Ricardo Vírhuez. El dios araña. Nina y la casa abandonada (Pasacalle, 2010)
En la segunda mitad del siglo XX la narrativa escrita especialmente para lectores jóvenes tuvo un verdadero renacimiento en todo el mundo. Autores como Roald Dahl, Michael Ende o Christine Nöstlinger marcaron un cambio radical, que tardó un poco en llegar a nuestro país. No obstante, hoy ya existe toda una generación de escritores peruanos que combinan sus obras para adultos con libros dirigidos a los más jóvenes. Es el caso de Ricardo Vírhuez (Lima, 1964), quien acaba de publicar las novelas El dios araña y Nina y la casa abandonada (Pasacalle, 2010).
Estas dos novelas cortas narran, de una manera ligera y con mucho sentido del humor, las aventuras de grupos de adolescentes que tienen que enfrentar a temibles fuerzas sobrenaturales. En el caso de Nina y la casa abandonada son espíritus relacionados con las ruinas de una especie de correccional de menores, regentada por curas y monjas. En El dios araña, cuyas acciones se desarrollan en el Trujillo de hoy, se trata de dioses y personajes fabulosos provenientes de la mitología Mochica.
Ambos libros son lecturas atractivas para los lectores jóvenes (con peripecias sorprendentes e insólitos personajes secundarios), especialmente por el creativo uso del lenguaje coloquial propio de ellos. Acaso hay demasiada sangre y crímenes, y en cambio falte un poco de profundización en las emociones y forma de pensar de los adolescentes. Son pequeños problemas que sabemos que Ricardo Vírhuez podrá superar en sus ya anunciadas próximas entregas dentro de este género narrativo.
Adiós, Guernica
Etiquetas:
Narrativa,
Novela
2 comentarios:
Julio C. Vega. Adiós, Guernica (Editorial Casatomada, 2010)
Una novela finalista en el Premio BCR 2001 y un buen primer libro de cuentos –Cuatrogatos (2002)– generaron muchas expectativas en torno a la narrativa joven y cargada de lirismo de Julio C. Vega (Lima, 1976). Ocho años después Vega confirma esas virtudes con Adiós, Guernica (Casatomada, 2010), una novela protagonizada por niños que viven en una ciudad española arrasada por la guerra y que además comparten un extraño mundo onírico, en el que se unen lo apacible y lo terrible.
En el plano real, se cuenta la historia de un niño, hijo de un poeta y una mujer valerosa (ambos víctimas de la guerra), quien para sobrevivir tiene que trabajar para el ejército invasor y soportar los abusos de una anciana. En el plano onírico, este niño se reúne con sus padres y otros niños víctimas de cualquier tipo de violencia, como Tristeza, niña abusada sexualmente por su propio padre. Los elementos grotescos y caricaturescos de ambos planos son compensados con otros de intenso dramatismo o logrado lirismo.
Es obvio que Vega ha querido hacer de esta novela un fuerte alegato contra la guerra, en la línea del filme El laberinto del fauno (2006). Pero a diferencia de la película, aquí el discurso se vuelve demasiado explícito y reiterativo, a lo que hay que sumar algunos abiertos excesos, como el personaje de Guernica (niña prostituta y mutilada, sin piernas y con un solo brazo). Pero esos son riesgos inevitables cuando se asume un proyecto tan original como Adiós, Guernica, novela que Vega ha trabajado y pulido durante varios años.
Enlaces relacionados
Julio C. Vega ha autorizado la reproducción de algunos fragmentos de la novela.
Otros comentarios sobre Adiós, Guernica: Rofolfo Ybarra.
Entrevistas: Carlos Sotomayor.
La prosperidad reclusa
Orlando Mazeyra. La prosperidad reclusa (Cascahuesos Editores, 2010)
Los cuentos reunidos por Orlando Mazeyra (Arequipa, 1980) en su libro La prosperidad reclusa (Cascahuesos, 2010) se desarrollan en los ámbitos urbanos más extraños: manicomios, cárceles, prostíbulos, claustros de conventos. Y en ellos encontramos a personajes marginales (“los verdaderos outsiders del siglo XXI” los ha llamado el escritor Jorge E. Benavides) viviendo las aventuras más insólitas, incluyendo a un coleccionista de perchas de hotel desesperadamente enamorado de su propia hermana.
Así, atisbando en las grietas de una sociedad no muy moderna (que se identifica reiteradamente con la de la ciudad de Arequipa) Mazeyra encuentra, en estos 23 relatos, abundante material sobre lo absurdo y sombrío de la existencia humana. Y lo expresa en un lenguaje bien trabajado, en el que se hace evidente la exploración de diversos registros, desde el coloquial hasta el (algunas veces recargadamente) libresco. Esa diversidad se puede comprobar hasta en los autores citados: Calamaro, Fito Páez, Bukowski, Goethe y Coetzee.
