Al pie del Támesis

2 comentarios:
tamesis
Mario Vargas Llosa. Al pie del Támesis

La recién estrenada obra teatral Al pie del Támesis, de Mario Vargas Llosa, está íntimamente relacionada con la novela Los cachorros (1967). En ambas, los protagonistas sufrieron de niños una terrible experiencia sexual que los marcaría para toda la vida. Pero si en la novela esa experiencia era una castración real, en este drama se trata de algo más bien simbólico: Chispas Bellatín, el protagonista (13 años de edad), reacciona violentamente cuando Pirulo Saavedra –su mejor amigo, vecino y compañero de escuela– intenta besarlo en los labios.

Ese episodio lo contará, medio siglo después el propio Chispas (convertido en un exitoso empresario) a Raquel, hermana de Pirulo, quien lo visita en una habitación de hotel en Londres. Toda la obra teatral está constituida por la conversación que sostiene la pareja en esa habitación. Chispas al principio no recuerda a Raquel, y después llega al convencimiento de que su amigo no tenía ninguna hermana. Por último, deduce que Raquel sólo puede ser Pirulo, después de un radical proceso de cambio de sexo. De ahí la conversación deriva en las fantasías de los personajes acerca de lo que pudieron ser sus vidas de haber tomado aquel incidente de la infancia de otra manera. (Hay un más detallado resumen de la trama en el comentario de Alonso Alegría).

Con el salto a lo imaginario y subjetivo, Al pie del Támesis se aparta de Los cachorros, una relato eminentemente realista. Lamentablemente, también pierde toda su intensidad dramática, pues las ficciones de los personajes tienen un carácter demasiado festivo y superficial. Vargas Llosa dice que estas fantasías son “mentiras” que se cuenta Chispas “tomándose un pequeño respiro de su atareada existencia de hombre de negocios”. Pero esas mentiras no están a la altura de los trascendentales temas planteados en la primera mitad de la obra: la identidad, el destino personal, la importancia de las experiencias de la infancia y la homosexualidad. El tratamiento de este último tema, aparentemente uno de los ejes de la obra, resulta especialmente decepcionante.

Luis Peirano ha llevado a escena este drama con sobriedad, empleando un decorado minimalista que otorga a los personajes diversas posibilidades de desplazamiento; aunque por momentos, esos desplazamientos resultan demasiado enfáticos (arriba dominante-abajo dominado). Los actores también cumplen desempeños aceptables, no obstante que Chispas se parece demasiado al personaje “prototipo” de Alberto Ísola (el dictador de La fiesta del Chivo, p.e); y Raquel (Bertha Pancorvo) a “la Agrado” de Todo sobre mi madre. Pero los mayores problemas están relacionados con el texto, pues le hace falta un claro final: una conclusión y desenlace de todos los temas planteados. Por eso, a pesar de que el drama dura poco más de una hora, seguramente se le podrían cortar unos diez minutos, especialmente aquellos en los que todos los espectadores sabemos que Raquel es Pirulo, y el único que no parece darse cuenta es el propio Chispas.

Mario Vargas Llosa ha confesado que ésta es una de las obras que más le ha costado escribir: “Cuando comencé a corregirla no sospechaba que la seguiría rehaciendo a lo largo de los cinco o seis años siguientes … Varias veces encarpeté Al pie del Támesis y la dejé dormir el sueño de las historias nonatas…”. Recordamos que el escritor ha hecho confesiones similares con respecto a la historia de Flora Tristán, en la que está basada su novela El paraíso en la otra esquina (2003), una de sus novelas menos logradas. Es que hay proyectos literarios que desde su planteamiento presentan problemas y obstáculos que ni el escritor más talentoso y experimentado puede superar.


La obra se presenta de jueves a lunes en el Teatro Británico a las 8:pm hasta el 19 de mayo
Otros textos sobre Al pie del Támesis: Alonso Alegría, Alfredo Bushby, Ernesto Carlín, César de María, José Güich, José Miguel Oviedo, Enrique Planas.
Entrevistas: Manuel Eráusquin y Carlos Sotomayor, Pedro Escribano, Maribel de Paz, Enrique Planas, Nilton Torres.


