La carretera

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Cormac McCarthy. La carretera (Mondadori, 2007)

Considerado desde hace mucho un autor de culto, el norteamericano Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933) logró con La carretera –su más reciente libro, Premio Pulitzer 2007– convertirse también en un exitoso bestseller. Sin duda la novela, una ficción postapocalíptica, captó la atención de una sociedad cada vez más preocupada por el deterioro ambiental, al mostrar un mundo en ruinas, devastado por algún desastre (natural o tecnológico, no se especifica), en el que ya no existe vida vegetal o animal, y apenas quedan unos pocos seres humanos agrupados en hordas que, ante la escasez de alimentos, optan por el canibalismo.

En este contexto, un hombre y su hijo de ocho años huyen de algún lugar del frío noreste estadounidense. Caminan hacia el sur, por la carretera, llevando todas sus pertenencias en un carro de supermercado. El viaje es difícil, pues al hambre y la constante amenaza de las hordas se suman las pésimas condiciones ambientales: nevadas, tormentas y la ceniza que lo cubre todo en instantes. El protagonista está enfermo y piensa que pronto va a morir, pero aún así se esfuerza por transmitirle habilidades y conocimientos a su hijo ("somos los portadores del fuego" le dice), y hacerlo amar la vida.

McCarthy no teme mezclar prestigiosos mitos occidentales (Prometeo, Robinson Crusoe, Abraham e Isaac) con elementos más propios de la cultura de masas (cómics, cine). Incluso se aproxima a géneros como la ciencia ficción, los road movies y el gore. Y lo hace sin dejar de lado la calidad literaria, gracias a la interpolación de diversos registros de discurso: diálogos simples y directos (sin guiones ni comillas), descripciones minuciosas (en las que la traducción al español peninsular muestra sus debilidades), y pasajes de un lirismo denso y pesimista, con imágenes que se integran plenamente a una narración que avanza de modo lineal y sin perder nunca interés.

Ya McCarthy había hecho una labor similar con el western en Meridiano de sangre (1985), según el crítico Harold Bloom la mejor novela escrita por un autor norteamericano actualmente vivo. Hay en La carretera tanta violencia como en aquella novela, y pasajes tan fuertes como aquel en que el protagonista enseña a su hijo a suicidarse de la manera más rápida, en caso de que lo capturen los caníbales. Pero eso se debe a que el autor sigue abordando temas como la muerte y el destino humano con valentía, lucidez y una intensidad dramática que remite a las grandes obras trágicas de todos los tiempos.


Se puede leer fragmentos del la novela en El Cultural y El Universal.
Otros textos sobre La carretera: Alonso Cueto, Mariana Enríquez, Rodrigo Fresán, Antonio Gil, Juan González, Germán Gullón, Rafael Lemus, Juan Manuel de Prada, Pedro Rey.

Quipu: El árbol

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Quipu

Para la primera edición quincenal de esta nueva etapa de Quipu, se recibieron seis decenas de textos de jóvenes autores (no todos llegaron a ser revisados, muchos de ellos se juntarán con otros cincuenta textos llegados en los últimos quince días). Los jurados encargados de esta primera selección fueron Javier Gárvich y Ernesto Carlín, quienes eligieron de común acuerdo los dos cuentos enviados por Julio Meza, subrayando sobre todo uno de ellos, El árbol. Julio Meza (Lima) tiene veintisiete años, es un abogado graduado en la PUCP que ahora se dispone a estudiar literatura en esa misma universidad. Ha publicado un libro de cuentos, Tres giros mortales, en la editorial Casatomada que dirige Gabriel Rimachi. Administra un blog de crítica de rock llamado Atrapa la Luz. (nota de presentación de Gustavo Faverón)


