Los desmoronamientos sinfónicos

1 comentario:
ildefonso
Miguel Ildefonso. Los desmoronamientos sinfónicos (Hipocampo, 2008)

Tras publicar un libro de relatos y una novela, el escritor Miguel Ildefonso (Lima, 1970), acaso el poeta más importante de la llamada generación del 90, vuelve a la lírica con el poemario Los desmoronamientos sinfónicos. Se trata de un viejo proyecto suyo, más de un centenar de textos (que van desde unas pocas líneas hasta una página) que escribió en su época de estudiante universitario, pero que ha ido reformulando y depurando a lo largo del tiempo, radicalizando la propuesta original –la representación poética de la vida urbana limeña– y llevándola incluso más allá de sus límites.

Parte de esa radicalización es el abandono del verso, elemento por excelencia identificador de la poesía, y la eliminación de todo signo de puntuación, excepto precisamente el punto. Se deja también de lado la trama narrativa y las descripciones del paisaje urbano, presentes en todos los poemarios anteriores de Ildefonso. Es como si delegara esos elementos a sus novelas y cuentos para hacer una poesía más esencial y pura, basada casi exclusivamente en el poder de las imágenes, las palabras y las ideas. En varios textos se hace explícita esta arte poética: "...la poesía es un montaje de palabras imágenes rotas. Conceptos que se diluyen por agujeros de tristeza" (Poesía entre los escombros).

Los poemas son, por eso, algo así como fragmentos del discurso de un hablante alucinado que se pasea por nuestra ciudad, traduciendo en creativas metáforas y símiles todo el caos, la miseria y la violencia que ve: "por el rímac las aves en las piedras atravesada la bala en el girasol mudas las ratas insaciables...". Un mundo en ruinas, o desmoronándose, pero que puede renacer a partir de la imaginación artística. De ahí las frecuentes alusiones a escritores y pintores: Martín Adán, Juan Ojeda, Víctor Humareda, Claude Monet, etc. Y también músicos, pues la sonoridad es aquí un principio ordenador y muchas imágenes nacen de asonancias y juegos de palabras.

El peligro de dejar que los poemas fluyan libremente, impulsados por su propia sensualidad, es que se puede llegar a una especie de "escritura automática" casi surrealista y que poco tiene que ver con la propuesta inicial de Ildefonso: "...la soledad el aullido ondulación de moluscos jadeantes...". Pero esos son detalles menores frente a los evidentes aciertos de Los desmoronamientos sinfónicos, un poemario que tal vez no sea el mejor de Miguel Ildefonso, pero seguramente sí el más arriesgado y original.
(Artículo publicado previamente en La República)


Se pueden leer aquí algunos poemas del libro.
Otros textos sobre Los desmoronamientos sinfónicos: David Abanto, José Güich, José Pancorvo, José Carlos Yrigoyen.
Entrevistas: Carlos Sotomayor, Jennifer Thorndike.

El inventario de las naves

No hay comentarios:
iparraguirre
El Apocalipsis tan temido
Alexis Iparraguirre. El inventario de las naves (Estruendomudo, 2008)

Hace unos tres años apareció un grupo de jóvenes y talentosos narradores limeños cuyas primeras obras fueron libros de cuentos fantásticos, completamente opuestos al realismo extremo (violencia y drogas) imperante en la narrativa joven de entonces. La más lograda de esas obras fue, sin lugar a dudas, El inventario de las naves de Alexis Iparraguirre (Lima, 1974), que obtuvo el importante Premio Nacional PUCP de Narrativa 2004. Lamentablemente, la primera edición del libro, realizada por la propia Universidad Católica, no tuvo una adecuada difusión, por lo que la editorial Estruendomudo acaba de publicar una nueva versión de este original conjunto de cuentos, la definitiva, con ilustraciones y mapas que ayudan a entenderlo mejor.

Ambientados en una ciudad imaginaria, pero en la que se puede reconocer a Lima, los siete relatos del libro están estrechamente vinculados entre sí. Los protagonistas son adolescentes que enfrentan los problemas propios de sus edad (aceptación del grupo, descubrimiento del amor, enfrentamientos generacionales) y la proximidad de un misterioso cataclismo. En Sábado, el primero de estos cuentos, encontramos a un grupo de jóvenes en las celebraciones del cumpleaños de uno de ellos. El Apocalipsis se anuncia de diversas maneras, desde elementos simbólicos hasta el “menos” (la sustancia alucinógena que estos jóvenes acaban de descubrir) o el viejo loco que armado con una espada irrumpe violentamente en la fiesta.

