Bicho raro

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Fernando Ampuero. Bicho raro (Planeta, 2008)

[Acaba de publicarse la segunda edición de Bicho raro (Planeta, 2009), el libro de cuentos de Fernando Ampuero aparecido originalmente a mediados de 1996. Lo reseñé entonces para La República, y poco tiempo después me encontré con el escritor, quien al reconocerme como el autor de ese artículo pasó a responder, en una conversación amena y cordial, algunos de los cuestionamientos que había hecho a su obra. Desde entonces he comentando otros libros suyos, a veces criticándolos duramente, y nuestras eventuales conversaciones, reales o “virtuales”, han seguido siendo cordiales y divertidas. Copio aquel comentario de Bicho raro.]

En paralelo a su reconocida labor periodística, Fernando Ampuero (Lima, 1949) ha desarrollado una interesante obra narrativa, que se inició con el libro de cuentos Paren el mundo que aquí me bajo (1972); y que ha alcanzado un especial éxito, tanto de ventas como de crítica, con sus dos últimos títulos: Caramelo verde (1992) y Malos modales (1994). Esta narrativa se enriquece ahora con Bicho raro, un conjunto de siete cuentos con personajes que, como los cronopios cortazarianos, se empeñan escandalosamente en romper con todas las convenciones sociales.

Son propios de estos peculiares "bichos raros" la búsqueda constante de la belleza y el ser incomprendidos por las personas que los rodean. Así se plantea desde el primer cuento, "Criaturas musicales", que trata de las constantes discusiones de una desigual pareja de esposos. Él es emotivo y con una fuerte sensibilidad estética; ella es práctica y temperamental. Por eso, cuando él descubre una madrugada que en la TV hay un especial sobre María Callas y decide despertar a su mujer para que participe de tan sublime experiencia, la respuesta de ella sólo puede ser: "¡Y me despiertas para decirme que María Callas está en la tele!... ¿Eres imbécil o qué?" (p. 26).

Los problemas encontrados al tratar de acceder directamente a la belleza hacen que estos personajes opten por acecharla en los lugares más insospechados. "Cuarto del oeste", narra las travesuras de dos hermanos, aprendices de bichos raros, en una vieja casona de campo familiar. Ahí, rodeados de los más extraños objetos, estos niños comienzan a inventar excéntricos rituales: dispararle seis balazos a la luna, pasear de noche por el campo alumbrados con candelabros de plata. O, mucho más inquietante, durante el velorio de la hermosa tía Elenita -aprovechando que los demás se quedaron dormidos- desnudarla para besar sus senos.

Ampuero recurre al humor como elemento que permite a estos personajes orientarse en su búsqueda de la belleza. Y con el humor aparecen algunos de sus mecanismos clásicos, entre otros la unión de opuestos (como la conjunción de eros y tánatos en "Cuarto del oeste") o las inversiones de estirpe carnavalesca (reemplazar lo heroico por lo infame, lo sublime por lo bajo, etc.). Esto último sucede en los cuentos "Más allá del amor a los perros" (donde incluso se presenta a un veterinario que masturba a sus pacientes) y Una pasión del espíritu, que narra la extraña costumbre de Ernesto, un talentoso pero poco afortunado pintor, de apropiarse de los objetos que le gustan a través de la "meada espiritual"; es decir, orinando sobre ellos. Lo hace en la fachada de La Merced, en una pintura de Duchamp, en un pisapapel de cristal, etc. Finalmente, intenta hacerlo en una hermosa mulata que acaba de cantar Georgia on my mind con una voz que era "una devastadora combinación de Billie Hollyday y Aretha Franklin" (p. 133).

En todos estos cuentos encontramos las ya conocidas virtudes narrativas de Ampuero: una prosa simple pero efectiva, acertada dosificación en el manejo de las tramas y, especialmente, la creación de atmósferas apropiadas para cada cuento mediante pequeños sucesos secundarios (un Papa Noel acuchillado por "pirañitas" en "Bicho raro", una gata de Angora comiendo fresas reventadas en "Cuarto del oeste"). Pero también encontramos una cierta pobreza en los diálogos y en las descripciones, las que suelen presentar lugares comunes y elementos de discutible gusto. Podemos notarlo especialmente en las descripciones de mujeres, casi todas hermosas, "de grácil figura" (p. 16), "rostro perfecto" (p. 50), "bonita cola, cintura estrecha y unas piernas larguísimas" (p. 132). Y la enumeración podría continuar.