El árbol

Al este de un cielo de nubes blanquecinas, el sol se levantaba con su característico vigor matutino (parecía un hombre luminoso que se despereza exhibiendo una panza abultada) y, con su fuerza natural, lanzaba sus rayos amarillos que producían iridiscencias en las rocas de los cerros imponentes. Varios metros más abajo, en el pueblo, las tejas rojizas y las ventanas de las fachadas brillaban por el emerger de la mañana, y estos pequeños resplandores formaban raras constelaciones que podían verse desde las lejanías. En la plaza, la iglesia mayor proyectaba una sombra alargada, que aumentaba de tamaño hasta atravesar el asfalto, ingresar al jardín central y refrescar la banca de madera que acogía a un mendigo. A una cuadra, en la calle que conducía al río de aguas tranquilas, se encontraban las casas de las personas más pudientes, y, por ello mismo, el sector más cuidado y agradable de todo el valle. Una de esas construcciones, que se ubicaba en una esquina concurrida, era la del señor, un hombre de edad avanzada, pero con un cuerpo tan recio que daba la idea que los años, en vez de afectarle, le habían dado una fibra invencible. Frente a su puerta principal, por donde recibía las visitas de sus pares, se ubicaba el resultado de las décadas completas que había llevado en ese lugar: un árbol de raíces profundas, tronco grueso y firme, y ramas y hojas de una gran abundancia.
-¡Cuánto se demora este bruto! -dijo el señor, saliendo a la vereda para buscar al jardinero.
A una centena de metros, el jardinero venía caminando lentamente, como si reflexionara con paciencia antes de dar cada paso. Sobre su espalda encorvada, y en una bolsa de rafia, llevaba sus herramientas de trabajo, algunas ropas y un frasco con gasolina. “Pero qué rico”, pensó, luego de sentir el calor del ambiente en su cuerpo, y se puso a silbar. La melodía que brotaba de sus labios era en apariencia alegre, pero tenía una corriente subterránea que la tornaba melancólica y, en algunos momentos, hasta vertiginosamente triste. Por más que se esforzó (puso un dedo en su boca y junto los dientes), no logró evitar el aire oscuro de su música. “Parece que mi interior me manda un mala señal”, caviló, y, sin embargo, continuó soplando con ritmo.
Luego de pasar por una bocacalle, vio al señor, que exhibía un rostro de exasperación, y recién avanzó con rapidez, pues entendió que estaba llegando tarde. “Uy, el señor está amargo, creo”, pensó.


Ya delante de su patrón, bajó sus cosas y saludó con verdadero cariño: - Señorcito, buenos días. ¿Cómo se encuentra hoy?
-A ti que te importa cómo estoy -respondió el señor, agresivamente-. Debiste aparecer hace media hora.
-Sí, señorcito -dijo el jardinero, bajando la cabeza-. Pero no se moleste. Al fin y al cabo, he llegado ya, ¿no?… Dígame, ¿para qué soy bueno?
-Primero, la próxima preséntate más temprano -manifestó el señor-, porque de lo contrario no te daré ningún encargo -y, relajando su mal carácter, señaló el árbol-. Bueno, ¿ves a ese?
-Sí.
-Deseo que lo hagas caer.
-Pero… -dijo el jardinero, mirando el árbol por un momento- ese está sano y fuerte. ¿Por qué quiere que lo baje?
-¡A ti qué te interesan mis razones! -el señor volvió a encolerizarse-. ¡Sólo córtalo!
-Como desee, entonces -aceptó el mandado el jardinero -. Lo haré lo más pronto que pueda.
-Espera -agregó el señor, rascándose la cabeza-. Si te lo cuento, tal vez trabajes con más ganas.
-A ver, señorcito.
-Mira, sucede que mi mujer está muy enferma -se explicó el señor-. Ella cree que va a morirse.


