Con boleto de vuelta

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Carlos Eduardo Zavaleta. Con boleto de vuelta (UNMSM, 2007)

Carlos Eduardo Zavaleta (Áncash, 1928) es uno de los más interesantes narradores de la 'Generación del 50' y suele ser destacado tanto por la calidad de sus cuentos como por haber introducido en nuestro país las técnicas narrativas creadas por Joyce y Faulkner. Desde la novela El cínico (1948), su extensa obra abarca los más diversos temas y ambientes, ya sean pequeños pueblos del ande peruano o ciudades como Londres y Nueva York, que el autor ha conocido en su labor como diplomático. Con casi 80 años de edad, Zavaleta acaba de publicar otra novela, Con boleto de vuelta que de alguna manera resume su personal proyecto narrativo.

El protagonista de Con boleto de vuelta es César Ponce, un intelectual nacido en Tarma a inicios de los 60 y que en los años 90 se desempeña como profesor en la U. de Duke, Carolina del Norte (EEUU). Ahí goza de prestigio académico y tiene una relación de pareja estable con la norteamericana Judy. No obstante, decide dejarlo todo para volver a Tarma, a cumplir la promesa de matrimonio que le hizo a Maruja, su enamorada de adolescencia. Esa decisión, y sus vaticinios de una invasión norteamericana a Irak (poco antes del atentado a las Torres Gemelas), le ganan la enemistad de algunos colegas en Duke, como el envidioso profesor Faus.

Esta historia es muy similar a las de algunos de los relatos más recientes de Zavaleta –los de Campo de espinas (1995) o Abismos sin jardines (1999)– en los que intelectuales o diplomáticos aparecen retratados con trazos gruesos y bastante ironía, como para criticar la superficialidad de sus juicios y opiniones, o la frivolidad de su estilo de vida. Pero la crítica pierde fuerza cuando el protagonista, con quien el autor parece identificarse, cae también en esos vicios: tras abandonar intempestivamente a Judy, y en la mitad de su viaje para casarse con Maruja, César tiene un ardoroso romance con una joven estudiante.

Zavaleta interpola en el relato ciertos sucesos de infancia y juventud de César, que remiten a la tradicional sociedad andina, llena de prejuicios e injusticias. Y si bien esta línea narrativa compensa algunos de los excesos de la historia principal, no llega a desarrollarse bien ni a integrarse –como sí sucedió en Pálido pero sereno (1997)– en una propuesta sobre el gran tema de esta novela: el fenómeno de la migración. Sin dejar de tener interés, Con boleto de vuelta resulta una obra menor dentro del conjunto de la narrativa de Carlos E. Zavaleta.


Entrevistas: Carlos Sotomayor, Tomacini Sinche, Giancarlo Stagnaro, Rebeca Vaisman.

Punto de fuga

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Jeremías Gamboa. Punto de fuga (Alfaguara, 2007)

Un libro presente en casi todos los recuentos de lo mejor de la literatura peruana del año pasado es Punto de fuga, ópera prima del periodista y escritor Jeremías Gamboa (Lima, 1975). Se trata de un conjunto de ocho cuentos que se pueden leer independientemente y que tienen en común una serie de personajes –todos jóvenes y limeños– que están siempre desplazándose por las más conocidas calles y lugares de la capital. Así, los relatos constituyen un interesante y original retrato de la Lima de hoy y de la forma en que sus habitantes comparten los espacios urbanos, además de ciertos problemas y obsesiones.

El protagonista de la mayoría de estos cuentos es un joven periodista encargado de escribir crónicas para una conocida revista. Su origen es humilde, hijo de un mesero de una pizzería miraflorina (como se cuenta en Nuestro nombre), pero que a pesar de ello estudió en una universidad particular y le va bien en lo económico. Este "progreso" lo lleva a mudarse a un mejor barrio, a unas cuadras del trabajo de su padre (El edificio de la calle Los Pinos) y también a convertirse en una persona solitaria, una especie de desclasado que ha perdido contacto con sus semejantes y que no es del todo aceptado en el nuevo medio en que se desenvuelve.

En el cuento María José vemos a ese joven enamorado durante años de una compañera universitaria, aunque ella solo lo ve como un amigo pobre. En Tierra prometida, el protagonista y un amigo abandonan una exclusiva discoteca, en la que no logran divertirse, para buscar mujeres más accesibles en locales nocturnos de Los Olivos y Comas. Son los mejores textos del libro aquellos que asumen de manera más directa esta temática, mientras que en otros parece primar lo pintoresco de los sucesos o de los ambientes, como en Un responso por el cine Colón y El edificio de la calle Los Pinos, respectivamente.