Es esta tendencia a la banalidad y el estereotipo la que hace que no poco de la propuesta narrativa de Ampuero se pierda. Sus "bichos raros" sólo se diferencian del resto de personajes por su bondad o su obsesión por la belleza. Por eso los cuentos más débiles del libro son aquellos en los que se pretende interiorizar en la forma de pensar de estos personajes, como en el que da título al libro, centrado en el diálogo entre un suicida y el doctor que pretende animarlo a seguir viviendo. Algo parecido ocurre en "Azul caribe", el más flojo del conjunto y el único que presenta a un "bicho raro" hablando en primera persona.

Aunque inferior a Malos modales, Bicho raro es un libro que se lee con mucho interés, un conjunto de cuentos sumamente coherente y en el que podemos encontrar hasta una estética personal del autor: la de las inversiones y la marginalidad, presente ya en el título del libro.


Enlaces relacionados.
Se puede leer el cuento "Criaturas musicales" en el blog Cuentos peruanos contemporáneos.
Sobre Fernando Ampuero: Archivo de huellas digitales, Libros y autores peruanos, Wikipedia.
Sobre Bicho raro: José Güich.

Las muertes de Emilio

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Víctor Andrés Ponce. Las muertes de Emilio (Norma, 2008)

Reconocido periodista y abogado, Víctor Andrés Ponce (Lima, 1964) se inició como escritor con la novela Los sueños quebrados (1995), la historia de tres compañeros de escuela que siguen caminos muy distintos: uno se vuelve militar, otro periodista y el último militante de Sendero Luminoso. El libro recibió duras críticas por ciertos problemas formales que el autor superaría en sus novelas Los aniquiladores (1999) y De amor y de guerra (2004), está última elogiada por la crítica peruana y extranjera. Con más oficio literario y una mayor madurez personal, Ponce vuelve en su nueva novela, Las muertes de Emilio (Norma, 2008) a la historia de esos tres amigos de su libro inicial.

El periodista Emilio Peralta Emilio es el protagonista de este relato, y sus ex compañeros son el capitán Enrique Carranza y Mario Capellini, un colaborador cercano de Abimael Guzmán. Los tres se inician en la política tempranamente, en el colegio Guadalupe, bajo la tutela de profesores marxistas. Sus rumbos divergentes le sirven a Ponce para elaborar un vasto retrato de la sociedad peruana de la década de los 90’s; especialmente de las intrigas políticas y mediáticas de entonces, pues Emilio trabaja en El Excelsior, uno de los diarios manejados por los servicios de inteligencia del gobierno.

Pronto la historia de la decadencia de El Excelsior (fácilmente identificable con Expreso) se vuelve preponderante, con sus personajes inspirados en conocidos periodistas. Y aparece también otra línea narrativa, la de la formación literaria de Emilio, quien aspira a convertirse en escritor (novelista), contando para ello con la asesoría del periodista Ismael de Priego, basado obviamente en Manuel Miguel de Priego. Estas derivaciones amplían demasiado el material de la narración, afectando la estructura de la novela y obligando a Ponce a dedicar pocas líneas a eventos y personajes decisivos para la ficción.

Al ser Emilio el único personaje común a las tres líneas narrativas, adquiere una mayor presencia y densidad, empequeñeciendo a todos los demás personajes. Y con él, la novela “de formación” personal termina imponiéndose sobre el retrato social y la intriga política. Por eso Las muertes de Emilio no llega a convertirse en la gran novela sobre el Perú de los años 90, como parecía anunciar en sus primeras páginas. Pero sí permite, junto con De amor y de guerra, apreciar la notoria superación de la obra de Ponce, tanto en el manejo del lenguaje como de las técnicas narrativas.
(Artículo publicado previamente en La República)


Enlaces relacionados
Sobre Las muertes de Emilio: José Güich, Juan de la Puente, Willy Quevedo, Carlos Sotomayor.
Entrevistas: Pedro Escribano, Gonzalo Pajares, Enrique Sánchez Hernani, Giancarlo Stagnaro.
Victor Andrés Ponce es autor de una columna periodística en Peru21.

Un sol que en invierno

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César Bedón. Un sol que en invierno (Borrador, 2009)

Conocido por su labor en importantes radios limeñas, César Bedón (Lima, 1976) es también un talentoso escritor que con poco más de 20 años de edad ya había figurado dos veces entre los finalistas del concurso El cuento de las mil palabras. Desde entonces no se ha alejado de la escritura: trabaja en una novela que incluso lo ha llevado a la India (becado por la Unesco), fue el responsable de “Estos días” (2003-2004) –uno de los más originales blogs peruanos–, y acaba de publicar el libro Un sol que en invierno (Borrador, 2009), un peculiar diario personal, en la línea de los cuadernos de Luis Hernández y las más lúdicas obras de Julio Cortázar.

