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La aldea encantada

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Abraham Valdelomar. La aldea encantada (Alfaguara, 2008)

El narrador y poeta iqueño Abraham Valdelomar (1888-1919) está considerado entre los fundadores de la literatura moderna en el Perú tanto por ser uno de los iniciadores del cuento como género literario en nuestro país, como por haberse constituido en uno de nuestros primeros escritores “profesionales”. Su prematura muerte, a los 31 años de edad, truncó una obra sumamente valiosa, pero también lo convirtió en un mito. La editorial Alfaguara, dentro de su Serie Roja (dirigida a los lectores jóvenes) acaba de publicar el libro La aldea encantada, una amplia antología de la obra de Valdelomar, con selección y estudio de los textos a cargo del crítico y miembro de la Academia Peruna de la Lengua Ricardo González Vigil.

El título de esta antología corresponde al de un proyecto frustrado de Valdelomar, un libro en el que pensaba reunir algunos de sus relatos más famosos, los conocidos como “cuentos criollos”, aquellos que remiten a su infancia pasada en la aldea de San Andrés (cerca de la ciudad de Pisco) y que están protagonizados por un niño que descubre, entre asombrado y asustado, los misterios de la vida y la muerte, del amor y la venganza, la realidad y la fantasía. RGV sostiene que esta “aldea encantada” de la infancia es el eje de las obras más importantes de Valdelomar y se contrapone a otro eje, el de la modernidad y el cosmopolitismo, que se manifiesta en sus obras menores, en las que prima el exotismo, lo irónico y lo grotesco: los cuentos “chinos” y “yanquis”, narraciones como La ciudad de los tísicos.

Acorde con esta elección RGV inicia su selección con una serie de textos autobiográficos en los que Valdelomar recuerda el mundo de su infancia: prosas, poemas, conferencias y la extensa y conmovedora carta que escribió a su hermana Jesús y que fue publicada en la revista Vesperal, en mayo de 1916, como el prólogo de libro “… La aldea encantada, que aparecerá en estos días”. Por supuesto, la segunda sección del libro está constituida por los cuentos criollos: “El caballero Carmelo”, “El vuelo de los cóndores”, “Los ojos de Judas”, “El buque negro”, etc. En las siguientes secciones se incluyen muestras de los otros tipos de relatos: cuentos andinos, cinematográficos, maravillosos, humorísticos,chinos y yanquis.

Un elemento importante en los libros de la Serie Roja de Alfaguara son los estudios sobre El autor y su obra. En esta oportunidad el ensayo de Ricardo González Vigil tiene más de 50 páginas, y en ellas el crítico analiza tanto la trayectoria vital como la obra literaria de Valdelomar, exponiendo sus propuestas acerca de los ya mencionados dos grandes ejes dentro de esta narrativa, y haciendo el deslinde entre el escritor real y su ya legendaria imagen pública de “dandy”. La aldea encantada cuenta además con un breve, pero sumamente interesante, prólogo del maestro Luis Jaime Cisneros, en el que reflexiona acerca de la prosa y el estilo de Valdelomar.


Otros textos sobre La aldea encantada: José Güich.

Sur y Norte

pierola
En la guerra y el amor
José de Piérola. Sur y Norte (Norma, 2008)

Largo ha sido el camino recorrido por José de Piérola (Lima, 1961) hasta alcanzar el reconocimiento literario con sus novelas Un beso de invierno (2000, Premio del Banco Central de Reserva) y especialmente El camino de regreso, una de las mejores novelas peruanas del 2007. Antes de ello, de Piérola se desempeñó como ingeniero civil y consultor de sistemas; recién en la segunda mitad de los años 90, tras radicarse en Estados Unidos, comenzó a figurar entre los finalistas de importantes concursos de narrativa. En 1998 ganó el Premio Internacional de Cuento Max Aub y en 2000 la XI Bienal de Cuento Premio Copé. Algunos de esos relatos, sumados a otros de más reciente factura, han sido reunidos por de Piérola en el libro Sur y Norte (Norma, 2008).

Los cuentos que integran este libro están divididos en dos secciones: Sur, con relatos ambientados en el Perú en los años de la violencia política (1980-1992), y Norte, textos protagonizados por peruanos que, debido a ese problema, han tenido que emigrar a Estados Unidos. La violencia es uno de los temas dominantes y es abordada directamente desde el primer cuento, En el vientre de la noche: una patrulla del ejército lleva de prisionero a un senderista y uno de los soldados inicia una conversación con este prisionero (“indio ilustrado… con voz tranquila y modulada”) que se prolonga demasiado y se va haciendo cada vez más personal. El castigo al soldado por esa “falta” es matar él mismo al prisionero.

Los enfrentamientos, por discrepancias éticas, entre los integrantes de las patrullas militares que operaban en la zona de conflicto son también tema central de los cuentos La viuda de Cayara y Mañana los buscamos. Este último, perteneciente a la sección Norte, es narrado por un ex soldado, asilado político en Estados Unidos. Son los mejores cuentos del libro y reúnen sus mayores virtudes: historias interesantes, de un realismo directo y honesto (a pesar de enfocar sólo un lado del problema), contadas con destreza técnica y un lenguaje eficaz. Pero también muestran algunas de sus debilidades, como la tendencia al efectismo o las recurrentes y exageradas apelaciones al universo afectivo de los personajes.

Estos elementos se vuelven dominantes en otro grupo de cuentos, historias de amor protagonizadas por artistas delicados e incomprendidos. En El futuro en la mirada (el cuento más extenso) el pintor Juan Delfín tiene en Gioconda a una misteriosa y agonizante musa; En Desearé Claudio le dice a su amada “Desiré, siempre te desearé, siempre te Desiré”;y en Extraño a Miles Davis, un hombre viejo y rudo se enamora de una joven y virtuosa violinista mientras escuchan discos de Davis. De Piérola no teme caer, en estos relatos, en lugares comunes y cursilerías: “Entonces esa callosidad firme que había construido con los años… empezó a pelarse capa a capa hasta dejarlo en carne viva frente a aquella mujer de palabras precisas como bisturíes” (pág. 71). Esa “callosidad” es una no muy acertada metáfora de las barreras psicológicas con las que nos protegemos de los demás.

Entre los relatos aún no mencionados, habría que destacar a Nieve, la aventura de tres sudamericanos que tratan de entrar ilegalmente a Estados Unidos por la frontera mexicana. El protagonista, un peruano, narra esta historia en segunda persona, como si estuviera conversando con su amada ausente, a quien no volverá a ver. En general, de Piérola tiene la tendencia a atribuirle a sus protagonistas –hasta a los de la novela El camino de regreso–, algún amor platónico y sin futuro que los hace especialmente vulnerables y emotivos. Un mal hábito, pues mucho del valioso realismo de sus relatos se pierde en la artificiosa y edulcorada subjetividad de los personajes.

No obstante estos reparos, los cuentos de Sur y Norte, escritos a lo largo de más de diez años, confirman que José de Piérola es un narrador en constante y notoria superación. Por eso hay grandes expectativas acerca de su próxima obra, con la que completaría una trilogía de novelas dedicadas a la violencia política de los años 1980-1992.
(Artículo publicado previamente en La Primera)


El cuento La viuda de Cayara se puede leer en Zonadenoticias.
Otros textos sobre Sur y Norte: Marlon Aquino.
Entrevistas: Ernesto Carlín, Carlos Sotomayor.

El inventario de las naves

iparraguirre
El Apocalipsis tan temido
Alexis Iparraguirre. El inventario de las naves (Estruendomudo, 2008)

Hace unos tres años apareció un grupo de jóvenes y talentosos narradores limeños cuyas primeras obras fueron libros de cuentos fantásticos, completamente opuestos al realismo extremo (violencia y drogas) imperante en la narrativa joven de entonces. La más lograda de esas obras fue, sin lugar a dudas, El inventario de las naves de Alexis Iparraguirre (Lima, 1974), que obtuvo el importante Premio Nacional PUCP de Narrativa 2004. Lamentablemente, la primera edición del libro, realizada por la propia Universidad Católica, no tuvo una adecuada difusión, por lo que la editorial Estruendomudo acaba de publicar una nueva versión de este original conjunto de cuentos, la definitiva, con ilustraciones y mapas que ayudan a entenderlo mejor.

Ambientados en una ciudad imaginaria, pero en la que se puede reconocer a Lima, los siete relatos del libro están estrechamente vinculados entre sí. Los protagonistas son adolescentes que enfrentan los problemas propios de sus edad (aceptación del grupo, descubrimiento del amor, enfrentamientos generacionales) y la proximidad de un misterioso cataclismo. En Sábado, el primero de estos cuentos, encontramos a un grupo de jóvenes en las celebraciones del cumpleaños de uno de ellos. El Apocalipsis se anuncia de diversas maneras, desde elementos simbólicos hasta el “menos” (la sustancia alucinógena que estos jóvenes acaban de descubrir) o el viejo loco que armado con una espada irrumpe violentamente en la fiesta.

Se va creando así, en la ficción, una atmósfera irreal, casi de pesadilla. Los siguientes relatos acrecientan su complejidad, con más frecuentes anuncios del inminente cataclismo, y una intrincada red de citas y alusiones librescas, que van desde la Biblia hasta Cortázar. En El hombre en el espejo, se incorpora lo fantástico más tradicional, a través del viejo tópico del paso al universo del otro lado del espejo; en La Hermandad y La Luna el misterio y horror de vertiente gótica (tres niños videntes dialogan sobre los vaticinios del tarot); y en El inventario de las naves, el relato policial borgiano, pues el texto es casi un remake del conocido cuento La muerte y la brújula. En este relato por fin sucede la catástrofe: un gran huracán destruye casi toda la ciudad.

Pero ya en este punto, la complejidad y los retorcimientos de la trama resultan excesivos. El asesino en serie es un hombre cultísimo que sabe de memoria largos pasajes de la Biblia y la Iliada (en sus idiomas originales); y la trama narrativa se pierde entre puntillosas discusiones acerca de citas y traducciones, y las reiteradas menciones al texto de Borges y a la vida de este escritor. A eso hay que sumar los nexos con los otros cuentos (personajes, temas, lugares), y la llegada del gran cataclismo.