No podemos dejar de relacionar estas últimas opciones con la crónica periodística –Gamboa destacó en este género en la revista Somos– a pesar de que en algunos aspectos lo periodístico está reñido con lo literario. Eso es algo que se hace sentir en este libro, desde la forma en que se ha estructurado el material narrativo (acaso más apropiado para una novela) hasta el propio lenguaje, trabajado para que resulte lo más funcional y transparente posible. Los cuentos de Punto de fuga presentan a Jeremías Gamboa como un narrador de interés pero que aún necesita afianzarse en lo literario.


En internet se puede leer el cuento Un responso por el cine Colón.
Otros textos sobre Punto de fuga: Cynthia Campos, Ernesto Carlín, Alonso Cueto, José Güich, La República.
Entrevistas: Francisco Ángeles, Pedro Escribano, Ezio Neyra, Piero Peirano, Enrique Planas, Carlos Sotomayor.

Las armas molidas

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Juan Ramírez Ruiz. Las armas molidas (Arteidea, 1996)

Miembro fundador del polémico grupo Hora Zero y una de las voces más características de la poesía de los años 70, Juan Ramírez Ruiz (Chiclayo 1946-2007) publicó dos poemarios en aquel turbulento decenio: Un par de vueltas por la realidad (1971) y Vida perpetua (1977). Luego de un silencio de 19 años ha aparecido Las armas molidas, libro con el que Ramírez Ruiz vuelve a la lírica con toda la vitalidad, agresividad e irreverencia literaria que desde poemas como El júbilo se convirtieron en sus marcas personales más notorias.

Las armas molidas es uno de los libros más ambiciosos que se han publicado en el Perú en los últimos tiempos. El autor ha pretendido hacer un libro total – “canto, novela, relato, crónica, tratado, biografía”– reuniendo elementos completamente disímiles: una cierta épica contemporánea (en la línea de su poesía anterior), mitos andinos todavía vigentes, rupturas vanguardistas y hasta la propuesta de una nueva escritura “alfagramática” que remplaza al alfabeto que normalmente usamos por signos inspirados en motivos prehispánicos que su inventor denomina “andigramas”.

El poemarioo propiamente dicho está dividido en tres partes correspondientes cada uno a los conceptos andinos de Uku (mundo subterráneo, espacio interior humano), Kay (dimensión social y natural) y Hanan (dimensión superior, paraíso terrenal y cósmico). Una triada que en esta versión de Ramírez Ruiz se asemeja bastante a las occidentales de pasado-presente-futuro y opresión-revolución comunismo, enlazándose así con ciertas propuestas plantadas por el autor en sus declaraciones incluidas en el libro Estos trece.

La primera parte, en consecuencia, está dedicada a los muertos, al los antepasados y al sufrimiento: "… cueva de alaridos en la medianoche de nadie… / panteón de años ardiendo como asteroides… ". Además se presentan los personajes principales del poemario: el hombre de armas molidas, el golondrino, (hombre que va hacia Hanan por la revolución), Juanrra (el yo poético), etc. Y también se establecen las características formales del libro: adjetivación casi decorativa (“dorado amanecer”, “oscura guerra”, “incerrable tierra”), empleo redundante de los signos de admiración, constante apelación a las fuerzas de la naturaleza (para lograr el tono épico), etc.

Entre las rupturas vanguardistas que dificultan la lectura están el uso de dos o más partículas gramaticales (preposiciones, artículos, pronombres, adjetivos) ahí donde solo debe ir una: “Su tu casa es la comprensión, y su tu riqueza la serenidad; Sur que salió en con por el fin”. Otro recurso de este tipo son los versos con notas a pie de páginas que también son versos; o la caprichosa división del espacio de la página. Un peculiar arsenal retórico que estorba el desarrollo de las virtudes poéticas del autor.

En la segunda parte se emprende un pormenorizado recuento de la diversidad cultural de nuestro país. Los títulos son bastante explícitos: Quechua, Aymara, Omagua, Pisabo, etc. Una suerte de convocatoria general que termina en un Tinkunakuy. En la tercera parte se trata de describir la idílica vida en el universo Hanan: “La vida conversa una canción para oír completa / una canción para conversar de cerca…”, “no hay paso sin pie / ni mano sin su pozo / y la ternura fuerte como roca persistente dibuja o escribe sonatas instantáneas”.

