Por fin se publicó en todos los países hispanohablantes Memoria de mis putas tristes (Norma, 2004), libro con el que Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura 1982, vuelve a la novela diez años después de Del amor y otros demonios (1994). Todo un acontecimiento literario, el retorno de Gabo tras superar una larga serie de dificultades, que se sumó a otro de la editorial Norma, que habría burlado a una edición pirata del libro que comenzó a circular antes que la oficial.
Resumamos un poco esto último siguiendo las versiones de los propios directivos de Norma. La editorial colombiana comenzó a imprimir la nueva novela e inmediatamente apareció en Bogotá una versión pirata exactamente igual. Entonces la editorial detuvo la impresión, lo que fue aprovechado por el propio García Márquez para hacer algunas correcciones al texto. Así, cuando se reinició el proceso, el libro había cambiado (nunca se informó de la magnitud exacta de esos cambios), dejando fuera de juego a esa temprana edición pirata.
Suponiendo que esta historia sea cierta, sólo quedaba un problema para la editorial: ¿qué hacer con esos primeros libros que se imprimieron, exactamente iguales a la edición pirata? El último viernes los peruanos descubrimos asombrados cuál habría sido el destino de esos libros. Cito una nota aparecida en el diario La República:
Libro de Gabo con variante textual
Según editorial Norma, edición peruana no tiene últimas correcciones de García Márquez.
Lima. EFE.-
La última novela de Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes, ha sido editada para Perú en una tirada de tapa dura que costará unos tres dólares menos que la edición en rústica para la región y, además, contiene una "variante textual" que hará las delicias de los bibliófilos.
Silva reiteró que la edición peruana tiene "una variante textual" con relación a las ediciones para otros países, ya que no fue sometida a una corrección de último momento de García Márquez por ser la primera en salir de la imprenta.
Nadie en el Perú se creyó lo de la variante textual que hará la delicia de los bibliófilos ni que la edición peruana era justo la primera en salir de la imprenta. Era obvio que Norma, según sus propios directivos, había enviado al Perú aquellos primeros libros que imprimieron y que debieron desechar. Por supuesto, el propio Gabo desmintió a las pocas horas todas esas historias y también la existencia de esa variante textual; pero en el Perú la gente relacionada a la literatura comentó los sucesos con indignación. El escritor Alonso Cueto, siempre serio y mesurado, publicó su crítica a la novela en el diario Peru21, concluyendo con estas dras líneas:
"Quisiera terminar con un comentario sobre la campaña mediática. Alguien ha declarado a la prensa que García Márquez escribió dos finales y que en la edición que llegó a Lima hay una frase que no existe en otras (quizá a esto último seguiría el juego de "busque la frase que sobra"). La falta de respeto que esos comentarios muestran por los lectores es el resultado de una mente obtusa a la que la literatura no le importa absolutamente nada. La editorial Norma, en cuya oficina de Lima trabaja gente muy capaz, haría bien en jubilar a quien se le haya ocurrido una estupidez como esa"
Absolutamente cierto. Ya sea que la editorial haya enviado al Perú esos primeros libros desechados o que todo esto no pase de ser un simple truco publicitario (estrategias de marketing), la conclusión es la misma: para Norma los lectores peruanos son unos tontos que no merecen ningún respeto.
El hermano de Fernando Vallejo
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Fernando Vallejo. Mi hermano el alcalde (Alfaguara, 2004)
Hasta el pequeño pueblo colombiano de Támesis, cercano a la ciudad de Medellín, nos lleva Fernando Vallejo en su más reciente libro Mi hermano el alcalde (Alfaguara, 2004) para contarnos la aventura política de su hermano Carlos, un prestigioso abogado y diplomático. La historia se inicia con Carlos, en medio de unas fiebres tropicales, decidiendo lanzarse como candidato a la alcaldía, y está centrada en la descripción, irónica pero siempre festiva, de los folklóricos rituales electorales sudamericanos: promesas irrealizables, votos comprados, electores fantasmas, compadrazgos y negociados. Carlos es elegido alcalde (a pesar de su honradez) y su gestión, plagada de problemas económicos y judiciales, significa un gran progreso para la ciudad. Sin embargo, en las siguientes elecciones su representante es derrotado humillantemente.
