Un lugar llamado Oreja de Perro

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Iván Thays. Un lugar llamado Oreja de Perro (Anagrama, 2008)

Con Un lugar llamado Oreja de Perro el escritor Iván Thays (Lima, 1968) vuelve a la narrativa después de ocho años de publicar su anterior novela, La disciplina de la vanidad (2000). Un retorno tan esperado como exitoso, pues este nuevo libro ha sido finalista de la última edición del Premio Herralde, y por ello publicado en España y ampliamente comentado en ese país y otros de América Latina. La novela tiene una sombría trama: Oreja de Perro es un pequeño pueblo ayacuchano, arrasado por la violencia política, al que llega un joven periodista limeño que acaba de sufrir la muerte de su hijo y el abandono de su esposa.

El relato se inicia con esta llegada (el periodista debe cubrir una ceremonia en la que participará el presidente Alejandro Toledo) y acaba con el retorno del protagonista a Lima. Entre estos dos viajes suceden pocas cosas, pero la falta de acciones es compensada con la historias de diversos personajes, concebidos en base a estereotipos y referencias cinematográficas: Mónica, la esposa del periodista (“...idéntica a Mia Farrow”), el fotógrafo Scamarone (alcohólico, cínico...un Belmondo), la mística Jasmín (habla con los ángeles y lo adivina todo), el acomplejado Tomás (¿una caricatura de los rivales de Thays en la polémica entre escritores criollos y andinos?), etc.

Como siempre en la obra de Thays, más importante que los sucesos es el “viaje interior” (título de su novela de 1999) del protagonista: los recuerdos de su relación con Mónica, de los momentos compartidos con su hijo, o simplemente de sus anteriores comisiones periodísticas. Estas remembranzas se convierten en reflexiones literarias –escritas en un lenguaje aparentemente sencillo pero bastante elaborado– sobre aquellos temas que ya pueden ser considerados –aplicando la terminología vargasllosiana– los “demonios personales” de Thays: la memoria y la ausencia del ser amado.

El que esas reflexiones no tengan el interés ni el peso necesario es sin lugar a dudas el mayor problema de Un lugar llamado Oreja de Perro. Como en los personajes y en las historias, aquí también el autor opta por lo efectista, esquemático y algunas veces hasta frívolo. El protagonista del libro enfrenta las peores tragedias personales y sociales, sin embargo parece más preocupado en elaborar intrascendentes juegos literarios (recordando el momento preciso de la muerte de su hijo, no puede dejar de mencionar a Guillaume Apollinaire y Kenzaburo Oé) o en coquetear con todas las jóvenes que encuentra, buscándoles parecidos con actrices famosas.
(Artículo publicado previamente en La República).




Actualización (11-2-2009)

Iván Thays ha escrito una respuesta a esta reseña, aunque en ella incurre en algunas tergiversaciones. En la reseña nunca se afirma que la novela trata la violencia política de una manera correcta o incorrecta, porque esa violencia es apenas un telón de fondo para el relato. Y cuando se habla de reflexiones sin peso o frívolas se refiere no al tema de la violencia sino a los de “la memoria y la ausencia del ser amado”. Cito la reseña:

“Estas remembranzas se convierten en reflexiones literarias… sobre aquellos temas que ya pueden ser considerados –aplicando la terminología vargasllosiana– los demonios personales de Thays: la memoria y la ausencia del ser amado. El que esas reflexiones no tengan el interés ni el peso necesario es sin lugar a dudas el mayor problema de Un lugar llamado Oreja de Perro. Como en los personajes y en las historias, aquí también el autor opta por lo efectista, esquemático y algunas veces hasta frívolo.”

No hay en la reseña nada de “critica social” ni de la tan temida presencia de Miguel Gutiérrez. Pero, al parecer, Thays no acepta que se le ponga ningún reparo a su novela, así que inventa una “teoría de la conspiración”: la de los críticos peruanos que no le perdonan… etc. Por supuesto, esa teoría no tiene sustento: las reseñas que cuestionan más duramente a la novela son las del español J. Carrión, el chileno Rodrigo Pinto o el mexicano Rafael Lemus. ¿Serán todos ellos críticos sociales discípulos de Gutiérrez?