El siguiente es un video de El Comercio sobre la presentación de la obra a los periodistas.

Meridiano de sangre

No hay comentarios:
meridiano
Cormac McCarthy. Meridiano de sangre (Mondadori, 2006).

Publicada originalmente en 1985, Meridiano de sangre es considerada por la crítica como la mejor de las once novelas escritas por Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933) y una de las grandes obras de la narrativa norteamericana, según Harold Boom comparable con Moby Dick y Mientras agonizo. Estamos ante un western, ambientado a mediados del siglo XIX y en la frontera entonces imprecisa entre Estados Unidos y México, un territorio en el que la violencia y los crímenes llegan a extremos más propios del cine "gore" que de un clásico literario.

En este contexto se cuenta la vida de un personaje sin nombre (y al que todos llaman "el muchacho"), un vagabundo norteamericano que se enrola en el grupo de mercenarios comandado por el capitán Glanton. El grupo, integrado inicialmente por unas 20 personas, tiene como misión aniquilar indios y mexicanos, y la cumple de la manera más salvaje, arrasando pequeños poblados –dentro del territorio mexicano– en los que saquean, ultrajan y matan sin compasión, cortando cabezas, cabelleras y orejas de sus víctimas para llevarlas como pruebas de sus hazañas. Casi igual de crueles son algunos de sus enemigos, especialmente las hordas comanches, que por su aspecto y ferocidad parecen salidas de alguna pesadilla.

Lo peculiar es que este verdadero descenso al infierno –con mucho en común con el realizado en El corazón de la tinieblas– se presenta en una obra de innegable aliento épico y que remite a la gesta forjadora de la grandeza norteamericana: la expansión de las fronteras hacia el oeste y el sur. Si este proceso suele presentarse bajo la disyuntiva civilización-barbarie, Glanton y su gente resultarían representantes del orden y del bien. Esta paradoja es encarnada en el personaje de juez Holden, el segundo en el mando del grupo, hombre inteligente y con una vasta cultura humanística y científica, pero también un desalmado asesino y violador de niños.

Precisamente los enigmáticos monólogos de Holden, sobre temas como la verdad o la guerra, figuran entre los elementos literariamente más destacados, y hacen que Bloom considere este personaje "un villano digno de Shakespeare, yaguiano y demoníaco". Pero no menos logrados son los diálogos (breves y precisos), los minuciosos retratos o las poéticas descripciones del paisaje del desierto, que a veces llegan a abarcar varias páginas. En suma, Meridiano de sangre es una excelente novela y lectura imprescindible para los interesados en la narrativa contemporánea.


Otros textos sobre Meridiano de sangre: Harold Bloom, Caryn James, Revista Proscritos, Lelan Waldrip.

Antología general de la traducción en el Perú

No hay comentarios:
silva-santisteban
Ricardo Silva-Santisteban. Antología general de la traducción en el Perú I. Prosa: siglos XVI-XIX (Universidad Ricardo Palma, 2007)

Además de escritor, traductor y miembro de número de la Academia Peruana de la Lengua, Ricardo Silva-Santisteban (Lima, 1941) es responsable de algunos de los proyectos más interesantes de nuestro medio editorial, como la colección El Manantial Oculto, de la que nos ocupamos hace poco. Uno de estos proyectos editoriales, acaso el más personal de RSS, por fin se hace realidad para los lectores con el libro Antología general de la traducción en el Perú I. Prosa: siglos XVI-XIX, primer tomo de una amplia recopilación de textos traducidos al español por peruanos o extranjeros radicados en el Perú.

Al ser nuestro país consecuencia del encuentro de culturas producido por la conquista, esta antología se inicia acertadamente con una serie de relatos y testimonios originalmente escritos en quechua y traducidos por cronistas como Juan de Betanzos, Pedro Cieza de León o Cristóbal de Molina. La mayoría de estos textos se refieren al mundo prehispánico: su historia, costumbres y especialmente mitos, desde el de Manco Cápac hasta los recopilados en Dioses y hombres de Huarochirí, libro escrito por Francisco de Ávila en 1608 y traducido por José María Arguedas en 1966.

