Un olvidado asombro


Con solo dos libros publicados —París personal (cuentos, 2002) y El cielo de Capri (novela, 2007)— Marco García Falcón (Lima, 1970) es considerado uno de los mejores narradores de la “generación del noventa”, la de Thays, Bellatin, Herrera, Iwasaki, etc. Siempre dentro de su línea “clásica” (que remite a autores como Luis Loayza o el Ribeyro de madurez) García Falcón vuelve a la novela con Un olvidado asombro (FCE, 2014), libro que obtuvo el segundo puesto en la III Bienal de Novela Premio Cope Internacional.

En este libro se cuenta la historia de Joaquín Bolarte, un limeño de unos 40 años, profesor de literatura y decano de la Facultad de Letras de una importante universidad. Todo marcha bien en su vida, hasta que recibe la visita del hijo de un amigo de juventud: un poeta bohemio y homosexual que terminó suicidándose. Por supuesto el joven quiere saber la verdad acerca de su padre, lo que pone a Joaquín frente a un gran problema. Así, la relación con el padre, la verdad detrás de la imagen que todos tenemos de nuestros padres, se convierte en el tema de la novela, pues además Joaquín tiene que acompañar a su padre durante su larga agonía, a causa de una hemorragia cerebral.

García Falcón confirma la calidad de su prosa –clara, armoniosa y sobria– muy bien trabajada y que siempre encuentra las palabras precisas para cada ocasión; es, sin lugar a dudas, el mejor prosista de su generación. Pero esta vez se deja llevar más por la propia voz y las historias de sus personajes secundarios, lo que además lo lleva a recrear el lenguaje de gente de diversa procedencia social, sin caer en estereotipos ni lugares comunes. A ello hay que añadir ciertos “guiños” literarios y la presencia en la ficción de varios escritores peruanos con nombres apenas cambiados. Pero esos detalles no afectan para nada a la trama, y más bien le dan a la novela un segundo nivel de lectura.

Un olvidado asombro es una buena e interesante novela que en realidad trata de un enfrentamiento entre el mundo moderno, de vínculos asépticos e impersonales (el de las universidades y los gimnasios); y otro más tradicional y "arriesgado": el de los amigos y vecinos de barrio, de los vínculos familiares. Al inicio del relato Joaquín está cómodamente ubicado en el primero, pero la visita de Juan Manuel y la enfermedad de su padre lo hacen redescubrir ese otro mundo, en el que finalmente opta por quedarse. en este mundo más tradicional.