La maravillosa vida breve de Óscar Wao

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Junot Díaz. La maravillosa vida breve de Óscar Wao (Mondadori, 2008)

Junot Díaz nació en República Dominicana, en 1968, pero desde los seis años vive Estados Unidos. Su primer libro Drown (1996, cuentos), escrito en un inglés plagado de términos propios del español dominicano, lo llevó a ser considerado como uno de los más importantes escritores norteamericanos de la actualidad. Díaz tomó esa fama con calma y trabajó casi una década en su siguiente obra, la novela The Brief Wondrous life of Oscar Wao, publicada el año pasado y que ha obtenido los premios Pulitzer y National Books CircleAward. Traducida hace poco al español, La maravillosa vida breve de Óscar Wao ya esta circulando en nuestro medio.

Díaz cuenta en este libro la historia de Óscar, un joven de origen dominicano que vive en Paterson (Nueva Jersey). Óscar es moreno, obeso y un “nerd” a carta cabal: obsesionado con la ciencia ficción y los videos juegos, casi no tiene amigos y menos amigas, al punto que su gran temor es convertirse en el primer dominicano en morir virgen. A pesar de ello, siempre está perdidamente enamorado de alguna mujer imposible para él. Díaz narra las desventuras de este personaje con un deslumbrante sentido del humor y un lenguaje que mantiene el ritmo y la gracia del “spanglish” hablado por los latinos en Norteamérica.

La unión de humor, ironía, oralidad y talento literario debe ser lo que más ha llamado la atención de la crítica en su país; pero a los lectores peruanos esa combinación los remitirá irremediablemente a la narrativa de Alfredo Bryce, en especial por los enamoramientos del protagonista: Óscar incluso intenta suicidarse por una decepción amorosa. En todo caso, Díaz sería una especie Bryce puesto de cabeza: mientras que los personajes del peruano suelen ser de clase alta y con un aristocrático “buen gusto”, los de Díaz son casi seres marginales que viven inmersos en la cultura de masas: películas, series de televisión, música pop. El libro se inicia con una cita de Stan Lee, un diálogo de Los cuatro fantásticos, que anuncia la importancia que estos referentes tienen en el imaginario de los personajes.

Además de la vida de Óscar, la novela cuenta la de tres generaciones de su familia, remontándose hasta la República Dominicana de la dictadura de Rafael Trujillo (1930-1952). Díaz relata en clave humorística, aunque sin escatimar los detalles más terribles, los excesos y abusos que soportaron los dominicanos en aquella época. Uno de los capítulos centrales está dedicado a Abelard Cabral, el abuelo de Óscar, quien entre 1944 y 1946 vivió una experiencia similar a la de Agustín Cabral en La fiesta del chivo, la novela de Mario Vargas Llosa: Trujillo, famoso por sus lujuriosos caprichos, quiere tener relaciones sexuales con la hija adolescente de Cabral. A diferencia del vargasllosiano, este Cabral no cede al capricho del dictador, originando así la terrible maldición (el “fukú”) que marca a todos sus descendientes.

La forma en que estos dos narradores han afrontado esta historia muestra las diferencias entre la modernidad y la posmodernidad. Vargas Llosa, no obstante sus audacias técnicas y estructurales, se centra en el “sacrificio” de la hija por parte del padre, casi como si se tratara de una tragedia griega. Díaz integra esta anécdota a su divertida saga familiar, vinculándola con un episodio de la serie televisiva La dimensión desconocida, comparando constantemente a Trujillo con Sauron (el oscuro personaje de El señor de los anillos), apelando a mitos ancestrales dominicanos y, por supuesto, aludiendo reiteradamente a la novela de Vargas Llosa.

A pesar de ciertos desbalances (la historia de Óscar pierde importancia ante las de sus parientes) y lo repetitivo de algunos recursos, La maravillosa vida breve de Óscar Wao es una muy buena novela, que merece todos los reconocimientos y premios que ha obtenido. Díaz ha sabido unir lo posmoderno, la historia y el verdadero trabajo literario; toda una lección para aquellos escritores que intentan ser actuales copiando descaradamente temas y personajes del cine o la televisión.
(Artículo publicado previamente en La Primera)

Se pueden leer fragmentos de la novela en Casa del libro y El Cultural.
Otros textos sobre La maravillosa vida breve de Óscar Wao: Frank Báez, Nuria Barrios, Cristina Castrillón, El Confidencial, José Antonio Gurpegui, Julio Ortega, Asima Saad.