Como en sus anteriores novelas, Vallejo parte de personajes y sucesos reales (su hermano Carlos fue alcalde por 3 años), añadiéndoles o simplemente exagerando determinados detalles, con los que Támesis termina convirtiéndose en algo muy parecido al Macondo de García Márquez: muertos que se levantan para votar, autoridades que recorren la región cargadas en hombros, ríos en los que los más pobres pescan los cuerpos de las víctimas de la violencia. También están presentes el acertado manejo del lenguaje, que reproduce literariamente el sentido del humor y la oralidad de los personajes; y la visión desencantada del mundo (ironías y diatribas) que se han vuelto las marcas más características y originales de esta narrativa desde La Virgen de los sicarios (1998).
Lo más interesante del libro es precisamente el contraste que se establece entre la mirada sombría y pesimista del personaje narrador (el propio Fernando Vallejo) y el optimismo y vitalidad del alcalde: “Carlos quiere a los pobres; yo no. Carlos hace la caridad; yo no. Carlos tiene fe en la vida; yo no”. Así, mientras el narrador se define varias veces como un hombre ya muerto, el protagonista y la gente de su entorno viven en una colorida y permanente fiesta, disfrutando a plenitud del sexo. Contraste que se expresa acertadamente en una serie de detalles, como ese grupo de loros que vuelan insultando a los narcotraficantes y diciendo “con la concisión de Cioran verdades eternas”; o en las irónicas normas de conducta que propone el narrador para los que quieran incursionar en la política.
Esas son las mejores páginas de un libro que se agota pronto y por diversos motivos: la falta de evolución de los personajes, la repetición de situaciones similares, la ausencia de una verdadera trama novelesca a desarrollar. El relato queda así limitado a la descripción de lugares naturales, hábitos y formas de vida; de los excesos a los que ha llegado la violencia política en Colombia y también de los problemas y vicios, aparentemente insuperables, que aquejan a las democracias latinoamericanas. En realidad, más que de una novela se trata de una especie de “cuadro de costumbres” ampliado, actualizado y muy bien escrito.
Vallejo ya había anunciado que La rambla paralela (2002) sería su última novela, pues pensaba abandonar la literatura para dedicarse a la música, que él considera hoy una forma artística muy superior. Cumpliendo su palabra nos entrega este Mi hermano el alcalde, redactado hace ya algunos años, no tanto como una novela sino como un testimonio apenas “ficcionalizado”. Un testimonio valioso por la descarnada descripción del atraso, injusticia y marginación en que todavía vive inmersa buena parte de la población de su país. Y también por devolvernos al original universo narrativo de Fernando Vallejo, peculiar conjunción de escepticismo lúcido, realismo descriptivo y creatividad literaria.
Visite mi página dedicada a la narrativa de Fernando Vallejo
Laura Restrepo y su Delirio
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Laura Restrepo. Delirio (Alfaguara, 2004)
La colombiana Laura Restrepo (Bogotá, 1950) se hizo conocida por su participación en la política de su país (formó parte de la histórica comisión encargada de negociar la paz con el movimiento guerrillero M-19), y recién cerca a los 40 años de edad inició una exitosa carrera literaria como narradora. Sus novelas -La isla de la pasión (1989), Leopardo al sol (1993), La novia oscura (1999), entre otras- han merecido galardones como el Sor Juana Inés de la Cruz (1997), el Prix France Culture a la mejor novela extranjera publicada en Francia en 1998 y el Premio Alfaguara de Novela que acaba de obtener por Delirio (Alfaguara, 2004), su más reciente libro, una obra narrativa de calidad pero en la que resulta demasiado evidente la huella de otros autores.
