Lo mejor del 2004

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Lo mejores libros peruanos del 2004, en orden de importancia y según los recuentos de fin de año de los principales críticos del medio.

Novela:
1 Casa. Enrique Prochazka (Lluvia Editores)
2 Casa de Islandia. Luis H. Castañeda (estruendomudo)
3 Pudor. Santiago Roncagliolo (Alfaguara)
4 Blues de un gato viejo. Oscar Málaga (Norma)
5 Maldita ternura. Beto Ortiz (Alfaguara)

Cuento:
1 Fábulas y antifábulas. César Silva Santisteban (PUC)
2 Un hombre flaco bajo la lluvia. Armando Robles (Matamalanga)
3 Enciclopedia mínima. Ricardo Sumalavia (PUC)
4 Parque de las leyendas. Carlos Gallardo (estruendomudo)
5 Cuentos completos. Carlos E. Zavaleta (USMP)

Poesía:
1 Javier Sologuren. Obras completas. Poesía (PUC)
2 Emilio A. Westphalen. Obra poética y ensayos (PUC)
3 Diario de la mujer es ponja. Doris Moromisato (Flora Tristán)
4 Desequilibrios. Jorge Frisancho (PUC)
5 Teorema de Yu. Enrique Verástegui (Arte/Reda)

No ficción:
1 La tentación de lo imposible. Mario Vargas Llosa (ensayo)
2 Libro de los espejos. Gregorio Martínez (crónica)
3 Muerte en el pentagonito. Ricardo Uceda (investigación)
4 La caza del cuento. Roberto Reyes (crítica)
5 Llámalo amor, si quieres. Toño Angulo (crónica)

La tentación de Vargas Llosa

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Mario Vargas Llosa. La tentación de lo imposible (Alfaguara, 2004)


En paralelo a su valiosa obra narrativa, Mario Vargas Llosa (Perú, 1936) ha incursionado también en el periodismo, el teatro y el ensayo. Entre estos géneros alternativos, el escritor ha destacado especialmente en el campo del ensayo literario con libros como García Márquez: historia de un deicidio (1971), La orgía perpetua. Flaubert y Madame Bovary (1975) y La verdad de las mentiras (1990). Son obras que se alejan del discurso crítico vigente, de los métodos interpretativos y la terminología especializada, para retomar la antigua tradición del ensayo humanista. En esa línea se encuentra también La tentación de lo imposible (Alfaguara, 2004) su recién publicado libro sobre Los miserables (1862) de Víctor Hugo, el monumental retrato novelesco de la sociedad francesa de principios del siglo XIX.

Vargas Llosa hace su interpretación de esa novela, que leyó por primera vez en la adolescencia (y sobre la que hasta ha dictado cursos universitarios), partiendo de sus conocidas propuestas personales acerca de la creación literaria. Según ellas, el escritor es un inconforme con el mundo en el que vive, y por eso crea otro ficticio y hecho sólo con palabras. Pero por más realista que sea la vocación del escritor, su mundo ficticio inevitablemente se diferencia del real en algunas características sustanciales. Esas características son los elementos añadidos, rasgos distintivos de cada autor, pues en ellos se expresan sus demonios personales, sus más íntimas preocupaciones y obsesiones.

Así, en la primera mitad de La tentación de lo imposible se rastrean, de manera minuciosa y en cada uno de los estratos de la novela (estructura, técnicas, personajes, constantes temáticas), esos elementos añadidos por Víctor Hugo al universo de Los miserables. El primero que se encuentra es la incontinencia verbal tanto del narrador, "omnisciente, exuberante y ególatra", como de los personajes, que hacen extensos discursos en cualquier ocasión y en desmedro de los diálogos y la verdadera comunicación entre ellos: "El de Los miserables es un mundo de personas confinadas en sus discursos, seres a quienes el frenesí oratorio ha vuelto solipsistas", concluye Vargas Llosa.

Otros elementos añadidos encontrados en el meticuloso examen son el transcurrir pausado del tiempo, el carácter arquetípico de la mayoría de los personajes (el santo, el justo, el fanático), el hecho de que casi ninguno tenga trabajo ni relaciones sexuales ("parecen vacunados contra el sexo"), y la recurrente denuncia de los errores del poder judicial y el sistema penitenciario, "los mayores responsables de las iniquidades sociales" en esta ficción. Además, hay una serie de detalles y recursos tomados del teatro: uso de disfraces, decorados aparatosos, gestos y desplantes, el empleo escenográfico de luces y sombras.