Los textos literarios aparecen con los Diálogos de amor de León Hebreo, escritos en latín y que el Inca Garcilaso de la Vega tradujo y publicó en 1586. Aquí se reproduce íntegramente el primero de esos diálogos, además de fragmentos de otros dos; así como traducciones anónimas de obras narrativas de Alfred de Musset y Washington Irving. En el campo del ensayo, se incluyen textos de Michel de Montaigne y Joseph Joubert (traducidos por Ignacio Noboa) y una extensa sección del Laocoonte de G.E. Lessing, en la versión de Nemesio Vargas (publicada en 1895), además de fragmentos de obras de Lamartine, Voltaire, Bossuet y Michelet.

Este primer volumen se inicia con el ensayo Sobre la traducción literaria, en el que RSS confiesa sus opciones personales para el ejercicio de esta actividad: privilegiar las imágenes y el sentido de los textos sobre la sonoridad, el ritmo del lenguaje y las traducciones "literales". Son opciones con las que no todos estarán de acuerdo, pero que están basadas en su constante trabajo como traductor, reconocido por libros como Stéphane Mallarmé en castellano (1998, tres tomos), El ciervo en la fuente (1990) y La música de la humanidad (1993), y las versiones en español de obras de Pound, Joyce y Shelley, entre otros.


Otros textos sobre Antología general de la traducción en el Perú: Abelardo Oquendo.

Quipu: El jardín de los onanistas

2 comentarios:
Quipu
El segundo autor elegido en esta nueva etapa del Proyecto Quipu es Álvaro Díaz Ávila, chiclayano de veinticuatro años, que estudió periodismo y que ahora dice dedicarse a algo “que no tiene nada que ver con eso”. Para esta quincena los jurados fueron Daniel Salas y Gustavo Faverón. Se le recuerda a quienes quieran participar que pueden enviar sus cuentos o poemas al correo gfaveron@gmail.com. Los cuentos no seleccionados para una quincena serán considerados para las quincenas siguientes.


EL JARDÍN DE LOS ONANISTAS
Álvaro Díaz Dávila

¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué soy yo aquí? Soy un pincho parado.
(Fue lo que dijo el poeta chiclayano Juan Ramírez Ruiz en una reunión de amigos una noche cualquiera).

Bruno ha desaparecido y nadie sabe dónde está. Hace meses que salió de su casa y se perdió para siempre de la vida de todos. Hasta ahora lo siguen buscando, pero creo que ya sin esperanzas de encontrarlo. A medida que los meses han ido avanzando, el recuerdo de Bruno se ha convertido en un fantasma que se filtra en nuestras vidas, en nuestras conversaciones y en nuestros sueños. Ayer soñé, por ejemplo, que a Bruno se lo llevaba un cohete espacial que decía con letras negras “La Incertidumbre”. Por eso, yo al menos, no he dejado de pensar en él ni en las posibles razones de su desaparición; una desaparición que al principio resultó extraña, pero que después regresa a nuestras especulaciones como una escalofriante consecuencia lógica, como si el destino de Bruno se hubiera condenado a sí mismo a evaporarse, a desintegrarse voluntariamente en su propio y patético drama de un artista que no sabe quién ser.