Pero considera que eso no sucederá hasta que cante un ave de mal agüero. Y en el único lugar en que se puede colocar dicho animal es en ese árbol. Por lo tanto, mientras no exista esa planta fregada, ningún pájaro se hará escuchar.
-Entiendo, señorcito -dijo el jardinero, respetuosamente.
-Bueno, ahora me voy -finalizó el señor-. Tú ya sabes cuál es tu trabajo.
Mientras se retiraba el señor, el jardinero se paró delante del árbol y lo observó con atención: bajo el sol intenso, tenía un aire majestuoso y superior, como de alguien importante. “Además”, pensó él, “parece de ánimo duro y voluntad terca, igual que un señorón de esos”. De inmediato, el jardinero se acobardó, y contrajo el cuerpo hasta juntar la quijada con el pecho. Su meditación le indicaba que debía mostrar respeto, pues no estaba tratando con un igual. Pero, luego de unos segundos, cuando se dio cuenta que estaba frente a un árbol, se irguió por completo, se colocó en posición de pelea, y dijo en tono desafiante: -No me vencerá ni con su porte de señor ni con nada… ¡Y, por último, no permitiré que le haga daño a la señora!
Desde la perspectiva del jardinero, el árbol pareció responder a sus palabras: se agitó ligeramente, como si se estuviera riendo ante su amenaza.

***

-Ha llegado su fin, señor árbol -se animó el jardinero, levantando la tijera de podar-. Ahora sabrá de mi oficio.

Con una minuciosidad de artista, y sobre su escalera de tablas, empezó cortando las ramas más pequeñas. Para alguien no avisado, daba la sensación de estar realizando una labor de peluquería, pero trasuntada a los oficios que requieren las plantas. Luego de varios minutos, cuando terminó con su tarea, y dejó al árbol sólo con su enramado grueso, tomó el machete y, con golpes secos, acabó por tirar abajo esos brazos marrones y tortuosos. Ya con la cara y el pecho manchados de tierra, descendió al suelo, y procedió a alistarse para el trabajo más arduo: quebrar el tronco. Empuñando el hacha con ambas manos, taló una y otra vez, deteniéndose a ratos para secarse la frente o beber agua de una botella de vidrio. Media hora después, cuando estuvo a punto de concluir (sólo faltaban tres o cuatro hachazos), cogió la soga y, con mucha precisión, la envolvió a un lado del tronco. A continuación, tiró con potencia, hasta que, tras el grito “¡cuidado abajo!”, el árbol cayó vencido, desplomándose en su integridad.
-Le dije que acabaría con usted -soltó el jardinero, dibujando una media sonrisa-. Ahora, pues, le verá el señor.
Mientras tanto, el sol seguía gobernando con ímpetu, lanzando sus rayos como si estuviera dando su bendición a todos los seres existentes. En respuesta, las flores abrían sus pétalos de colores, invitando a que cayera en su interior un poco de la energía dorada que se desperdigaba por el campo; y los animales, con una alegría que manifestaba éxtasis, jugaban desplazándose de un lugar a otro y produciendo una bulla disonante pero feliz. Más allá, sin embargo, un conjunto de nubes albas, que poco a poco se volvían de un gris espectral, acechaban como fantasmas, y expandían su sombra tensa por algunos bastos territorios. A su vez, el viento, al que parecía fastidiarle la claridad del día, exhalaba hacia el este, ora con suavidad, ora con una potencia desgarradora, y, lentamente, desplazaba a los copos blancos del cielo a su encuentro con el astro rey.
Avanzando sin apuro, el jardinero se acercó a la casa y tocó la puerta. De inmediato, el señor se asomó y preguntó qué deseaba.
-Ya he acabado, señorcito -dijo el jardinero, con tono alegre-. Puede decirle a su señora que esté tranquila. Nada le va a pasar.
-Oye, ¿pero tú estás bruto? -se molestó el señor y, estirando un dedo, indicó-. ¡El árbol sigue allí! -¿Qué? -se impresionó el jardinero, volviéndose-. Pero si hace un rato…
-¡Cumple con tu tarea, so vago! -concluyó el señor, y lanzó la puerta.
Estupefacto, el jardinero le puso los ojos al árbol con una cólera ardiente: este se hallaba con su tronco intacto, sin ninguna rama quebrada y con su mechón de hojas llenas de una vida arrogante.
-No me la va a hacer -reventó el jardinero, colérico-. ¡A mí no me la va a hacer!

