César Vallejo. Poesías completas

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Vallejo
César Vallejo. Poesías completas (Colección Visor de poesía, 2009)

Siempre es una buena noticia la publicación de la obra poética de César Vallejo (1892-1938), tanto dentro como fuera de nuestras fronteras. Más aún si se trata de una de las más prestigiosas colecciones de poesía del mundo de habla hispana, como es el caso del reciente libro César Vallejo. Poesías completas (Colección Visor de Poesía, 2009) una completa recopilación de la obra de nuestro poeta que ha contado con el cuidado, prólogo, cronología y notas de Ricardo Silva-Santisteban (Lima, 1941), reconocido editor, profesor universitario y Miembro de Número de la Academia Peruana de la Lengua.

Partiendo de las primeras ediciones de cada poemario (especialmente de aquellas cuidadas por el propio autor) RSS reúne todos los libros de César Vallejo: Los heraldos negros (1919), Trilce (1922), Poemas 1923-1938 y España, aparta de mí este cáliz (1939). A esos títulos suma secciones de textos no recogidos en libros: “Poemas juveniles y de circunstancias” (20 textos), “Poemas para niños” (6), “Poemas de circunstancias” (3) y “Poemas publicados en revistas” (6). Y también varias primeras versiones de los poemas más conocidos, como parte del ensayo prologal “César Vallejo y su creación poética”.

El aspecto polémico del libro es, sin duda, la manera en que se presenta el conjunto de poemas que solo se conocieron después de la muerte de Vallejo, y que en muchas ediciones se presentan bajo el título de “Poemas humanos”. RSS se resiste a hacer lo mismo, pues “en este conjunto se encuentran varios núcleos creativos, de diferente aliento”, y por eso divide los textos en dos grupos: los poemas en prosa (“de composición más antigua”) y los poemas en verso. A su vez, este último conjunto lo divide en “Poemas publicados”, “Poemas sin fechar” y “Poemas fechados”. Seguramente no es la mejor solución, pero acaso sí “la forma menos insatisfactoria de ordenarlos”.

En el ensayo prologal, RSS analiza con acierto y en detalle un buen número de poemas (“Los heraldos negros”, Trilce II y XV, “La cólera que quiebra al hombre en niños…”, “La paz, la avispa, el taco, las vertientes…”, entre otros) y también intenta vincular las diferentes etapas de esta obra con importantes autores que pudieron influir en Vallejo. En el caso de los poemas iniciales, se menciona a Baudelaire, Rubén Darío y Herrera Reising; en el análisis de Trilce (el libro más minuciosamente estudiado), a Mallarmé, Apollinaire, Nerval y Whitman; y en el de los poemas póstumos a Malraux, Reverdy, Blok y San Juan.
(Artículo publicado en La República)

Los olvidados (no los de Buñuel, los míos)

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Rossana Díaz Costa. Los olvidados (no los de Buñuel, los míos) (Estruendomudo, 2009)

Los cuentos de Los olvidados (no los de Buñuel, los míos) tienen ya bastante tiempo circulando en el ambiente literario y algunos de ellos hasta le han valido a su autora, Rossana Díaz (Lima, 1970), para figurar entre los ganadores de importantes concursos de narrativa, tanto en el Perú como en España. Incluso el libro obtuvo una mención en el Premio Nacional PUCP 2004 y fue publicado en una edición que lamentablemente tuvo escasa difusión. De ahí el interés de la editorial Estruendomudo, que ha puesto en circulación una nueva versión, corregida y aumentada, de este libro.

En los 19 relatos de Díaz hay varios temas recurrentes, pero el más destacado es de los migrantes, aquellas personas que dejan su patria para buscar un futuro mejor en otro país, al que nunca llegan a integrarse plenamente. El racismo, la xenofobia y la falta de solidaridad con los “otros” acosan a los protagonistas de estos relatos. La autora narra su propia experiencia en España en cuentos como “Estación Antón Martín”, “Los que lo sobran”, “Achtung Andalucía”. Además, su interés en el tema la lleva a recrear las experiencias en el Perú de sus abuelos europeos (“Novecento I”, “Novecento II) y a retratar la vida de los latinoamericanos en Estados Unidos (“Comparment C, car 193” ).