Se va creando así, en la ficción, una atmósfera irreal, casi de pesadilla. Los siguientes relatos acrecientan su complejidad, con más frecuentes anuncios del inminente cataclismo, y una intrincada red de citas y alusiones librescas, que van desde la Biblia hasta Cortázar. En El hombre en el espejo, se incorpora lo fantástico más tradicional, a través del viejo tópico del paso al universo del otro lado del espejo; en La Hermandad y La Luna el misterio y horror de vertiente gótica (tres niños videntes dialogan sobre los vaticinios del tarot); y en El inventario de las naves, el relato policial borgiano, pues el texto es casi un remake del conocido cuento La muerte y la brújula. En este relato por fin sucede la catástrofe: un gran huracán destruye casi toda la ciudad.

Pero ya en este punto, la complejidad y los retorcimientos de la trama resultan excesivos. El asesino en serie es un hombre cultísimo que sabe de memoria largos pasajes de la Biblia y la Iliada (en sus idiomas originales); y la trama narrativa se pierde entre puntillosas discusiones acerca de citas y traducciones, y las reiteradas menciones al texto de Borges y a la vida de este escritor. A eso hay que sumar los nexos con los otros cuentos (personajes, temas, lugares), y la llegada del gran cataclismo.

Algunos de estos excesos se pueden encontrar también en los tres últimos cuentos del libro –Proximidad del huracán, Orestes y El francotirador– en los que se da el salto de lo fantástico literario al universo de la ciencia ficción y el cómic posapocalípticos: seres fantasmales o monstruosos conviviendo con los protagonistas humanos en un mundo en ruinas y casi sin vida. Iparraguirre compensa estas incursiones más allá de lo verosímil con una prosa sencilla pero bien trabajada, y dándole una mayor importancia a los diálogos (en los que el habla limeña se combina acertadamente con imágenes poéticas) que a las intervenciones del narrador omnisciente empleado en todos los textos.

Como en el caso de las primeras obras de sus compañeros de universidad y de propuestas literarias (Castañeda, Page, Gallardo, Chávez) acaso El inventario de las naves resulte en algunas páginas demasiado libresco, artificioso o adolescente. No obstante, se trata de un sólido conjunto de cuentos, hasta la fecha el mejor exponente de esta saludable nueva tendencia –cultista, imaginativa y con énfasis en lo formal– dentro de la narrativa peruana actual.


En internet se puede ler el cuento La Hermandad y La Luna.
Otros textos sobre El inventario de las naves: Luis Aguirre, Luis Hernán Castañeda, Marco García Falcón, Daniel Salvo.
Entevistas: Ernesto Carlín, Manuel García, Francisco Melgar, Gabriel Ruiz-Ortega, Carlos Sotomayor.

No es país para viejos

1 comentario:
mccarthy
Cormac McCarthy. No es país para viejos (Mondadori, 2008)

Antes de dar el salto hacia el futuro posapocalíptico en La carretera (2007), el escritor norteamericano Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933) publicó la novela No es país para viejos (2005), un relato policial ambientado en la frontera entre México y Estados Unidos. Es la historia de Llewelyn Moss, un veterano de la guerra de Vietnam que encuentra, en el escenario de una sangrienta matanza en pleno desierto, un maletín con varios millones de dólares y decide quedárselos. Pronto estarán tras él y ese dinero un misterioso sicario, Anton Chigurh, y el veterano sheriff Tom Bell, además de narcotraficantes y otros delincuentes, en una violenta y salvaje persecución.

Como en casi toda la obra de McCarthy, el tema aquí es el límite entre el bien y el mal, y la tendencia natural del hombre hacia este último. El mal puro está representado por Chigurh (Javier Bardem obtuvo un Oscar por personificarlo en la reciente película de los Coen), un asesino implacable que advierte a Moss que lo matará tarde o temprano, aunque devuelva el dinero. En el otro extremo está Bell, quien no puede entender esa ola de violencia y opta por jubilarse. En medio de ellos, Moss es un hombre normal, duro pero correcto, a quien el interés por el dinero y la lucha por sobrevivir van envileciendo.