Algunos de estos excesos se pueden encontrar también en los tres últimos cuentos del libro –Proximidad del huracán, Orestes y El francotirador– en los que se da el salto de lo fantástico literario al universo de la ciencia ficción y el cómic posapocalípticos: seres fantasmales o monstruosos conviviendo con los protagonistas humanos en un mundo en ruinas y casi sin vida. Iparraguirre compensa estas incursiones más allá de lo verosímil con una prosa sencilla pero bien trabajada, y dándole una mayor importancia a los diálogos (en los que el habla limeña se combina acertadamente con imágenes poéticas) que a las intervenciones del narrador omnisciente empleado en todos los textos.

Como en el caso de las primeras obras de sus compañeros de universidad y de propuestas literarias (Castañeda, Page, Gallardo, Chávez) acaso El inventario de las naves resulte en algunas páginas demasiado libresco, artificioso o adolescente. No obstante, se trata de un sólido conjunto de cuentos, hasta la fecha el mejor exponente de esta saludable nueva tendencia –cultista, imaginativa y con énfasis en lo formal– dentro de la narrativa peruana actual.


En internet se puede ler el cuento La Hermandad y La Luna.
Otros textos sobre El inventario de las naves: Luis Aguirre, Luis Hernán Castañeda, Marco García Falcón, Daniel Salvo.
Entevistas: Ernesto Carlín, Manuel García, Francisco Melgar, Gabriel Ruiz-Ortega, Carlos Sotomayor.

Quipu 3: Juan Osorio Ruiz

Quipu
El tercer escritor elegido para su publicación en Quipu es el hasta hoy inédito narrador Juan Osorio Ruiz, nacido en Huancayo en 1976.

A partir de la fecha, Quipu anuncia que sus ediciones serán mensuales y ya no quincenales, de modo que los cuentos o poemas ganadores serán publicados por la red de blogs asociados al proyecto no cada dos lunes, sino cada cuatro lunes de ahora en adelante, para facilitar la labor de las personas encargadas de la evaluación.

Asimismo, comunicamos a los lectores y participantes que uno de los ofrecimientos que recibimos en un principio, la publicación impresa de los textos en el suplemento Identidades del diario El Peruano, no se ha podido mantener en pie en razón del poco espacio disponible en el periódico, motivo que escapa al poder de los encargados de este proyecto.

Quienes necesiten recordar las bases de participación, podrán verlas en los blogs Puente Aéreo y Quipu esta semana.


Ripucuchcaniñam ccamña allimlla
Juan Osorio Ruiz

Mi bisabuela llegó desde Huancavelica unos meses después de la muerte de mamá, a mitad de una tarde en la que las ventanas lagañosas impregnaban de frío la sala de mi casa. Llegó del brazo de mi padre, su nieto, envuelta en sus innumerables polleras, luciendo un sombrero gris decorado con coquetos ribetes rojos, saludándonos con tiernas frases quechuas llenas de diminutivos y con una minúscula maletita en la que traía todo lo que necesitaba: una que otra prenda de ropa, una bolsita con menjunjes que sólo ella sabía utilizar y el álbum de fotos familiares de contenido casi arqueológico.
Una vez instalada en la que era hasta entonces mi habitación, mi padre nos convocó a mis hermanas y a mí para pedirnos estar siempre solícitos y atentos con ella por lo avanzado de su edad. Sin embargo, pronto descubrimos que mi bisabuela tenía la rara cualidad de anticiparse a todo, y a todos: se levantaba muy temprano y con el caminar propio de quien ha comprendido que hay un momento en la vida a partir del cual toda prisa es inútil, pues todo plazo se vence y toda prerrogativa se acaba, se dirigía a la cocina a preparar el más viscoso y más delicioso quáker con leche del mundo. Y antes de que cualquiera de nosotros dijera “Buenos días abuelita” ya estaba ella disponiendo las ollas y cortando las verduras en trocitos de exactitud matemática para prepararnos el almuerzo. Y mientras se cocían las verduras y echaban color los guisos, se sentaba al lado de la cocina a gas, que desdeñaba en un comienzo, a saborear sus trocitos de pan remojados en quáker con leche, haciendo largas pausas y dando mordiscos suaves y periódicos, cual sacerdote en ofrenda eucarística, con una parsimonia que no era producto de la disminución de sus fuerzas, sino de su sabia actitud ante la vida.
Mi abuelo, su hijo, había llegado también a nuestra casa un mes antes a insistencia de mi padre pues los muchos años de bohemia le estaban pasando factura (intereses moratorios incluidos) y aunque a regañadientes, había sido internado en una clínica cercana donde tratarían de curarlo. No había pasado ni una semana desde la llegada de mi bisabuela cuando recibimos la noticia de que los riñones de mi abuelo habían dejado de funcionar. Tras una corta agonía falleció por insuficiencia renal.

Dicen que mi bisabuela había criado a mi padre, su nieto, a mi abuelo, su hijo; había cuidado también de su esposo, mi bisabuelo, y desde muy corta edad, se había encargado de la atención de su padre, mi tatarabuelo. A la luz de los resultados, su caprichosa buena salud no había sido un don tan preciado pues mientras los eslabones más antiguos de esa cadena interminable que es una familia, se habían ido muriendo, a ella le había tocado en suerte mantenerse a pie firme sosteniendo la cadena, sepultando a los más antiguos, y cuidando de los más jóvenes sin emitir queja alguna.
Al contrario de lo que todos pensábamos, la partida de su hijo, mi abuelo, no la afectó demasiado, parecía siempre encontrarse de buen ánimo, excepto algunas mañanas muy temprano, cuando yo la sorprendía sentada en el jardín interior de la casa, con la mirada perdida y hablando sola con ese tonito arrullador que sólo la gente de la sierra es capaz de pronunciar, delicioso, melancólico y musical.

A partir de la muerte de mi abuelo fuimos nosotros, sus bisnietos, los destinatarios de toda su atención; sus mimos se hicieron más prolíficos, sus comidas más reconfortantes, las conversaciones en quechua con mi padre fueron más subliminales a mis oídos y los tejidos de tupida lana con los que nos enfundaba para soportar el frío serrano no tuvieron comparación.

Pero pronto la acrobática economía familiar fue ensombreciendo nuestro cómodo chalet como se oscurecen las tardes antes de una severa granizada. Mi padre era un policía ejemplar pero un pésimo negociante. Y si bien al comienzo no todo el dinero se perdió en las dislocadas empresas que iniciaba, su soledad terminó deprimiéndolo y conduciéndonos a todos a los linderos de la ruina.
Así pasaron varios meses en los que algo fue cambiando en casa. A medida que mi padre se sumía en más deudas, los cariños de mi bisabuela fueron adquiriendo una dimensión distinta, aunque se mostraba excesivamente maternal, nosotros ya estábamos bastante crecidos como para aceptarla como reemplazante de nuestra madre. Aunque no era su culpa, había llegado a nuestra casa demasiado tarde, a destiempo. Así que pronto sus cariños nos hostigaron, sus comidas perdieron el encanto y hasta mis hermanas prefirieron enfrentar al frío invierno en los brazos de algún adolescente oportunista y ya no con las chompas de lana tejidas por mi bisabuela.
Entonces ella, silenciosa y discreta, no hacía mayor cosa que acurrucarse al lado de la cocina a gas, que ya no desdeñaba tanto, inquebrantable en su intención de confeccionar innumerables prendas de lana con la esperanza de que alguna vez volviéramos a usarlas.
Así, nuestra anciana huésped fue paulatinamente convirtiéndose en un mueble confinado en un rincón de la cocina, aferrada a sus costumbres e imposibilitada de comunicarse con nosotros por las distancias del idioma y las insalvables brechas abiertas por el tiempo y las circunstancias.
Aquella noche mi padre había llegado borracho a casa y mi bisabuela, diligente como siempre, le había servido una gran taza de café cargado, lo había llevado hasta su dormitorio y le había intentado quitar los zapatos antes de recostarlo en su cama. Mi padre, obnubilado por el alcohol, se había empecinado en dormir con los zapatos puestos, algo que para mi abuela era inaceptable. “Déjame tranquilo que tú no eres ni mi esposa, ni mi madre” le había imprecado. Tras una pausa prolongada, ella sólo llegó a decir: “Ripucuchcaniñam ccamña allimlla” y en silencio se retiró a su habitación.
A la mañana siguiente, cuando me levanté, encontré ropas tiradas a lo largo del oscuro pasadizo que conducía al jardín interior; allí, junto a la puerta, se encontraba mi bisabuela sentada en una diminuta banca que se ahogaba entre sus polleras, cortando con unas viejas tijeras la última chompa que había tejido con incansable esmero. Sus labios susurraban una cancioncilla medio triste y medio dulce que me pareció reconocer, quizá de algún tiempo remoto en el que yo aún no existía.
Caminé hasta colocarme junto a ella, sus delicadas manos soltaron las tijeras y me acomodaron el cabello dándome luego la usual nalgadita convertida en caricia. “Ripucuchcaniñam ccamña allimlla huahua”, me dijo a mí también. A pesar de no entender el significado de aquella frase impronunciable para mí, supuse que quería que la dejara sola. Mientras ella retomaba sus insondables pensamientos me escabullí hasta el umbral de mi dormitorio desde donde todavía podía verla. Su canción terminó unos minutos después para dar paso a un silbido entonado, alternado con gorgoritos deliciosos que me hicieron sonreír. Y con toda calma, como la había visto desde su llegada, se levantó y caminó hasta su cuarto, abrió aquella diminuta maleta con la que había arribado, sacó las fotos que guardaba celosamente y las puso en su velador, en su lugar introdujo los retazos de las prendas de lana que había cortado; la cerró sin prisa, la puso debajo de su cama y se acostó.
La mañana estaba sorprendentemente quieta y tibia, las paredes verde pastel de su habitación hacían ver su cuerpo más pequeño y más distante. Alguna avecilla dejaba oír su trinar en el preciso instante en el que comprendí lo que sucedería después.