Un día me dijo: “No sé lo que pasa, pero siento que todas las chicas con las que he estado son la misma, todas han sido la misma mujer solo que con diferente cuerpo, como si en cada una de ellas se repitiera un mismo prototipo, una misma forma de ver la vida”. Esa idea lo estuvo torturando por mucho tiempo. La vida de Bruno, como sus mujeres, se repetía constantemente desde niño, como dando círculos sobre lo mismo, y por alguna razón que no entiendo, un día Bruno se da cuenta de eso. Esas cosas no las entiendo. Era como si, de pronto, Bruno hubiera decidido despertar, o en todo caso, lo hubiesen despertado de manera imprudente y empezara a darse cuenta de que la vida consistía en algo más. Bruno a cada instante nos decía que de chico pensaba que la vida le tenía guardada una sorpresa, nadie se lo había dicho pero él estaba convencido de eso, y él mismo ha vivido --nos dijo-- como si su vida no fuera su verdadera vida, porque su verdadera vida vendría luego, y sería distinta, más divertida, pero eso lo pensaba desde niño, pero ha ido creciendo y creciendo y me he sentido muy pequeño, muy defraudado, todo es tan difícil, tan grande, tan lejos de mí, ahora me he convencido de que la vida no me tenía guardado nada, vida pendeja, y ahora estoy caminando a oscuras. Sus palabras.

¡Ay! Qué habrás estado esperando de la vida, Bruno. Antes Bruno vivía feliz y triste, triste y feliz, su vida de lo mismo: sus canciones de siempre, su madre, los programas de televisión de siempre, sus amigos de siempre, sus enamoradas --todas iguales-- de siempre, sus tormentos cotidianos de siempre, su maniática sensibilidad de siempre, todo mezclado en un torrente de emociones que lo demolían diariamente y lo hacían componer canciones bonitas; sí, bonitas, pero nunca totalmente desgarradoras, bonitas pero que nunca terminaban por decir lo que él realmente sentía, bonitas pero no realmente buenas; y Bruno descubrió eso también y se regañaba a sí mismo, y se deprimía, se ofuscaba y sufría una pequeña desesperación interna. Una pequeña desesperación interna que yo supongo es la misma que siente alguien que se da cuenta que su vida es una farsa. O la misma desesperación interna de alguien que pudo ver su futuro a través de una ventana y lo que vio fue un túnel muy oscuro y casi infinito. Cosas así sin exagerar.

La vida de Bruno empezó a cambiar. Primero, con ligereza, con repentinas y extrañas decisiones y cambios de humor, y luego con más fuerza e intensidad hasta llegar a convertirse en un verdadero delirio melancólico. Hasta llegar a convertirse en un sueño confuso o surrealista. O algo así, porque con Bruno la realidad simplemente dejaba de ser la realidad; como cohetes que llevan escritos las palabras “La Incertidumbre”. De plano, confieso que la idea me entusiasmó, a mí me parecía realmente divertido que un artista mediocre y sin confianza en sí mismo como él llegara a ensimismarse y a interrogarse tanto sobre su propia vida, que lo haya hecho desconectarse con la realidad. Porque yo conocía muy bien la vida de Bruno, de su timidez, de sus historias corrientes, de sus amoríos con discreta emoción, de sus sufrimientos adolescentes y anodinos, de las cuatro o cinco bandas, libros y películas que forman su reducida enciclopedia cultural, de su incapacidad de acercarse a los riesgos y tomar decisiones trascendentales, de almacenar en su mundito interior sólo programas de televisión de infancia, de su romanticismo empalagoso como el chocolate. En el fondo y en apariencia, Bruno era un niño. Uno lo miraba y era imposible resistirse a su encanto de chiquillo inquieto y dulce; hablabas con él y creías que hasta hace un rato había estado jugando en un jardín escolar. Había cumplido veinticinco años pero aún llevaba dentro de sí la inconsciencia y la espontaneidad de un niño; no he conocido a alguien tan espontáneo como Bruno, era impensable encontrar en él una premeditación, o una interrogación exagerada de las cosas. Bruno hablaba y se comportaba desde su “yo”, su único y valioso “yo”. Un niño Bruno condenado a ser atravesado por sus emociones, a dejar que la vida lo traspase sin pensar demasiado, sin profundizar mucho en nada, la contradicción de una lágrima en constante caída acompañada de una sonrisa eterna. Pero Bruno cambió y yo la verdad esas cosas no las entiendo. ¿Cómo es que un chico ordinario como Bruno pudo volverse líricamente loco? O hermosamente loco, o fascinantemente loco, o entrañablemente loco. Por lo general la gente no cambia así, drásticamente, y entonces a lo mucho Bruno se deprimía una o dos noches, pero hubiese regresado a su mediocridad cotidiana, porque así somos los chicos ordinarios, y porque Bruno, como cualquier otro chico ordinario, olvida inconscientemente las preocupaciones que pudieran estremecerlo, y eso porque carece de profundidad. Y así, sin dramatismos, se podía pasar la vida hasta morir en dulce ignorancia. Sin embargo Bruno se despertó un día y un cohete llamado “La Incertidumbre” se lo llevó de su mundo para depositarlo en el planeta de todos nosotros. Desde entonces Bruno preguntaba sobre la vida, la muerte y el sentido de las cosas y al principio uno lo escuchaba y se reía, porque nadie pensó que las cosas se irían tomando demasiado en serio. Por mi parte yo ya empezaba a observar la vida de Bruno con especial gozo --en realidad me moría de la risa--. Me convertí en seguidor silencioso de su progreso de artista confundido, afanoso en conocerse a sí mismo. La personalidad de Bruno se hacía –graciosamente-- más compleja y contradictoria. Dentro de él empezó a nacer –graciosamente-- su otro yo autodestructivo y malsano. Y Bruno se quedaba largos ratos en silencio, mirando el techo. El techo. Y Bruno caminando de aquí para allá buscando un pensamiento. Un pensamiento. Probó la marihuana, aunque fracasó en sus locas ganas de volverse un adicto porque le incomodaba sobremanera su efecto. Bruno sufriendo por el tiempo, a quién denominó su principal enemigo. Esta angustia por el tiempo perdido se desencadenaba de un momento a otro, cuando él advertía que lo que estaba haciendo no servía de nada para sí mismo, entonces, por ejemplo, en mitad de una película a la cual Bruno no le encontraba “esencia”, se paraba y se iba, ¿a dónde?, a estar conmigo mismo, nos decía. O de pronto, una mañana a Bruno lo veías corriendo, literalmente, diciendo que aquel “fantasma de vacío” lo perseguía y no había que dedicarle más tiempo, por eso corría porque tenía que coger un libro, o escuchar un disco.

