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La mujer cambiada

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Teresa Ruiz Rosas. La mujer cambiada (Editorial San Marcos, 2008)

La escritora Teresa Ruiz Rosas (Arequipa, 1956) ha estado siempre ligada al quehacer literario, ya sea como traductora (radica en Alemania) o como creadora. Hija y hermana de conocidos poetas (José y Alonso, respectivamente) destaca, no obstante, en la narrativa: su primera novela, El copista (1994) fue finalista del premio Herralde y su cuento Detrás de la calle de Toledo obtuvo el premio Juan Rulfo 1999. Ella acaba de presentar su tercera novela, La mujer cambiada, un drama cuyo trasfondo es la violencia política de los últimos decenios en nuestro país.

Elvira Peña es una ayacuchana que llega a una exclusiva clínica limeña para que le cambien el rostro. Ahí hace amistad con el Dr. Gerardo Bustíos, quien realiza la operación y se convierte en su socio. El primer tercio de la novela está centrado en esa amistad, hasta que Elvira tiene que enfrentar su pasado, el motivo del cambio de rostro. Casada con un poderoso ganadero, lo abandonó por Felipe Arréstegui, un profesor universitario que desapareció, aparentemente asesinado por subversivos. Lo que se descubre entonces es que Felipe murió en un cuartel del ejército, donde estuvo encerrado y sometido a las peores torturas.

Estamos ante un relato en la línea que inició Alonso Cueto con sus novelas Grandes miradas y La hora azul. Como en ellas, aquí la protagonista descubre los excesos y crímenes cometidos en la lucha contra la subversión a través de diálogos con efectivos del ejército ya retirados. Y también como Cueto, incluso en mayor grado, Ruiz Rosas se deja llevar por la tentación costumbrista, por la reproducción "directa" del lenguaje de sus personajes (empleando uno cargado de lugares comunes) y por la acumulación de detalles para enfatizar las diferencias sociales, especialmente en los ámbitos correspondientes a la "clase alta".

Hay otros problemas en La mujer cambiada (errores en la trama, cierta teatralidad y efectismo), pero no por ellos deja de tener pasajes de intensa emotividad o de valor documental, pues reconocidas personalidades aparecen con sus nombres reales o apenas cambiados. No obstante, dado que la obra figuró también entre las finalistas del premio Herralde, cabe preguntarse si estas novelas sobre la violencia política, que ponen tanto énfasis en los detalles costumbristas y el "color local" (otro ejemplo es Abril rojo de Santiago Roncagliolo), no se están convirtiendo en una fórmula narrativa netamente "de exportación".
(Artículo publicado previamente en La República)

El hombre de la azotea

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Abelardo Sánchez León. El hombre de la azotea (Alfaguara, 2008)

El sociólogo y escritor Abelardo Sánchez León (Lima, 1947) es uno de los mejores poetas peruanos surgidos durante la década de 1970, junto con Enrique Verástegui, José Watanabe y los integrantes del grupo Hora Zero. Paralelamente a su obra poética (que a la fecha abarca diez libros), ha escrito una también importante serie de novelas –Por la puerta falsa (1991), La soledad del nadador (1996) y El tartamudo (2002)– en las que es posible encontrar, tras las tramas, las observaciones y reflexiones del sociólogo. Sánchez León acaba de publicar una nueva novela, El hombre de la azotea (Alfaguara, 2008), en la que por fin se decide a poner en primer plano el mundo de los investigadores sociales peruanos.

El protagonista de esta novela es Gustavo Ibáñez, sociólogo limeño y directivo de una de las más importantes ONG del medio. Tras largos años de servicio en esa institución, Gustavo es despedido intempestivamente. Pero ese tiempo de trabajo, dedicado más que nada redactar farragosos e intrascendentes “informes”, lo ha llevado a un cierto grado de alienación y a la obsesión por seguir redactando informes. Su esposa Victoria encuentra en ese detalle el pretexto para deshacerse de él (para entonces ella se ha convertido en amante de un joven colega de Gustavo), encerrándolo en la azotea de su casa y proporcionándole todo lo necesario para que se dedique a esa actividad.

El cuerpo de la novela no es otra cosa que ese “informe final” (Gustavo muere antes de concluirlo), en el que se detalla la historia de la ONG –cuyo modelo es una reconocida institución local–, sus actividades, las relaciones personales entre sus integrantes, las intrigas internas por el poder y los pormenores de la captación de recursos provenientes de instituciones internacionales como el Banco Mundial. Así, el relato amplia sus ámbitos y se enriquece con una interesante galería de personajes extranjeros (latinoamericanos y europeos) a los que el narrador bryceanamente denomina con irónicos apelativos como “Mr. Meeting”, “Amor sin fronteras”, “Emma World Bank”, etc.

El repaso de los más de 20 años de historia de esa ONG se convierte en un testimonio del devenir de nuestros intelectuales de izquierda, desde el entusiasmo revolucionario de los 70’s hasta su modernización y reacomodos de fines del siglo XX, ante el triunfo del liberalismo económico e ideológico. Reacomodos que incluyen procesos de reingeniería que hacen desaparecer prematuramente a dos generaciones de investigadores sociales. La honestidad y espíritu crítico de este testimonio se aprecia en los descarnados retratos de algunos de los miembros de esa ONG (con modelos “reales” también fáciles de identificar), su pobreza intelectual o sus reacciones cuando ven amenazados sus ingresos.

Pero Sánchez León no ha encontrado la forma novelesca más apropiada para este interesante material. Por eso la narración resulta demasiado caótica, con personajes que entran y salen (cuyos nombres son también los títulos de los capítulos) sin que se establezcan claramente las líneas directrices del relato; con cambios abruptos que llevan del divertido cuadro de costumbres (las negociaciones internacionales) a los dramáticos diálogos del protagonista con su esposa o compañeros caídos en desgracia. Tampoco tiene la novela un lenguaje propio, pues constantemente está saltando del típico humor limeño ya mencionado a la prosa inexpresiva y disonante con que Gustavo redacta su informe final.

A esos problemas estructurales y de lenguaje, se suma el propio protagonista, pues Gustavo no está a la altura del Benjamín Hassler de La soledad del nadador o el Ernesto Montoya de El tartamudo, con sus complejidades, contradicciones y profunda humanidad. Esta vez el protagonista parece demasiado cercano al autor (por profesión e historia) y esa falta de distancia ha impedido el desarrollo del personaje y una más eficaz utilización de su potencial representativo y simbólico. Sin por ello perder su valor testimonial, El hombre de la azotea representa una ligera caída en la hasta ahora ascendente obra novelística de Sánchez León.
(Artículo publicado previamente en La Primera)


Otros textos sobre El hombre de la azotea: Jorge Paredes.

El jardín de los encantos

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Dimas Arrieta. El jardín de los encantos. Habla el gran Sinonés (Fondo Editorial Cultura Peruana, 2008)

El escritor piurano Dimas Arrieta (Huancabamba, 1964) se hizo conocido como poeta hacia finales de los años 80 con los libros Concierto de la memoria (1987) y Recuento de las épocas memorables (1989). No obstante, en los años 90 inició un ambicioso proyecto narrativo: una serie de novelas sobre el universo mágico y mítico del norte del Perú, en especial todo lo relacionado con los guayacundos y las famosas lagunas de las Huaringas. Las dos primeras entregas de esta saga fueron Camino a las Huaringas (1993) y En el reino de los guayacundos (2003), a las que ahora se suma El jardín de los encantos. Habla el gran Sinonés, extensa narración que concluye y resume la trilogía.

A la manera de algunas novelas de Mario Vargas Llosa (El hablador, El paraíso en la otra esquina) El jardín de los encantos presenta dos relatos que se van alternando. En los capítulos impares (señalados con números “romanos”) se cuenta la historia de Juan Carlos Asturriaga, un piurano cuya vida oscila entre la modernidad limeña y el mundo mágico de su infancia; los capítulos pares (en números “naturales”) son las experiencias del protagonista cuando, a través del consumo de ciertos alucinógenos, (como el sampedro) establece contacto con una serie de personajes míticos. En estos viajes Juan Carlos se convierte en “el nostalgiador”, quien escucha atentamente las palabras del gran Sinonés.