Con la mirada incrustada en el techo se persignó juntando sus manos, rezó con ese repetido susurro algodonoso y cuando hubo terminado se persignó, tomó la colcha que le llegaba hasta la cintura y se cubrió el cuerpo y luego el rostro, hasta quedar en la posición exacta en la que quedan los muertos. Y luego partió, partió en busca de la muerte que la había dejado olvidada en mi casa.

Quipu: El jardín de los onanistas

Quipu
El segundo autor elegido en esta nueva etapa del Proyecto Quipu es Álvaro Díaz Ávila, chiclayano de veinticuatro años, que estudió periodismo y que ahora dice dedicarse a algo “que no tiene nada que ver con eso”. Para esta quincena los jurados fueron Daniel Salas y Gustavo Faverón. Se le recuerda a quienes quieran participar que pueden enviar sus cuentos o poemas al correo gfaveron@gmail.com. Los cuentos no seleccionados para una quincena serán considerados para las quincenas siguientes.


EL JARDÍN DE LOS ONANISTAS
Álvaro Díaz Dávila

¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Qué soy yo aquí? Soy un pincho parado.
(Fue lo que dijo el poeta chiclayano Juan Ramírez Ruiz en una reunión de amigos una noche cualquiera).

Bruno ha desaparecido y nadie sabe dónde está. Hace meses que salió de su casa y se perdió para siempre de la vida de todos. Hasta ahora lo siguen buscando, pero creo que ya sin esperanzas de encontrarlo. A medida que los meses han ido avanzando, el recuerdo de Bruno se ha convertido en un fantasma que se filtra en nuestras vidas, en nuestras conversaciones y en nuestros sueños. Ayer soñé, por ejemplo, que a Bruno se lo llevaba un cohete espacial que decía con letras negras “La Incertidumbre”. Por eso, yo al menos, no he dejado de pensar en él ni en las posibles razones de su desaparición; una desaparición que al principio resultó extraña, pero que después regresa a nuestras especulaciones como una escalofriante consecuencia lógica, como si el destino de Bruno se hubiera condenado a sí mismo a evaporarse, a desintegrarse voluntariamente en su propio y patético drama de un artista que no sabe quién ser.

Un día me dijo: “No sé lo que pasa, pero siento que todas las chicas con las que he estado son la misma, todas han sido la misma mujer solo que con diferente cuerpo, como si en cada una de ellas se repitiera un mismo prototipo, una misma forma de ver la vida”. Esa idea lo estuvo torturando por mucho tiempo. La vida de Bruno, como sus mujeres, se repetía constantemente desde niño, como dando círculos sobre lo mismo, y por alguna razón que no entiendo, un día Bruno se da cuenta de eso. Esas cosas no las entiendo. Era como si, de pronto, Bruno hubiera decidido despertar, o en todo caso, lo hubiesen despertado de manera imprudente y empezara a darse cuenta de que la vida consistía en algo más. Bruno a cada instante nos decía que de chico pensaba que la vida le tenía guardada una sorpresa, nadie se lo había dicho pero él estaba convencido de eso, y él mismo ha vivido --nos dijo-- como si su vida no fuera su verdadera vida, porque su verdadera vida vendría luego, y sería distinta, más divertida, pero eso lo pensaba desde niño, pero ha ido creciendo y creciendo y me he sentido muy pequeño, muy defraudado, todo es tan difícil, tan grande, tan lejos de mí, ahora me he convencido de que la vida no me tenía guardado nada, vida pendeja, y ahora estoy caminando a oscuras. Sus palabras.

¡Ay! Qué habrás estado esperando de la vida, Bruno. Antes Bruno vivía feliz y triste, triste y feliz, su vida de lo mismo: sus canciones de siempre, su madre, los programas de televisión de siempre, sus amigos de siempre, sus enamoradas --todas iguales-- de siempre, sus tormentos cotidianos de siempre, su maniática sensibilidad de siempre, todo mezclado en un torrente de emociones que lo demolían diariamente y lo hacían componer canciones bonitas; sí, bonitas, pero nunca totalmente desgarradoras, bonitas pero que nunca terminaban por decir lo que él realmente sentía, bonitas pero no realmente buenas; y Bruno descubrió eso también y se regañaba a sí mismo, y se deprimía, se ofuscaba y sufría una pequeña desesperación interna. Una pequeña desesperación interna que yo supongo es la misma que siente alguien que se da cuenta que su vida es una farsa. O la misma desesperación interna de alguien que pudo ver su futuro a través de una ventana y lo que vio fue un túnel muy oscuro y casi infinito. Cosas así sin exagerar.

La vida de Bruno empezó a cambiar. Primero, con ligereza, con repentinas y extrañas decisiones y cambios de humor, y luego con más fuerza e intensidad hasta llegar a convertirse en un verdadero delirio melancólico. Hasta llegar a convertirse en un sueño confuso o surrealista. O algo así, porque con Bruno la realidad simplemente dejaba de ser la realidad; como cohetes que llevan escritos las palabras “La Incertidumbre”. De plano, confieso que la idea me entusiasmó, a mí me parecía realmente divertido que un artista mediocre y sin confianza en sí mismo como él llegara a ensimismarse y a interrogarse tanto sobre su propia vida, que lo haya hecho desconectarse con la realidad. Porque yo conocía muy bien la vida de Bruno, de su timidez, de sus historias corrientes, de sus amoríos con discreta emoción, de sus sufrimientos adolescentes y anodinos, de las cuatro o cinco bandas, libros y películas que forman su reducida enciclopedia cultural, de su incapacidad de acercarse a los riesgos y tomar decisiones trascendentales, de almacenar en su mundito interior sólo programas de televisión de infancia, de su romanticismo empalagoso como el chocolate. En el fondo y en apariencia, Bruno era un niño. Uno lo miraba y era imposible resistirse a su encanto de chiquillo inquieto y dulce; hablabas con él y creías que hasta hace un rato había estado jugando en un jardín escolar. Había cumplido veinticinco años pero aún llevaba dentro de sí la inconsciencia y la espontaneidad de un niño; no he conocido a alguien tan espontáneo como Bruno, era impensable encontrar en él una premeditación, o una interrogación exagerada de las cosas. Bruno hablaba y se comportaba desde su “yo”, su único y valioso “yo”. Un niño Bruno condenado a ser atravesado por sus emociones, a dejar que la vida lo traspase sin pensar demasiado, sin profundizar mucho en nada, la contradicción de una lágrima en constante caída acompañada de una sonrisa eterna. Pero Bruno cambió y yo la verdad esas cosas no las entiendo. ¿Cómo es que un chico ordinario como Bruno pudo volverse líricamente loco? O hermosamente loco, o fascinantemente loco, o entrañablemente loco. Por lo general la gente no cambia así, drásticamente, y entonces a lo mucho Bruno se deprimía una o dos noches, pero hubiese regresado a su mediocridad cotidiana, porque así somos los chicos ordinarios, y porque Bruno, como cualquier otro chico ordinario, olvida inconscientemente las preocupaciones que pudieran estremecerlo, y eso porque carece de profundidad. Y así, sin dramatismos, se podía pasar la vida hasta morir en dulce ignorancia. Sin embargo Bruno se despertó un día y un cohete llamado “La Incertidumbre” se lo llevó de su mundo para depositarlo en el planeta de todos nosotros. Desde entonces Bruno preguntaba sobre la vida, la muerte y el sentido de las cosas y al principio uno lo escuchaba y se reía, porque nadie pensó que las cosas se irían tomando demasiado en serio. Por mi parte yo ya empezaba a observar la vida de Bruno con especial gozo --en realidad me moría de la risa--. Me convertí en seguidor silencioso de su progreso de artista confundido, afanoso en conocerse a sí mismo. La personalidad de Bruno se hacía –graciosamente-- más compleja y contradictoria. Dentro de él empezó a nacer –graciosamente-- su otro yo autodestructivo y malsano. Y Bruno se quedaba largos ratos en silencio, mirando el techo. El techo. Y Bruno caminando de aquí para allá buscando un pensamiento. Un pensamiento. Probó la marihuana, aunque fracasó en sus locas ganas de volverse un adicto porque le incomodaba sobremanera su efecto. Bruno sufriendo por el tiempo, a quién denominó su principal enemigo. Esta angustia por el tiempo perdido se desencadenaba de un momento a otro, cuando él advertía que lo que estaba haciendo no servía de nada para sí mismo, entonces, por ejemplo, en mitad de una película a la cual Bruno no le encontraba “esencia”, se paraba y se iba, ¿a dónde?, a estar conmigo mismo, nos decía. O de pronto, una mañana a Bruno lo veías corriendo, literalmente, diciendo que aquel “fantasma de vacío” lo perseguía y no había que dedicarle más tiempo, por eso corría porque tenía que coger un libro, o escuchar un disco.

Su primer trastorno fue la paranoia con su voz. Empezó a preocuparse por su voz, estaba convencido de que su voz no era la misma siempre, que cambiaba constantemente conforme a su estado de ánimo, o a lo que él llamaba su “fuerza interior”. Se convenció tanto a sí mismo de esa idea, que uno de verdad empezaba a notar las diferencias, entonces a veces se le notaba seguro, con buena pronunciación, hablando con énfasis cada palabra, y otras, se le notaba cansando, frágil, incluso hasta tartamudeaba. Era el reflejo de estados interiores, y por eso, lo que añoraba, era una voz suave y áspera, una voz suave que se dilatara con el viento.