En esa línea se encuentran los mejores cuentos del libro: “La lucha contra el estornino” y “Achtung Andalucía”, finalistas de los Premios Copé 2002 y 2000, respectivamente. El primero, en especial, es un relato en que la marginación y exclusión social logran expresarse literariamente con intensidad y originalidad. En otros cuentos, los menos logrados, la autora se deja llevar por el tan posmoderno vicio de las alusiones, presente en el título del libro y en el de relatos como “Con Alfredo en La Coruña ”, “La pregunta de Zavalita”, “Crónica de un viaje anunciado (tan lejos, tan cerca)”.

Además de textos premiados y antologados, Díaz ha incluido en este libro (en las dos secciones iniciales) una serie de relatos anteriores, en los que resulta evidente el carácter “adolescente” de una autora que recién se iniciaba en la narrativa. Con eso no solo le quita solidez y calidad al conjunto; también obliga al lector a ser paciente, pues recién después de una decena de esos relatos adolescentes y algo superficiales (uno de ellos cita, estrofa por estrofa, una canción de Los Prisioneros) encontrará los textos más valiosos. En todo caso, vale la pena tener paciencia con Los olvidados (no los de Buñuel, los míos).
(Artículo publicado en La República)


Enlaces relacionados
Se pueden leer varios cuentos del libro en Google.
Otros textos sobre Los olvidados (no los de Buñuel, los míos): Juan Carlos Bondy, Yanina Patricio, Yolanda Vaccaro.
Entrevistas: Gabriel Ruiz Ortega.

El viaje del elefante

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Saramago
José Saramago. El viaje del elefante (Alfaguara, 2008)

En la extensa e importante obra de José Saramago (Portugal, 1922), Premio Nobel de Literatura 1998, hay dos etapas claramente marcadas: la de las novelas históricas, que cimentaron su prestigio como escritor –desde Levantado del suelo (1980) hasta El evangelio según Jesucristo (1991)– y la de los libros más recientes, novelas alegóricas ambientadas en nuestro tiempo (Ensayo sobre la ceguera, Ensayo sobre la lucidez, La caverna). Tras superar una grave enfermedad, Saramago vuelve a la novela histórica con El viaje del elefante (Alfaguara, 2008).

En 1551, el rey Juan III de Portugal, “el Piadoso”, decidió regalarle un elefante a Maximiliano II de Habsburgo, entonces regente de España. El animal caminó desde Lisboa hasta España, donde se encontraba Maximiliano; viajó en barco por el mar Mediterráneo, y continuó su caminata a través de Italia y Austria, hasta llegar a Viena. Este largo recorrido es narrado por Saramago, no desde la perspectiva de los grandes nombres sino a partir de los personajes más humildes: los protagonistas de la novela son el elefante Salomón y su cuidador, un hombre nacido en India y llamado Subhro, quien es convertido al cristianismo en España y, después, rebautizado como “Fritz” en Austria.

El relato está centrado en los aspectos materiales del viaje, como la gran cantidad de alimentos que consume diariamente Salomón (y que son transportados por numerosas yuntas de bueyes) o las incomodidades producidas en la numerosa comitiva oficial –integrada por militares y cortesanos– por las costumbres del elefante. Problemas que las autoridades resuelven consultando siempre con Subhro, en conversaciones en las que el sentido común y el irónico sentido del humor del cuidador (similares a los del narrador omnisciente) se imponen a la soberbia y estupidez de sus superiores.