Como ha señalado José C. Bello, a propósito de En el reino de los guayacundos, hay varios aspectos que destacar en el proyecto narrativo de Arrieta: la recuperación de la tradición cultura oral de su Huancabamba natal, la apuesta por las posibilidades literarias de esta tradición y la necesidad de su incorporación al canon literario peruano, y la búsqueda de un saber alternativo a la razón instrumental occidental. Es este último elemento el más importante, pues determina tanto la estructura de la novela (basada en la oposición entre modernidad y tradición) como los temas de los largos discursos del gran Sinonés, quien critica constantemente la pérdida de la sabiduría ancestral a partir de la conquista y sucesivas oleadas modernizadoras en nuestro país.

El peligro en una doble narración en paralelo es que una de las dos historias no esté a la altura de la otra, como sucedió en El paraíso en la otra esquina. En esta novela de Arrieta ocurre algo de eso, pues el relato de los capítulos impares, centrados en las relaciones de la pareja conformada por Juan Carlos y la histérica y prejuiciosa Patricia (y cuya conclusión precede a los capítulos pares), no resulta funcional para la propuesta del autor ni llega nunca a captar el interés del lector. Cuesta entender que el místico y sereno protagonista se mantenga unido a una mujer tan materialista y problemática. Hasta los diálogos de esta pareja parecen algo torpes y poco verosímiles.

Por otra parte, sin esta débil trama narrativa, los capítulos pares, en los que habla el gran Sinonés, acaso estarían más cerca del testimonio antropológico que de la ficción literaria. Ese es precisamente el mayor problema de esta trilogía de novelas: a pesar de la importancia y originalidad del valioso material cultural en el que están basadas, su formulación literaria no parece la más apropiada. Una lástima, pues es evidente que Arrieta ha dedicado muchos años y esfuerzo a este proyecto (esta tercera entrega tiene 400 páginas de formato grande) y que de verdad está identificado con las tradiciones y mitos que recrea.

Las mejores páginas de El jardín de los encantos son aquellas en que el gran Sinonés se expresa en extensos monólogos cargados de emotividad y en los que además se conjuga el lenguaje oral característico de la región con imágenes y recursos poéticos. Especialmente cuando describe minuciosamente el paisaje y la geografía de la región, cada una de las siete lagunas de las Huaringas; o cuando cuenta la historia y las propiedades de cada una de las siete yerbas mágicas. Arrieta logra así, con estas tres novelas, su principal propósito: incorporar el imaginario del norte peruano a nuestra narrativa.
(Artículo publicado originalmente en La Primera)

Las cárceles del emperador

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Jorge Espinoza Sánchez. Las cárceles del emperador (Fondo Editorial Cultura Peruana, 2007)

Además de las novelas que aparecen en la listas de los libros más vendidos, existen otras novelas peruanas “exitosas”, que se reeditan numerosas veces y llegan a un amplio sector de lectores. Son una especie de best sellers alternativos, publicados, comentados y difundidos fuera del ámbito de la literatura oficial. El mejor ejemplo es la novela El retoño (1950) de Julián Huanay, las aventuras de un niño provinciano en su penoso peregrinaje hacia Lima. Mucho más reciente, la novela que motiva este artículo: Las cárceles del emperador (2002) del poeta y editor Jorge Espinoza Sánchez (Lima, 1953), ya cuenta con seis ediciones, la última de ellas de 3 mil ejemplares.

Las cárceles del emperador es un testimonio novelado que narra un dramático episodio de la vida de Espinoza: los quince meses que pasó injustamente en prisión como sospechoso de integrar un organización de artistas populares ligada a Sendero Luminoso. Las acciones se inician en julio de 1992, cuando el autor (protagonista y narrador) es capturado por la policía antiterrorista. Las casi 400 páginas del libro cuentan en forma minuciosa las experiencias carcelarias de Espinoza, poniendo especial énfasis en los terribles abusos y humillaciones a que eran sometidos entonces los presos en el penal Miguel Castro Castro.

Espinoza va directamente a los hechos, y ya en el primer párrafo de la novela cuenta la violenta forma en que fue secuestrado por la policía. Nadie le da ninguna explicación, ni le dicen a dónde lo llevan. Y ése es apenas el inicio, como se puede apreciar en los títulos de los más de 60 capítulos: Una rata en el menú, Durmiendo con un cadáver, Quemaron a los muchachos, etc. Además de lo que el protagonista ve y escucha, se incluyen los testimonios de sus compañeros de prisión, algunos de ellos sobrevivientes de sucesos como los de El Frontón del 18 de junio de 1886.

Así, la novela abarca casi diez años de abusos cometidos en las cárceles de nuestro país, un tema de latente interés para los peruanos. Lamentablemente, estas historias pierden bastante por el escaso oficio narrativo del autor. En primer lugar, por lo afectado de su prosa. Cuando, por ejemplo, los policías (que lo llevan prisionero dentro de un automóvil) le cubren los ojos con un trapo, el autor da rienda suelta a su estro poético: “Un relámpago cubrió mi rostro con la gruesa venda, estaba ahogado en la playa solitaria, las balas escupían canciones de guerra sobre mi cuerpo flotando a la deriva en las aguas infestadas de cocodrilos. Esposado y ciego, hervía la vida toda en mi cerebro…” (p. 10)

Hay importantes antecedentes de novelas peruanas dedicadas a este tema –el inhumano trato a los prisioneros políticos–, como La prisión (1951) de Gustavo Valcárcel y El sexto (1961) de José María Arguedas. En ambas, las cárceles se convierten en una metáfora de la sociedad peruana –con su marcada división entre criollos y andinos, privilegiados y excluidos– y los protagonistas sufren una transformación radical a partir de estas experiencias. Nada de eso sucede aquí, pues el autor está más interesado en denunciar a los culpables de su encarcelamiento y en mostrarse como un hombre digno, que no pierde nunca la compostura. Son sus compañeros quienes sufren las golpizas y humillaciones, mientras él está dedicado a leer grandes obras literarias.

Acaso por esa actitud no hace amigos ni establece vínculos afectivos en esos quince meses. Es más, durante buena parte de ellos, sus dos compañeros de celda ni siquiera le dirigen la palabra, a consecuencia de un problema omitido en la narración. Se pierden así las grandes posibilidades de los diálogos más personales, centrales en este tipo de novelas, como sucede en El beso de la mujer araña (1976), del argentino Manuel Puig. A pesar de estos defectos “literarios”, el realismo de las historias narradas en Las cárceles del emperador mantiene siempre vivo el interés del lector, que no puede dejar de emocionarse e indignarse con estos sucesos que ya forman parte de la ominosa historia del sistema penitenciario peruano.
(Artículo publicado previamente en La Primera)


Otros textos sobre Las cárceles del emperador: Jorge Coaguila,

El guachimán y otras historias

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Luis Nieto Degregori. El guachimán y otras historias (Alfaguara, 2008)

El escritor Luis Nieto Degregori (Cusco, 1955) es autor de una importante obra narrativa que se inició con los cuentos de Harta cerveza y harta bala (1987), y que ya abarca cuatro libros de cuentos y dos novelas, Cuzco después del amor (2003) y Asesinato en la gran ciudad del Cuzco (2007). Fue uno de los primeros en escribir ficciones sobre la violencia política de las décadas pasadas en el Perú, y su cuento Vísperas es infaltable en las antologías sobre este tema. Nieto acaba de publicar el libro El guachimán y otras historias que reúne tres novelas cortas en las que continúa incorporando nuevos ambientes y personajes a su narrativa.

La primera de estas novelas, La mala conciencia, sucede en la ciudad de Puno y es la historia de un lujurioso sacerdote católico y su amante Ester. El narrador es el sacerdote, quien cuenta sus aventuras sin remordimientos de ningún tipo, incluyendo acosos sexuales, seducciones y hasta abortos clandestinos. Pero finalmente es Ester el personaje más logrado: de origen muy humilde, violada muy joven y víctima recurrente de abusos de todo tipo, ella encuentra en el erotismo la única forma de hacerse un lugar dentro de esa sociedad provinciana y abiertamente machista.