***

En las alturas, el viento, que había soplado con una fuerza liberada, empujó las nubes a lo largo de varios de kilómetros y, habiendo logrado su propósito inicial, oscureció el ambiente de tal forma que todo se tiñó de una coloración ceniza. Las nubes, con su naturaleza ahora abultada y negra, expedían relámpagos incesantes y provocaban la sensación que, de un momento a otro, iban a explotar definitivamente. El sol, del que ya sólo se podía observar cierto resplandor y algunas de sus lanzas brillantes, moría sin luchar y estático, como si le hubiera sido suficiente su breve reinado.
-Con que sí, ¿no? -dijo el jardinero, destilando amargura.
Con movimientos presurosos, se sacó la chompa y el polo, y se amarró una faja de cuero alrededor de la cintura. Sin esperar un instante, cogió su hacha y, furiosamente, golpeó el árbol en su base. Repitió este acto numerosas veces, sin descanso ni para tomar un suspiro, hasta que logró dejar al aire libre el centro mismo del tronco. “Tendrá que derrumbarse”, pensó el jardinero, dirigiéndose al árbol. “A las buenas o a las malas”. Prosiguió con rabia cada vez más intensa, como si, en un arranque de locura, estuviera asestándole cuchillazos homicidas a una víctima que estuviera a punto de fenecer. Luego de uno minutos, con su entorno lleno de astillas de madera, el árbol empezó a inclinarse hacia la izquierda. Dejando la cuerda que uso anteriormente a un lado, lanzó terribles puntapiés contra la corteza pelada, y, rechinando estremecedoramente, el árbol se derrumbó.
-¡Le dije que no podría conmigo! -se exaltó el jardinero-. ¡Se lo dije!


Para que no haya duda de su logro, siguió asestándole tajos al árbol caído. Con el rostro y la espalda húmedos de sudor caliente, le dio duro a las ramas, casi sin distinguir las que eran pequeñas de aquellas de mayor tamaño. En quince minutos, y exhibiendo unos dedos encallecidos, tuvo a sus pies un enorme montículo verde y castaño. A continuación, aprehendió otro instrumento (una sierra), y prosiguió con el tronco desnudo. Sin conmoverse por la savia que se derramaba a manera de sangre, hirió progresivamente el cuerpo tendido, hasta sacar la primera rodaja de madera. Tres cuartos de hora después, no existía tronco, sino una docena de trozos circulares. “Aquí no acaba la cosa”, le dijo al árbol, mentalmente, mientras jadeaba de cansancio. “Sólo ha comenzado lo bueno”. Con el hacha, y ya gastando las últimas energías que le restaban, destrozó las mencionadas piezas y, como si fuera a prender una fogata, acumuló leña en grandes cantidades.

-¿Quién es el señor, pues? -dijo el jardinero, completamente cansado, pero orgulloso-. ¡Ahora dime quién es el señor!
-A quién le hablas, loco de mierda -gritó el señor, desde el interior de su casa.
El jardinero se volteó y, dirigiéndose al señor con un tono triunfante, le anunció: -¡Ya terminé! ¡Venga usted a ver cómo quedó!
El señor abrió la puerta y quedó callado, como si estuviera pensando la manera más punzante de responder un insulto.
-¡Tarado! -soltó por fin, y agregó, con la mirada ardiente: -¡Pero si allí esta el árbol! ¡Acaso tratas de reírte de mí!
Estupefacto, el jardinero dirigió su cabeza hacia atrás y, con las articulaciones temblorosas, se encontró con el árbol íntegro, tan igual como lo había visto a su llegada.
-¡Carajo, termina de una buena vez o ya no querré más tus servicios! -indicó el señor, y se marchó golpeando la puerta.
El jardinero, jalándose de las crenchas, gritó: -¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡No le dejaré vencer! ¡No!