En cuanto a la escritura alfagramática propuesta, ésta no es sino la sustitución de los signos de nuestro alfabeto por otros signos de carácter geométrico, los andigramas. Es el mismo idioma español, pero “en clave”, es decir, traducido letra por letra. La novedad estaría en que a cada andigrama le corresponde no sólo un sonido sino también un color y una nota musical, intentando convertir la lectura en una especie de espectáculo multimedia. Además, ciertas categorías gramaticales(artículos, adverbios, conjunciones) se representarían con algunos pocos signos, potenciando su valor polisémico, pero perdiendo bastante precisión y capacidad comunicativa. En resumen, una propuesta poco práctica y acaso algo ingenua.

Mucho se podría escribir sobre Las armas molidas, libro en que la búsqueda de originalidad y los excesos del discurso parecen haber asfixiado a la poesía misma. Ramírez, que en Un par de vueltas por la realidad logró crear una poesía épica contemporánea y urbana, no ha podido encontrar las formas literarias apropiadas para alcanzar su principal meta en este poemario: unir la poesía, la ideología marxista y los mitos andinos.
(Artículo publicado en La República el 8 de diciembre de 1996. La imagen se ha obtenido de aquí)


Otros textos sobre Juan Ramírez Ruiz: Pedro Escribano, Nicolás Hidrogo, Rodolfo Ybarra, Zonadenoticias.

Pata de perro

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Jorge Díaz Herrera. Pata de perro (Editorial San Marcos, 2007)

El cajamarquino Jorge Díaz Herrera (Celendín, 1941) es un escritor prolífico y versátil. Se inició como poeta, con el libro Orillas (1968), y después ha incursionado en casi todos los géneros literarios: en el teatro –Ver para correr (1968), Comanche (1970), entre otras–, en el cuento con su conocido libro Alforja de ciego (1979) y más recientemente en la novela, comenzando con La agonía del inmortal (1985), que fue bien acogida por la crítica, hasta Pata de perro su quinta novela recién publicada, un relato en el que retorna a la ciudad de Trujillo, en la que vivió su infancia.

La primera parte del libro (dos centenares de páginas), está dedicada a las aventuras de un grupo de niños: Pol (el protagonista de la novela), su hermana Nana, el moreno Cocoidé, Lucas, etc. Conviven con ellos una serie de adultos, dotados todos de una inocencia y simplicidad que los hace casi niños, como el loco Pericote, la solterona Irma, o Mamatina y Papagusto, los padres de Pol. El carácter festivo de los sucesos, relatados de una manera dinámica y amena, y la humanidad y camaradería reinantes en esta comunidad, se conjugan en un interesante retrato narrativo de la vida de barrio de aquellos años (hoy desaparecida), cuando las calles de nuestras ciudades no eran tan peligrosas y en ellas se realizaba buena parte del proceso de socialización.

La segunda parte de la novela, sus últimas 100 páginas, cuentan las peripecias de Pol fuera del Perú. Primero como estudiante y poeta (no muy bueno, a juzgar por sus versos), y después, ya mayor, llevando una vida casi de pícaro: sin trabajo fijo, realizando travesuras y pequeños robos para sobrevivir. El protagonista, sin perder su carisma personal, se va convirtiendo en un hombre solitario y nostálgico al que además "se le da por recontar su vida". Y sus eventuales visitas al barrio trujillano solo sirven para comprobar la desaparición del añorado paraíso de la infancia, pues los amigos también han emigrado y las personas mayores están muriendo.

Así, en esta segunda parte de Pata de perro la narración se hace demasiado lenta y enmarañada por la interpolación de los recuerdos y reflexiones de Pol. Incluso se pierden algunos de los mayores logros de la primera parte, bien señalados por el poeta Arturo Corcuera: la conjunción de gracia, intriga y aventura, y "la filiación callejera del lenguaje", la recreación literaria de la manera de hablar de los peruanos de hace cinco decenios.


Otros textos sobre Pata de perro: Arturo Corcuera, Ricardo González Vigil.
Entrevistas: Pedro Escribano, Enrique Sánchez Hernani.
Jorge Díaz Herrera tiene su propio blog Alforja de ciego.