Los otros dos relatos están ambientados en la Lima de hoy. Ninotchka cuenta un peculiar triángulo amoroso entre un hombre casado y sus dos jóvenes amantes que tienen el mismo nombre: Ninotchka. Aquí lo que más llama la atención es el empleo exclusivo del lenguaje callejero limeño, en una versión casi lumpenesca. Lo mismo sucede en El guachimán, el relato más extenso (inspirado en un suceso real), que narra las aventuras de un agente de seguridad que roba una bolsa con 40 mil dólares. Y lo que hace con ese dinero no es otra cosa que buscar sexo, primero con su enamorada (a quien encuentra con otro hombre) y después con prostitutas cada vez más caras, quienes lo desprecian y ofenden constantemente por su aspecto y su forma de vestir.

Ya en sus anteriores novelas Nieto había mostrado que entre las obsesiones recurrentes de sus personajes estaban el erotismo y la sexualidad, pero no en sus aspectos más trascendentes e importantes, sino a través de ciertas patologías y prácticas degradantes. En esas ficciones los sexual se presentaba en paralelo con temas más elevados y dignos, como el destino de la ciudad del Cusco tradicional en Cuzco después del amor. En estas tres nuevas novelas no encontramos esos otros temas, por lo que la promiscuidad sexual pasa a un primer plano y la reiterada e injustificada presencia de infidelidades, abortos, prostitutas y pornografía llega a hastiar al lector.

En estos nuevos relatos, además, Nieto se sumerge completamente en el universo de sus personajes, hablando como ellos y apelando a su esquemática forma de pensar (llena de prejuicios y lugares comunes), llegando así a un realismo fotográfico e ingenuo. Los diálogos reproducen palabras y frases que se pueden escuchar cotidianamente en la calles limeñas; material que se incorpora a la ficción “en bruto”, casi sin ningún trabajo literario por parte del autor. Y peor aún resulta cuando el narrador omnisciente, quien por lo general utiliza otro registro, apela a expresiones netamente coloquiales como “una pareja que está en pleno agarre” o “hombres que fácil tienen sus cuarenta años”.

Pero la mayor debilidad de estas novelas es el escaso desarrollo de los personajes, construidos en base a los más gruesos estereotipos. Tanto el sacerdote como las ninotchkas y el guachimán carecen de una psicología propia y por su aspecto, costumbres y reacciones están más cerca de la farsa o la parodia que de la narrativa realista. El interés de Nieto por abordar nuevos ámbitos literarios lo ha llevado a incursionar en el universo urbano limeño, que acaso no conozca lo suficientemente bien. O que no resulta tan propicio para esta narrativa como el mundo andino, sus habitantes (la ya mencionada Ester es puneña) y ciudades; en especial Cusco, donde transcurren las dos anteriores novelas de Nieto, muy superiores a las reunidas en El guachimán y otras historias.
(artículo publicado previamente en La Primera)


En El Comercio se puede leer completo el relato La mala conciencia y un fragmento de El guachimán.
Otros textos sobre el libro: Jack Martínez.
Entrevistas: Carlos Cabanillas, Pedro Escribano, La Primera, Tomacini Sinche, Carlos Sotomayor,

Chesil Beach

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Ian McEwan. Chesil Beach (Anagrama, 2008)

El escritor Ian McEwan (Aldershot, 1948) pertenece a la brillante generación de novelistas británicos que incluye a Martin Amis, Julian Barnes, Hanif Kureshi y Kazuo Ishiguro. Es autor de una docena de libros de narrativa, entre los que destacan las novelas Amsterdam (1998, Premio Booker) y Expiación (2001). Cambiando de registro, la más reciente novela de McEwan es Chesil Beach (Anagrama, 2008), un melodrama breve e intenso cuya versión fílmica estará a cargo del español Almodóvar.

Ambientada en Inglaterra en 1962, la novela cuenta los sucesos de la noche de bodas de una pareja de jóvenes, Edward y Florence. A pesar de las diferencias sociales, todo parece marchar bien entre los dos: la pareja se ama y comparte el proyecto de una sólida familia con hijos. Pero a medida que avanza la noche, que pasan en la suite de un hotel del balneario de Chesil Beach (frente al Canal de la Mancha), Florence se muestra cada vez más inquieta y angustiada. Su profunda aversión a todo lo relacionado con el sexo, sumada a la torpeza y prejuicios de Edward, hacen de esa primera noche una agobiante prueba.

McEwan cuenta esta historia a la manera antigua, apelando a un narrador externo a la ficción, el que se permite algunos atisbos a los pensamientos y emociones de los protagonistas, e incluso comenta los sucesos desde la libertad sexual y apertura propia de inicios del siglo XXI. Un recurso manejado con mesura y que se complementa con descripciones detalladas. Los recorridos por el pasado de Edward y Florence (especialmente las relaciones con sus respectivos padres) o los pormenores de sus oficios (él es historiador, ella violinista) son evocados con una prosa sobria y precisa.

El tema es, por supuesto, la forma en que hasta hace poco era tratado todo lo relacionado con el sexo, incluidos el matrimonio, el amor y hasta la familia. Pero McEwan no se queda en el retrato de época, pues buena parte de esos problemas han existido siempre y subsisten todavía hoy. Así lo indica el símbolo de la playa de Chesil: "la exuberancia sensual y tropical de la vegetación" asentada en suelos pertenecientes a diferentes estratos geológicos. Detalles que demuestran la manera en que se desarrolla este drama intimista, sin caer en excesos (hay datos importantes apenas insinuados) y conjugando armoniosamente los elementos psicológicos, históricos, sociales y literarios. Una excelente novela.
(artículo publicado previamente en La República)


Se pueden leer las primeras páginas de la novela en adn.es y las últimas en Últimas páginas.
Otros textos sobre Chesil Beach: Carmen Álvarez, Juan González, Mónica Lavín, Camilo Marks, Eduardo Mendoza,

El autómata y otros relatos

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Xavier Abril. El autómata y otros relatos (PUCP, 2008)

Continuando con su labor de rescate de importantes obras literarias, la colección El manantial oculto, del rectorado de la Universidad Católica, acaba de publicar el libro El autómata y otros relatos, una recopilación de textos narrativos escritos por el peruano Xavier Abril (1905-1990). Más conocido por su poesía surrealista, Abril es autor de la “novela poemática” Hollywood (1931) y una serie de relatos que la crítica considera entre lo más destacado de la narrativa vanguardista peruana, junto con libros como La casa de cartón de Martín Adán o Escalas melografiadas de César Vallejo.

El autómata es una novela corta que Abril escribió entre 1929 y 1930 y de la que, por mucho tiempo, se conocieron apenas algunos fragmentos publicados en revistas. Tiene solo dos personajes, Sergio y su padre (el primero, el autómata, está encerrado en un manicomio; el segundo es un alcohólico), y ambos están en el umbral entre la vida y la muerte. En los ocho capítulos de la novela, el narrador omnisciente más que contar, describe esas extrañas agonías –desde el aspecto físico de los personajes hasta sus pensamientos y emociones– apelando a recursos netamente poéticos: “El aire serpentea la lengua de la llama que es una voz, tal vez la última palabra en la cueva de los ojos.”

En el estudio prologal de este libro, Xavier Abril y la experiencia de la vanguardia, el escritor Jorge Valenzuela (responsable de esta antología) afirma que esa “concatenación de imágenes”, a pesar de sus semejanzas con el fluir de la conciencia joyceano o la escritura automática surrealista, se diferencia por la “mediación conceptual e ideológica” del autor, su cuestionamiento de “los decadentes valores de la burguesía”. Abril recurre, como Breton en Nadja, al tópico de la locura, para describir “la conciencia errática y desintegrada de los retoños de esa clase social”. Hay que recordar que este escritor formó parte del grupo de intelectuales y artistas congregados por J. C. Mariátegui en torno a la revista Amauta.

Valenzuela ha rastreado en la obra de Abril, tanto en prosa como en verso, aquellos textos en los que se cumple con la diégesis, “narración de estados o acontecimientos en el tiempo, seguida de una transformación de la situación plateada en el inicio”. Por eso ha incluido en El autómata y otros relatos un capítulo completo de Hollywood –Prosas para una dama de Europa– y fragmentos de otros dos; así como Dos relatos (1930) y una Radiografía de Charles Chaplin (1929).
(Artículo publicado previamente en La República)


El libro Poesía soñada reúne la obra poética completa de Xavier Abril.
Otros textos sobre El autómata y otros relatos: Christian Elguera, Abelardo Oquendo.