***

Explotando por un frenesí agresivo que le enfermaba la cabeza, el jardinero no reflexionó un momento, sólo se dejó llevar por el mero arranque del impulso, y empezó a empapar el árbol con la gasolina que tenía en una botella. Mojó la parte más expuesta, desde las zonas visibles de las raíces, hasta el tronco que se perdía por las ramas entreveradas. Como su pulso era descontrolado (no aguantaba la irritación que le producía haber sido derrotado dos veces por el árbol), manchaba el suelo y sus propios pies calzados con sandalias. Finalmente, empapó un trapo y, llevado por un afán piromaniaco, lo encendió con fósforos y lo arrojó al árbol. Este ardió como una antorcha gigante y crepitó sin cesar, expulsando densas humaredas negras.


-¡Le derroté! -saltó de alegría el jardinero-. ¡Ahora sí le derroté! -y se puso a reír con carcajadas enajenadas-: ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!
El sol había desaparecido por completo, sin dejar siquiera un modesto rastro de su presencia. Las nubes, que eran las nuevas gobernantes del cielo, lucían un negro intenso y, además de reventar en fragorosos espasmos de luz, echaban rayos como si fueran brujos vengativos. El viento, perdiendo toda coordinación, soplaba a mansalva, entreverándose en desorden y careciendo de un sentido claro. De un momento a otro, se escuchó un tronar más fuerte que todos lo anteriores, y, por un instante, se vivió una atmósfera paralizada, como si el tiempo se hubiera detenido en una fotografía.
Y, con violencia, llovió.
-¡No! -chilló el jardinero-. ¡No se liberará de esta!
Las llamas del árbol, que habían crecido considerablemente, empezaron a apagarse, y el humo brotó en espirales como una serpiente encantada de su canasta. El jardinero, sin esperar un segundo, y con movimientos torpes por la desesperación, echó más gasolina, y, por casualidad, se empapó el pecho y las piernas.
¡No le dejare ganar! ¡No! -aulló, y, sin ninguna razón, volvió a lanzar risotadas-: ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!
En seguida, prendió fuego. El árbol se envolvió en llamas, pero no con el mismo brío de antes. Con lo ojos desorbitados, el jardinero se puso a silbar, como lo hizo al principio del día. Pero ahora, acompañado de su música, también bailó, dejando huellas largas sobre el barro. Su tonada era exaltada, y hacía referencia a un triunfo supremo y una alegría espiritual. Era una melodía propia de fiestas carnavalescas, pues estaba compuesta de partes jubilosas y de un ánimo lujurioso. Pero, en lo profundo, tenía un aire lúgubre, que indicaba la melancolía que produce la proximidad de la muerte. Sonaba como el anuncio festivo y resignado de alguien que, pese a sus esfuerzos sobrehumanos, fallecerá.
El jardinero bajó mecánicamente la cabeza y, sin sorprenderse, descubrió que tenía la bota de su pantalón encendida. Ya sin cordura, se bañó con lo que restaba de gasolina, mientras expedía a grandes aullidos:- ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!
Y, con el cuerpo en fuego a lo bonzo, gritó-: ¡Así usted morirá! ¡Morirá!
Y corrió a abrazarse al tronco del árbol: fuego y fuego se unieron y, hasta consumirse, no se apagaron.