Ambientada en la agitada Colombia de los 80's, Delirio cuenta la historia de Aguilar, un maduro profesor que al volver de un breve viaje encuentra a su joven mujer Agustina convertida en una loca delirante. Aguilar toma las cosas con calma y trata de averiguar cuáles fueron las circunstancias en las que Agustina perdió la razón. Para que los lectores entiendan mejor esa locura, la autora narra la historia principal entretejiéndola con otras tres: la de la infancia de Agustina, compartida con sus hermanos Joaco y el Bichi, tan diferentes entre sí; la del abuelo Portulinus, un músico alemán que emigró a Colombia huyendo de la locura; y la de Midas McAlister, narcotraficante amigo de Joaco y Agustina, y el vínculo de la familia con Pablo Escobar.
Dos de esas historias subalternas, se convierten en un despliegue de personajes y situaciones que actualizan las viejas propuestas de lo real maravilloso. La niña Agustina practica extraños ritos con objetos como la colección de fotografías pornográficas de su padre; y Portulinus está encerrado en su propio universo interior, confundiendo la gente y la geografía colombiana con mitos y recuerdos europeos. Por su parte, la historia de McAlister, introduce elementos propios de la llamada novela sicaresca colombiana, cuyo más conocido exponente es La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo. En ambos registros la autora demuestra un sobresaliente dominio tanto de las técnicas narrativas como del lenguaje y la retórica pertinentes, desde las imágenes poéticas "maravillosas" hasta el humor negro y descarnado de los sicarios.
Con esa conjunción de tradiciones disímiles, Restrepo logra que su novela sea a la vez una saga familiar y un amplio retrato de la sociedad colombiana de los 80's; ambas, familia y sociedad, signadas por el caos y la locura: los delirios de Agustina (anagrama de angustia) se cuentan en paralelo con las excéntricas hazañas de McAlister (milagrero, por sus letras en inglés) y con una serie de atentados terroristas en Bogotá. Y los cuestionamientos de la autora van a la raíz de esos problemas, al manejo del poder: el machismo y la hipocresía reinantes en las familias de clase alta, las oscuras redes del dinero proveniente del narcotráfico, la corrupción de las autoridades y la sociedad colombiana en general.
Los aciertos de Restrepo -en la estrategia narrativa, el manejo del lenguaje y el retrato colectivo- se ven un tanto empañados por su intención de hacer de ésta una novela capaz de llegar a la mayor cantidad de lectores posibles. Restrepo quiso hacer de su libro un verdadero best-seller, y para lograrlo ya hemos visto que apeló a los más conocidos y efectivos recursos del realismo mágico y la sicaresca. A ellos hay que sumar un verdadero saqueo de personajes y técnicas de la narrativa del Premio Nóbel José Saramago; pero sólo para ofrecernos una versión light y mucho más comercial de esos recursos. Por eso la Agustina niña se parece más a la Amelie de la famosa película de Jean Pierre Jeunet que a la Blimunda saramaguiana en la que la autora dice haberse inspirado. Y lo mismo sucede con buena parte de los personajes y situaciones de la novela.
Esa vocación de "masividad", sumada a las más que evidentes virtudes literarias de la novela, fue seguramente lo que hizo al jurado del Premio Alfaguara (una empresa editorial, al fin y al cabo) elegir como ganadora a Delirio, una muy buena novela que consagra a su autora como una de las más importantes narradoras latinoamericanas de la actualidad. Y que por eso mismo ya no debería apoyarse tanto en los recursos y fórmulas de autores consagrados, así estos sean tan prestigiosos como García Márquez, Vallejo y Saramago.