Se puede leer un fragmento de la novela en El Boomeran.
Otros textos sobre Un lugar llamado Oreja de Perro: Joaquín Arnáiz, Ernesto Calabuig, J. Carrión, Javier Fernández, Rafael Lemus, Pablo Martínez, Martín Palma, Antonio Parra, Edmundo Paz Soldán, Rodrigo Pinto, Antonio de Saavedra, Eduardo San José, Enrique Sánchez Hernani, Mayra Santos-Febres, Carlos Sotomayor, Ricardo Sumalavia.
Entrevistas: Ernesto Carlín, Silvina Friera, Juan Carlos Galindo, Gonzalo Pajares, Enrique Planas, Carlos Sotomayor.

Sueños reales

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Alonso Cueto. Sueños reales (Seix Barral, 2008)

Autor de una reconocida obra narrativa (doce libros, entre novelas y conjuntos de relatos), Alonso Cueto (Lima, 1954) es también un buen crítico literario (con un doctorado en esta materia) que suele publicar artículos y ensayos en diarios y revistas especializadas. Sueños reales (Seix Barral, 2008), su más reciente libro, es precisamente una recopilación de esos textos críticos, que van desde apuntes y pequeños retratos hasta reflexiones sobre el conjunto de la obra de autores decisivos para la narrativa actual.

Cueto se inscribe aquí dentro de la línea de los ensayos literarios de Mario Vargas Llosa, especialmente los de La verdad de las mentiras (hasta los títulos son similares: mentira-verdad, sueño-realidad): aproximaciones basadas en las afinidades entre el crítico-escritor y el autor analizado, y que emplean los recursos del ensayo más tradicional. Los mejores textos son los dedicados a aquellos narradores que Cueto siempre ha señalado como referentes de su propia obra: Conrad, Nabokov, Carver y James. El ensayo “Henry James: la amenaza de la mirada” es una aguda interpretación de la personalidad y obra de este escritor, pero también una especie de “arte narrativo” personal de Cueto.

Hay otros ensayos valiosos en la primera sección del libro (titulada también “Sueños reales”), como “Zeno Cosini y las paradojas de la voluntad”, pero también algunos textos de menor interés (los dedicados a Juan Ramón Jiménez, Víctor Hugo y Lucía Joyce, p.e.). Las otras tres secciones ocupan la segunda mitad del libro y son claramente recopilaciones de textos periodísticos y misceláneos, apuntes sobre obras de autores peruanos (Bryce, Arguedas, Ribeyro), textos coyunturales, anécdotas literarias y hasta artículos sobre la máquina de escribir o las diferencias entre el español hablado en América Latina y en España.

En líneas generales, Sueños reales nos deja la misma impresión que algunas de las más recientes novelas de Cueto: pudo ser un gran libro, si el autor se hubiera enfocado más en los temas principales (en este caso, los presentados en el breve prólogo) y hecho menos concesiones (la inclusión de textos amenos, pero ligeros) al “gran público”. Nada de eso puede restar méritos a los ensayos de la primera sección (especialmente los ya mencionados) en los que Cueto se muestra como un crítico documentado, inteligente y riguroso; pero más que nada como un lector entusiasta y deslumbrado ante algunas de las obras maestras de la literatura universal.
(Artículo publicado previamente en La República)

Se puede leer un fragmento del libro en Etiqueta Negra.
Otros textos sobre Sueños reales: Katya Adaui, Luis Eduardo García, Martha Isarra, Clara Medina, Abelardo Oquendo, Gabriel Ruiz Ortega, Aldo Vivar.
Entrevistas: Gonzalo Pajares, Carlos Sotomayor.

Conocimiento del Este

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Paul Claudel. Conocimiento del Este (PUCP, 2008)

El escritor Paul Claudel (1868-1955) perteneció a una brillante generación de autores franceses –Paul Valéry, Guillaume Apollinaire, Saint John Perse– que desarrolló los innovadores aportes poéticos de los simbolistas (Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé) y los integró a los temas y motivos más propios de la tradición literaria occidental. Claudel, diplomático de profesión, sumaría a su profundo catolicismo, en algunas obras, la perspectiva del “libro de viajes”. Ese fue el caso de Conocimiento del Este (1896), obra que acaba de ser traducida por el poeta Jorge Nájar (Pucallpa, 1946) y publicada por la PUCP en su colección El Manantial Oculto.

Conforman este libro más de 60 textos escritos en prosa y en los que Claudel describe los paisajes, lugares y personajes que conoció durante los años que pasó en China y Japón. Son descripciones que, sin dejar de lado los referentes reales, apelan constantemente a imágenes y símiles poéticos, y que derivan en reflexiones metafísicas. En uno de los textos, “El banyán”, se presenta a este árbol asiático como “...un nudo de pitones, una hidra que con obstinación se arranca de la tierra tenaz”. Pronto se llega al tema de la fugacidad de lo humano, en oposición a la permanencia del banyán “testigo de todo el espacio, poseedor del suelo...”.