El mundo sin Xóchitl

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Miguel Gutiérrez. El mundo sin Xóchitl (Santillana, 2008)

A pesar de haber publicado su primera novela El viejo saurio se retira en 1969, el escritor Miguel Gutiérrez (Piura, 1940) inició su gran ciclo narrativo más de veinte años después con Hombres de caminos (1988), libro al que siguió la monumental novela La violencia del tiempo (1991), considerada por buena parte de la crítica como la más importante entre las publicadas en el Perú durante la última década del siglo XX. Completaría este ciclo, de aliento épico y centrado en la violencia social y su importancia en el proceso histórico, La destrucción del reino (1992). Luego de dos libros narrativos de carácter experimental –Babel, el paraíso (1993) y Poderes secretos (1995)- Gutiérrez inició una nueva etapa de su obra con la publicación de El mundo sin Xóchitl (2001), una extensa y nostálgica novela sobre el amor de una pareja de hermanos.

La historia se basa en un manuscrito dejado por Wenceslao, miembro de una importante familia piurana y coetáneo del autor, a su amigo de adolescencia Martín (¿Villar, el protagonista de LVT?). En este manuscrito el personaje ya maduro, cuenta la estrecha relación -de carácter incestuoso- que mantuvo con su hermana Xóchitl, un año mayor que él. Las tres partes en que está dividido el libro corresponden a diferentes momentos de esa relación: la infancia feliz, llena de aventuras y travesuras; el reconocimiento de los hermanos de lo prohibido de su vínculo, lo que los lleva a aislarse y a odiar a todos los que intentan separarlos, especialmente a su anciano padre Don Elías; y, después de la muerte del padre, un breve período de libertad y plenitud de la pareja, que concluye con la prematura muerte de Xóchitl.

En varios textos críticos Gutiérrez ha planteado la existencia de básicamente dos tipo de novelas, abiertas y cerradas, tolstoianas y dostoievskianas. Las primeras tratan de trascender lo individual para buscar lo comunitario; las segundas están basadas en la introspección, en la profundización en el mundo interior de los personajes. Los modelos serían, respectivamente, La guerra y la paz y Crimen y castigo. No dudamos que, de acuerdo a esta clasificación, al propio Gutiérrez le gustaría que su obra sea considerada “tolstoiana”; toda a excepción de El mundo sin Xóchitl, una evidente incursión en terrenos novelísticos dostoievskianos. Crímenes largamente planeados (el del padre o el triste final de Mathilde, la primera esposa de Don Elías), el sentimiento de culpabilidad por vivir en pecado, los castigos terribles e ineludibles (no sólo el destino de Xóchitl, también la existencia de un tercer hermano retrasado mental); el autor ha apelado a toda la parafernalia relacionada con este tipo de novelas.

El resultado, sin embargo, no es una novela densa y trágica, el Crimen y castigo piurano planeado por Gutiérrez, sino un relato gótico y decadente más parecido a La caída de la casa Usher de Edgar A. Poe, como con ironía señala el propio autor. La diferencia podría radicar en la falta de profundización en la psicología de los protagonistas (Wenceslao, el narrador, parece no saber nunca lo que pasa en la mente de Xóchitl) y en los excesos de truculencia y retorcimiento de ciertas situaciones y personajes como Constanza, la madre de estos hermanos (cantante de ópera, posiblemente prostituida en su adolescencia, y que aún en su adultez juega con muñecas), o la zamba Pelagia, malvada sirvienta que practica la magia negra. Ni siquiera las connotaciones míticas de la historia (la pérdida del paraíso original, el asesinato del padre) sobreviven a estos excesos.

Contribuyen a acentuar estos problemas ciertas indecisiones del autor. Hay en la novela un pasaje clave al respecto, cuando después de narrar uno de lo recorridos nocturnos de la pareja de hermanos por las calles de la ciudad, se da cuenta que nos ha mostrado una mundo desierto, sin habitantes. Gutiérrez parece reflexionar en voz alta acerca de los “cerrado” de su historia principal, tan intimista y por momentos melodramática (la importancia determinante de la ópera en la vida de los protagonistas es otro detalle “auto-irónico”), y decide “abrirla” añadiendo numerosos personajes secundarios con sus respectivas historias. Una decisión que va en desmedro de la propuesta dostoievskiana original de la novela pero que afortunadamente la lleva a ámbitos más afines con la personalidad literaria del autor.

