La prosperidad reclusa

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RECLUSOS Y MARGINALES

Orlando Mazeyra. La prosperidad reclusa (Cascahuesos Editores, 2010)

Los cuentos reunidos por Orlando Mazeyra (Arequipa, 1980) en su libro La prosperidad reclusa (Cascahuesos, 2010) se desarrollan en los ámbitos urbanos más extraños: manicomios, cárceles, prostíbulos, claustros de conventos. Y en ellos encontramos a personajes marginales (“los verdaderos outsiders del siglo XXI” los ha llamado el escritor Jorge E. Benavides) viviendo las aventuras más insólitas, incluyendo a un coleccionista de perchas de hotel desesperadamente enamorado de su propia hermana.

Así, atisbando en las grietas de una sociedad no muy moderna (que se identifica reiteradamente con la de la ciudad de Arequipa) Mazeyra encuentra, en estos 23 relatos, abundante material sobre lo absurdo y sombrío de la existencia humana. Y lo expresa en un lenguaje bien trabajado, en el que se hace evidente la exploración de diversos registros, desde el coloquial hasta el (algunas veces recargadamente) libresco. Esa diversidad se puede comprobar hasta en los autores citados: Calamaro, Fito Páez, Bukowski, Goethe y Coetzee.

Cuando todos esos elementos logran integrarse, Mazeyra nos estrega buenos cuentos, como en los casos de “El faquir y el equilibrista” y “Tras la puerta”. Pero algunos relatos se pierden en la búsqueda del efectismo a través de lo sórdido, lo insólito, lo retorcido y, en los casos de textos protagonizados por escritores (algunos por el propio autor), del malditismo. De todas maneras, La prosperidad reclusa, segundo libro de Mazeyra, confirma a este narrador como un autor de interés.

Se pueden leer otros comentarios en el blog del libro.

Memorial del convento

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José Saramago. Memorial del convento (1982)

En España, a los 87 años de edad, acaba de fallecer José Saramago (Portugal, 1922), uno de los mayores escritores de nuestro tiempo y Premio Nobel de Literatura 1998. Sin estudios uiniversitarios y tras ejercer los más diversos oficios, publicó en 1947 su primera novela Tierra de pecado, pero dejaría este género literario, en sus propias palabras porque “no tenía nada que contar aún”, para retomarlo 30 años después con Manual de pintura y caligrafía (1977) y Levantado del suelo (1980), libros que obtuvieron diversos premios literarios en su país. Pero su consagración internacional se produjo recién con Memorial del convento (1982).

Este libro es una ambiciosa novela histórica ambientada en el Portugal de inicios del siglo XVIII y que cuenta dos historias muy diferentes. Una es la de la construcción de un convento que el Rey Juan V ordena en cumplimiento de una promesa religiosa. El deseo del Rey de que este obra sea un testimonio de su grandeza, conduce a sucesivas ampliaciones del proyecto y con ello también del número de trabajadores, que llega a 50 mil obreros, lo que le da a la obra el carácter de una epopeya popular. La segunda historia está centrada en la relación de Baltasar y Blimunda (él, a pesar de tener sólo una mano, es uno más de esos obreros; ella tiene la facultad de ver el interior de las personas y las cosas), dos aldeanos de la región que se ven envueltos en la empresa del padre Bartolomeu Lourenco de crear una máquina voladora.

Ambos relatos, imbricados dentro de una misma narración, se complementan para producir un completo retrato de época: en una está todo lo “real”, los trabajos cotidianos, el esfuerzo colectivo; en la otra los sentimientos más íntimos, los ideales y mitos, la fuerza de voluntad que mantiene vivo a cada ser humano. El realismo con que se cuenta lo relacionado al convento no omite detalles como la presencia de chinches en el lujoso lecho de los reyes o las huellas de viruela en el rostro de la princesa, alcanzando su mejor momento en el episodio del traslado de un enorme bloque de mármol de un extremo a otro del país. En cambio, en la historia de Baltasar y Blimunda priman lo mágico y sobrenatural, lo alegórico y poético, al punto que la máquina voladora llega a elevarse impulsada por esferas de cristal que contienen almas humanas.