Cartas, poemas, e-mails, anotaciones y reflexiones personales se juntan con citas librescas, noticias curiosas, fotografías, dibujos y hasta mensajes recibidos por Bedón y que él va “pegando” en este diario. El resultado es un collage en el que priman el humor, la ternura y la inocencia de un “adolescente de ventitantos años” (como el propio autor se define) y que en realidad parece ser más feliz en el mundo de los niños. De hecho, algunos de los textos más interesantes narran experiencias que el autor comparte con un grupo de niños: juegos radicalmente absurdos, paseos por la playa, visitas a parques de diversiones.

Bedón observa y disfruta el universo infantil, pero manteniendo la inevitable distancia de pesimismo, tristeza y “desesperación”, elementos característicos de la vida adulta y que se expresan claramente en las citas de Dostoievski, Pizarnik, Blanca Varela y hasta el Cioran de Breviario de podredumbre. Entre esos dos mundos parecen vivir también los creativos amigos de Bedón, todos ellos personas reales: el neurótico Bruno, los irreverentes Arturo y Franco, la poética Carolina. Con sus e-mails, ellos dan a conocer otros aspectos de la personalidad del “protagonista”, a la vez que le otorgan al libro un cierto carácter colectivo.

Al trabajar con materiales tan disímiles Bedón asume ciertos riesgos: lo que para algunos es tierno y emotivo para otros puede resultar demasiado infantil e ingenuo. Y si bien el empleo de dibujos, fotos y recursos gráficos propios de Internet (buena parte de los textos proviene de “Estos días”) muestran las posibilidades de los nuevos géneros artísticos, también convierten a Un sol que en invierno en una obra bastante inusual y extraña. En suma, un libro que seguramente apreciarán mejor aquellos lectores de espíritu joven y abiertos a lo lúdico y experimental.
(Artículo publicado previamente en La República)

Se puede leer el libro en MySpace.

La siguiente entrevista es de Borrador Editores.

No olvides nuestros nombres

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pacheco
Karina Pacheco. No olvides nuestros nombres (San Marcos, 2009)

Doctora en Antropología y escritora, Karina Pacheco (Cusco, 1970) está desarrollando una interesante obra narrativa centrada en las emociones y temas más femeninos, pero abierta a los principales problemas y preocupaciones de la actualidad. Tras su auspiciosa primera novela –La voluntad del molle (2006)– y una serie de cuentos, fue incluida en la antología Matadoras. Nuevas narradoras peruanas (2008) y acaba de publicar No olvides nuestros nombres, su segunda novela, libro con el que obtuvo el Premio Regional de Cultura 2008, otorgado por el Instituto Nacional de Cultura del Cusco.

La protagonista de este nuevo relato es Clara, una bióloga cusqueña. Ella está casada con Leonardo, con quien tiene dos hijos pequeños, y aunque en esa familia todo parece armonía y bienestar, las recurrentes infidelidades de Leonardo van generando conflictos que Clara vive con intensidad, a veces exagerada. Escindida entre la estabilidad familiar, necesaria para sus hijos, y su propia felicidad, ella intenta salidas tanto hacia el futuro (la posibilidad de un nuevo amor), la ficción (comienza a escribir cuentos y poemas) y el pasado: la búsqueda de su padre, un idealista guerrillero desaparecido justo antes de que Clara naciera.

Pacheco presenta este aparentemente sencillo melodrama, enlazado con muchas otras líneas narrativas (abundan las precisiones sobre detalles menudos de la vida doméstica) y diversos temas. En primer lugar, la ecología y la preocupación por el medio ambiente, pues el trabajo de Clara consiste precisamente en visitar las regiones más apartadas de nuestro país (la Selva, p. e.) para comprobar el estado de las especies en peligro de extinción. En estos viajes va descubriendo la problemática de las culturas indígenas y la violencia política. A eso se suman las amplias miradas a la historia de los personajes secundarios, que llevan incluso hasta la convulsa Europa de mediados del siglo XX.

En algunas páginas el sentimentalismo de la protagonista y lo trivial de ciertos sucesos hacen tambalear un poco la narración, pero finalmente se impone la solidez del conjunto, basada en una estructura compleja que permite a la autora alternar acertadamente la gran amplitud de registros (que van desde lo meramente descriptivo hasta lo poético), ambientes, temas, personajes y tiempos de este relato. Si bien No olvides nuestros nombres no supera a La voluntad del molle, sí nos muestra a una escritora más segura y con mayor dominio de sus medios expresivos.
(Artículo publicado previamente en La República)