Así, el relato se convierte no sólo en la recapitulación de la vida de dos generaciones de esa familia sino también en un amplio retrato de la sociedad piurana de los años 50’s (pero que llega a abarcar todo el siglo XX), desde los estratos más altos (Don Elías, la familia de Mathilde) hasta los más pobres (los sirvientes, los campesinos que los hermanos conocen en sus paseos en moto, en la parte final del libro). Todo personaje parece tener una historia interesante que contar, hasta el gato Don Pasquale; y lo mismo sucede con los objetos (libros, muebles, pianos), al punto que la mansión familiar sus diferentes ambientes y los cambios que sufren (esplendor, divisiones por disputas conyugales, decadencia) se convierten en elementos centrales de la novela.

Es en estas historias secundarias donde nos reencontrarnos con las mayores virtudes narrativas de Gutiérrez: la funcionalidad de sus descripciones, su poco común capacidad de fabulación, su minucioso trabajo de documentación, y especialmente la acertada estructuración del relato, que incluye saltos en el tiempo bien dosificados y el oportuno uso de documentos tales como cartas y diarios. Si la historia de estos hermanos incestuosos (que ya estaba anunciada en El viejo saurio...) representó durante décadas un verdadero reto narrativo para Gutiérrez, El mundo sin Xóchitl finalmente demuestra que ha salido muy bien librado de ese reto, aunque para lograrlo haya tenido que renunciar a sus admirados modelos literarios Tolstoi y Dostoievski, para remontarse a un realismo ambiental muy similar al de Balzac.
(Artículo publicado previamente en La República)

Se puede leer el prólogo de la novela en Zonadenoticias.
Otros textos sobre El mundo sin Xóchitl: Melvin Ledgard, Carlos Morales, Javier de Taboada,
Entrevistas: Jorge Coaguila, Carlos Sotomayor,

La muerte lenta de Luciana B.

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Guillermo Martínez. La muerte lenta de Luciana B. (Planeta, 2007)

Doctor en Ciencias Matemáticas y escritor, Guillermo Martínez (Bahía Blanca, 1962) es uno de los más notorios representantes de la narrativa argentina actual. En su obra, que alterna los libros de narrativa con los de ensayo, hay dos hitos importantes: la novela Acerca de Roderer (1992), que lo consagró en su país; y Crímenes imperceptibles (2003), un relato policial que obtuvo el Premio Planeta y fue hace poco convertido en exitosa película, protagonizada por John Hurt y Elijah Wood. Martínez ha unido elementos de estos dos libros en la muy buena novela La muerte lenta de Luciana B., su más reciente publicación.

Luciana es una joven argentina cuyos amigos y parientes más cercanos comienzan a morir asesinados o víctimas de extraños accidentes. Ella piensa que detrás de estas muertes está el reconocido escritor Kloster –autor de oscuras novelas con crímenes y personajes malévolos–, a quien alguna vez ocasionó involuntariamente un terrible daño. Como la policía no le cree, busca la ayuda de otro escritor, un rival literario de Kloster, el innominado narrador y protagonista de esta novela. Los encuentros entre ambos escritores, sutiles e intensos enfrentamientos verbales, llevan a plantear hasta cuatro posibles explicaciones a esa serie de muertes.

En las novelas de Martínez hay siempre, detrás de los sucesos y los personajes, alguna disyuntiva intelectual: la inteligencia asimilativa vs. la creativa en Acerca de Roderer, los razonamientos inductivos vs. los deductivos en Crímenes imperceptibles. En La muere lenta de Luciana B. el dilema se da entre el azar y la causalidad, puntos de vista sostenidos por el narrador y Kloster, respectivamente. Pero ese transfondo teórico no hace perder humanidad ni verosimilitud a los personajes, pues Martínez, admirador confeso de Henry James, les otorga una compleja vida interior (emociones, dudas, pasado) que se manifiesta hasta en sus más pequeñas decisiones y gestos.

Hay todavía otras virtudes que señalar en este libro: el cuidadoso manejo del lenguaje, trabajado hasta lograr la máxima precisión y economía; o el acertado manejo de la trama, en la que las diversas versiones de los hechos (sin contradecirse en nada) dan lugar a interpretaciones completamente diferentes. Y si en Crímenes imperceptibles encontrábamos algunas concesiones al "gran público lector", en La muerte lenta de Luciana B. Martínez hace un feliz retorno a temas y motivos más personales, aquellos ya presentes en sus primeros cuentos y novelas.
(Artículo publicado previamente en La República)

Se pueden leer las primeras páginas de la novela en amazon.com
Otros artículos textos sobre La muerte lenta de Luciana B: Elena Bisso, Artemio Echegoyen, Javier Fresán, Aurora Intxausti, Jorge Monteleone, Javier de Navascués, Ricardo Senabre.
Entrevistas: Héctor Guyot.