Pasaba todo esto y a mí me parecía que todo lo que hacía Bruno lo apañaba de ternura e ingenuidad. Yo lo miraba, y lo convertí rápidamente en mi héroe personal, aquel personaje cotidiano y ordinario que hace todo lo posible por revelarse contra su destino de la eterna repetición de lo mismo. En el fondo, Bruno anhelaba apasionarse con algo, no sé si habrá llegado a esa conclusión, pero estoy seguro de que lo que Bruno buscaba era aquella pasión que le diera algo de sentido a su vida. Pero la pasión siempre le fue esquiva, desaparecía de su ser como arena entre las manos, llegaba a su vida como relámpagos fugaces, verdaderos y efímeros momentos donde realmente “sentía” la vida, aunque eso se desvanecía rápidamente y regresaba a su frivolidad diaria. De eso trata su locura, de aquel delirante deseo de agarrarse de aquello que lo hiciera sentirse vivo, era un náufrago que se hundía en el mar de la convencionalidad, y donde la única salvación era lo trascendente, lo inmortal y lo superior. Pero el camino a ello no era el conocimiento ni la intelectualidad, sino la pasión, es decir, la sangre en las venas, la presión en el estómago, la exaltación de los sentidos, la emoción pura, y en los últimos meses que lo vimos luchaba por alcanzarlo, o al menos jugaba a que luchaba.

En todo ese tiempo Bruno mantuvo una relación con Leila, su última novia, a quien amenazaba con dejarla mil veces, de las cuales cumplió tres, para luego regresar a los brazos de la pobre y confundida Leila, convencido de que no podía vivir sin ella, pero atormentándose porque en el fondo no la soportaba por ser tan convencional e incapaz de entenderlo. Pero Bruno la necesitaba, eso era evidente. Leila era la primera oyente de sus canciones, la única discípula de sus doctrinas, la cómplice infalible de sus proyectos. Leila estaba allí siempre porque lo amaba, porque le creía todo. Y si quiero ser tajante en este punto, diría que si alguna vez Bruno llegó a ser algo de lo que pensó para sí mismo pues lo fue para Leila. Y fue Leila la primera en convertir la desaparición de Bruno en un suceso místico, y por ratos, cuando se emocionaba, en profético. Porque Leila sentía que lo estaba perdiendo, que se le escapaba de sus brazos, que lo veía y era como si no estuviera, como un vacío, y Bruno con sus besos le estaba diciendo adiós. Cuando empecé a escribir esta historia indudablemente lo primero que hice fue buscar a Leila y hablar sobre Bruno. Leila fue la única testigo de los últimos días con nosotros. Me hice muy amigo de ella y pude sacarle detalles muy personales. Leila me cuenta por ejemplo que los últimos cinco días casi no salía de su cuarto para nada. Bruno aún vivía con sus padres y ellos se preocupaban por alimentarlo, aunque ya casi no tenían ninguna comunicación. Salvo Leila, quien se quedaba a dormir con él y hacían el amor de vez en cuando. Me contó incluso que en el acto sexual Bruno actuaba de manera rarísima; se colocaba encima, escondía la cabeza entre el cuello y el hombro de Leila y no decía nada y no emitía ningún ruido, solo escondía la cabeza y se movía por unos segundos hasta terminar. Las últimas veces habían sido así y para Leila se convirtió en un acto casi de gratitud. Ella entendía eso como que Bruno salía de su refugio en sí mismo para aplacar lo más rápido posible esa necesidad “desagradable”. Esa fue la palabra que utilizó Bruno para referirse al deseo sexual: desagradable. Y con esa palabra escuché --y también entendí-- otro de los grandes tormentos que soportaba Bruno casi en silencio: su incontenible apetito sexual. Yo no lo sabía, pero Bruno nunca había dejado de masturbarse. El sexo parecía envolverlo, sofocarlo, torturarlo tanto que lo odiaba. Era una adicción secreta que lo consumía todos los días, pues no podía dejar de pensar en sexo, y eso, decía él, era la más terrible de sus desgracias porque lo separaba de su esencia artística y espiritual, cosas de Bruno. Cuando me contó esto Leila yo me reí, pero ella me dijo no te rías. Para Bruno esto era muy serio. Un día Bruno estuvo pensando tanto en el asunto que soñó algo escalofriante. Soñó que unos hombres viejos vestidos de niños jugaban en un enorme jardín, y mientras jugaban se estaban masturbando. Es decir que mientras corrían y daban vueltas se estaban cogiendo el pene. Y no paraban de masturbarse hasta que se juntaron entre ellos y se tiraron al pasto para tener un orgasmo casi simultáneo, y todos a la vez entraron en un trance delirante de gritos y sonidos para luego descansar como niños con un dedo en la boca.

Hace varias semanas que estoy tratando de escribir esta historia. La corrijo y la reescribo constantemente. Tengo miedo de no expresar exactamente lo que pasó y sobretodo, no quiero reflejar dramatismos. Porque aquí todo tenía el aspecto de broma, un chiste corriente que deja de ser gracioso en el momento en que Bruno desaparece de verdad. Hasta antes de ese momento Bruno es cándido, travieso, frágil, pero nunca valiente, nunca capaz de cumplir lo que hizo luego. Y fue justamente ese sueño que me contó Leila lo que realmente me motivó a escribir. Me quedé muchos días pensando en aquel sueño y llegué a entenderlo como un simbolismo de su vida y me pareció un sueño fantástico. Entendí que Bruno era uno de aquellos viejos que corría por todo el enorme jardín sin parar de masturbarse, porque el estar en constante masturbación era su manera de “negar” la realidad, de no aceptarla, de satisfacerse consigo mismo y no necesitar de nada más que su cuerpo. Entonces Bruno prefiere masturbarse y seguir jugando en ese enorme jardín que era el mundo, para luego dormir con un dedo en la boca. Y así y así hasta hacerse viejo.

Estoy seguro de que Bruno se dio cuenta de eso y por eso tampoco dejó de pensar en aquel sueño, y su graciosa y exagerada desesperación por cambiar tuvo que ver con que quería dejar de ser ese viejo que no dejaba de masturbarse. Porque para mí su instinto sexual solo componía una parte de su compleja personalidad, y en realidad su masturbación era generalizada, es decir, vivía masturbándose con sus manías, con sus miedos, con sus complejos, con su ternura; gozaba con todo su ser y se acostumbró tanto a eso que no quería vivir en otro mundo que no sea con su propia satisfacción. Pero por alguna razón que no entiendo, Bruno quiere romper esa burbuja, ese mundito interior de autosatisfacción. Se sintió vacío, se sintió niño, se sintió inmaduro.

Una noche, meses antes de su desaparición, hablamos acerca de su futuro. Aquella vez Bruno había estado tocando sus canciones; estaba excesivamente inquieto, expresivo y de buen humor, hablaba y cantaba con graciosa vanidad, una vanidad repentina y exagerada, producto más de la exaltación y del vino que de su verdadera y frágil personalidad. Lo que pasa es que Bruno sabía que estábamos disfrutando de él, de sus manías al hablar, de sus canciones tiernas, de su voz, aquella original voz de tonalidades fuertes y ásperas que le dieron algo de estilo. Y en eso estábamos, escuchándolo cantar y hablar, hasta que, no sé por qué ni de dónde salió, decidimos increparle sobre su futuro como músico. Lo que recuerdo es que la idea inicial no tenía otra pretensión más que la de alentarlo a que pensara un poco más en lo que puede hacer con su música, a manera de un regaño de amigos. Según nosotros, era una forma de darle a entender que nos parecía demasiado bueno como para que siguiera desperdiciando su tiempo, aunque no teníamos tampoco ni idea de qué es lo que se debe hacer para llegar a algo, así que, mientras la conversación avanzaba nuestra idea se convirtió en una serie de comentarios torpes e inútiles sobre lo que debía hacer Bruno con su vida. ¿Qué más podía hacer Bruno?, quizá ninguno de nosotros se había preguntado eso de verdad, después de todo tenía su banda, había grabado, como pudo, sus canciones en un disco que repartió a sus amigos, tocaba constantemente en conciertos locales y cada vez estaba componiendo mejores canciones en un proceso creativo que él encontraba necesario y motivador; pero ¿Bruno era lo suficientemente bueno como para llegar a algo más? Esa noche nos comportamos como unos tontos, y nos pasamos largo rato deliberando sobre el destino de nuestro amigo Bruno, quien minutos antes estaba jugando de lo lindo a ser un cantante especial, sensible y seguro de sí mismo, pero después de haber sido sermoneado por nosotros empezó a sufrir un entristecimiento envolvente que parecía devorarlo y que se reflejó claramente en su semblante pálido, en su mirada fija sobre la nada y en sus comentarios que se fueron reduciendo a monosílabos distraídos y lacónicos. A veces me inclino por pensar que esa noche empezó a cambiar algo dentro de Bruno.

En una de sus últimas noches con Leila le dijo mientras miraba las estrellas por la ventana: “yo creo que el último día de mi vida será como este, mirando las estrellas y sin haber entendido nada”.