La maravillosa vida breve de Óscar Wao

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Junot Díaz. La maravillosa vida breve de Óscar Wao (Mondadori, 2008)

Junot Díaz nació en República Dominicana, en 1968, pero desde los seis años vive Estados Unidos. Su primer libro Drown (1996, cuentos), escrito en un inglés plagado de términos propios del español dominicano, lo llevó a ser considerado como uno de los más importantes escritores norteamericanos de la actualidad. Díaz tomó esa fama con calma y trabajó casi una década en su siguiente obra, la novela The Brief Wondrous life of Oscar Wao, publicada el año pasado y que ha obtenido los premios Pulitzer y National Books CircleAward. Traducida hace poco al español, La maravillosa vida breve de Óscar Wao ya esta circulando en nuestro medio.

Díaz cuenta en este libro la historia de Óscar, un joven de origen dominicano que vive en Paterson (Nueva Jersey). Óscar es moreno, obeso y un “nerd” a carta cabal: obsesionado con la ciencia ficción y los videos juegos, casi no tiene amigos y menos amigas, al punto que su gran temor es convertirse en el primer dominicano en morir virgen. A pesar de ello, siempre está perdidamente enamorado de alguna mujer imposible para él. Díaz narra las desventuras de este personaje con un deslumbrante sentido del humor y un lenguaje que mantiene el ritmo y la gracia del “spanglish” hablado por los latinos en Norteamérica.

La unión de humor, ironía, oralidad y talento literario debe ser lo que más ha llamado la atención de la crítica en su país; pero a los lectores peruanos esa combinación los remitirá irremediablemente a la narrativa de Alfredo Bryce, en especial por los enamoramientos del protagonista: Óscar incluso intenta suicidarse por una decepción amorosa. En todo caso, Díaz sería una especie Bryce puesto de cabeza: mientras que los personajes del peruano suelen ser de clase alta y con un aristocrático “buen gusto”, los de Díaz son casi seres marginales que viven inmersos en la cultura de masas: películas, series de televisión, música pop. El libro se inicia con una cita de Stan Lee, un diálogo de Los cuatro fantásticos, que anuncia la importancia que estos referentes tienen en el imaginario de los personajes.

Además de la vida de Óscar, la novela cuenta la de tres generaciones de su familia, remontándose hasta la República Dominicana de la dictadura de Rafael Trujillo (1930-1952). Díaz relata en clave humorística, aunque sin escatimar los detalles más terribles, los excesos y abusos que soportaron los dominicanos en aquella época. Uno de los capítulos centrales está dedicado a Abelard Cabral, el abuelo de Óscar, quien entre 1944 y 1946 vivió una experiencia similar a la de Agustín Cabral en La fiesta del chivo, la novela de Mario Vargas Llosa: Trujillo, famoso por sus lujuriosos caprichos, quiere tener relaciones sexuales con la hija adolescente de Cabral. A diferencia del vargasllosiano, este Cabral no cede al capricho del dictador, originando así la terrible maldición (el “fukú”) que marca a todos sus descendientes.

La forma en que estos dos narradores han afrontado esta historia muestra las diferencias entre la modernidad y la posmodernidad. Vargas Llosa, no obstante sus audacias técnicas y estructurales, se centra en el “sacrificio” de la hija por parte del padre, casi como si se tratara de una tragedia griega. Díaz integra esta anécdota a su divertida saga familiar, vinculándola con un episodio de la serie televisiva La dimensión desconocida, comparando constantemente a Trujillo con Sauron (el oscuro personaje de El señor de los anillos), apelando a mitos ancestrales dominicanos y, por supuesto, aludiendo reiteradamente a la novela de Vargas Llosa.

A pesar de ciertos desbalances (la historia de Óscar pierde importancia ante las de sus parientes) y lo repetitivo de algunos recursos, La maravillosa vida breve de Óscar Wao es una muy buena novela, que merece todos los reconocimientos y premios que ha obtenido. Díaz ha sabido unir lo posmoderno, la historia y el verdadero trabajo literario; toda una lección para aquellos escritores que intentan ser actuales copiando descaradamente temas y personajes del cine o la televisión.
(Artículo publicado previamente en La Primera)

Se pueden leer fragmentos de la novela en Casa del libro y El Cultural.
Otros textos sobre La maravillosa vida breve de Óscar Wao: Frank Báez, Nuria Barrios, Cristina Castrillón, El Confidencial, José Antonio Gurpegui, Asima Saad.

El mundo sin Xóchitl

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Miguel Gutiérrez. El mundo sin Xóchitl (Santillana, 2008)

A pesar de haber publicado su primera novela El viejo saurio se retira en 1969, el escritor Miguel Gutiérrez (Piura, 1940) inició su gran ciclo narrativo más de veinte años después con Hombres de caminos (1988), libro al que siguió la monumental novela La violencia del tiempo (1991), considerada por buena parte de la crítica como la más importante entre las publicadas en el Perú durante la última década del siglo XX. Completaría este ciclo, de aliento épico y centrado en la violencia social y su importancia en el proceso histórico, La destrucción del reino (1992). Luego de dos libros narrativos de carácter experimental –Babel, el paraíso (1993) y Poderes secretos (1995)- Gutiérrez inició una nueva etapa de su obra con la publicación de El mundo sin Xóchitl (2001), una extensa y nostálgica novela sobre el amor de una pareja de hermanos.

La historia se basa en un manuscrito dejado por Wenceslao, miembro de una importante familia piurana y coetáneo del autor, a su amigo de adolescencia Martín (¿Villar, el protagonista de LVT?). En este manuscrito el personaje ya maduro, cuenta la estrecha relación -de carácter incestuoso- que mantuvo con su hermana Xóchitl, un año mayor que él. Las tres partes en que está dividido el libro corresponden a diferentes momentos de esa relación: la infancia feliz, llena de aventuras y travesuras; el reconocimiento de los hermanos de lo prohibido de su vínculo, lo que los lleva a aislarse y a odiar a todos los que intentan separarlos, especialmente a su anciano padre Don Elías; y, después de la muerte del padre, un breve período de libertad y plenitud de la pareja, que concluye con la prematura muerte de Xóchitl.

En varios textos críticos Gutiérrez ha planteado la existencia de básicamente dos tipo de novelas, abiertas y cerradas, tolstoianas y dostoievskianas. Las primeras tratan de trascender lo individual para buscar lo comunitario; las segundas están basadas en la introspección, en la profundización en el mundo interior de los personajes. Los modelos serían, respectivamente, La guerra y la paz y Crimen y castigo. No dudamos que, de acuerdo a esta clasificación, al propio Gutiérrez le gustaría que su obra sea considerada “tolstoiana”; toda a excepción de El mundo sin Xóchitl, una evidente incursión en terrenos novelísticos dostoievskianos. Crímenes largamente planeados (el del padre o el triste final de Mathilde, la primera esposa de Don Elías), el sentimiento de culpabilidad por vivir en pecado, los castigos terribles e ineludibles (no sólo el destino de Xóchitl, también la existencia de un tercer hermano retrasado mental); el autor ha apelado a toda la parafernalia relacionada con este tipo de novelas.

El resultado, sin embargo, no es una novela densa y trágica, el Crimen y castigo piurano planeado por Gutiérrez, sino un relato gótico y decadente más parecido a La caída de la casa Usher de Edgar A. Poe, como con ironía señala el propio autor. La diferencia podría radicar en la falta de profundización en la psicología de los protagonistas (Wenceslao, el narrador, parece no saber nunca lo que pasa en la mente de Xóchitl) y en los excesos de truculencia y retorcimiento de ciertas situaciones y personajes como Constanza, la madre de estos hermanos (cantante de ópera, posiblemente prostituida en su adolescencia, y que aún en su adultez juega con muñecas), o la zamba Pelagia, malvada sirvienta que practica la magia negra. Ni siquiera las connotaciones míticas de la historia (la pérdida del paraíso original, el asesinato del padre) sobreviven a estos excesos.

Contribuyen a acentuar estos problemas ciertas indecisiones del autor. Hay en la novela un pasaje clave al respecto, cuando después de narrar uno de lo recorridos nocturnos de la pareja de hermanos por las calles de la ciudad, se da cuenta que nos ha mostrado una mundo desierto, sin habitantes. Gutiérrez parece reflexionar en voz alta acerca de los “cerrado” de su historia principal, tan intimista y por momentos melodramática (la importancia determinante de la ópera en la vida de los protagonistas es otro detalle “auto-irónico”), y decide “abrirla” añadiendo numerosos personajes secundarios con sus respectivas historias. Una decisión que va en desmedro de la propuesta dostoievskiana original de la novela pero que afortunadamente la lleva a ámbitos más afines con la personalidad literaria del autor.