La ciudad de los culpables

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Generación perdida
Rafael Inocente. La ciudad de los culpables (Editorial Zignos, 2007)

En estos tiempos de marketing literario, en que los libros suelen presentarse con campañas mediáticas y anuncios publicitarios, todavía existen algunas obras cuyo prestigio está basado exclusivamente en los comentarios honestos de aquellos que las han leído. En el caso de La ciudad de los culpables, primera novela de Rafael Inocente (Lima, 1969), la fama antecedió a la propia publicación del libro, pues el manuscrito circuló entre críticos y escritores durante varios años, obteniendo comentarios tan elogiosos como el incluido en el libro de ensayos El pacto con el diablo de Miguel Gutiérrez.

Ambientada en la Lima de fines de los 80 e inicios de los 90, la novela (que hasta hace poco se titulaba Ciudad enferma), es un amplio retrato de los barrios más pobres y marginales de la ciudad (los “conos”, como se dice en el texto) elaborado a través de las historias, contadas siempre en primera persona, de una serie de jóvenes hijos de migrantes y de origen andino. El más importante de ellos es Orlando Zapata, perteneciente a una familia tradicionalmente ligada a las luchas populares: su abuelo fue un “aprista de lo viejos” que murió encarcelado en El Frontón, y una tía le hace leer tempranamente El Capital. Por esos antecedentes, Orlando es capturado por la policía y pasa diez años en la cárcel acusado injustamente de ser terrorista.

Las historias de los otros personajes –Lucía, Julia y Sebastián, entre otros– son bastante similares y muestran a adolescentes que terminan su educación escolar justo en el momento más álgido de la violencia política en nuestro país. Todos ellos fracasan en sus intentos de hacerse de una formación universitaria, un trabajo decente o al menos una vida digna. Peor aún, Lucía y Sebastián, amigos y compañeros ideológicos de Orlando, tienen finales trágicos, ambos víctimas de los excesos de la política antisubversiva. Sólo Julia parece librarse de ese destino, y es a través de ella que la narración sale del ámbito urbano y se traslada a la selva, mostrándonos que todo el país se encuentra inmerso en la violencia y el caos.

Ya otros narradores peruanos han abordado esa época, temática y generación, en especial Daniel Alarcón y Jorge Eduardo Benavides. Este último tiene incluso una novela muy parecida a la de Inocente, El año en que rompí contigo (2003), desarrollada también a partir de las historias de un grupo de jóvenes limeños. Pero mientras los personajes de Benavides pertenecen a la clase media y alta, los de Inocente son de extracción mucho más popular. Sin lugar a dudas la mayor virtud de La ciudad de los culpables es mostrar de la manera más fidedigna el mundo de esos jóvenes: su vida cotidiana, sus anhelos y expectativas; y su propia cultura, desde sus lecturas y música que escuchan (huaynos, salsa, rock) hasta la forma de hablar, con su agresivo lenguaje y peculiar sentido del humor.

Muy pocos autores se han atrevido a emplear en sus obras el lenguaje casi lumpenesco que aparece aquí, por ejemplo, en las cartas que “el erótico Fuentes” le escribe a Orlando. Lamentablemente, el libro tiene muchas debilidades desde el punto de vista estrictamente literario: la retórica, la técnica narrativa y la estructura de la novela muestran claramente a un autor en proceso de aprendizaje y que todavía comete demasiados errores. A eso hay que sumar el monótono y enfático discurso social, compartido por casi todos los personajes, y que en muchos casos llega al más abierto didactismo. Al menos así lo reconoce Sebastián: “…le dije, y mi maldito didactismo nunca fue más evidente”.

Por eso, aunque compartimos en buena medida el entusiasmo con que Miguel Gutiérrez comenta esta novela (destacando “el conocimiento verdaderamente excepcional de la Lima andina que tiene Inocente”); no creemos, como él, que se trate de una obra que se adscriba a la narrativa picaresca. Más bien nos atreveríamos a vincular a La ciudad de los culpables con las vertientes más radicales del realismo, aquellas que rozan el panfleto político.
(Artículo publicado previamente en La Primera)


En Internet se puede leer un cuento de Rafael Inocente.
Otros textos sobre La ciudad de los culpables: Augusto Higa, Carlos Rengifo, Tomacini Sinche, Rodolfo Ybarra.
Entrevistas: José Luis Ayala.