Marzo del 2008

Quipu: El árbol

Quipu

Para la primera edición quincenal de esta nueva etapa de Quipu, se recibieron seis decenas de textos de jóvenes autores (no todos llegaron a ser revisados, muchos de ellos se juntarán con otros cincuenta textos llegados en los últimos quince días). Los jurados encargados de esta primera selección fueron Javier Gárvich y Ernesto Carlín, quienes eligieron de común acuerdo los dos cuentos enviados por Julio Meza, subrayando sobre todo uno de ellos, El árbol. Julio Meza (Lima) tiene veintisiete años, es un abogado graduado en la PUCP que ahora se dispone a estudiar literatura en esa misma universidad. Ha publicado un libro de cuentos, Tres giros mortales, en la editorial Casatomada que dirige Gabriel Rimachi. Administra un blog de crítica de rock llamado Atrapa la Luz. (nota de presentación de Gustavo Faverón)


El árbol

Al este de un cielo de nubes blanquecinas, el sol se levantaba con su característico vigor matutino (parecía un hombre luminoso que se despereza exhibiendo una panza abultada) y, con su fuerza natural, lanzaba sus rayos amarillos que producían iridiscencias en las rocas de los cerros imponentes. Varios metros más abajo, en el pueblo, las tejas rojizas y las ventanas de las fachadas brillaban por el emerger de la mañana, y estos pequeños resplandores formaban raras constelaciones que podían verse desde las lejanías. En la plaza, la iglesia mayor proyectaba una sombra alargada, que aumentaba de tamaño hasta atravesar el asfalto, ingresar al jardín central y refrescar la banca de madera que acogía a un mendigo. A una cuadra, en la calle que conducía al río de aguas tranquilas, se encontraban las casas de las personas más pudientes, y, por ello mismo, el sector más cuidado y agradable de todo el valle. Una de esas construcciones, que se ubicaba en una esquina concurrida, era la del señor, un hombre de edad avanzada, pero con un cuerpo tan recio que daba la idea que los años, en vez de afectarle, le habían dado una fibra invencible. Frente a su puerta principal, por donde recibía las visitas de sus pares, se ubicaba el resultado de las décadas completas que había llevado en ese lugar: un árbol de raíces profundas, tronco grueso y firme, y ramas y hojas de una gran abundancia.
-¡Cuánto se demora este bruto! -dijo el señor, saliendo a la vereda para buscar al jardinero.
A una centena de metros, el jardinero venía caminando lentamente, como si reflexionara con paciencia antes de dar cada paso. Sobre su espalda encorvada, y en una bolsa de rafia, llevaba sus herramientas de trabajo, algunas ropas y un frasco con gasolina. “Pero qué rico”, pensó, luego de sentir el calor del ambiente en su cuerpo, y se puso a silbar. La melodía que brotaba de sus labios era en apariencia alegre, pero tenía una corriente subterránea que la tornaba melancólica y, en algunos momentos, hasta vertiginosamente triste. Por más que se esforzó (puso un dedo en su boca y junto los dientes), no logró evitar el aire oscuro de su música. “Parece que mi interior me manda un mala señal”, caviló, y, sin embargo, continuó soplando con ritmo.
Luego de pasar por una bocacalle, vio al señor, que exhibía un rostro de exasperación, y recién avanzó con rapidez, pues entendió que estaba llegando tarde. “Uy, el señor está amargo, creo”, pensó.


Ya delante de su patrón, bajó sus cosas y saludó con verdadero cariño: - Señorcito, buenos días. ¿Cómo se encuentra hoy?
-A ti que te importa cómo estoy -respondió el señor, agresivamente-. Debiste aparecer hace media hora.
-Sí, señorcito -dijo el jardinero, bajando la cabeza-. Pero no se moleste. Al fin y al cabo, he llegado ya, ¿no?… Dígame, ¿para qué soy bueno?
-Primero, la próxima preséntate más temprano -manifestó el señor-, porque de lo contrario no te daré ningún encargo -y, relajando su mal carácter, señaló el árbol-. Bueno, ¿ves a ese?
-Sí.
-Deseo que lo hagas caer.
-Pero… -dijo el jardinero, mirando el árbol por un momento- ese está sano y fuerte. ¿Por qué quiere que lo baje?
-¡A ti qué te interesan mis razones! -el señor volvió a encolerizarse-. ¡Sólo córtalo!
-Como desee, entonces -aceptó el mandado el jardinero -. Lo haré lo más pronto que pueda.
-Espera -agregó el señor, rascándose la cabeza-. Si te lo cuento, tal vez trabajes con más ganas.
-A ver, señorcito.
-Mira, sucede que mi mujer está muy enferma -se explicó el señor-. Ella cree que va a morirse.


Pero considera que eso no sucederá hasta que cante un ave de mal agüero. Y en el único lugar en que se puede colocar dicho animal es en ese árbol. Por lo tanto, mientras no exista esa planta fregada, ningún pájaro se hará escuchar.
-Entiendo, señorcito -dijo el jardinero, respetuosamente.
-Bueno, ahora me voy -finalizó el señor-. Tú ya sabes cuál es tu trabajo.
Mientras se retiraba el señor, el jardinero se paró delante del árbol y lo observó con atención: bajo el sol intenso, tenía un aire majestuoso y superior, como de alguien importante. “Además”, pensó él, “parece de ánimo duro y voluntad terca, igual que un señorón de esos”. De inmediato, el jardinero se acobardó, y contrajo el cuerpo hasta juntar la quijada con el pecho. Su meditación le indicaba que debía mostrar respeto, pues no estaba tratando con un igual. Pero, luego de unos segundos, cuando se dio cuenta que estaba frente a un árbol, se irguió por completo, se colocó en posición de pelea, y dijo en tono desafiante: -No me vencerá ni con su porte de señor ni con nada… ¡Y, por último, no permitiré que le haga daño a la señora!
Desde la perspectiva del jardinero, el árbol pareció responder a sus palabras: se agitó ligeramente, como si se estuviera riendo ante su amenaza.

***

-Ha llegado su fin, señor árbol -se animó el jardinero, levantando la tijera de podar-. Ahora sabrá de mi oficio.

Con una minuciosidad de artista, y sobre su escalera de tablas, empezó cortando las ramas más pequeñas. Para alguien no avisado, daba la sensación de estar realizando una labor de peluquería, pero trasuntada a los oficios que requieren las plantas. Luego de varios minutos, cuando terminó con su tarea, y dejó al árbol sólo con su enramado grueso, tomó el machete y, con golpes secos, acabó por tirar abajo esos brazos marrones y tortuosos. Ya con la cara y el pecho manchados de tierra, descendió al suelo, y procedió a alistarse para el trabajo más arduo: quebrar el tronco. Empuñando el hacha con ambas manos, taló una y otra vez, deteniéndose a ratos para secarse la frente o beber agua de una botella de vidrio. Media hora después, cuando estuvo a punto de concluir (sólo faltaban tres o cuatro hachazos), cogió la soga y, con mucha precisión, la envolvió a un lado del tronco. A continuación, tiró con potencia, hasta que, tras el grito “¡cuidado abajo!”, el árbol cayó vencido, desplomándose en su integridad.
-Le dije que acabaría con usted -soltó el jardinero, dibujando una media sonrisa-. Ahora, pues, le verá el señor.
Mientras tanto, el sol seguía gobernando con ímpetu, lanzando sus rayos como si estuviera dando su bendición a todos los seres existentes. En respuesta, las flores abrían sus pétalos de colores, invitando a que cayera en su interior un poco de la energía dorada que se desperdigaba por el campo; y los animales, con una alegría que manifestaba éxtasis, jugaban desplazándose de un lugar a otro y produciendo una bulla disonante pero feliz. Más allá, sin embargo, un conjunto de nubes albas, que poco a poco se volvían de un gris espectral, acechaban como fantasmas, y expandían su sombra tensa por algunos bastos territorios. A su vez, el viento, al que parecía fastidiarle la claridad del día, exhalaba hacia el este, ora con suavidad, ora con una potencia desgarradora, y, lentamente, desplazaba a los copos blancos del cielo a su encuentro con el astro rey.
Avanzando sin apuro, el jardinero se acercó a la casa y tocó la puerta. De inmediato, el señor se asomó y preguntó qué deseaba.
-Ya he acabado, señorcito -dijo el jardinero, con tono alegre-. Puede decirle a su señora que esté tranquila. Nada le va a pasar.
-Oye, ¿pero tú estás bruto? -se molestó el señor y, estirando un dedo, indicó-. ¡El árbol sigue allí! -¿Qué? -se impresionó el jardinero, volviéndose-. Pero si hace un rato…
-¡Cumple con tu tarea, so vago! -concluyó el señor, y lanzó la puerta.
Estupefacto, el jardinero le puso los ojos al árbol con una cólera ardiente: este se hallaba con su tronco intacto, sin ninguna rama quebrada y con su mechón de hojas llenas de una vida arrogante.
-No me la va a hacer -reventó el jardinero, colérico-. ¡A mí no me la va a hacer!

***

En las alturas, el viento, que había soplado con una fuerza liberada, empujó las nubes a lo largo de varios de kilómetros y, habiendo logrado su propósito inicial, oscureció el ambiente de tal forma que todo se tiñó de una coloración ceniza. Las nubes, con su naturaleza ahora abultada y negra, expedían relámpagos incesantes y provocaban la sensación que, de un momento a otro, iban a explotar definitivamente. El sol, del que ya sólo se podía observar cierto resplandor y algunas de sus lanzas brillantes, moría sin luchar y estático, como si le hubiera sido suficiente su breve reinado.
-Con que sí, ¿no? -dijo el jardinero, destilando amargura.
Con movimientos presurosos, se sacó la chompa y el polo, y se amarró una faja de cuero alrededor de la cintura. Sin esperar un instante, cogió su hacha y, furiosamente, golpeó el árbol en su base. Repitió este acto numerosas veces, sin descanso ni para tomar un suspiro, hasta que logró dejar al aire libre el centro mismo del tronco. “Tendrá que derrumbarse”, pensó el jardinero, dirigiéndose al árbol. “A las buenas o a las malas”. Prosiguió con rabia cada vez más intensa, como si, en un arranque de locura, estuviera asestándole cuchillazos homicidas a una víctima que estuviera a punto de fenecer. Luego de uno minutos, con su entorno lleno de astillas de madera, el árbol empezó a inclinarse hacia la izquierda. Dejando la cuerda que uso anteriormente a un lado, lanzó terribles puntapiés contra la corteza pelada, y, rechinando estremecedoramente, el árbol se derrumbó.
-¡Le dije que no podría conmigo! -se exaltó el jardinero-. ¡Se lo dije!


Para que no haya duda de su logro, siguió asestándole tajos al árbol caído. Con el rostro y la espalda húmedos de sudor caliente, le dio duro a las ramas, casi sin distinguir las que eran pequeñas de aquellas de mayor tamaño. En quince minutos, y exhibiendo unos dedos encallecidos, tuvo a sus pies un enorme montículo verde y castaño. A continuación, aprehendió otro instrumento (una sierra), y prosiguió con el tronco desnudo. Sin conmoverse por la savia que se derramaba a manera de sangre, hirió progresivamente el cuerpo tendido, hasta sacar la primera rodaja de madera. Tres cuartos de hora después, no existía tronco, sino una docena de trozos circulares. “Aquí no acaba la cosa”, le dijo al árbol, mentalmente, mientras jadeaba de cansancio. “Sólo ha comenzado lo bueno”. Con el hacha, y ya gastando las últimas energías que le restaban, destrozó las mencionadas piezas y, como si fuera a prender una fogata, acumuló leña en grandes cantidades.

