enrique Tord (Lima, 1942) comenzó a publicar una serie de relatos breves, la documentación histórica y la reflexión ensayística. La calidad de estos textos fue pronto reconocida –obtuvieron el Premio Copé de cuento en los años 1979, 1983 y 1987– y Tord los agrupó en los libros Oro de Pachacámac (1985), Espejo de constelaciones (1991) y Fuego secreto (2005). Hoy por fin tenemos todos esos valiosos cuentos juntos en un solo libro: Revelaciones. Relatos reunidos 1979-2011 (Prisa Ediciones, 2011).

La estrategia narrativa de Tord es parecida a la que emplea Borges en muchos de sus cuentos: un investigador parte de un suceso histórico y tras consultar documentos secretos, o poco conocidos, hace un descubrimiento sorprendente. En el conocido cuento “Oro de Pachacámac”, por ejemplo, se “demuestra” que la procesión del Señor de los Milagros (El “Cristo de Pachacamilla”) no es otra cosa que una variante de los cultos a Pachacámac. Y en “Cide Hamete Benengeli, coautor del Quijote”, que la obra maestra de la literatura hispana fue escrita en realidad por el árabe Hamete ben Gelie.

Tord logra darle forma de cuento a estas argumentaciones históricas gracias a un acertado manejo de las estrategias narrativas y a una prosa muy bien trabajada, con un cierto aliento poético. Especialmente en aquellos textos que tienen como tema las creencias y rituales religiosos del pasado, en los que Tord alcanza su más alto nivel literario. Los cuentos de Revelaciones se convierten, por eso, en una fascinante aproximación a la historia del Perú de los siglos XVI y XVII.


Enlaces relacionados
Se pueden leer las primeras páginas de Revelaciones en Prisa Ediciones.
Otros textos sobre el libro: Enrique Planas.

Las tristezas fugitivas

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En el 2011, el tipo de libros de ficción más publicado en nuestro medio han sido las primeras novelas de escritores jóvenes (o no tanto). Se trata de relatos con bastantes características en común, especialmente su naturaleza autobiográfica, pues sus autores cuentan sus propias vidas: su experiencia de estudiantes (colegio, universidad), sus primeros amores y el difícil ingreso al mundo adulto (trabajo, matrimonio). Así sucede, por ejemplo, en Las tristezas fugitivas (Magreb, 2011) primera novela del escritor y crítico Marlon Aquino (Callao, 1980).

Antonio, el protagonista, es un escritor y estudiante de literatura de la Universidad de San Marcos (como el autor), y la mayor parte del libro está constituida por el relato del accidentado romance que sostuvo con Tania –una compañera de estudios–, su labor como profesor preuniversitario y el fracasado intento de ganar un concurso de cortos cinematográficos. Son historias comunes y cotidianas, narradas aquí de una manera amena, empleando el fresco lenguaje de los jóvenes, pero sin mucho vuelo artístico.

Por su formación, Aquino debe haber notado que su relato no era de especial interés, y por eso le agregó una breve historia “marco”: la narración empieza y termina con Antonio ya anciano, de regreso en el Perú después de muchos años. Pero en realidad eso no resulta un aporte (temático o formal) trascendental para la ficción. Como la mayoría de las “primeras novelas” publicadas recientemente, Las tristezas fugitivas no llega a ser un buen libro, aunque sí muestra alguna virtudes literarias que el autor podría desarrollar en futuros trabajos.


Enlaces relacionados
Marlon Aquino administra el blog Apuntes de un nefelibata.
Otros textos sobre la novela: Jaime Cabrera,
Entrevistas: Carlos Sotomayor, Roberto Morales.

Una pasión latina

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Miguel Gutiérrez (Piura, 1940) es, sin lugar a dudas, uno de los más importantes escritores peruanos de la actualidad, tanto por su valiosa obra novelística –desde El viejo saurio se retira (1969) hasta Confesiones de Tamara Fiol (2011)– como por su labor como ensayista y fundador y líder del Grupo Narración (1966-1980). Su más reciente novela es Una pasión latina (Alfaguara, 2011), la historia de Nolasco Vílchez, un peruano radicado en Washington quien, sin ningún motivo aparente, asesina y descuartiza a su esposa norteamericana.

Gutiérrez aborda así el relato policial; pero a su manera, centrándose más en el interior y el pasado de los personajes (tanto Vílchez como su amigo Artimidoro Correa, el narrador) que en los giros y sorpresas de la trama. Y también vinculando el relato con el contexto peruano, pues buena parte de las acciones suceden en la ciudad de Ayacucho en la década de 1980, la época más difícil de la violencia política. A eso se suma la reconstrucción de la pobreza y marginación que, al lado de su madre, sufrió Vílchez en su infancia piurana.

El mayor logro de Gutiérrez es precisamente vincular la violencia y las intrigas políticas, así como los resentimientos y prejuicios racistas (la historia tiene muchos puntos de contacto con el cuento “Alienación” de Ribeyro), con el crimen cometido por Vílchez. Con ello, Una pasión latina logra trascender el marco del relato policial para convertirse en un crítico y descarnado retrato del Perú de fines del siglo XX. Una muy buena novela, de lo mejor que nos ha entregado la literatura peruana en el año que está por concluir.


Enlaces relacionados
Se pueden leer las primeras páginas de Una pasión Latina en Prisa Ediciones y otro fragmento en Caretas.
Otros comentarios sobre la novela: Jerónimo Pimentel,
Entrevistas: Andina, Jaime Cabrera, Pedro Escribano, ExpresoLa Primera,


 

Ruido blanco

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Dos años después de su auspicioso primer libro –Preparaciones anatómicas (2009)– el poeta Mario Pera (Lima, 1981) reúne en Ruido blanco (Lustra, 2011) un conjunto de 20 poemas que nos remiten (a través de imágenes contradictorias y símbolos de muerte y destrucción), a un mundo de sombras, fuego y cenizas. En este escenario apocalíptico, en el que el tiempo no transcurre, el yo poético se cuestiona obsesivamente acerca del destino y el sentido de la existencia humana.

En la búsqueda de certezas, se apela aquí tanto a los vínculos familiares (la figura de la madre en el poema, “Ausencia del otoño”; la paternidad (“Expiación en el jardín del alacrán”) como a la propia vocación literaria o artística (“Se sueltan las amarras”, “Brecht entre clavelinas”); pero mas que nada al cuestionamiento de la fe, los ritos y los mitos relacionados con el catolicismo. Es el tema dominante, como se puede apreciar desde los títulos de los textos (“Auto de fe”, “Oteando el Edén”, “Miserere”, etc.), y se llega hasta a la identificación del poeta con Cristo: “mi sangre… / se hizo un río de muerte que corona el Gólgota”.

Pero estos poemas no parecen ir más allá del escepticismo irónico o de un nihilismo bien expresado en lenguaje lírico. Haría falta un mayor desarrollo, textos de mayor aliento, para que el poeta reflexione con más fundamentos acerca de los temas que aborda o aquello que critica. A eso se suman algunos excesos formales, como el abuso de las citas y alusiones “cultistas”. Ruido blanco no llega a superar a Preparaciones anatómicas, pero sí confirma la calidad y el interés de la poesía de Mario Pera.


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Otros comentarios sobre el libro: Diego Molina,
Entrevistas: Ernesto Carlín,