Las peores escenas de sexo


(en la narrativa peruana reciente)

Dice el refrán que “De músico, poeta y loco todos tenemos un poco”. Pero, para ser honestos, los músicos y poetas (escritores en general) tienen bastante más de locos que el resto de la gente. Ahí están los ejemplos de los geniales Charly García y Enrique Verástegui: “Yo no quiero volverme tan loco”, confesaba el rockero argentino ya en 1982; por su parte, el poeta peruano dijo, hace apenas unas semanas, “Yo soy un loco sano”. Y como es de suponerse, ese “poco” (o “bastante”) de locura que tienen algunos escritores se hace más evidente cuando se trata de temas o escenas de carácter sexual. Por eso, la prestigiosa revista británica Literary Review entrega desde 1993, un premio a la “Peor escena de sexo” de las novelas publicadas cada año.

Entre los últimos ganadores de tan peculiar premio figuran escritores sumamente prestigiosos, como el norteamericano Tom Wolfe y el nigeriano Ben Okri. El primero lo obtuvo por las siguientes líneas: “Ahora su gran jinete sexual estaba encima de su silla de montar pélvica, cabalgando, cabalgando, cabalgando” (de la novela Back to blood) Okri, por su parte, lo ganó por: “Cuando su mano rozó su pezón, activó un interruptor y ella se encendió. Él tocó su vientre y su mano parecía arder a través de ella” (The age of magic). Quienes siguen a la narrativa peruana saben que esas fallidos símiles y metáforas eróticas son bastante frecuentes en nuestro medio. Un ejemplo: “Almudena empezó a gemir de gusto y entonces, entre el vapor, los vidrios empañados y las caricias enjabonadas, la penetré casi como un salvaje… estallé como un volcán en erupción derramando mi lava dentro de ella, quemante y abundante” (Christian Reynoso, El rumor de las aguas mansas. 2013).

Más interesantes resultan aquellos casos en los que afloran las extrañas preferencias sexuales de los “personajes”. Es el caso de El narrador de historias (2007), novela con la que Enrique Congrains (Lima, 1932), uno de los fundadores del neorrealismo limeño, regresó a la literatura después de casi cincuenta años de silencio. Se trata básicamente de un relato policial (una ficción geopolítica) de casi 600 páginas, y en el que el protagonista narrador cuenta con lujo de detalles las escenas sexuales más extrañas y exageradas: “…los dedos de él se enterraron entre la división de sus nalgas y los colaboradores dedos de ella abrían sus grandes labios vulvares para ofrecerse toda a su gula o para facilitar esas lamidas que empezaban en su ano y que llegaban hasta su clítoris para luego desandar el recorrido y hurguetear dentro de su boquete anal. Después se dedicó a lambiscar su clítoris mientras hundía su pulgar en su vagina y el índice en su ano…”.

Más reciente, y mucho más extraña, es la novela Matagente (2012) de Rodolfo Ybarra (Lima, 1969), autor considerado todo un ícono de la contracultura limeña, “el brazo armado de la poesía peruana”. El libro, algo así como una novela “gore”, que algunos críticos han elogiado con entusiasmo, está lleno de crímenes y aberraciones sexuales: “…me pongo a penetrar analmente a la conductora de televisión, después paso a la boca de la china hentai y después a la vagina de la pelirroja y vuelvo a repetir lo mismo, siempre haciendo escala en la boca de la china, a la que obligo a gargarear y a atorarse con mis testículos. Entonces saco subrepticiamente un pequeño cuchillo y de un zarpazo las degolló justo en el momento en que el esperma empieza a salir al mismo ritmo en que salta a borbotones la sangre de sus cuellos. Así, durante unos segundos, sacudo mi verga sobre los cuerpos que todavía se retuercen, arañando el aire, pataleando y dejando escapar extraños sonidos como de aire, eructos, flatulencias, gases o sonidos burbujeantes. La contemplación de este cuadro solo me provoca orinarlo”.

En este recuento de las peores escenas de sexo de la narrativa peruana reciente no se puede dejar de mencionar a la novela Austin, Texas 1979 (2014) de Francisco Ángeles (Lima, 1977). Suele considerarse a este libro dentro de la narrativa de “autoficción”: el protagonista narra (en primera persona) su vida, centrándose en la relación con el padre. Pero a pesar de tratarse de una novela corta (poco más de cien páginas) hay capítulos enteros dedicados a contar (y con mucho entusiasmo) las peculiares relaciones sexuales del protagonista. Una líneas de muestra, casi al azar: “…deseaba también sentirla por otros orificios de su cuerpo, lado oculto, fluidos, suciedad, impureza, salvajismo, quería sentir todo eso, dentro de ella, con una furia que era la única respuesta posible a tanta gratificación, ponerla en cuatro patas y penetrarla y sacudirla lo más fuerte posible, castigarla lo más fuerte posible, aunque me doliera el hueso del pubis en cada embestida, aunque me doliera al punto que podría parecer que estaba a punto de quebrarse”.