-¿Quién es el señor, pues? -dijo el jardinero, completamente cansado, pero orgulloso-. ¡Ahora dime quién es el señor!
-A quién le hablas, loco de mierda -gritó el señor, desde el interior de su casa.
El jardinero se volteó y, dirigiéndose al señor con un tono triunfante, le anunció: -¡Ya terminé! ¡Venga usted a ver cómo quedó!
El señor abrió la puerta y quedó callado, como si estuviera pensando la manera más punzante de responder un insulto.
-¡Tarado! -soltó por fin, y agregó, con la mirada ardiente: -¡Pero si allí esta el árbol! ¡Acaso tratas de reírte de mí!
Estupefacto, el jardinero dirigió su cabeza hacia atrás y, con las articulaciones temblorosas, se encontró con el árbol íntegro, tan igual como lo había visto a su llegada.
-¡Carajo, termina de una buena vez o ya no querré más tus servicios! -indicó el señor, y se marchó golpeando la puerta.
El jardinero, jalándose de las crenchas, gritó: -¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡No le dejaré vencer! ¡No!

***

Explotando por un frenesí agresivo que le enfermaba la cabeza, el jardinero no reflexionó un momento, sólo se dejó llevar por el mero arranque del impulso, y empezó a empapar el árbol con la gasolina que tenía en una botella. Mojó la parte más expuesta, desde las zonas visibles de las raíces, hasta el tronco que se perdía por las ramas entreveradas. Como su pulso era descontrolado (no aguantaba la irritación que le producía haber sido derrotado dos veces por el árbol), manchaba el suelo y sus propios pies calzados con sandalias. Finalmente, empapó un trapo y, llevado por un afán piromaniaco, lo encendió con fósforos y lo arrojó al árbol. Este ardió como una antorcha gigante y crepitó sin cesar, expulsando densas humaredas negras.


-¡Le derroté! -saltó de alegría el jardinero-. ¡Ahora sí le derroté! -y se puso a reír con carcajadas enajenadas-: ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!
El sol había desaparecido por completo, sin dejar siquiera un modesto rastro de su presencia. Las nubes, que eran las nuevas gobernantes del cielo, lucían un negro intenso y, además de reventar en fragorosos espasmos de luz, echaban rayos como si fueran brujos vengativos. El viento, perdiendo toda coordinación, soplaba a mansalva, entreverándose en desorden y careciendo de un sentido claro. De un momento a otro, se escuchó un tronar más fuerte que todos lo anteriores, y, por un instante, se vivió una atmósfera paralizada, como si el tiempo se hubiera detenido en una fotografía.
Y, con violencia, llovió.
-¡No! -chilló el jardinero-. ¡No se liberará de esta!
Las llamas del árbol, que habían crecido considerablemente, empezaron a apagarse, y el humo brotó en espirales como una serpiente encantada de su canasta. El jardinero, sin esperar un segundo, y con movimientos torpes por la desesperación, echó más gasolina, y, por casualidad, se empapó el pecho y las piernas.
¡No le dejare ganar! ¡No! -aulló, y, sin ninguna razón, volvió a lanzar risotadas-: ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!
En seguida, prendió fuego. El árbol se envolvió en llamas, pero no con el mismo brío de antes. Con lo ojos desorbitados, el jardinero se puso a silbar, como lo hizo al principio del día. Pero ahora, acompañado de su música, también bailó, dejando huellas largas sobre el barro. Su tonada era exaltada, y hacía referencia a un triunfo supremo y una alegría espiritual. Era una melodía propia de fiestas carnavalescas, pues estaba compuesta de partes jubilosas y de un ánimo lujurioso. Pero, en lo profundo, tenía un aire lúgubre, que indicaba la melancolía que produce la proximidad de la muerte. Sonaba como el anuncio festivo y resignado de alguien que, pese a sus esfuerzos sobrehumanos, fallecerá.
El jardinero bajó mecánicamente la cabeza y, sin sorprenderse, descubrió que tenía la bota de su pantalón encendida. Ya sin cordura, se bañó con lo que restaba de gasolina, mientras expedía a grandes aullidos:- ¡Ja, ja, ja! ¡Ju, ju, ju!
Y, con el cuerpo en fuego a lo bonzo, gritó-: ¡Así usted morirá! ¡Morirá!
Y corrió a abrazarse al tronco del árbol: fuego y fuego se unieron y, hasta consumirse, no se apagaron.

***

No pasó mucho (de dos a tres horas) para que las nubes se desgastaran en su trance líquido, pues, a medida que evacuaban agua, se consumían al igual que cuerpos afectados por la hambruna. En un momento dado, desaparecieron del horizonte, y se presentó, con un aura renovada, quien gobernaba en un principio: el sol. Este, despidiendo su luz brillante, impartió una vida nueva a la atmósfera, que se mostró caliente y acogedora como una madre. El viento, por su lado, se relajó por completo, y únicamente se hacía sentir a manera de una brisa fresca que relaja los rostros y mueve con sutileza las cosas dóciles.
El señor salió de su casa y se encontró con una escena pavorosa: desperdigadas por el piso, había un hacha, una sierra, una soga, un recipiente y una tijera de podar; más allá, un cuerpo calcinado, que sólo mostraba como piezas intactas sus dientes blancos, se exhibía con un gesto furioso y tenso; y, al lado, el árbol se levantaba íntegro y con la vida lozana del que ha renacido.
-Pero… -se dijo el señor, sorprendido-. ¿Pero qué ha pasado?
De pronto, un ave negra se posó sobre una de las ramas gruesas del árbol. El señor, que la había visto llegar, cogió algunas piedras e intentó espantarla.
-¡Fuera! -decía-. ¡Fuera, monstruo!
Sin hacerle caso al señor, el ave negra abrió el pico y, haciendo primero unos gorgoritos, cantó con una sencillez sublime. Luego, esquivando uno de los proyectiles que le lanzaron, se marchó.
-¡Maldita! -le gritó el señor, alzando los puños-. ¡Maldita ave de mal agüero!

***

En la noche, bajo una luna colmada de reflejos, la esposa del señor murió luego de un vómito de sangre.

Punto de fuga

gamboa
Jeremías Gamboa. Punto de fuga (Alfaguara, 2007)

Un libro presente en casi todos los recuentos de lo mejor de la literatura peruana del año pasado es Punto de fuga, ópera prima del periodista y escritor Jeremías Gamboa (Lima, 1975). Se trata de un conjunto de ocho cuentos que se pueden leer independientemente y que tienen en común una serie de personajes –todos jóvenes y limeños– que están siempre desplazándose por las más conocidas calles y lugares de la capital. Así, los relatos constituyen un interesante y original retrato de la Lima de hoy y de la forma en que sus habitantes comparten los espacios urbanos, además de ciertos problemas y obsesiones.

El protagonista de la mayoría de estos cuentos es un joven periodista encargado de escribir crónicas para una conocida revista. Su origen es humilde, hijo de un mesero de una pizzería miraflorina (como se cuenta en Nuestro nombre), pero que a pesar de ello estudió en una universidad particular y le va bien en lo económico. Este "progreso" lo lleva a mudarse a un mejor barrio, a unas cuadras del trabajo de su padre (El edificio de la calle Los Pinos) y también a convertirse en una persona solitaria, una especie de desclasado que ha perdido contacto con sus semejantes y que no es del todo aceptado en el nuevo medio en que se desenvuelve.

En el cuento María José vemos a ese joven enamorado durante años de una compañera universitaria, aunque ella solo lo ve como un amigo pobre. En Tierra prometida, el protagonista y un amigo abandonan una exclusiva discoteca, en la que no logran divertirse, para buscar mujeres más accesibles en locales nocturnos de Los Olivos y Comas. Son los mejores textos del libro aquellos que asumen de manera más directa esta temática, mientras que en otros parece primar lo pintoresco de los sucesos o de los ambientes, como en Un responso por el cine Colón y El edificio de la calle Los Pinos, respectivamente.

No podemos dejar de relacionar estas últimas opciones con la crónica periodística –Gamboa destacó en este género en la revista Somos– a pesar de que en algunos aspectos lo periodístico está reñido con lo literario. Eso es algo que se hace sentir en este libro, desde la forma en que se ha estructurado el material narrativo (acaso más apropiado para una novela) hasta el propio lenguaje, trabajado para que resulte lo más funcional y transparente posible. Los cuentos de Punto de fuga presentan a Jeremías Gamboa como un narrador de interés pero que aún necesita afianzarse en lo literario.


En internet se puede leer el cuento Un responso por el cine Colón.
Otros textos sobre Punto de fuga: Cynthia Campos, Ernesto Carlín, Alonso Cueto, José Güich, La República.
Entrevistas: Francisco Ángeles, Pedro Escribano, Ezio Neyra, Piero Peirano, Enrique Planas, Carlos Sotomayor.

Colección minúscula

sumalavia
Ricardo Sumalavia. Colección minúscula (Copé, 2007)

Radicado desde hace algunos años en Francia, Ricardo Sumalavia (Lima, 1968) es el escritor peruano más identificado con la narrativa breve, pues a sus tres libros de prosas y microrrelatos –Habitaciones (1993), Retratos familiares (2001) y Enciclopedia mínima (2004)– se suma su página web Gambito de peón, dedicada a la difusión del cuento breve en idioma español. Esta última labor debe ser el origen de su más reciente libro Colección minúscula. Cinco espacios de la ficción breve una amplia antología que reúne textos de 15 escritores hispanohablantes, diez de ellos peruanos.