Del pastiche a lo banal
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A finales de los años 80 y principios de los 90, los ensayistas e intelectuales en general solían emplear el término de pastiche para señalar una tendencia dominante en diversas artes y que resultaba la más característica de la llamada posmodernidad. El pastiche es una especie de parodia de géneros y estilos - mezclados y preferentemente del pasado-, pero una parodia en la que la ironía y el humor quedan relegados y el mayor énfasis está puesto en la propia recreación de ciertas retóricas y técnicas artísticas. Acaso el pastiche más conocido sea la novela El nombre de la Rosa, del italiano Umberto Eco, ambiciosa mezcla de relato histórico y policial, con numerosas y no tan evidentes alusiones a textos y personajes literarios. Al punto que el propio Eco se vio obligado a publicar Apostillas al nombre de la Rosa, un libro con notas aclaratorias a su novela.
Junto al pastiche, culto y libresco, surgió la llamada literatura light escrita por autores que parecían mucho más interesados en la cultura de masas -en la que vivían sumergidos- que en la gran tradición artística e intelectual. La narrativa light (porque se trataba básicamente de narradores) no tenía ningún reparo en citar slogans publicitarios o versos de canciones pop; ni en usar situaciones y personajes más propios de un sitcom televisivo que de una obra literaria. Esos recursos le aseguraban un más amplio universo de lectores, especialmente de aquellos lectores que sólo buscan entretenimiento y diversión en los libros. La superficialidad y falta de contenidos de esa narrativa fue la que le ganó el acertado calificativo de light. El mejor ejemplo siguen siendo las novelas de Jaime Bayly, Fuguet y la generación McOndo en general.
Con el tiempo lo posmoderno ha dejado de ser una novedad de intelectuales para convertirse en lo cotidiano en nuestro mundo liberal y globalizado. Y ambas tendencias estéticas, el pastiche y lo light, llegaron hasta la cultura de masas. Son pastiches las canciones de Joaquín Sabina (quien igual hace rancheras que raps), las versiones “sampleadas” de viejos éxitos del rock; películas como Gladiador o las de Oliver Stone; series como That seventy show o Scrubs. Pero en este contexto “masivo” lo light, ligero y banal, ha terminado imponiéndose: los reality shows cada vez más abundantes y variados, desde el pionero Big Brother hasta los programas de Ozzy Osbourne y Ann Nicole Smith; el pop de Britney Spears, la música rave, y las baladas de Enrique Iglesias; American pie y las películas de los hermanos Farrelly.
Lamentablemente, lo banal también ha derrotado al pastiche dentro de la producción literaria y artística más reciente. Cada vez es mayor el número de poemarios, novelas y obras teatrales que simplemente “replican, reproducen y refuerzan la lógica del capitalismo de consumo”, citando a Fredric Jameson; o, en otras palabras, que simplemente son versiones culturosas y extensas del contenido temático de cualquier canción pop o propaganda de Coca Cola. Y el empleo de personajes estereotipados, gags y situaciones sacadas de comedias televisivas o cinematográficas, ya parece estar plenamente aceptado por la mayoría de comentaristas y críticos. Sólo así se podrían explicar los elogios recibidos por libros como El baile de la Victoria de Antonio Skármeta o Un milagro informal de Fernando Iwasaki, por no mencionar las novelas de Jaime Bayly premiadas en España.
Es casi inevitable que en nuestros días lo más banal sea lo más exitoso en casi cualquier actividad, incluida la política: no ganan las elecciones los mejores candidatos sino aquellos que más prometen y que figuran más en los medios masivos, aunque sea haciendo el ridículo. Pero el arte y la literatura, por su poco valor utilitario, siempre han servido para que el hombre manifieste sus negativas y disconformidades con la sociedad en la que vive. Por eso Adorno habló de una estética de la negatividad que estaría bien representada en las obras de los creadores más importantes de la historia: Joyce, Picasso, Beethoven, Vallejo, Rimbaud, etc. De ahí que estas actividades necesiten permanecer como un territorio liberado de la banalización cultural generalizada. Sólo así podrán mantener su esencia crítica y cuestionadora, que es finalmente su verdadera razón de existir.