Así, el relato se convierte no sólo en la recapitulación de la vida de dos generaciones de esa familia sino también en un amplio retrato de la sociedad piurana de los años 50’s (pero que llega a abarcar todo el siglo XX), desde los estratos más altos (Don Elías, la familia de Mathilde) hasta los más pobres (los sirvientes, los campesinos que los hermanos conocen en sus paseos en moto, en la parte final del libro). Todo personaje parece tener una historia interesante que contar, hasta el gato Don Pasquale; y lo mismo sucede con los objetos (libros, muebles, pianos), al punto que la mansión familiar sus diferentes ambientes y los cambios que sufren (esplendor, divisiones por disputas conyugales, decadencia) se convierten en elementos centrales de la novela.

Es en estas historias secundarias donde nos reencontrarnos con las mayores virtudes narrativas de Gutiérrez: la funcionalidad de sus descripciones, su poco común capacidad de fabulación, su minucioso trabajo de documentación, y especialmente la acertada estructuración del relato, que incluye saltos en el tiempo bien dosificados y el oportuno uso de documentos tales como cartas y diarios. Si la historia de estos hermanos incestuosos (que ya estaba anunciada en El viejo saurio...) representó durante décadas un verdadero reto narrativo para Gutiérrez, El mundo sin Xóchitl finalmente demuestra que ha salido muy bien librado de ese reto, aunque para lograrlo haya tenido que renunciar a sus admirados modelos literarios Tolstoi y Dostoievski, para remontarse a un realismo ambiental muy similar al de Balzac.
(Artículo publicado previamente en La República)

Se puede leer el prólogo de la novela en Zonadenoticias.
Otros textos sobre El mundo sin Xóchitl: Melvin Ledgard, Carlos Morales, Javier de Taboada,
Entrevistas: Jorge Coaguila, Carlos Sotomayor,

La muerte lenta de Luciana B.

martinez
Guillermo Martínez. La muerte lenta de Luciana B. (Planeta, 2007)

Doctor en Ciencias Matemáticas y escritor, Guillermo Martínez (Bahía Blanca, 1962) es uno de los más notorios representantes de la narrativa argentina actual. En su obra, que alterna los libros de narrativa con los de ensayo, hay dos hitos importantes: la novela Acerca de Roderer (1992), que lo consagró en su país; y Crímenes imperceptibles (2003), un relato policial que obtuvo el Premio Planeta y fue hace poco convertido en exitosa película, protagonizada por John Hurt y Elijah Wood. Martínez ha unido elementos de estos dos libros en la muy buena novela La muerte lenta de Luciana B., su más reciente publicación.

Luciana es una joven argentina cuyos amigos y parientes más cercanos comienzan a morir asesinados o víctimas de extraños accidentes. Ella piensa que detrás de estas muertes está el reconocido escritor Kloster –autor de oscuras novelas con crímenes y personajes malévolos–, a quien alguna vez ocasionó involuntariamente un terrible daño. Como la policía no le cree, busca la ayuda de otro escritor, un rival literario de Kloster, el innominado narrador y protagonista de esta novela. Los encuentros entre ambos escritores, sutiles e intensos enfrentamientos verbales, llevan a plantear hasta cuatro posibles explicaciones a esa serie de muertes.

En las novelas de Martínez hay siempre, detrás de los sucesos y los personajes, alguna disyuntiva intelectual: la inteligencia asimilativa vs. la creativa en Acerca de Roderer, los razonamientos inductivos vs. los deductivos en Crímenes imperceptibles. En La muere lenta de Luciana B. el dilema se da entre el azar y la causalidad, puntos de vista sostenidos por el narrador y Kloster, respectivamente. Pero ese transfondo teórico no hace perder humanidad ni verosimilitud a los personajes, pues Martínez, admirador confeso de Henry James, les otorga una compleja vida interior (emociones, dudas, pasado) que se manifiesta hasta en sus más pequeñas decisiones y gestos.

Hay todavía otras virtudes que señalar en este libro: el cuidadoso manejo del lenguaje, trabajado hasta lograr la máxima precisión y economía; o el acertado manejo de la trama, en la que las diversas versiones de los hechos (sin contradecirse en nada) dan lugar a interpretaciones completamente diferentes. Y si en Crímenes imperceptibles encontrábamos algunas concesiones al "gran público lector", en La muerte lenta de Luciana B. Martínez hace un feliz retorno a temas y motivos más personales, aquellos ya presentes en sus primeros cuentos y novelas.
(Artículo publicado previamente en La República)

Se pueden leer las primeras páginas de la novela en amazon.com
Otros artículos textos sobre La muerte lenta de Luciana B: Elena Bisso, Artemio Echegoyen, Javier Fresán, Aurora Intxausti, Jorge Monteleone, Javier de Navascués, Ricardo Senabre.
Entrevistas: Héctor Guyot.

La ciudad de los culpables

inocente
Generación perdida
Rafael Inocente. La ciudad de los culpables (Editorial Zignos, 2007)

En estos tiempos de marketing literario, en que los libros suelen presentarse con campañas mediáticas y anuncios publicitarios, todavía existen algunas obras cuyo prestigio está basado exclusivamente en los comentarios honestos de aquellos que las han leído. En el caso de La ciudad de los culpables, primera novela de Rafael Inocente (Lima, 1969), la fama antecedió a la propia publicación del libro, pues el manuscrito circuló entre críticos y escritores durante varios años, obteniendo comentarios tan elogiosos como el incluido en el libro de ensayos El pacto con el diablo de Miguel Gutiérrez.

Ambientada en la Lima de fines de los 80 e inicios de los 90, la novela (que hasta hace poco se titulaba Ciudad enferma), es un amplio retrato de los barrios más pobres y marginales de la ciudad (los “conos”, como se dice en el texto) elaborado a través de las historias, contadas siempre en primera persona, de una serie de jóvenes hijos de migrantes y de origen andino. El más importante de ellos es Orlando Zapata, perteneciente a una familia tradicionalmente ligada a las luchas populares: su abuelo fue un “aprista de lo viejos” que murió encarcelado en El Frontón, y una tía le hace leer tempranamente El Capital. Por esos antecedentes, Orlando es capturado por la policía y pasa diez años en la cárcel acusado injustamente de ser terrorista.

Las historias de los otros personajes –Lucía, Julia y Sebastián, entre otros– son bastante similares y muestran a adolescentes que terminan su educación escolar justo en el momento más álgido de la violencia política en nuestro país. Todos ellos fracasan en sus intentos de hacerse de una formación universitaria, un trabajo decente o al menos una vida digna. Peor aún, Lucía y Sebastián, amigos y compañeros ideológicos de Orlando, tienen finales trágicos, ambos víctimas de los excesos de la política antisubversiva. Sólo Julia parece librarse de ese destino, y es a través de ella que la narración sale del ámbito urbano y se traslada a la selva, mostrándonos que todo el país se encuentra inmerso en la violencia y el caos.

Ya otros narradores peruanos han abordado esa época, temática y generación, en especial Daniel Alarcón y Jorge Eduardo Benavides. Este último tiene incluso una novela muy parecida a la de Inocente, El año en que rompí contigo (2003), desarrollada también a partir de las historias de un grupo de jóvenes limeños. Pero mientras los personajes de Benavides pertenecen a la clase media y alta, los de Inocente son de extracción mucho más popular. Sin lugar a dudas la mayor virtud de La ciudad de los culpables es mostrar de la manera más fidedigna el mundo de esos jóvenes: su vida cotidiana, sus anhelos y expectativas; y su propia cultura, desde sus lecturas y música que escuchan (huaynos, salsa, rock) hasta la forma de hablar, con su agresivo lenguaje y peculiar sentido del humor.

Muy pocos autores se han atrevido a emplear en sus obras el lenguaje casi lumpenesco que aparece aquí, por ejemplo, en las cartas que “el erótico Fuentes” le escribe a Orlando. Lamentablemente, el libro tiene muchas debilidades desde el punto de vista estrictamente literario: la retórica, la técnica narrativa y la estructura de la novela muestran claramente a un autor en proceso de aprendizaje y que todavía comete demasiados errores. A eso hay que sumar el monótono y enfático discurso social, compartido por casi todos los personajes, y que en muchos casos llega al más abierto didactismo. Al menos así lo reconoce Sebastián: “…le dije, y mi maldito didactismo nunca fue más evidente”.