En el prólogo, Sumalavia explica que en lugar de reunir a un gran número de autores, como hizo Giovanna Minardi en Breves, brevísimos, ha convocado a reconocidos escritores para que escojan, dentro de su propia obra, un conjunto de cuentos breves, en promedio unos 15 textos. Desde Carlos Eduardo Zavaleta (1928) hasta Mónica Belevan (1982), los seleccionados abarcan varias generaciones de escritores, destacándose aquellos que han publicado libros dedicados a la narrativa breve: Antonio Gálvez Ronceros (Historias para reunir a los hombres), Carlos Herrera (Crónicas del argonauta ciego) y Fernando Iwasaki (Ajuar funerario).

Los extranjeros convocados son el español José María Merino, el venezolano Luis Britto García y los argentinos Raúl Brasca, Ana María Shua y Andrés Neuman. Cada uno de ellos se presenta en un grupo con dos escritores peruanos (Gálvez Ronceros-Brasca-Iwasaki, por ejemplo) generándose así los "cinco espacios" mencionados en el título del libro. Lástima, Sumalavia no define ni delimita esos espacios; solamente dice que en ellos hay "algunas afinidades, preocupaciones estéticas que en algunos casos serán más obvias que en otros". Esta ambigüedad y la falta de propuestas acerca de la ficción breve y de los textos reunidos son los puntos débiles del breve prólogo y del libro en general.

El cuento corto es una forma narrativa de mucha actualidad, pues une la rapidez y la exactitud, dos de las propuestas de Italo Calvino para la literatura del tercer milenio. Gracias a la acertada selección de los autores, Colección minúscula se constituye en una muestra representativa de las diversas tendencias dentro de este género; tendencias que van desde el realismo y la temática social de los escritores de las generaciones del 50 y 60, hasta lo fantástico y libresco de los cuentos de Enrique Prochazka, César Silva Santisteban y Carlos Herrera.


Otros textos sobre Colección minúscula: adonde.com, El Comercio, José Güich, Abelardo Oquendo, Rocío Silva Santisteban, Giancarlo Stagnaro.
Entrevista: Carlos Sotomayor.

Algo que nunca serás

niño
Guillermo Niño de Guzmán. Algo que nunca serás (Planeta, 2007)

Los dos primeros libros de Guillermo Niño de Guzmán (Lima, 1955) –Caballos de medianoche (1984) y Una mujer no hace un verano (1995)– lo consagraron como uno de los mejores cuentistas peruanos y también como un escritor que asume su trabajo sin ningún tipo de apuros, dados los once años transcurridos entre su publicación. Luego de otra larga espera, Niño de Guzmán acaba de publicar Algo que nunca serás (Planeta, 2007), su tercer libro de cuentos, un sólido conjunto de relatos que unen la sobriedad y ciertos temas de la narrativa de Julio Ramón Ribeyro con sucesos y personajes de carácter fantástico.

Tanto el título como el epígrafe del libro (una cita de Ribeyro) anuncian una de las constantes de los cuentos: los protagonistas son hombres maduros que han vivido muchas decepciones y están renunciando a sus últimos sueños de juventud. En La cometa, el primero de los relatos, Santiago parece estar a punto de suicidarse, saltando desde el techo de su casa; en Café y cigarrillos Mauricio se resigna a que su esposa tenga un amante. Lo más interesante en ambos casos es la concisión y precisión de las descripciones y los diálogos. Niño de Guzmán logra así relatos breves y fáciles de leer, pero a la vez intensos y de alta calidad literaria.

Otra constante es lo fantástico: Montblanc y El desierto celeste narran encuentros con ángeles y demonios; Desnudos y La vida sexual de Borges están en el límite entre la realidad y el sueño; y en Historia del zoo y La cometa los protagonistas parecen tener facultades sobrenaturales. Son elementos que se conjugan con la presencia de niños, hijos de los protagonistas, que renuncian a sus fantasías infantiles para aprender acerca de las decepciones, el dolor y la muerte inherentes al mundo real. La presencia de los niños, de esa fantasía sin maldad y la marcada tendencia a la claridad narrativa, hacen pensar que estos relatos han sido escritos teniendo como referencia a los lectores más jóvenes.

Acaso por eso algunos textos resulten, para los lectores adultos, algo inocentes y demasiado apegados a sus modelos: Montblanc remite explícitamente a Ridder y el pisapapeles de Ribeyro, El desierto celeste a los tradicionales relatos de pecadores arrepentidos, La vida sexual de Borges a Ojos bien cerrados. No obstante este leve reparo, Algo que nunca serás es un muy buen libro de cuentos, una confirmación del dominio alcanzado por Niño de Guzmán en este género narrativo.


Otros textos sobre Algo que nunca serás: Jeremías Gamboa, José Güich, La vaca profana, Jack Martínez, Gabriel Ruiz-Ortega, Moisés Sánchez Franco.
Entrevistas: Gonzalo Pajares, Enrique Planas, Carlos M. Sotomayor.

Té con pastas

grande
Félix Grande. Té con pastas (Editorial San Marcos, 2007)

El escritor español Félix Grande (Badajoz, 1937) es ampliamente conocido por su obra poética, publicada casi toda en los años 60 y 70, que le mereció en 1978 el Premio Nacional de Poesía de su país. Desde entonces ha estado más dedicado al ensayo, la crítica literaria –fue director de la revista Cuadernos Hispanoamericanos–y también a la narrativa, tanto con novelas como con libros de cuentos. Entre estos últimos figura Té con pastas (2000), que en nuestro país acaba de ser publicado por la editorial San Marcos.

Los cuatro relatos de este libro abordan el tema del amor de pareja desde la perspectiva de la vejez. El primero de ellos, Como una flor vieja, es una carta de despedida de una madura intelectual a su joven amante extranjero. La protagonista reconoce, en un monólogo dramático y cargado de imágenes, que ya no es "aquella mujer parsimoniosa de madurez y altiva de silencio..." sino "una flor vieja... que ya no amas". El cuento que da título al libro también trata de dos amantes "eventuales", aunque de la misma edad, cuyos vehementes encuentros sexuales se transforman, con el paso de los años y el peso de la culpa (traiciones, infidelidades conyugales, un aborto) en tediosas citas para tomar Té con pastas.

Más extensos, mejor trabajados y más apropiadamente "narrativos" resultan los otros dos cuentos. En Sara lo real y lo onírico se confunden ante el desconcierto de dos viejos amigos que no pueden entender la libertad con que la joven esposa de uno de ellos encara la experiencia sexual. El marido de Alicia es un relato metaliterario: un anciano escribe sobre sus enfrentamientos con su peor enemigo: el recuerdo de su propia juventud. El protagonista se angustia ante el inexorable paso del tiempo y busca inútilmente consuelo en ensayos y libros de filosofía: "¿Por qué no rugen estos libros? ¿Por qué no lloran... ¿Por qué no me hablan despacito, con pena, con un poco de espanto?"

En todos los protagonistas encontramos una actitud reflexiva y honesta con respecto a la vejez y el inevitable deterioro que significa todo lo humano, incluyendo el amor y la sexualidad. Una problemática que suelen abordar los escritores al acercarse a esta etapa de la vida, no siempre con buenos resultados, como en el caso de Memoria de mis putas tristes de Gabriel García Márquez. A pesar de ser mejor poeta y ensayista que narrador, Félix Grande logra en los cuentos de Té con pastas una valiosa e interesante aproximación a estos difíciles temas.

Otros textos sobre Té con pastas: Antonio Ruiz Vega,

Bonitas palabras

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Francisco Izquierdo Quea. Bonitas palabras (Mundo ajeno, 2007)

Los cuentos de Bonitas palabras, el primer libro del escritor y periodista cultural Francisco Izquierdo Quea (Lima, 1980), se dividen claramente en dos grupos: por un lado aquellos escritos con un lenguaje coloquial y que retratan el mundo de los jóvenes limeños; por otro, los relatos menos realistas y más “literarios”, que van desde lo fantástico hasta la recreación de trágicos episodios de nuestra historia, como en el cuento que da título al libro, que narra un crimen cometido por el poeta José Santos Chocano en 1925, poco después de haber sido laureado por el gobierno peruano.

En los cuatro primeros relatos el habla urbana limeña se conjuga con ciertos mitos y obsesiones propias de la adolescencia, y con una estrategia narrativa sumamente libre y abierta a las digresiones, a la manera de los cuentos de la segunda etapa de la obra de Bryce. En Zapatos, el relato más extenso, vemos a un joven abandonar la universidad para instalarse cómodamente en el mundo de los adultos: un negocio próspero, una pareja estable, buenos amigos. Pero hay una cierta distancia e ironía del narrador con respecto a ese bienestar. Algo similar sucede en los cuentos La pelota y La guapa, cuyos protagonistas parecen hacer realidad, aunque brevemente, sus más anheladas fantasías.

En la segunda mitad del libro los cuentos abandonan la cotidianidad limeña para incursionar en “los espacios de la nostalgia y el ensueño”, como ha señalado Giancarlo Stagnaro. Son textos más “cerrados” y que presentan una mayor brecha entre los sucesos narrados y la subjetividad de los protagonistas. En Nada ni nadie, por ejemplo, se recrea el asesinato de Antonio Miró Quesada, director de El Comercio en la década de 1930, a manos de Carlos Steer Lafont. Este crimen político resulta para el Steer de la ficción algo personal, pues él es un hijo no reconocido de su víctima. Y los niños que protagonizan Los cuervos y El niño en casa viven los acontecimientos narrados como si se tratara de pesadillas.

En líneas generales, los nueve cuentos de Bonitas palabras presentan a Izquierdo como un escritor que sabe contar una historia manteniendo el interés del lector tanto por los giros y peripecias de la trama como por los temas que va abordando. Pero Izquierdo todavía necesita trabajar bastante en los aspectos estilísticos de su narrativa, pues en los dos tipos de cuentos mencionados (los coloquiales y los literarios) encontramos demasiados errores y palabras mal empleadas.


Otros textos sobre Bonitas palabras: Marlon Aquino, José Güich, Enrique Sánchez Hernani, Giancarlo Stagnaro, Alberto Villar y las entrevistas de Francisco Ángeles, Miguel Ildefonso, Tomacini Sinche López y Giancarlo Stagnaro.