A pesar de las acciones violentas y de ritmo acelerado, se puede notar en el relato una sólida estructura que permite desarrollar los temas con orden y simetría. También están presentes las descripciones barrocas, que contrastan con los diálogos breves y precisos (en los que no se usan guiones o comillas), dos de las marcas que caracterizan a esta narrativa. Pero casi tan importantes como la trama son los monólogos de Bell, que ocupan un par de páginas al inicio de cada uno de los trece capítulos. El sheriff reflexiona en ellos sobre la actual decadencia moral de la sociedad norteamericana.

Al discurso de Bell, centrado en el elogio de la ley y orden del pasado, se oponen los escasos pero significativos monólogos de Chigurh, en los que plantea a sus víctimas la oportunidad de salvarse con un "cara o sello", estableciendo así una especie de ética de la violencia y el azar. Además, estos discursos están relacionados con los de otras obras del autor, especialmente Meridiano de sangre (1985), que muestra que el pasado de esta región fue mucho más violento de lo que recuerda Bell. En suma, No es país para viejos es una muy buena novela que confirma la calidad e importancia de la narrativa de Cormac McCarthy.
(Artículo publicado originalmente en La República)


Se puede leer el primer capítulo de la novela en la revista Rolling Stone.

Huérfano de mujer

No hay comentarios:
zavaleta

Carlos Eduardo Zavaleta. Huérfano de mujer (Alfaguara, 2008)

A los 80 años de edad, el escritor Carlos Eduardo Zavaleta (Caraz, 1928), uno de los más importantes narradores de nuestra generación del 50, se mantiene tan productivo como en su juventud. Su más reciente novela es Huérfano de mujer, la historia de la pareja conformada por el hombre de letras e investigador tarmeño Claudio Rojas y su amada Rosa. La pareja se conoce en los años 60 –Claudio era entonces asistente de un prestigioso historiador, Rosa una joven bibliotecaria– y abarca hasta inicios del siglo XXI, cuando Rosa enferma y muere, dejándolo como un solitario y melancólico viudo.

Además de esta historia de amor, que oscila entre lo cotidiano y lo dramático, la narración presenta otras dos líneas temáticas. Una de ellas está relacionada con las grandes transformaciones que experimenta Lima, desde la época del tranvía y del esplendor del Centro hasta la violenta megaciudad de la actualidad. La otra es el progresivo descubrimiento del dolor y la muerte por parte de los protagonistas. En el último tercio de la novela, a partir de la enfermedad de Rosa, esta línea se vuelve dominante, y al confluir con el intenso final de la historia de amor, genera las mejores páginas del libro.

Pero no todo se articula tan armoniosamente. El paso del tiempo se manifiesta en el deterioro tanto de los personajes como del paisaje urbano; pero a la decadencia humana se oponen el crecimiento y vitalidad de la nueva ciudad. Ese y otros desfases se hacen evidentes en Claudio, un personaje irritante y lleno de contradicciones: es provinciano pero odia a los provincianos avecindados en Lima (como él); es de origen humilde, pero está demasiado pendiente de viajes, lujos y refinamientos; y tiene una enfermiza obsesión por la belleza, que lo lleva a interrogar a médicos y especialistas sobre si la bella Rosa podría, con los años, parecerse a su horrible hermana mayor Josefa.

A los descuidos en la construcción del protagonista se suman otros: anacronismos, errores de "continuidad" (en la página 12, por ejemplo), confusiones entre los narradores en primera y tercera persona que se alternan en el relato. Sin discutir la trascendencia de la obra de Zavaleta para el desarrollo de la narrativa peruana (reconocida unánimemente por escritores y críticos), en Huérfano de mujer resulta más evidente esa pérdida de rigor literario que ya hemos señalado al comentar sus libros más recientes, desde Campo de espinas (1995) hasta Con boleto de vuelta (2007).
(Artículo publicado previamente en La República)


Se pueden leer algunas páginas de Huérfano de mujer en El Comercio y en su blog Tu librería.
Otros textos sobre esta novela: Marlon Aquino, José Güich, Ricardo González Vigil.
Entrevistas: Pedro Escribano, Milagros Leiva, Enrique Planas, Carlos Sotomayor, Giancarlo Stagnaro.