Memorias de un pícaro llamado Misterio


El realismo extremo sigue siendo la tendencia dominante dentro de la narrativa peruana, desde las tan promocionadas novelas de autoficción (mezcla de autobiografía y ficción literaria) hasta aquellas basadas en sucesos históricos reales, como los relacionados con la violencia política de las décadas pasadas. Y en medio de todo ello está el viejo realismo urbano, aquel que fundaron los escritores de la generación del cincuenta (Ribeyro, Zavaleta, Congrains, etc.) y que, con ligeras variantes generacionales, se mantiene vigente, como lo demuestran la recién publicada novela Memorias de un pícaro llamado Misterio de Gonzalo Mariátegui.

Abogado de profesión, Gonzalo Mariátegui (Lima, 1943) tiene ya publicados siete libros de narrativas (cuatro novelas y tres conjuntos de cuentos), y esta vez asume plenamente las convenciones de uno de los géneros clásicos del realismo: la novela picaresca, cuyo más conocido exponente en nuestro idioma es El lazarillo de Tormes (1554). Así, Misterio nos cuenta su azarosa vida, comenzando por su niñez pasada en la cárcel de mujeres de Chorrillos (donde su madre cumplía condena), y los diversos trabajos que tuvo (mozo de restaurante, empleado de una lavandería), aunque siempre cometiendo robos y estafas de todo tipo. Finalmente Misterio se hace amigo de un importante político, quien le propone formar parte de su lista de candidatos al Congreso.

Mariátegui pone especial énfasis en los extremos a que ha llegado la delincuencia en Lima, y los presenta con mucho humor. En el capítulo V, el protagonista se queda dormido en una calle céntrica y despierta “… tan calato como el día que entré al mundo”; y en el capítulo IX, asiste a una posta médica por un pequeño problema de salud, y al despertarse se da cuenta de que le han robado un riñón. Sin embargo el libro no llega a convencer por los múltiples errores del autor, que van desde la estructura del relato hasta la gramática. Dentro de la ficción, el mayor errores el propio lenguaje del narrador protagonista, una injustificada mezcla de la pomposa retórica de un tinterillo y el léxico de un delincuente.