La musa travestida

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Leonardo Aguirre. La musa travestida (Matalamanga, 2007)

El mundo de los escritores jóvenes limeños –su vida bohemia, sus amistades y rivalidades literarias– es el ambiente en el que se desarrollan los seis cuentos de La musa travestida, el nuevo libro de Leonardo Aguirre (Lima, 1975). Se trata de relatos entrelazados, protagonizados por los integrantes del grupo literario Psirrosis, y en los que incluso se llega a contar los mismos sucesos desde diferentes puntos de vista. La naturaleza de estos sucesos, entre lo paródico y lo grotesco, determina el carácter de este retrato de una generación de escritores que aspira a ocupar el lugar de los "letratenientes", la tantas veces denunciada mafia literaria limeña.

Aguirre no solo cuenta en clave irónica e irreverente esa bohemia juvenil que tantos otros escritores (Diego Trelles y Miguel Ildefonso, entre los más recientes) han querido presentar de una manera heroica y ejemplar; lo hace además combinando su habilidad para los juegos de palabras, la procacidad y agresividad propias de las conversaciones de cantina, e innumerables alusiones literarias. Cuentos como W.C., En el catre de Martín Adán y Backstage están conformados exclusivamente por estos diálogos pues, según ha confesado el autor, inicialmente fueron ejercicios para un curso de dramaturgia.

Ya con respecto al primer libro de Aguirre –Manual para cazar plumiferos (2005), también sobre aprendices de escritores– señalamos la originalidad y audacia en lo que respecta al lenguaje y las técnicas narrativas. En La musa travestida esos elementos están más subordinados a la propuesta central del libro, la de traer a tierra una serie de mitos relacionados con la literatura: el escritor maldito e incomprendido, el éxito literario o la figura del autor consagrado por la tradición. No se salvan ni Valdelomar ni Martín Adán, presentados como víctimas de una falsa musa: un travesti europeo al que hace referencia el título del libro.

Lo radical de las opciones narrativas de Aguirre termina llevándolo hasta los extremos opuestos: los juegos de palabras y el lenguaje escatológico son útiles para criticar los excesos de retoricismo, pero acercan demasiado el texto a lo trivial y vulgar; lo mismo sucede con su actitud de no tomar en serio ninguno de los elementos de la institución literaria, ni siquiera a sí mismo como autor. No obstante estos reparos, La musa travestida es un buen libro de cuentos y un necesario cuestionamiento a ciertas prácticas y vicios del ambiente literario limeño.


En internet se pueden leer dos cuentos de La musa travestida, Estás conmigo, estás con Dios y Sodomización mutua, aunque en versiones previas a las que figuran en el libro.
Otros textos sobre el libro: José Güich, Jack Martínez, Gabriel Ruiz-Ortega.
Entrevistas: Francisco Ángeles, Diario Siglo XXI, Raúl Mendoza, Luis Oropo, Gabriel Ruiz-Ortega.

Fotografías de sala

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Luis Hernán Castañeda. Fotografías de sala (Peisa, 2007)

Los siete cuentos de Fotografías de sala, el más reciente libro de Luis Hernán Castañeda (Lima, 1982), están ambientados en una exclusiva y apartada urbanización limeña, donde "la ciudad... es una niebla lejana que ciertas noches se infiltra en nuestros sueños". Hasta ese mundo aislado, conformado por familias tradicionales y con muchos prejuicios clasistas, llegan eventualmente ciertos elementos externos (un viejo mendigo en La temporada del invasor, un perro chusco en Antonio, una estatuilla del siglo XIX en El manto y la perla) que alteran la rutina y las vidas de los protagonistas de los relatos.

Ante estas intromisiones del mundo externo, los personajes tienden a aislarse de sus pocos amigos y parientes, a encerrarse en los ámbitos más íntimos y personales. Por eso en estos relatos suceden pocas cosas, pues la mayor aspiración del autor parece ser, antes que la narración de peripecias o los finales sorprendentes, la creación de atmósferas que expresen la soledad, angustia e incertidumbre que experimentan los personajes. Inclusive deja de lado las descripciones de los ambientes para centrarse en la propia capacidad creativa del lenguaje: el ritmo de la prosa, las imágenes y especialmente los adjetivos.

Pero al renunciar a las peripecias y a las descripciones, los relatos corren el riesgo de convertirse en una monótona sucesión de acontecimientos intrascendentes que no consiga captar el interés del lector. Y si bien Castañeda ha demostrado en Casa de Islandia (2004) y Hotel Europa (2005) tener una buena prosa, al delegar casi completamente en esta la eficacia de los cuentos, hace también más notorias sus caídas, ya sean los frecuentes excesos de adjetivos ("...adelantándonos con inigualable emoción al funesto desenlace en que el forzudo instructor...) o, por el contrario, los inevitables lugares comunes, como esos "Y es que..." al inicio de párrafo.

La ausencia de tramas suele estar asociada a una falta de temas claros y definidos. Castañeda ha reconocido en entrevista reciente que en su generación "el qué contar es todavía una tarea pendiente" y que él y sus compañeros están aún buscando sus propios "demonios y fantasmas". Fotografías de sala nos muestra precisamente eso, a un joven y talentoso autor buscando temas significativos sobre los que escribir, y que al no encontrarlos vuelve a los tópicos adolescentes (cinco de los siete cuentos son protagonizados por ellos) y juegos metatextuales de sus libros anteriores.

Reseñas de Fotografías de sala: Ricardo González Vigil, Olga Rodríguez.
Entrevistas a Luis Hernán Castañeda sobre este libro: Ernesto Carlín, Pedro Escribano, Gonzalo Pajares, Enrique Planas, Carlos Sotomayor.

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Disidentes

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Gabriel Ruiz-Ortega. Disidentes. Muestra de la nueva narrativa peruana (Revuelta, 2007)

Si toda antología genera inevitablemente algún tipo de polémica, la de Gabriel Ruiz-Ortega, Disidentes. Muestra de la de la nueva narrativa peruana, básicamente una selección de cuentos (aunque incluye algunos fragmentos de novelas), lleva esa posibilidad hasta el extremo por varios motivos. En primer lugar porque el antologador no es un crítico ni un observador neutral, sino alguien que fácilmente podría figurar entre los antologados: escritor limeño (o al menos con un libro publicado en Lima) nacido después de 1974 y con un libro de narrativa publicado en los últimos 3 años. En el caso de Ruiz Ortega (Lima, 1977) ese libro es su también polémica novela La cacería (2005).

En segundo lugar están los criterios de la selección, pues a los ya mencionados (¿por qué sólo escritores limeños o publicados en Lima?) se suma la opción por un cierto tipo de narrativa que se aleje del “realismo sucio”, heredero de Bukowski y de Reynoso, que para Ruiz-Ortega “fue la tendencia narrativa que imperó mayoritariamente en los noventa” (como ha señalado Abelardo Oquendo, en la prosa de Ruiz-Ortega abundan los errores de redacción). En otras palabras, de esta “muestra de la nueva narrativa peruana” quedan excluidos, sin importar la calidad de sus relatos, autores como Diego Trelles (Lima, 1977), Julio César Vega (Lima, 1976) o Sergio Galarza (Lima, 1976).

Ruiz-Ortega enfoca entonces su trabajo sólo en un sector limitado de nuestra narrativa joven, en aquellos autores “disidentes” del realismo sucio de los años 90 (¿no es más bien el realismo sucio una disidencia ante la narrativa tradicional?) y que han publicado sus primeros libros en editoriales también jóvenes. El primer grupo de estos autores es el vinculado a la editorial estruendomudo: Luis Hernán Castañeda (1982), Johann Page (1979), Edwin Chávez (1984). A ellos se suman Alexis Iparraguirre(1974) y Carlos Gallardo (1983), aunque este último ha sido inexplicablemente excluido de la antología. Son autores con propuestas claramente vinculadas y signadas, según Ruiz-Ortega, “por la exploración de un mundo poquísimas veces tratado en nuestra literatura: el mundo del escritor y su acto creativo”.

Otro grupo de antologados es el de aquellos autores que para marcar su disidencia con respecto a la narrativa peruana de los 90 “se han valido de fuentes literarias foráneas como base principal de sus trabajos": Christopher van Ginhoven (1979), Ezio Neyra (1980), Claudia Ulloa (1979) Carlos Yushimito (1977), Susanne Noltenius (1974) y Augusto Effio (1977). Un tercer grupo es el de aquellos narradores que han logrado crear un “vitalismo con sentido” mediante “el uso inteligente del humor, la mirada introspectiva y un marcadísimo cuidado por el lenguaje”: Víctor Falcón (1979), Pedro Llosa (1975), Miguel Ruiz (1977), Antonio Moretti (1977) y Leonardo Aguirre (1975). Menos fáciles de ubicar en alguna tendencia resultan Daniel Soria, Juan Manuel Chávez (1976), Daniel Alarcón (1977), Santiago Roncagliolo (1974) y Marco García Falcón (1970).

No obstante nuestros reparos, Disidentes tiene la gran virtud de llamar la atención sobre la interesante renovación que se está produciendo en la narrativa peruana, y sobre la gran cantidad de novelas y libros de cuentos que están publicando nuestros escritores jóvenes. Y si bien se le puede cuestionar a Ruiz-Ortega tanto las ausencias de algunos narradores como las marcadas deficiencias del prólogo y exageraciones de las breves notas de presentación de cada autor, hay que reconocer su competencia como lector, pues la mayoría de los textos que ha seleccionado son de calidad ya reconocida (relatos ganadores de premios literarios, cuentos incluidos en libros bastante comentados) y verdaderamente “antologables”.


Otras reseñas de Disidentes: Alonso Cueto, La vaca profana, Jack Martínez y Abelardo Oquendo además de la entrevista y la serie de artículos (1, 2, 3, 4, 5) de Francisco Ángeles en la revista virtual El Hablador. Gabriel Ruiz-Ortega tiene un blog llamado La fortaleza de la soledad.