Sobre la literatura banalizada, vea mis comentarios a los libros El baile de la Victoria de Antonio Skármeta, Un milagro informal de Fernando Iwasaki y Los amigos que perdí de Jaime Bayly.
Junto al pastiche, culto y libresco, surgió la llamada literatura light escrita por autores que parecían mucho más interesados en la cultura de masas -en la que vivían sumergidos- que en la gran tradición artística e intelectual. La narrativa light (porque se trataba básicamente de narradores) no tenía ningún reparo en citar slogans publicitarios o versos de canciones pop; ni en usar situaciones y personajes más propios de un sitcom televisivo que de una obra literaria. Esos recursos le aseguraban un más amplio universo de lectores, especialmente de aquellos lectores que sólo buscan entretenimiento y diversión en los libros. La superficialidad y falta de contenidos de esa narrativa fue la que le ganó el acertado calificativo de light. El mejor ejemplo siguen siendo las novelas de Jaime Bayly, Fuguet y la generación McOndo en general.
Con el tiempo lo posmoderno ha dejado de ser una novedad de intelectuales para convertirse en lo cotidiano en nuestro mundo liberal y globalizado. Y ambas tendencias estéticas, el pastiche y lo light, llegaron hasta la cultura de masas. Son pastiches las canciones de Joaquín Sabina (quien igual hace rancheras que raps), las versiones “sampleadas” de viejos éxitos del rock; películas como Gladiador o las de Oliver Stone; series como That seventy show o Scrubs. Pero en este contexto “masivo” lo light, ligero y banal, ha terminado imponiéndose: los reality shows cada vez más abundantes y variados, desde el pionero Big Brother hasta los programas de Ozzy Osbourne y Ann Nicole Smith; el pop de Britney Spears, la música rave, y las baladas de Enrique Iglesias; American pie y las películas de los hermanos Farrelly.
Lamentablemente, lo banal también ha derrotado al pastiche dentro de la producción literaria y artística más reciente. Cada vez es mayor el número de poemarios, novelas y obras teatrales que simplemente “replican, reproducen y refuerzan la lógica del capitalismo de consumo”, citando a Fredric Jameson; o, en otras palabras, que simplemente son versiones culturosas y extensas del contenido temático de cualquier canción pop o propaganda de Coca Cola. Y el empleo de personajes estereotipados, gags y situaciones sacadas de comedias televisivas o cinematográficas, ya parece estar plenamente aceptado por la mayoría de comentaristas y críticos. Sólo así se podrían explicar los elogios recibidos por libros como El baile de la Victoria de Antonio Skármeta o Un milagro informal de Fernando Iwasaki, por no mencionar las novelas de Jaime Bayly premiadas en España.
Es casi inevitable que en nuestros días lo más banal sea lo más exitoso en casi cualquier actividad, incluida la política: no ganan las elecciones los mejores candidatos sino aquellos que más prometen y que figuran más en los medios masivos, aunque sea haciendo el ridículo. Pero el arte y la literatura, por su poco valor utilitario, siempre han servido para que el hombre manifieste sus negativas y disconformidades con la sociedad en la que vive. Por eso Adorno habló de una estética de la negatividad que estaría bien representada en las obras de los creadores más importantes de la historia: Joyce, Picasso, Beethoven, Vallejo, Rimbaud, etc. De ahí que estas actividades necesiten permanecer como un territorio liberado de la banalización cultural generalizada. Sólo así podrán mantener su esencia crítica y cuestionadora, que es finalmente su verdadera razón de existir.
Sobre la literatura banalizada, vea mis comentarios a los libros El baile de la Victoria de Antonio Skármeta, Un milagro informal de Fernando Iwasaki y Los amigos que perdí de Jaime Bayly.
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