***

No pasó mucho (de dos a tres horas) para que las nubes se desgastaran en su trance líquido, pues, a medida que evacuaban agua, se consumían al igual que cuerpos afectados por la hambruna. En un momento dado, desaparecieron del horizonte, y se presentó, con un aura renovada, quien gobernaba en un principio: el sol. Este, despidiendo su luz brillante, impartió una vida nueva a la atmósfera, que se mostró caliente y acogedora como una madre. El viento, por su lado, se relajó por completo, y únicamente se hacía sentir a manera de una brisa fresca que relaja los rostros y mueve con sutileza las cosas dóciles.
El señor salió de su casa y se encontró con una escena pavorosa: desperdigadas por el piso, había un hacha, una sierra, una soga, un recipiente y una tijera de podar; más allá, un cuerpo calcinado, que sólo mostraba como piezas intactas sus dientes blancos, se exhibía con un gesto furioso y tenso; y, al lado, el árbol se levantaba íntegro y con la vida lozana del que ha renacido.
-Pero… -se dijo el señor, sorprendido-. ¿Pero qué ha pasado?
De pronto, un ave negra se posó sobre una de las ramas gruesas del árbol. El señor, que la había visto llegar, cogió algunas piedras e intentó espantarla.
-¡Fuera! -decía-. ¡Fuera, monstruo!
Sin hacerle caso al señor, el ave negra abrió el pico y, haciendo primero unos gorgoritos, cantó con una sencillez sublime. Luego, esquivando uno de los proyectiles que le lanzaron, se marchó.
-¡Maldita! -le gritó el señor, alzando los puños-. ¡Maldita ave de mal agüero!

***

En la noche, bajo una luna colmada de reflejos, la esposa del señor murió luego de un vómito de sangre.

Comentarios Reales de los Incas

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Inca Garcilaso de la Vega. Comentarios Reales de los Incas (UIGV, 2007)

El Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616) suele ser considerado el primer escritor mestizo de América, no sólo porque efectivamente perteneció a la primera generación de hijos de conquistadores españoles y mujeres nativas del continente (en su caso el capitán Garcilaso de la Vega Vargas y la princesa incaica Isabel Chimpu Ocllo), también porque fue autor de una de las obras más importantes de la literatura colonial hispanoamericana: los Comentarios Reales de los Incas. Libro fundamental de la tradición literaria peruana, Comentarios Reales de los Incas acaba de ser publicado por la Universidad Inca Garcilaso de la Vega, en una excelente edición (con ortografía y puntuación modernizada) que cuenta con prólogo, cronología y bibliografía del reconocido crítico, poeta y miembro de la Academia Peruana de la Lengua Ricardo González Vigil.

Durante toda su vida el Inca Garcilaso trató de unir lo mejor de los dos mundos tan diferentes a los que pertenecía. Nació en el Cusco y su lengua materna fue el quechua (él mismo cuenta que de niño aprendió a manejar los quipus), pero pronto le enseñaron el castellano y el latín. A los quince años ya se desempeñaba como escribiente de su padre, entonces Corregidor y Justicia Mayor del Cusco. En 1560 viajó a España, país en el que radicaría hasta su muerte, y allí llevó durante más de medio siglo la vida de un hombre de letras, dedicado a escribir y a hacer traducciones de obras clásicas, como los Diálogos de amor de León Hebreo. En 1586 inició su obra más importante, los Comentarios Reales de los Incas, amplia narración que abarca toda la historia del Perú, con una primera parte dedicada al pasado prehispánico y la segunda a la conquista y las guerras civiles entre pizarristas y almagristas. La primera parte fue publicada en 1609 y la segunda en 1617, un año después de la muerte del autor, con el discutido título de Historia General del Perú.

El Inca Garcilaso fue antes que nada un humanista y erudito, además de un gran prosista, de los mejores de las letras hispanas de su tiempo. Esas virtudes alcanzan su mejor expresión en los Comentarios Reales, obra ambiciosa (900 páginas en esta edición en formato grande) que sigue paso a paso la historia del Imperio incaico, desde su fundación hasta la conclusión del enfrentamiento de Huáscar y Atahualpa, haciendo mención de los sucesos más importantes ocurridos durante el gobierno de cada uno de los incas. Paralelamente, Garcilaso describe y explica, con minuciosidad y acierto, una gran cantidad de mitos, costumbres, y palabras propias de la cultura incaica. Y dados los conocimientos de primera mano que el autor tenía sobre el tema, además de la abundante bibliografía que consultó, los Comentarios Reales se constituyen en una obra clave para el conocimiento de la historia y cultura del Perú prehispánico.

