Un lugar como este


El desierto tan temido


A inicios de los noventa, Carlos Arámbulo (Lima, 1965) era un destacado estudiante de Literatura de la Universidad de San Marcos. Publicó una traducción del poemario Lustra de Ezra Pound y poco después su primer poemario, Acto primero (1993). Alejado desde entonces de la creación literaria, la retomó hace poco como narrador, ganando el segundo lugar en el Copé de Cuento 2014 y quedando como finalista del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2015, al lado de autores tan prestigiosos como el mexicano Juan Villoro. El libro de cuentos con el que Arámbulo participó en este último concurso acaba de ser reeditado en nuestro país: Un lugar como este (Estruendomudo, 2016).

Los seis cuentos de este libro están ambientados en Calderas, un ficticio pueblo ubicado en algún punto de la costa peruana, un lugar marcado (como anuncia su nombre) por el calor, la escasez de agua potable (a pesar de la cercanía del mar) y los fuertes vientos cargados de arena. En ese ambiente hostil se desarrollan las historias, independientes entre sí pero con personajes en común; como la familia Medina, encabezada por el abuelo Mauro, el fundador de la primera Calderas, que fue arrasada por el desborde de un río, según se cuenta en “Escanea prima”. Aunque el libro se inicia más bien con el final de Calderas, cuando ya todos han abandonado el pueblo y solo regresan a él para enterrar al fundador. Y al momento de hacerlo se inicia un fuerte temblor, “como si la tierra misma regurgitase un huésped indeseable”.

Arámbulo ha señalado como antecedentes literarios de su Calderas a la Comala de Juan Rulfo y el Macondo de Gabriel García Márquez; pero nosotros encontramos más semejanza con la Santa María de Onetti, tanto por la ausencia de elementos “maravillosos”, por el tipo de historias que se narran (“de venganza, locura, crueldad y obsesión” como bien ha señalado en su comentario Dante Trujillo), y especialmente por la atmósfera opresiva y angustiante. En Calderas cualquier iniciativa humana parece condenada al fracaso, ya se trate de la búsqueda de agua o la explotación de las salinas, lo que acerca estos relatos al fatalismo de las grandes tragedias.

Pero lo que más llama la atención de estos relatos es su complejidad formal. En cada uno de los relatos se alternan la voz de un narrador en tercera persona, las reflexiones de los personajes y sus diálogos. El autor se ha visto en la necesidad de señalar los dos últimos tipos de discursos empleando letras cursivas y comillas, respectivamente. Además, en algunos relatos el narrador cambia constantemente de “punto de vista”, como sucede en “Oficio de epifanía”, el cuento más extenso. A todo ello se suma el lenguaje con pretensiones poéticas y, en algunos pasajes, demasiado artificioso. Ya en el primer párrafo del libro se nos dice que la sed y el hambre “fueron las formas que vistió la desidia para horadar las voluntades humanas que pateaban todos los días la tierra para maldecir…”. Sin lugar a dudas Un lugar como este es un buen libro de cuentos, aunque demande bastante paciencia de parte de los lectores.