Con esos datos tan disímiles (algunos no pasan de ser "defectos" o simples modas literarias de la época) era de esperarse un esfuerzo final de síntesis que concluya con una interpretación original y novedosa del libro. Pero Vargas Llosa no llega a esa síntesis, y en su lugar ha preferido hacer un análisis del extenso y pretencioso Prefacio filosófico que Víctor Hugo escribió para la novela (pero que no llegó a publicarse) en el que el escritor francés reflexiona sobre temas abstractos como Dios, el universo, el bien y el mal. Un texto que le permite al ensayista volver a sus ideas del escritor como un deicida y del carácter subversivo de toda buena novela (porque hace a los lectores vivir lo aparentemente imposible. Y también volver a contarnos la historia de las prohibiciones que ha sufrido este género literario bajo los gobiernos autoritarios y dictatoriales.

Ya encaminadas en esa dirección, las conclusiones repiten casi punto por punto las del prólogo de La verdad de las mentiras. Como sucedió en su anterior libro, Diario de Irak (2003), Vargas Llosa deja de lado todas las observaciones hechas al objeto de estudio (las consecuencias de la toma de Bagdag por las fuerzas aliadas, los elementos añadidos en la novela de Víctor Hugo), para caer en la tentación de sus propios prejuicios. Su lectura de Los miserables se convierte por eso en un pretexto para continuar su obsesiva cruzada personal por la democracia y el liberalismo: "(Los miserables no es) un libro anarquista ni socialista sino liberal y socialdemócrata" remarca triunfante, pero sin llegar a convencernos.

Sin dejar de ser un libro de interés, La tentación de lo imposible no llega a estar a la altura de los ensayos literarios publicados anteriormente por Vargas Llosa, quien esta vez ha dejado que el compromiso político y la propaganda ideológica se antepongan al espíritu crítico y la verdadera libertad intelectual.

Visite mi página dedicada a la obra de Mario Vargas Llosa.

Piratería cultural y progreso

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Ya no es novedad: una importante editorial ha iniciado una campaña contra los vendedores de libros piratas y la libre difusión de textos a través de la internet. Lo mismo sucede con la música (tanto por la venta de discos como por el uso de programas como Napster y Kazaa), el cine y cualquier otra forma de expresión propia de nuestro tiempo. Atribuir la profusión de esta piratería cultural a una pérdida repentina y generalizada de valores (entre ellos el respeto a los derechos de autor) resulta demasiado fácil e ingenuo. En realidad, este fenómeno es una de las tantas consecuencias de la revolución que estamos viviendo: el paso de las formas de reproducción tradicionales (mecánicas e industriales) a otras más modernas basadas en lo electrónico y digital.

Desde la invención de la escritura, los libros fueron hechos de una manera manual y artesanal: los transcribían a mano los copistas, personas especializadas en el arte de la caligrafía. Una segunda etapa se inició con la invención de la imprenta en el siglo XV. A partir de entonces los libros fueron producidos en forma mecánica y por editores, que más tarde se convirtieron en empresas editoriales. Durante quinientos años los escritores, para hacer llegar sus obras a los lectores, dependieron de la voluntad e intereses de los editores. Hoy, gracias a la revolución informática, esa dependencia no existe. Un escritor puede editar su libro en su propia computadora y entregarlo, mediante la internet, a los lectores de todo el mundo.

Evoluciones similares se han dado en todas las artes. La música tardó mucho más, hasta fines del siglo XIX (con la invención de los discos), para llegar a la reproducción mecánica, convirtiéndose en una de las industrias más prósperas. Desde entonces los músicos, compositores y cantantes perdieron el contacto directo con sus oyentes para pasar también a depender de los intereses de las empresas discográficas. La dependencia de los artistas (escritores y músicos, pero también inventores de todo tipo) con respecto a los empresarios se expresaba a través de contratos en los que los primeros cedían sus creaciones, a cambio de un cierto pago o porcentaje en las ganancias, para que sean reproducidas industrialmente por los segundos. Ese es el origen de los derechos de autor.

Así como el paso de la reproducción artesanal a la mecánica significó que algunas personas perdieran sus fuentes de ingreso (lo monjes copistas, por ejemplo), el salto de la reproducción mecánica a la digital representará una disminución en las ganancias de las empresas editoriales, discográficas y cinematográficas. Son consecuencias inevitables del progreso, esa permanente lucha de los hombres por mejores condiciones de vida y educación para las mayorías. Y eso es precisamente lo que está logrando esta revolución informática y digital, que un mayor número de personas tenga acceso a un mayor número de libros, obras musicales, películas y productos culturales en general.

Por supuesto, las grandes empresas están luchando por mantener sus ganancias acostumbradas. Para ello hacen esas campañas mediáticas que presentan como lucha contra la piratería y por los derechos de autor. Ni lo uno ni lo otro. Lo que ellos califican como piratería es simplemente una consecuencia del nuevo mercado global y liberal. Y ya se sabe que los derechos de autor no ayudaron en nada a creadores como Homero, Dante, Shakespeare, Bach, Mozart, Beethoven, Vallejo o Kafka. Ni los más exitosos escritores de la actualidad encuentran justos esos supuestos derechos. Al peruano Alfredo Bryce le señalaron, en una entrevista, que con los ingresos por la venta de sus libros ya debería poseer una pequeña fortuna. "La pequeña fortuna y los ingresos están en los bolsillos de Barral Editores", fue su lacónica respuesta.