Por eso, aunque compartimos en buena medida el entusiasmo con que Miguel Gutiérrez comenta esta novela (destacando “el conocimiento verdaderamente excepcional de la Lima andina que tiene Inocente”); no creemos, como él, que se trate de una obra que se adscriba a la narrativa picaresca. Más bien nos atreveríamos a vincular a La ciudad de los culpables con las vertientes más radicales del realismo, aquellas que rozan el panfleto político.
(Artículo publicado previamente en La Primera)


En Internet se puede leer un cuento de Rafael Inocente.
Otros textos sobre La ciudad de los culpables: Augusto Higa, Carlos Rengifo, Tomacini Sinche, Rodolfo Ybarra.
Entrevistas: José Luis Ayala.

Uñas

rengifo
Travesuras de otra niña mala
Carlos Rengifo. Uñas (Ediciones Altazor, 2007)

Surgido en plena eclosión de la violenta narrativa urbana limeña de los años 90, Carlos Rengifo (Lima, 1964) se ha convertido en uno de los escritores más constantes y productivos de su generación. Su obra se inició con los cuentos de El puente de las libélulas (1996) y se ha desarrollado, con algunos altibajos, en otros cinco libros de narrativa, entre los que destaca claramente la novela corta La casa amarilla (2007). Rengifo acaba de publicar Uñas (Ediciones Altazor, 2008), también una nouvelle, pero que muestra aspectos menos interesantes de su narrativa.

Uñas es la peculiar historia de amor de una pareja de jóvenes pertenecientes al grupo de escritores, artistas y personas marginales que animan la vida nocturna limeña. El narrador es un fotógrafo enamorado de Tatiana, una muchacha hermosa pero con “ciertas goteras en la azotea”. Ella rechaza el amor que el fotógrafo le ofrece insistentemente; no obstante, recorren juntos bares y locales nocturnos, donde ambos coquetean con otros. Así entran y salen de la narración una serie de personajes bohemios, con los que la pareja de protagonistas (cuya relación recuerda en mucho a la de los protagonistas de Travesuras de la niña mala) va formando extraños triángulos amorosos. La mayoría de los 13 capítulos del libro están centrados en alguno de esos fugaces amantes de los protagonistas.

Pronto la historia de amor se diluye y la novela se convierte en una galería de seres marginales (poetas malditos, freaks, emos, etc.), de aspecto grotesco y comportamiento casi estúpido: la poetisa erótica Cynthia Obregón, la suicida Darlina, el autista Fontanés, la enana de los piercings, entre otros. Ciertos datos y guiños indican que algunos de estos personajes están basados en personas reales; pero eso no añade interés a un relato que, a pesar de su brevedad, resulta demasiado disperso, con personajes poco elaborados y episodios importantes mal resueltos. Un par de ejemplos: el incidente que da título al libro, en el que Tatiana usa sus uñas como armas; y la venganza final del narrador, anunciada desde la primera página y que no llega a contarse.

Estos problemas ya habían sido advertidos por la crítica en los anteriores libros de Rengifo. “sus personajes… pierden verosimilitud y ganan maniqueísmo hasta devenir en meros esbozos caricaturescos” señaló Olga Rodríguez con respecto a El rumor de la tormenta (2007); mientras que para Marcel Velázquez los primeros libros de Rengifo estaban demasiado inmersos en “la vorágine kitsch de la marginalidad urbana”. Pero el mismo Velázquez reconoció que en La casa amarilla Rengifo superó ese y otros defectos gracias a la “la cabal reconstrucción de la vida interior del personaje central”. Como hemos señalado, Uñas muestra un marcado retroceso en este aspecto.

Más alarmante resulta la caída de la calidad de la prosa. Rengifo siempre ha tratado de unir el lenguaje coloquial, dominante en su narrativa, con pasajes de un cierto aliento poético; aunque esta combinación nunca estuvo libre de asperezas e irregularidades. Para corregir esos errores se necesita un paciente trabajo de corrección, que seguramente sí se hizo en La casa amarilla, un libro que esperó varios años por su publicación. En esta nueva novela, publicada pocos meses después, abundan los errores gramaticales, las imágenes fallidas y hasta las palabras mal empleadas: “Su coexistencia en estos ambientes... debió haber sido muy frustrante para ella, al punto de cubrir su rostro de niña tradicional, de hijita de papá, con una falsa máscara de guerrera indomable que, visto a la distancia, era pura apariencia” (p. 14).

Definitivamente, Uñas no es de lo mejor de la producción literaria de Carlos Rengifo, pero sí una ratificación de su vocación de narrador, dedicación al trabajo creativo y fidelidad a ciertos temas, personajes y ambientes. Pero el elemento esencial de la literatura son las propias palabras, y cuando éstas son tratadas con superficialidad o ligereza, todo el trabajo literario se pierde irremediablemente.
(Artículo publicado previamente en La Primera)

Otros textos sobre Uñas: José Güich.

La iluminación de Katzuo Nakamatsu (2)

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El marginal en su laberinto.
Augusto Higa Oshiro. La iluminación de Katzuo Nakamatsu (San Marcos, 2008)

Hay entre nuestros narradores seniors (de 50 años de edad o más) dos grupos claramente definidos y casi antagónicos: los vinculados al Grupo Narración (Gutiérrez, Reynoso, Martínez, etc.) y los llamados “criollos” (encabezados por Cueto y Ampuero), que cuentan con una mayor presencia mediática. La famosa polémica entre escritores andinos y criollos de hace tres años, no fue otra cosa que un enfrentamiento entre esos dos grupos. Un enfrentamiento que, al menos en lo que respecta a las obras literarias, están ganando los primeros, con libros como La iluminación de Katzuo Nakamatsu de Augusto Higa Oshiro (Lima, 1947).

Según Borges todo destino humano se decide en “un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Para Katzuo Nakamatsu –niséi peruano de 58 años de edad– ese momento se produce mientras contempla un árbol de cerezos (símbolo de la cultura japonesa) en un parque limeño. Entonces descubre la proximidad de la muerte y también que a pesar de haber pasado tantos años en Lima “simplemente la había vivido con indiferencia y lejanía, sin involucrarse, impasible, extraño, marginal…”. Es el inicio de un descenso al infierno de la locura, que concluirá con Nakamatsu –un respetable profesor universitario– vagando desnudo por las calles limeñas.

Después de esa “iluminación” Nakamatsu comienza a vestirse como un par de personajes marginales de Lima de los años 40, sobre los que estaba realizando investigaciones académicas: el poeta Martín Adán y el japonés Etsuko Untén. Con esta anacrónica indumentaria, como si se tratara de un Quijote, sale a realizar largas caminatas por la ciudad. Cada capítulo del libro corresponde a una de esas “salidas”, que en conjunto abarcan toda la Lima de la época de Martín Adán. Y en todas ellas se encuentra lo mismo, calles sucias y deterioradas en las que deambulan los marginados: delincuentes, niños sin hogar, alcohólicos, prostitutas, homosexuales, etc.

Paralelamente a ese recorrido del laberinto limeño, Nakamatsu realiza un viaje interior, tras sus recuerdos y su identidad. Recuerda a sus amigos, a su esposa muerta, a sus padres y a los jóvenes japoneses que llegaron al Perú hace 60 años. Y se van haciendo más evidentes los síntomas de su locura y las huellas de sus ancestros japoneses. Ambos procesos, los recorridos urbanos y el viaje interior, convergen cuando Nakamatsu encuentra, en el centro del laberinto, la belleza que siempre soñó; y con ella, la locura. Poco después, también la paz espiritual, gracias a la ayuda de la yutá Miyagui, una médium okinawense.

Así Higa une en esta breve e intensa novela los dos elementos más importantes de su obra: el interés por los barrios más populosos y tradicionales de Lima, manifestado en su libro de cuentos Que te coma el tigre (1977) o la novela Final del Porvenir (1992); y la “ambigüedad entre su original mundo niséi y el mundo criollo”, expresada en el libro testimonial Japón no da dos oportunidades (1994). Y lo hace renovando su lenguaje literario, cambiando lo coloquial y oral de su narrativa inicial por una prosa artística y sumamente trabajada. El reto parece ha sido escribir sobre este submundo urbano empleando un lenguaje elevado; y aunque en algunas líneas la prosa chirría un poco, los resultados son buenos.

