La flor artificial


No fue Borges quien inventó el recurso de los autores ficticios a los que atribuye sus propias obras; aunque sí quien empleó el recurso con mayor maestría y vuelo imaginativo. En nuestro país esos autores ficticios casi siempre han sido mujeres, desde la Amarilis del siglo XVI hasta la Georgina Hübner que enamoró epistolarmente al poeta español Juan Ramón Jiménez. En esa línea, Christiane Félip Vidal y Sophie Canal, dos escritoras francesas radicadas largo tiempo en el Perú, han publicado el libro La flor artificial (Cocodrilo ediciones, 2016), una novela que se presenta como biografía y antología de la obra de la imaginaria escritora arequipeña Silvia Linares Lira (1913-1987).

La vida de Silvia Li (nombre literario de Linares) es presentada a partir de las investigaciones que sobre ella realizó la investigadora Bárbara Román, quien reunió una buena cantidad de documentos (libros, cartas, audios) sobre Li y su obra. Así nos enteramos que Li nació el 29 de febrero de 1913 (una fecha inexistente, pues ese año no fue bisiesto), que hizo estudios en Arequipa y Lima, y que apenas concluidos estos viajó a París, a integrarse al grupo surrealista liderado por André Breton. Allá hizo una gran amistad con el poeta y artista peruano César Moro (Alfredo Quíspez Asín), y después de un tiempo regresó al Perú. En realidad esta proximidad con Moro no es casual, como lo han confesado las propias autoras: “Quisimos hacer un doble literario. Una versión femenina de Moro”.

Partiendo de esta propuesta, las autoras nos entregan un peculiar collage de textos (mezclados y aparentemente sin ningún orden) muy diversos: testimonios de personas que conocieron a Li, pasajes de su diario, fragmentos de sus novelas y obras teatrales, poemas, comentarios y reseñas de estas obras. Todos estos textos recrean el contexto cultural en el que se desarrolló la vida de Li De (uno de los propósitos del libro es precisamente resaltar los prejuicios y la discriminación que tenían que enfrentar entonces las mujeres), a lo que también contribuye la presencia de los escritores y artistas reales con los que la protagonista estuvo relacionada (no solo Moro, también se dice que Li fue amante de Man Ray), y las frecuentes menciones de escritores peruanos de las generaciones del treinta y del cincuenta: E. A. Westphalen, J. E. Eielson, Washington Delgado, Martín Adán, Carlos E. Zavaleta, Julio Ramón Ribeyro, etc.

Acaso los mayores problemas del libro están precisamente en las reconstrucciones de los textos de otros tiempos. Los fragmentos de la obra teatral de Li (Los Mirliflores) no llegan a convencer como textos surrealistas, mucho menos sus poemas. Las críticas “demoledoras” que recibieron las obras de Li —se afirma— se deben a que la literatura peruana “se quedó estancada en el realismo decimonónico”, lo que no deja de ser una simplificación excesiva. Incluso en los testimonios personales encontramos ciertos vicios del habla limeña actual que no existían en la época en que está ambientada la ficción. Finalmente nos queda la impresión de que La flor artificial es una propuesta narrativa interesante, pero que no ha tenido un convincente desarrollo literario.