Por su carácter de testimonio del momento en que se fundó la identidad peruana, el libro ha sido siempre objeto de análisis de diversas disciplinas: historia, sociología, literatura, antropología, psicoanálisis, estudios culturales. La bibliografía garcilacista es abundante y por ello González Vigil en el ensayo prologal intenta resumirla, señalando siete de los “méritos sobresalientes” de la obra, aquellos en que la mayoría de especialistas está de acuerdo. Además de ello, el crítico –autor del libro Comentemos al Inca Garcilaso (1989)– analiza la forma en que el texto conjuga la historia con la poesía, y lo épico con lo trágico. En suma, una muy buena edición de los Comentarios Reales de los Incas, un libro imprescindible para entender nuestro pasado y presente.


Otros textos sobre esta edición de Comentarios Reales de los Incas: José Güich, Enrique Sánchez Hernani, Carlos Villanes Cairo. Y sobre la obra en sí, el ensayo de Raquel Chang-Rodríguez.

Triple explanación de El Cantar de los Cantares

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Fray Luis de Léon. Triple explanación de El Cantar de los Cantares (PUCP, 2008)

Auspiciada por el rectorado de la PUCP, la colección El manantial oculto, dirigida por el poeta y ensayista Ricardo Silva-Santisteban, lleva más de diez años publicando obras claves de la literatura peruana y universal. Ya son 60 entregas, desde los Upanishads hasta Hiperión y 5 metros de poemas, pasando por las obras completas de Cavafis, Saint-John Perse, entre otros. A esta impresionante lista se suman ahora dos nuevos libros: El Cantar de los Cantares y Triple explanación del Cantar de los Cantares.

El cantar, uno de los textos bíblicos atribuidos al rey Salomón (siglo X AC), es un poema de amor estructurado a la manera de diálogo lírico entre esposo y esposa. Su temática es explícitamente erótica y sus imágenes contienen muchas referencias a la naturaleza y a la vida de los pastores: "amada mía, tus ojos son palomas... parecen tus cabellos / manadita de cabras serpeante... tus dientes son más blancos / que rebaño de ovejas de esquileo...". El poema, seguramente basado en antiguos cantos nupciales, fue interpretado posteriormente como una alegoría del amor entre Dios y el alma humana, y por eso fue incorporado a la Biblia.

Esta edición presenta el texto original y la traducción de Eloíno Nácar Fuster –conocido por la versión de la Biblia (1944) que hizo en asociación con Alberto Colunga–, además de un ensayo introductorio y las ilustraciones que para el poema realizó Eric Gill en 1925. Por su parte, la Triple explanación... es una de las obras más importantes de Fray Luis de León (1527-1591), un amplio y ambicioso estudio escrito en latín y publicado en 1580. Para esta nueva edición, en dos tomos, la traducción ha estado a cargo del filólogo José María Becerra (Málaga, 1945), y en el primer volumen se incluye la versión en español del poema que hizo Fray Luis, la más prestigiosa de todas.

Dando muestras de su legendaria sabiduría y erudición, Fray Luis de León comenta en detalle y en extenso cada uno de los versos del poema. Y lo hace tres veces: en la primera refiriéndose al sentido exterior y literal (el amor de la pareja de pastores); en la segunda, al sentido alegórico ("los amores del ánima justa y Dios"); y, en la tercera, al sentido "analógico", interpretándolo como una proyección de la historia de la Iglesia católica. En esta última lectura los cónyuges representarían a Cristo y la Iglesia, y el poema abordaría hasta problemas propios del tiempo de Fray Luis, como la reforma de la Iglesia y la naturaleza de los indígenas americanos.


En internet se puede leer la traducción de El Cantar de los Cantares de Fray Luis de León.