El propio autor ha calificado a El viaje del elefante como un cuento largo, seguramente para diferenciar este relato de sus libros recientes, novelas ambiciosas, reflexivas y polémicas. No faltan aquí las críticas racionales e inteligentes (a los nacionalismos, a las religiones, al eurocentrismo), pero están subordinadas a la propia narración, pues el principal objetivo es la recreación amena y verosímil (aunque con detalles seguramente inventados), de ese largo y peculiar viaje. Precisamente en la naturalidad y falta de pretensiones ideológicas está el encanto de esta novela que nos permite reencontrarnos, después de varios libros, con lo mejor de la obra de Saramago.
(artículo publicado en La República)

Enrique Congrains (1932-2009)

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El escritor peruano Enrique Congrains Martin falleció el último lunes en Cochabamba, a la edad de 77 años. Nació en Lima, en 1932, y en los años cincuenta fue uno de los representantes de la narrativa “realista urbana” limeña, junto con autores como Carlos Eduardo Zavaleta, Oswaldo Reynoso o Julio Ramón Ribeyro. Su cuento "El niño de junto al cielo" (1954), que trata de un niño que vive en uno de los cerros de la periferia limeña, es infaltable en los textos escolares peruanos; y su novela No una sino muchas muertes (1958) sirvió de base a la película Maruja en el infierno (1983) de Francisco Lombardi.

Alejado de Lima y de la literatura desde la década de 1950, hizo un entusiasta retorno a ambas hace un par de años, con el libro El narrador de historias (2007) una novela futurista, irregular y excéntrica. El propio Congrains era un persona bastante excéntrica. Mario Vargas Llosa lo entrevistó en 1955 –para una columna de El Dominical de El Comercio– y rememora ese episodio en El pez en el agua:

De todos mis entrevistados, el más pintoresco y original fue, de lejos, Enrique Congrains Martín, quien estaba en ese momento en la cresta de la popularidad. Era un muchacho unos años mayor que yo, rubio y deportivo, pero serísimo y creo que hasta impermeable al humor. Tenía una mirada fija un poco inquietante y todo él transpiraba energía y acción.

Había llegado a la literatura por razones puramente prácticas, aunque parezca mentira. Era vendedor de distintos productos desde muy joven, y se decía que, también, inventor de un sapolio para lavar ollas y que uno de los fantásticos proyectos que concibió había sido organizar un sindicato de cocineras de Lima, para exigir a través de esta entidad (que él manipularía) a todas las amas de casa de la capital que sólo fregaran sus trastos domésticos con el jabón de su invención. Todo el mundo concibe empresas delirantes; Enrique Congrains Martín tenía la facultad —en el Perú, inusitada— de llevar siempre a la práctica las locuras que se proponía. De vendedor de jabones pasó a serlo de libros, y, así, decidió un día escribir y editar él mismo los libros que vendía, convencido de que nadie resistiría este argumento: «Cómpreme este libro, del que soy autor. Pase un rato divertido y ayude a la literatura peruana.»

Así escribió los cuentos de Lima, hora cero, Kikuyo, y, por último, la novela No una, sino muchas muertes
, con la que puso fin a su carrera de escritor. Editaba y vendía sus libros de oficina en oficina, de domicilio en domicilio. Y nadie podía decirle que no, porque a quien le decía que no tenía dinero, le replicaba que podía pagarle en cuotas semanales de pocos centavos. Cuando lo entrevisté, Enrique tenía deslumbrados a todos los intelectuales peruanos que no concebían que se pudiera ser, a la vez, todas esas cosas que era él.

Y eso que apenas estaba comenzando. Tan rápido como llegó a la literatura se fue de ella, y pasó a ser diseñador y vendedor de extraños muebles de tres patas, cultivador y vendedor de árboles enanos japoneses, y por fin trotskista clandestino y conspirador, por lo que lo metieron a la cárcel. Salió y tuvo mellizos. Un día desapareció y no supe de él por mucho tiempo. Años más tarde descubrí que vivía en Venezuela, donde era el próspero propietario de una Escuela de Lectura Veloz, que ponía en práctica un método inventado, claro está, por él mismo.