Los temas y recursos señalados se complementan con el aprovechamiento de la tradición literaria, pues a los autores mencionados se añaden mucho otros, tanto occidentales como orientales. Esta rigurosa forma de encarar la creación es una constante en las obras de madurez de los ex integrantes del Grupo Narración, a cuya segunda promoción perteneció Higa. La iluminación de Katzuo Nakamatsu se suma así a los más recientes libros de Gutiérrez, Morillo, Reynoso y otros, conjunto que incluye mucho de lo más importante en la narrativa peruana de los últimos años. Sin embargo, los premios literarios y reconocimientos internacionales suelen ir a autores y obras de menor valía. Una injusticia que seguirá generando polémicas y discusiones.
(Artículo publicado previamente en el suplemento Semana del diario La Primera)


Otros textos sobre La iluminación de Katzuo Nakamatzu: Javier Ágreda, Pedro Escribano, Gabriel Espinoza, Juan Francisco Ugarte, Ricardo González Vigil.
Entrevistas: Francisco Ángeles, Ernesto Carlín, Maribel de Paz, La Primera.

El mago de las estrellas

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Ben Okri. El mago de las estrellas (Norma, 2008).

El nigeriano Ben Okri (Minna, 1961) ha obtenido algunos de los más importantes premios literarios en lengua inglesa, incluyendo el Booker Prize 1991 por su novela El camino hambriento, y hasta ha sido postulado al premio Nobel de Literatura. Su narrativa, que une la fantasía literaria con mitos y leyendas africanas, suele ser calificada de "realismo mágico africano"; en especial su más reciente libro, El mago de las estrellas, una extensa y ambiciosa novela, llena de sucesos maravillosos que remiten tanto a Las mil y una noches como a Cien años de soledad.

El libro de las estrellas (traducción literal de Starbook, título original de la novela) cuenta los amores de dos jóvenes innominados y legendarios: un príncipe inocente y generoso, preocupado por la justicia y libertad en su reino; y una doncella que vive muy lejos, en un pueblo de artistas nómadas. Los jóvenes se conocen y comunican a través de los sueños y su encuentro "real" se produce recién en las páginas finales del libro. Pero antes de eso, las abundantes ramificaciones del relato principal van dando cuenta de la historia de los pueblos los de los protagonistas, abarcando varias generaciones de personajes y acontecimientos fabulosos.

Okri pone énfasis en lo onírico –no como fuente de símbolos sino como una dimensión extra de lo real– y en lo relacionado a los objetos artísticos, su creación e interpretación. Pero por ese camino la narración se va haciendo cada vez más fantasiosa y abstracta, alejándose tanto de los mitos como de la propia historia, elementos esenciales del realismo mágico latinoamericano. Aquí el único referente temporal es la aparición de un misterioso "viento blanco" que arrastra a los jóvenes africanos a un lugar lejano, a sufrir y morir. Una alusión al inicio de las actividades de los traficantes de esclavos.

Contribuyen a darle a la novela su abierto carácter de fábula tanto los personajes (simples, sin densidad psicológica), el predominio de las aventuras y peripecias, las recurrentes menciones de elementos cósmicos (sol, luna, estrellas) y hasta el lenguaje, directo y sencillo, que apela muchas veces a las repeticiones y fórmulas propias del relato oral. Okri logra así hacer de El mago de las estrellas un lectura sumamente interesante, pero también la aproxima demasiado a ese amplio sector de novelas actuales cuya prioridad es, según Miguel Gutiérrez, "satisfacer las necesidades primarias de entretenimiento y asombro de un público masivo".
(Artículo publicado previamente en La República)


Otros textos sobre El mago de las estrellas: José Antonio Gurpegui, The Observer, Janet Tay.
Entrevistas: Guillermo Altares, Xavi Ayén.

La iluminación de Katzuo Nakamatsu

higa
Muerte en El Porvenir
Augusto Higa. La iluminación de Katzuo Nakamatsu (San Marcos, 2008)

El escritor Augusto Higa (Lima, 1946), desarrolló en sus libros de cuentos y su novela El final del Porvenir (1992) una interesante propuesta narrativa popular y urbana. Quince años después, vuelve a la ficción literaria con La iluminación de Katzuo Nakamatsu, una buena novela corta, intimista e intensa, centrada en la subjetividad de un viejo nisei limeño, profesor universitario recién jubilado, quien paseando por el Parque de la Exposición tiene una "iluminación" que le hace cambiar de hábitos y de vida.

El relato remite a la novela La muerte en Venecia de Thomas Mann tanto por su protagonista, como por su temática y desarrollo. Pero mientras que el Aschenbach de Mann descubre tardíamente la sensualidad y el erotismo, lo que Nakamatsu comprende con claridad es su propio carácter de hombre marginal, tanto por ser hijo de japoneses como por su soledad (es viudo y no tiene hijos) y vocación literaria. A partir de ese momento, decide vestirse como Etsuko Untén (un japonés que lideró en Lima, durante la guerra mundial, un movimiento de apoyo al Japón) y repetir los recorridos del poeta Martín Adán por los bares y lugares más riesgosos de la ciudad.

Nakamatsu va perdiendo progresivamente la razón: inicialmente oye pájaros inexistentes en medio del caos urbano; y al final lo vemos desnudarse, en las calles de La Victoria, ante la belleza de un joven, "el adolescente apetecido, codiciado, mil veces soñado". Un proceso que es narrado por Benito Gutti, colega de Nakamatsu en la universidad, y al parecer también hijo de emigrantes. De ahí la objetividad y serenidad con que se relata; y también lo trabajado de la prosa (en algunos pasajes demasiado recargada de adjetivos) y su carácter más bien libresco, tan distante de la oralidad dominante en la narrativa de Higa en la época que integraba el Grupo Narración.

A pesar del personaje narrador, la novela incluye tanto recuerdos de infancia de Nakamatsu (especialmente la amistad de su padre con Untén) como breves y precisas descripciones del paisaje urbano que el protagonista recorre noche tras noche (cantinas, centros nocturnos, prostíbulos), partiendo siempre del populoso barrio de El Porvenir, en La Victoria. Con la decadencia y sordidez actual de ese barrio, y la melancólica y trágica historia del protagonista, La iluminación de Katzuo Nakamatsu parece representar para Higa el verdadero final de El Porvenir, diferente de aquel que imaginó quince años atrás.
(Artículo publicado previamente en La República).


Otros textos sobre La iluminación de Katzuo Nakamatzu: Javier Ágreda, Pedro Escribano, Gabriel Espinoza, Juan Francisco Ugarte, Ricardo González Vigil.
Entrevistas: Francisco Ángeles, Ernesto Carlín, Maribel de Paz, La Primera.

No es país para viejos

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Cormac McCarthy. No es país para viejos (Mondadori, 2008)

Antes de dar el salto hacia el futuro posapocalíptico en La carretera (2007), el escritor norteamericano Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933) publicó la novela No es país para viejos (2005), un relato policial ambientado en la frontera entre México y Estados Unidos. Es la historia de Llewelyn Moss, un veterano de la guerra de Vietnam que encuentra, en el escenario de una sangrienta matanza en pleno desierto, un maletín con varios millones de dólares y decide quedárselos. Pronto estarán tras él y ese dinero un misterioso sicario, Anton Chigurh, y el veterano sheriff Tom Bell, además de narcotraficantes y otros delincuentes, en una violenta y salvaje persecución.

Como en casi toda la obra de McCarthy, el tema aquí es el límite entre el bien y el mal, y la tendencia natural del hombre hacia este último. El mal puro está representado por Chigurh (Javier Bardem obtuvo un Oscar por personificarlo en la reciente película de los Coen), un asesino implacable que advierte a Moss que lo matará tarde o temprano, aunque devuelva el dinero. En el otro extremo está Bell, quien no puede entender esa ola de violencia y opta por jubilarse. En medio de ellos, Moss es un hombre normal, duro pero correcto, a quien el interés por el dinero y la lucha por sobrevivir van envileciendo.