Resultan evidentes las semejanzas con una serie de novelas históricas latinoamericanas como El reino de este mundo, Yo el supremo o Noticias del imperio (un conjunto al que la crítica ha denominado “Nueva novela histórica latinoamericana”) y especialmente con el barroquismo y lo real maravilloso de Carpentier, una influencia que el propio Saramago ha reconocido. Pero mientras el escritor cubano apelaba a un lenguaje libresco y erudito, muchas veces difícil de entender, el portugués tiende más a un tono oral, con apelaciones al lector, juegos de palabras y frecuentes digresiones humorísticas, irónicas o piadosas. El pleno dominio de estos y otros elementos de la técnica narrativa hace que el lector llegue a sentir el entusiasmo y hasta el placer del autor al describir ambientes y emociones, o al inventar historias para cada uno de sus personajes.

Esa “complacencia narrativa”, que nos remite a los grandes novelistas de todos los tiempos (desde Cervantes hasta García Márquez), es característica de la primera etapa de la obra de Saramago, constituida en su mayor parte por novelas históricas sumamente críticas y abocadas a rescatar los casi siempre olvidados sacrificios y trabajos, sueños y esperanzas, de la gente más pobre. En otras novelas más recientes –La caverna (2000) o Ensayo sobre la lucidez (2004)–, ambientadas en nuestro tiempo, lo ideológico y el peso de las tesis a demostrar, relegaron sustancialmente aquel placer de la narración misma. Pero Saramago siempre retornaba a  lo mejor de su obra, con libros como El viaje del elefante (2008) o Caín (2009), los últimos que publicó.

Balada de la piedra que canta

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jpm

POESÍA VIVA

Juan Pablo Mejía. Balada de la piedra que canta (Dragostea, 2009)

Todas las semanas se realizan numerosos recitales de poesía en el llamado circuito cultural “alternativo”. Quienes ahí leen sus textos pertenecen a una nueva generación de poetas (jóvenes, inéditos o con un solo libro publicado) y aunque la experiencia nos dice que las voces más oídas no suelen pertenecer a los más talentosos o constantes en el trabajo literario, siempre hay poetas que se destacan. Es el caso de Juan Pablo Mejía (Lima, 1982), autor del libro Balada de la piedra que canta (Dragostea, 2009) y que con el grupo “Nudo de voces” suele participar en eventos literarios y recitales poéticos.

A diferencia de la mayoría de sus compañeros de generación, Mejía se acerca a la vertiente más artística y literaria de la poesía, a esa “otra margen” constituida por los simbolistas, surrealistas y seguidores. Estos 16 poemas, casi todos de temática “amatoria”, están escritos con versos sonoros, imágenes que vinculan al cuerpo humano con elementos cósmicos y también con muchas citas literarias (de un poema se dice que contiene “versos” de ocho autores), que van desde Basho hasta Alejandro Romualdo.

Por supuesto, una propuesta de este tipo tiene sus peligros: caer en la simple búsqueda de palabras bellas, la facilidad de ciertas metáforas o la acumulación de alusiones culturosas; todo ello en desmedro de la originalidad o los aspectos reflexivos de la poesía. Aunque no todos los poemas de Balada de la piedra que canta logran evitar esos peligros, en conjunto resultan un auspicioso debut literario para Juan Pablo Mejía.

El año que cambió el mundo

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meyer
Michael Meyer. El año que cambió el mundo (Norma, 2009)

Hay sucesos que, como el descubrimiento de América, están plenamente identificados con el paso de una etapa de la historia a otra. Uno de los más recientes es la caída del Muro de Berlín, el final de la polarización geopolítica (la Guerra Fría) y el inicio de la llamada globalización. En realidad, esa caída fue la culminación de un complejo conjunto de acontecimientos políticos, como recuerda el periodista norteamericano Michael Meyer en el libro El año que cambió el mundo (Planeta, 2009).

Actual director de Comunicaciones de las Naciones Unidas, Meyer se desempeñaba entonces como corresponsal de la revista Newsweek para el este de Europa. En esa condición fue testigo de hechos que fueron creando las condiciones necesarias para el gran cambio: en Polonia (relacionados con el renacer de Solidaridad), Rumania (la Revolución de Terciopelo) y la antigua Checoslovaquia. Todos ellos son vistos aquí desde la perspectiva de la caída del muro, que Meyer vivió desde el lado oriental de Berlín y que rememora con profusión de detalles.

Según Meyer, ni Reagan ni el gobierno norteamericano tuvieron el protagonismo que usualmente se les otorga; resultó más importante el error de un vocero del gobierno alemán aquel mismo día (9 de noviembre de 1989). Más de 20 años ha esperado Meyer –una prudencial distancia histórica– para darnos en El año que cambió el mundo su versión personal. Lamentablemente, hoy los muros ideológicos han sido reemplazados por los económicos, como el que Estados Unidos proyecta construir en su frontera con México.