Cuando todos esos elementos logran integrarse, Mazeyra nos estrega buenos cuentos, como en los casos de “El faquir y el equilibrista” y “Tras la puerta”. Pero algunos relatos se pierden en la búsqueda del efectismo a través de lo sórdido, lo insólito, lo retorcido y, en los casos de textos protagonizados por escritores (algunos por el propio autor), del malditismo. De todas maneras, La prosperidad reclusa, segundo libro de Mazeyra, confirma a este narrador como un autor de interés.
Se pueden leer otros comentarios en el blog del libro.
Memorial del convento
José Saramago. Memorial del convento (1982)
En España, a los 87 años de edad, acaba de fallecer José Saramago (Portugal, 1922), uno de los mayores escritores de nuestro tiempo y Premio Nobel de Literatura 1998. Sin estudios uiniversitarios y tras ejercer los más diversos oficios, publicó en 1947 su primera novela Tierra de pecado, pero dejaría este género literario, en sus propias palabras porque “no tenía nada que contar aún”, para retomarlo 30 años después con Manual de pintura y caligrafía (1977) y Levantado del suelo (1980), libros que obtuvieron diversos premios literarios en su país. Pero su consagración internacional se produjo recién con Memorial del convento (1982).
Este libro es una ambiciosa novela histórica ambientada en el Portugal de inicios del siglo XVIII y que cuenta dos historias muy diferentes. Una es la de la construcción de un convento que el Rey Juan V ordena en cumplimiento de una promesa religiosa. El deseo del Rey de que este obra sea un testimonio de su grandeza, conduce a sucesivas ampliaciones del proyecto y con ello también del número de trabajadores, que llega a 50 mil obreros, lo que le da a la obra el carácter de una epopeya popular. La segunda historia está centrada en la relación de Baltasar y Blimunda (él, a pesar de tener sólo una mano, es uno más de esos obreros; ella tiene la facultad de ver el interior de las personas y las cosas), dos aldeanos de la región que se ven envueltos en la empresa del padre Bartolomeu Lourenco de crear una máquina voladora.
Ambos relatos, imbricados dentro de una misma narración, se complementan para producir un completo retrato de época: en una está todo lo “real”, los trabajos cotidianos, el esfuerzo colectivo; en la otra los sentimientos más íntimos, los ideales y mitos, la fuerza de voluntad que mantiene vivo a cada ser humano. El realismo con que se cuenta lo relacionado al convento no omite detalles como la presencia de chinches en el lujoso lecho de los reyes o las huellas de viruela en el rostro de la princesa, alcanzando su mejor momento en el episodio del traslado de un enorme bloque de mármol de un extremo a otro del país. En cambio, en la historia de Baltasar y Blimunda priman lo mágico y sobrenatural, lo alegórico y poético, al punto que la máquina voladora llega a elevarse impulsada por esferas de cristal que contienen almas humanas.
Resultan evidentes las semejanzas con una serie de novelas históricas latinoamericanas como El reino de este mundo, Yo el supremo o Noticias del imperio (un conjunto al que la crítica ha denominado “Nueva novela histórica latinoamericana”) y especialmente con el barroquismo y lo real maravilloso de Carpentier, una influencia que el propio Saramago ha reconocido. Pero mientras el escritor cubano apelaba a un lenguaje libresco y erudito, muchas veces difícil de entender, el portugués tiende más a un tono oral, con apelaciones al lector, juegos de palabras y frecuentes digresiones humorísticas, irónicas o piadosas. El pleno dominio de estos y otros elementos de la técnica narrativa hace que el lector llegue a sentir el entusiasmo y hasta el placer del autor al describir ambientes y emociones, o al inventar historias para cada uno de sus personajes.
Esa “complacencia narrativa”, que nos remite a los grandes novelistas de todos los tiempos (desde Cervantes hasta García Márquez), es característica de la primera etapa de la obra de Saramago, constituida en su mayor parte por novelas históricas sumamente críticas y abocadas a rescatar los casi siempre olvidados sacrificios y trabajos, sueños y esperanzas, de la gente más pobre. En otras novelas más recientes –La caverna (2000) o Ensayo sobre la lucidez (2004)–, ambientadas en nuestro tiempo, lo ideológico y el peso de las tesis a demostrar, relegaron sustancialmente aquel placer de la narración misma. Pero Saramago siempre retornaba a lo mejor de su obra, con libros como El viaje del elefante (2008) o Caín (2009), los últimos que publicó.
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