Además de las bellezas naturales y la tradicional cultura oriental, el poeta encuentra también miseria y sufrimiento: “Me bajo del rickshaw y un espantoso mendigo marca el inicio de la ruta...hileras de miserables bordean las dos orillas del camino” (“Pagoda”). Como señala Nájar en el prólogo del libro, en “aquellos años toda Europa se hallaba en el cénit de su poder y China, en cambio, en lo más hondo de su decadencia”. No obstante, Claudel descubre evidencias de lo trascendente en los objetos y seres menos esperados: “Devoto profundo... sus gustos no van nunca hacia los perfumes pasajeros de las flores o de los frutos frívolos” (“El cerdo”).

Esa obsesiva búsqueda (demasiado racional) de lo espiritual y sobrenatural es acaso una de las debilidades del libro. Otra son los excesos de la retórica parnasiana: “la frase a menudo compleja y de construcción barroca” –nos dice Jorge Nájar–, el léxico ornamental y las alusiones eruditas. El propio Claudel aclara que su poesía no es “...un chorro frívolo de palabras inventadas”, seguramente consciente de que puede parecerlo. Conocimiento del Este resulta un libro de sumo interés, tanto por sus logros poéticos como por ser testimonio de un importante momento de la poesía moderna.
(Artículo publicado previamente en La República)

Mi cuerpo es una celda

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Andrés Caicedo. Mi cuerpo es una celda (Norma, 2008)

Andrés Caicedo (1951-1977) es ya un mito de las letras colombianas. Un adolescente talentoso y precoz, ganador de varios premios de narrativa y muerto prematuramente; también un joven con serios problemas para relacionarse con su entorno, tartamudo, aficionado a las drogas y los universos artificiales: la literatura, el rock y especialmente el cine, su mayor pasión. Se suicidó a los 25 años de edad, dejando una gran cantidad de textos: relatos, guiones, cartas, diarios y escritos de todo tipo. A partir de este material, el escritor Alberto Fuguet ha elaborado el libro Mi cuerpo es una celda. Una autobiografía de Andrés Caicedo (Norma, 2008).

Las páginas elegidas por Fuguet abarcan desde apuntes de un diario escrito en 1966 hasta las dos cartas que Caicedo redactó el 4 de marzo de 1977, momentos antes de morir por mano propia, y en las que no menciona su trágica determinación. Son las cartas (muchas de ellas editadas) el material dominante en este libro, pues Caicedo, a la manera de Kafka “algunas veces escribía tres o cuatro cartas largas en un mismo día”. A las epístolas y páginas de diarios se suman algunos poemas, un pequeño relato y muchas críticas y artículos sobre cine que Caicedo publicó tanto en Ojo al cine (revista que fundó y dirigió), como en la recordada revista peruana Hablemos de cine.

Este peculiar collage, cronológicamente ordenado, nos permite seguir la evolución del lado “oscuro” de Caicedo, desde los típicos problemas de adolescencia hasta las crisis de su drogadicción y los intentos de suicidio, pasando por la tentación homosexual y la epilepsia. Y también su lado “luminoso”: las tiernas cartas a sus hermanas, los intentos de convertirse en guionista en Hollywood, la labor de infatigable promotor cultural y, especialmente, sus agudas y bien fundamentadas críticas de cine. Las diferencias entre estos dos caicedos las descubrirían pronto Isaac León y Desiderio Blanco, cuando viajaron a Cali y conocieron al joven colaborador de Hablemos de cine.

Aunque no estemos de acuerdo con algunas de las opciones de Fuguet (a comenzar por el propio título del libro, tomado de una canción de hace dos años), su meritorio trabajo hace de Mi cuerpo es una celda un conmovedor testimonio sobre la vida de Caicedo. Quienes todavía no conozcan a este original escritor colombiano, “el hermano mayor de McOndo, el link perdido al siglo XXI, el fan de Vargas Llosa que escribía guiones de westerns y películas de terror”, pueden iniciarse en la caicedomanía con este muy buen libro, y luego continuar con la obra del autor, casi toda editada por Norma.
(Artículo publicado previamente en La República)

En Internet se pueden leer elgunos textos de Andrés Caicedo.
Otros artículos sobre Mi cuerpo es una celda: Juan Andrade, Cine con Chile, José Noé Mercado, Iván Thays.