Pero ninguna campaña podrá detener el paso del progreso. Mucho menos las quemas de libros (piratas o no) o esas ideas anacrónicas que pretenden mantener como privilegio de unos pocos lo que debería ser uno más de los derechos humanos: el libre acceso al arte, la cultura y el conocimiento en general.

Coetzee después del Nobel

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J. M. Coetzee. Elizabeth Costello (Mondadori, 2004)

Además de reconocido narrador y ensayista, John M. Coetzee (Sudáfrica, 1940) es un polémico conferencista que suele apelar a personajes de ficción para expresar con mayor libertad sus opiniones. Así creó a Elizabeth Costello, una anciana escritora australiana con la que se permite llevar hasta el extremo algunas de sus propuestas más originales y controversiales. Después de usar este recurso durante años, Coetzee decidió cerrar el ciclo dándole vida a su personaje en Elizabeth Costello (Mondadori, 2004), un libro entre la novela y el ensayo que es el primero que publica desde que se le concediera el Premio Nobel de Literatura del 2003.

La narración nos presenta a Elizabeth como una novelista nacida en Melbourne, en 1928. La vemos, a sus 66 años, recorrer el mundo para dar conferencias (por eso los ocho capítulos en que está dividido el libro se denominan Lecciones) en muy diferentes ambientes, desde universidades hasta lujosos cruceros en alta mar. Frágil y tímida, Elizabeth -cuyos sueños y recuerdos personales van apareciendo a lo largo del relato- no soporta las incomodidades de los viajes, las formalidades ni los protocolos, por lo que siempre busca el apoyo de algún familiar o amigo. No obstante, en el aspecto intelectual resulta implacable, especialmente cuando tiene que refutar aquellas ideas y prejuicios que se consideran lo "políticamente correcto" en los ámbitos académicos.

La mayor parte de sus reflexiones (casi siempre discusiones con otros personajes) están relacionadas con la literatura, más específicamente con ciertas constantes de la narrativa del propio Coetzee. Las "lecciones" van iluminando aspectos temáticos de novelas como El maestro de Petersburgo (1994) y Desgracia (1999), consideradas por la crítica como la más obras importantes del escritor sudafricano. Se van estableciendo, de ese modo, los principios básicos de su poética personal: la mímesis o capacidad del autor para identificarse con los personajes; el respeto y aprovechamiento de la tradición literaria (abundan las citas y alusiones a Joyce, Kafka, Swift); la preocupación por las pasiones humanas y también por la caritas (caridad) a la que dedica todo un capítulo.

Con coherencia y rigor lógico, Elizabeth radicaliza estas opciones llegando a conclusiones insospechadas. La mímesis la lleva a experimentar el sufrimiento de todos los seres vivos, incluyendo los animales. Por eso compara a los camales con los centros de exterminio nazi, una afirmación polémica, sin lugar a dudas. Sobre el problema de la representación literaria del mal, condena a un escritor por haber narrado crueldades muy parecidas a las cometidas por Johnny Abes en los capítulos finales de La fiesta del Chivo (2000) de Mario Vargas Llosa. El novelista peruano Llosa respondió por eso a estos cuestionamientos con un ensayo, titulado ¡Cuidado con Elizabeth Costello!, en el que elogia "la astucia de ese soberbio fabulador que es John Coetzee", pero toma distancia con respecto a los límites y normas que ese escritor parece querer establecer para la creación literaria.

De especial interés para nosotros, peruanos e hispanoamericanos en general, resultan sus reflexiones acerca de La novela en Africa por las semejanzas (pasado colonial, heterogeneidad cultural) con el caso de la literatura en nuestro continente. Elizabeth discute acerca de conceptos como identidad, oralidad y el "error" de ciertos escritores nativos por querer parecer más occidentales. Con mucha ironía, refuta cada uno de estos puntos, y critica que hasta los escritores africanos más fieles a su raíces se empeñen en hacer de su país algo exótico, echando a perder sus libros. "¿Cómo se puede explorar un mundo con plena profundidad si al mismo tiempo se lo tienes que explicar a unos forasteros?", se pregunta.

Pero el mayor logro del autor es entregarnos ese elaborado y complejo debate intelectual sin perder el espesor narrativo propio de la novela. El relato se inicia y concluye con dos puertas alegóricas: la de la habitación de la protagonista, que la separa de la bulliciosa vida familiar; y una puerta "onírica", similar a la de la conocida parábola kafkiana Ante la ley. Entre esos extremos transcurre la historia de Elizabeth Costello, un valioso libro que reafirma el consenso aprobatorio que mereció el Premio Nobel otorgado a John M. Coetzee.