Su primer trastorno fue la paranoia con su voz. Empezó a preocuparse por su voz, estaba convencido de que su voz no era la misma siempre, que cambiaba constantemente conforme a su estado de ánimo, o a lo que él llamaba su “fuerza interior”. Se convenció tanto a sí mismo de esa idea, que uno de verdad empezaba a notar las diferencias, entonces a veces se le notaba seguro, con buena pronunciación, hablando con énfasis cada palabra, y otras, se le notaba cansando, frágil, incluso hasta tartamudeaba. Era el reflejo de estados interiores, y por eso, lo que añoraba, era una voz suave y áspera, una voz suave que se dilatara con el viento.

Pasaba todo esto y a mí me parecía que todo lo que hacía Bruno lo apañaba de ternura e ingenuidad. Yo lo miraba, y lo convertí rápidamente en mi héroe personal, aquel personaje cotidiano y ordinario que hace todo lo posible por revelarse contra su destino de la eterna repetición de lo mismo. En el fondo, Bruno anhelaba apasionarse con algo, no sé si habrá llegado a esa conclusión, pero estoy seguro de que lo que Bruno buscaba era aquella pasión que le diera algo de sentido a su vida. Pero la pasión siempre le fue esquiva, desaparecía de su ser como arena entre las manos, llegaba a su vida como relámpagos fugaces, verdaderos y efímeros momentos donde realmente “sentía” la vida, aunque eso se desvanecía rápidamente y regresaba a su frivolidad diaria. De eso trata su locura, de aquel delirante deseo de agarrarse de aquello que lo hiciera sentirse vivo, era un náufrago que se hundía en el mar de la convencionalidad, y donde la única salvación era lo trascendente, lo inmortal y lo superior. Pero el camino a ello no era el conocimiento ni la intelectualidad, sino la pasión, es decir, la sangre en las venas, la presión en el estómago, la exaltación de los sentidos, la emoción pura, y en los últimos meses que lo vimos luchaba por alcanzarlo, o al menos jugaba a que luchaba.