A pesar de las acciones violentas y de ritmo acelerado, se puede notar en el relato una sólida estructura que permite desarrollar los temas con orden y simetría. También están presentes las descripciones barrocas, que contrastan con los diálogos breves y precisos (en los que no se usan guiones o comillas), dos de las marcas que caracterizan a esta narrativa. Pero casi tan importantes como la trama son los monólogos de Bell, que ocupan un par de páginas al inicio de cada uno de los trece capítulos. El sheriff reflexiona en ellos sobre la actual decadencia moral de la sociedad norteamericana.

Al discurso de Bell, centrado en el elogio de la ley y orden del pasado, se oponen los escasos pero significativos monólogos de Chigurh, en los que plantea a sus víctimas la oportunidad de salvarse con un "cara o sello", estableciendo así una especie de ética de la violencia y el azar. Además, estos discursos están relacionados con los de otras obras del autor, especialmente Meridiano de sangre (1985), que muestra que el pasado de esta región fue mucho más violento de lo que recuerda Bell. En suma, No es país para viejos es una muy buena novela que confirma la calidad e importancia de la narrativa de Cormac McCarthy.
(Artículo publicado originalmente en La República)


Se puede leer el primer capítulo de la novela en la revista Rolling Stone.

Huérfano de mujer

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Carlos Eduardo Zavaleta. Huérfano de mujer (Alfaguara, 2008)

A los 80 años de edad, el escritor Carlos Eduardo Zavaleta (Caraz, 1928), uno de los más importantes narradores de nuestra generación del 50, se mantiene tan productivo como en su juventud. Su más reciente novela es Huérfano de mujer, la historia de la pareja conformada por el hombre de letras e investigador tarmeño Claudio Rojas y su amada Rosa. La pareja se conoce en los años 60 –Claudio era entonces asistente de un prestigioso historiador, Rosa una joven bibliotecaria– y abarca hasta inicios del siglo XXI, cuando Rosa enferma y muere, dejándolo como un solitario y melancólico viudo.

Además de esta historia de amor, que oscila entre lo cotidiano y lo dramático, la narración presenta otras dos líneas temáticas. Una de ellas está relacionada con las grandes transformaciones que experimenta Lima, desde la época del tranvía y del esplendor del Centro hasta la violenta megaciudad de la actualidad. La otra es el progresivo descubrimiento del dolor y la muerte por parte de los protagonistas. En el último tercio de la novela, a partir de la enfermedad de Rosa, esta línea se vuelve dominante, y al confluir con el intenso final de la historia de amor, genera las mejores páginas del libro.

Pero no todo se articula tan armoniosamente. El paso del tiempo se manifiesta en el deterioro tanto de los personajes como del paisaje urbano; pero a la decadencia humana se oponen el crecimiento y vitalidad de la nueva ciudad. Ese y otros desfases se hacen evidentes en Claudio, un personaje irritante y lleno de contradicciones: es provinciano pero odia a los provincianos avecindados en Lima (como él); es de origen humilde, pero está demasiado pendiente de viajes, lujos y refinamientos; y tiene una enfermiza obsesión por la belleza, que lo lleva a interrogar a médicos y especialistas sobre si la bella Rosa podría, con los años, parecerse a su horrible hermana mayor Josefa.

A los descuidos en la construcción del protagonista se suman otros: anacronismos, errores de "continuidad" (en la página 12, por ejemplo), confusiones entre los narradores en primera y tercera persona que se alternan en el relato. Sin discutir la trascendencia de la obra de Zavaleta para el desarrollo de la narrativa peruana (reconocida unánimemente por escritores y críticos), en Huérfano de mujer resulta más evidente esa pérdida de rigor literario que ya hemos señalado al comentar sus libros más recientes, desde Campo de espinas (1995) hasta Con boleto de vuelta (2007).
(Artículo publicado previamente en La República)


Se pueden leer algunas páginas de Huérfano de mujer en El Comercio y en su blog Tu librería.
Otros textos sobre esta novela: Marlon Aquino, José Güich, Ricardo González Vigil.
Entrevistas: Pedro Escribano, Milagros Leiva, Enrique Planas, Carlos Sotomayor, Giancarlo Stagnaro.

Hasta que me orinen los perros

ampuero
Historia de taxi sin Ricardo Arjona

Fernando Ampuero. Hasta que me orinen los perros (Planeta, 2008)

En la novela Hasta que me orinen los perros el escritor y periodista Fernando Ampuero (Lima, 1949) desarrolla la historia de su conocido cuento Taxi driver sin Robert de Niro (1994), la del grupo de taxistas limeños que se dedican a recoger clientes en estado de ebriedad para luego “venderlos” en las zonas más peligrosas de la ciudad. El protagonista, Alberto, es básicamente el mismo, solo que en esta novela se convierte en el líder del grupo y quien decide dar el siguiente paso: encargarse ellos mismos de robar a esos ebrios e incluso torturarlos para que proporcionen las “claves” de sus tarjetas de crédito.

Con esas derivaciones se enfatiza la propuesta central del relato: que la dura y violenta vida urbana nos vuelve cada vez más insensibles y nos va degradando moralmente. Alberto y sus compañeros pasan de los pequeños hurtos a la agresión, el secuestro y, por último, hasta asesinan a uno del grupo, un supuesto traidor. Todo el proceso es presentado, como siempre en la narrativa de Ampuero, de una manera fluida, amena y con mucha ironía. Solo así podemos aceptar que Rosa, la esposa de Alberto, sea una policía que al principio prefiere no enterarse de las actividades de su marido, pero que termina consintiéndolas.

Ampuero afirma que con este libro completa su “trilogía callejera de Lima”, una serie de novelas que van desde el realismo casi extremo de Caramelo verde (1992), hasta el erotismo fantasioso de Puta linda (2007), sin lugar a dudas la más débil del conjunto. Esta nueva novela se ubica entre ambas, pues si bien su protagonista y el de CV tienen en común el estar basados en personajes característicos de las calles limeñas (taxistas, cambistas de dólares), comparte con PL una actitud más complaciente con el lector y el empleo de ciertos lugares comunes y situaciones efectistas, como las compras de Alberto o el accidente de Rosa.

En líneas generales, Hasta que me orinen los perros está temáticamente más cerca de CV (cuyos logros no llega a superar) y formalmente de PL, especialmente en el lenguaje. Ampuero opta por la simpleza, sonoridad y fuerza de las frases, tanto en lo que respecta al narrador omnisciente como en los diálogos de los personajes. Pero en ambos registros la novela presenta problemas: la falta de densidad literaria en el primero y, en el segundo, lo anacrónico de muchas de las expresiones de esos taxistas, que remiten más al habla limeña de los años 60 que a la caótica y devastada Lima de Castañeda en que viven.
(Artículo publicado previamente en La República)


Se pueden leer las primeras páginas de Hasta que me orinen los perros en El Comercio y Salto de Página.
Otros textos sobre la novela: José Güich, Ricardo González Vigil, Eloy Jáuregui, Jack Martínez.
Entrevistas: Francisco Ángeles, Josefina Barrón, Raúl Cachay, M. Eráusquin y C. Sotomayor, Gonzalo Pajares, Enrique Sánchez Hernani.
Este video es una entrevista de El Comercio.

Dos veces por semana

pollarolo
Del divorcio y otros demonios

Giovanna Pollarolo. Dos veces por semana (Alfaguara, 2008)

En la novela Dos veces por semana Giovanna Pollarolo (Tacna, 1952) nos cuenta la historia de una mujer madura (solo denominada “Yo” en el libro) que para superar una crisis personal acude al consultorio de una psicoanalista (“Ella”). Toda la narración parte de los monólogos que improvisa “Yo” en esas sesiones (realizadas precisamente dos veces por semana) y en los que prefiere rememorar episodios de su infancia, o contar películas, antes que afrontar el gran problema que originó su crisis.

En esos recuerdos de la infancia de la protagonista (transcurrida en la ciudad de Tacna), de su relación con sus padres y maestros, Pollarolo vuelve a uno de los temas claves de su poemario Entre mujeres solas (1991): el cuestionamiento de los roles tradicionalmente asignados a la mujer, y de la formación que con ese fin se le daba. Las mejores páginas de esta extensa novela son aquellas en que se retrata a la señoritas Coralí y Otilia, maestras provincianas (ambas lisiadas), intimidadas por la “clase” (social, racial, económica) de la niña; o cuando ésta (ya adolescente) es alecciona