En todo ese tiempo Bruno mantuvo una relación con Leila, su última novia, a quien amenazaba con dejarla mil veces, de las cuales cumplió tres, para luego regresar a los brazos de la pobre y confundida Leila, convencido de que no podía vivir sin ella, pero atormentándose porque en el fondo no la soportaba por ser tan convencional e incapaz de entenderlo. Pero Bruno la necesitaba, eso era evidente. Leila era la primera oyente de sus canciones, la única discípula de sus doctrinas, la cómplice infalible de sus proyectos. Leila estaba allí siempre porque lo amaba, porque le creía todo. Y si quiero ser tajante en este punto, diría que si alguna vez Bruno llegó a ser algo de lo que pensó para sí mismo pues lo fue para Leila. Y fue Leila la primera en convertir la desaparición de Bruno en un suceso místico, y por ratos, cuando se emocionaba, en profético. Porque Leila sentía que lo estaba perdiendo, que se le escapaba de sus brazos, que lo veía y era como si no estuviera, como un vacío, y Bruno con sus besos le estaba diciendo adiós. Cuando empecé a escribir esta historia indudablemente lo primero que hice fue buscar a Leila y hablar sobre Bruno. Leila fue la única testigo de los últimos días con nosotros. Me hice muy amigo de ella y pude sacarle detalles muy personales. Leila me cuenta por ejemplo que los últimos cinco días casi no salía de su cuarto para nada. Bruno aún vivía con sus padres y ellos se preocupaban por alimentarlo, aunque ya casi no tenían ninguna comunicación. Salvo Leila, quien se quedaba a dormir con él y hacían el amor de vez en cuando. Me contó incluso que en el acto sexual Bruno actuaba de manera rarísima; se colocaba encima, escondía la cabeza entre el cuello y el hombro de Leila y no decía nada y no emitía ningún ruido, solo escondía la cabeza y se movía por unos segundos hasta terminar. Las últimas veces habían sido así y para Leila se convirtió en un acto casi de gratitud. Ella entendía eso como que Bruno salía de su refugio en sí mismo para aplacar lo más rápido posible esa necesidad “desagradable”. Esa fue la palabra que utilizó Bruno para referirse al deseo sexual: desagradable. Y con esa palabra escuché --y también entendí-- otro de los grandes tormentos que soportaba Bruno casi en silencio: su incontenible apetito sexual. Yo no lo sabía, pero Bruno nunca había dejado de masturbarse. El sexo parecía envolverlo, sofocarlo, torturarlo tanto que lo odiaba. Era una adicción secreta que lo consumía todos los días, pues no podía dejar de pensar en sexo, y eso, decía él, era la más terrible de sus desgracias porque lo separaba de su esencia artística y espiritual, cosas de Bruno. Cuando me contó esto Leila yo me reí, pero ella me dijo no te rías. Para Bruno esto era muy serio. Un día Bruno estuvo pensando tanto en el asunto que soñó algo escalofriante. Soñó que unos hombres viejos vestidos de niños jugaban en un enorme jardín, y mientras jugaban se estaban masturbando. Es decir que mientras corrían y daban vueltas se estaban cogiendo el pene. Y no paraban de masturbarse hasta que se juntaron entre ellos y se tiraron al pasto para tener un orgasmo casi simultáneo, y todos a la vez entraron en un trance delirante de gritos y sonidos para luego descansar como niños con un dedo en la boca.

Hace varias semanas que estoy tratando de escribir esta historia. La corrijo y la reescribo constantemente. Tengo miedo de no expresar exactamente lo que pasó y sobretodo, no quiero reflejar dramatismos. Porque aquí todo tenía el aspecto de broma, un chiste corriente que deja de ser gracioso en el momento en que Bruno desaparece de verdad. Hasta antes de ese momento Bruno es cándido, travieso, frágil, pero nunca valiente, nunca capaz de cumplir lo que hizo luego. Y fue justamente ese sueño que me contó Leila lo que realmente me motivó a escribir. Me quedé muchos días pensando en aquel sueño y llegué a entenderlo como un simbolismo de su vida y me pareció un sueño fantástico. Entendí que Bruno era uno de aquellos viejos que corría por todo el enorme jardín sin parar de masturbarse, porque el estar en constante masturbación era su manera de “negar” la realidad, de no aceptarla, de satisfacerse consigo mismo y no necesitar de nada más que su cuerpo. Entonces Bruno prefiere masturbarse y seguir jugando en ese enorme jardín que era el mundo, para luego dormir con un dedo en la boca. Y así y así hasta hacerse viejo.

Estoy seguro de que Bruno se dio cuenta de eso y por eso tampoco dejó de pensar en aquel sueño, y su graciosa y exagerada desesperación por cambiar tuvo que ver con que quería dejar de ser ese viejo que no dejaba de masturbarse. Porque para mí su instinto sexual solo componía una parte de su compleja personalidad, y en realidad su masturbación era generalizada, es decir, vivía masturbándose con sus manías, con sus miedos, con sus complejos, con su ternura; gozaba con todo su ser y se acostumbró tanto a eso que no quería vivir en otro mundo que no sea con su propia satisfacción. Pero por alguna razón que no entiendo, Bruno quiere romper esa burbuja, ese mundito interior de autosatisfacción. Se sintió vacío, se sintió niño, se sintió inmaduro.

Una noche, meses antes de su desaparición, hablamos acerca de su futuro. Aquella vez Bruno había estado tocando sus canciones; estaba excesivamente inquieto, expresivo y de buen humor, hablaba y cantaba con graciosa vanidad, una vanidad repentina y exagerada, producto más de la exaltación y del vino que de su verdadera y frágil personalidad. Lo que pasa es que Bruno sabía que estábamos disfrutando de él, de sus manías al hablar, de sus canciones tiernas, de su voz, aquella original voz de tonalidades fuertes y ásperas que le dieron algo de estilo. Y en eso estábamos, escuchándolo cantar y hablar, hasta que, no sé por qué ni de dónde salió, decidimos increparle sobre su futuro como músico. Lo que recuerdo es que la idea inicial no tenía otra pretensión más que la de alentarlo a que pensara un poco más en lo que puede hacer con su música, a manera de un regaño de amigos. Según nosotros, era una forma de darle a entender que nos parecía demasiado bueno como para que siguiera desperdiciando su tiempo, aunque no teníamos tampoco ni idea de qué es lo que se debe hacer para llegar a algo, así que, mientras la conversación avanzaba nuestra idea se convirtió en una serie de comentarios torpes e inútiles sobre lo que debía hacer Bruno con su vida. ¿Qué más podía hacer Bruno?, quizá ninguno de nosotros se había preguntado eso de verdad, después de todo tenía su banda, había grabado, como pudo, sus canciones en un disco que repartió a sus amigos, tocaba constantemente en conciertos locales y cada vez estaba componiendo mejores canciones en un proceso creativo que él encontraba necesario y motivador; pero ¿Bruno era lo suficientemente bueno como para llegar a algo más? Esa noche nos comportamos como unos tontos, y nos pasamos largo rato deliberando sobre el destino de nuestro amigo Bruno, quien minutos antes estaba jugando de lo lindo a ser un cantante especial, sensible y seguro de sí mismo, pero después de haber sido sermoneado por nosotros empezó a sufrir un entristecimiento envolvente que parecía devorarlo y que se reflejó claramente en su semblante pálido, en su mirada fija sobre la nada y en sus comentarios que se fueron reduciendo a monosílabos distraídos y lacónicos. A veces me inclino por pensar que esa noche empezó a cambiar algo dentro de Bruno.

En una de sus últimas noches con Leila le dijo mientras miraba las estrellas por la ventana: “yo creo que el último día de mi vida será como este, mirando las estrellas y sin haber entendido nada”.

Marzo del 2008